EL TRUJIMÁN CONCILIADOR (1)

Conduzco una furgoneta negra adornada con grandes letras blancas donde pone “Adornos funerarios SEPELIO’S”. Reconozco que, como se verá a su debido tiempo, no es la caracterización ideal para el día de hoy; pero las prisas y una cierta confusión matutina, cuyo origen también desvelaré más adelante, han podido con mi proverbial clarividencia. Llego a mi destino. A pesar de que hay sitio de sobra en otras partes, aparco en pleno paso de peatones. Es un truco para disimular. Yo, que me fijo mucho en las cosas, he comprobado que las furgonetas tienden a hacerlo, lo de aparcar en los pasos de peatones, de manera que así nadie va a fijarse mucho en mí. Y es que no sólo soy muy observador, sino también una persona de recursos.

Mediante palpación, compruebo por última vez mi disfraz, que consta de peluca con rastas, gafas de sol modelo espejo, joroba postiza, anillos dorados en los dedos (de los pies) y camisa de colores chillones; ah, y una tabla de skate metida, así como al descuido, en el bolsillo de la camisa. Los anillos no se veían y he tenido que recortar un poco la puntera de los zapatos; ahora hacen mucho mejor efecto. Y aunque la tabla me molesta un poco y me tapa parte de la visión, quedo satisfecho del examen y bajo de la furgoneta mis dos grandes baúles con ruedas, donde va todo mi atrezzo, quise decir equipo. Arrastrando los baúles, que meten más ruido que un mercancías de antes de la guerra, me deslizo entre la gente tratando de pasar inadvertido. El éxito es sólo parcial. La parte que funciona es lo de deslizarme entre la gente, porque todos me abren paso con inesperada cortesía; y la que no funciona, directa consecuencia de la que sí, es lo de pasar desapercibido. Pero como soy algo filósofo, me digo que no se puede ganar en todo, y de muy buen humor porque las cosas van viento en popa, me presento en el edificio donde me han dicho que va a celebrarse la gran Reunión de Sabios De No Sé Muy Bien Qué Saberes.

No sin dificultades por lo voluminoso de mi equipaje, entro en el edificio. Un imberbe empleado de seguridad levanta una ceja al verme, pero, raudo cual centella y antes de darle tiempo a levantar la otra, le ordeno con enorme aplomo:

—Muchacho, llévame cuanto antes a la Sala de la Suma Importancia. Sus Sabidurías me necesitan con urgencia.

No sé si habrá sido la joroba, que llevo airosamente ladeada, mis baúles, donde está claramente escrito en letras rosas “Traducciones espontáneas de última generación” o simplemente el aplomo que exhibo; la cuestión es que creo que le he impresionado. Supongo que por eso me obedece y me acompaña a la sala, y además me da una especie de tarjeta que me dice que he de llevar puesta. Veo que él se la tiene colgada del cuello. Yo me la cuelgo de una oreja; aunque la pinza metálica me hace un poco de daño, a cambio me da un aire casual y vagamente antisistema que me va mucho. Y es que soy un hombre de mundo, para qué negarlo. Bueno, de mundo y algo despistado: me acabo de dar cuenta de que no sólo he errado en el letrero de la camioneta, sino también en el de los baúles. Y sí, ya sé que el rosa no es el color ideal, pero esmalte de uñas sólo tenía de color rosa y de color chocolate, y el color chocolate me pareció demasiado chillón.

La sala está vacía, y me apresuro a instalar mi sistema de micrófonos, amplificadores, caja de mezclas y auriculares, más tres ordenadores, de los cuales no funciona ninguno. Como eran negros los tres, uno de ellos lo llevo pintado con típex, y encima he dibujado la silueta de una manzana. Y es que a glamour no me gana nadie. A guisa de protección, coloco una mampara transparente; espero que no se note mucho que está fabricada con los restos de una cortina de ducha venida a menos. Llegados aquí, seguro que alguien se preguntará que a qué viene todo este despliegue. Pues aunque no es exactamente mi oficio, hoy voy a ejercer de traductor simultáneo. A ello me empuja la amistad. Permitidme un inciso para aclarar esta confusa historia.

Estaba yo ayer noche en el bar de la esquina cuando un buen amigo, que milita en el Gremio de la Abstrusa Ciencia, me dijo que andaban reunidos muchos como él, o sea del mismo Gremio, alrededor de una Mesa Redonda, cosa que a mí, todo sea dicho de paso, me pareció algo deliciosamente medieval y artúrico. Y que tenían que ponerse de acuerdo sobre la Suprema Verdad, y que no lo conseguían, y que se les acababa el tiempo y que hoy sin falta tenían que alcanzar Consensuadas Conclusiones Trascendentes, y que lo veía negro, y que poco menos que veía llegar el fin de su carrera. Como un amigo es un amigo, nada más llegar al final de la botella de whisky que compartimos, pergeñé un plan para sacarlo del apuro. Fin del inciso.

Volvamos a la sala. Una vez todo instalado, me permito unos instantes de recogimiento en la soledad de aquel Foro Conciliar aún desocupado. Pero de repente me sobresalto: la Mesa Redonda alrededor de la cual iban a sentarse los Paladines del Conocimiento, yo juraría que es impúdicamente rectangular. Como el asunto me desazona, voy a la señora de la limpieza, que pasaba por allá, y le pido una escuadra y un cartabón, cuestión de comprobarlo científicamente. No tiene, pero como es muy amable me presta, a cambio, un mocho y un plumero. Con ellos, y mi inteligencia práctica, invento un método infalible para medir la cuadratura de la mesa. Me pierdo un poco en la formulación teórica, y del todo en los cálculos. Pero me sigue pareciendo rectangular.

(continuará…)

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¿Qué sucederá cuando lleguen Sus Sabidurías ¿Cómo se las arreglará nuestro héroe para conducir el Concilio? ¿Conseguirá salvar la carrera de su amigo?

Estas y otras preguntas hallarán respuesta en la próxima entrega de esta apasionante serie… ¡no se la pierdan!

 

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PUNTOS CARDINALES

Al norte, mi mundo limita con la pared que tengo a mi espalda, y, al sur, con la pared que tengo enfrente; al este, mi mundo llega hasta donde me alcanza la vista, que no es muy lejos, y al oeste termina en una puerta cerrada. Estos son mis cuatro puntos cardinales. No estoy seguro de si siempre fueron así, o si en algún momento mi mundo, como un imperio donde casi nunca se ponía el sol, se extendió más allá de las paredes o al otro lado de la puerta. Tengo vagas sensaciones, que no llegan a recuerdos, de espacios abiertos, vastos lugares y soles que parecían no ponerse, de dominios de los que me fui poco a poco retirando, a veces con lucha, otras con vergüenza; pero es posible que sólo sean recuerdos de sueños, o tal vez sueños de recuerdos.

No sé cómo es la pared que está a mi espalda. La siento como una especie de punto de apoyo, punto de apoyo que, la verdad sea dicha, no me permite mover el mundo, ni siquiera el mío, tan poca cosa. A veces, la pared que está a mi espalda me impide huir cuando la pequeñez en la que vivo se me hace insoportable.

La pared que tengo frente a mí sí que sé cómo es, o debería saberlo, pues la veo constantemente. Lo que pasa es que la veo pero no la miro, y sería incapaz de explicar cómo es si alguien me lo preguntara; aunque nadie me lo preguntará nunca, y eso me tranquiliza. En la pared de enfrente hay una ventana, un poco en alto, a través de la cual entra luz, nunca mucha, a menudo poca y triste, a veces ninguna. Saber que no hay nada que ver por esa ventana me proporciona insípida tranquilidad.

Mis ojos no alcanzan a distinguir lo que tengo a mi derecha, pero me parece que allí hay un espacio que no está vacío del todo. Lo ocupan sombras imprecisas y contornos borrosos que no consigo identificar; será porque no veo bien, o tal vez será porque mi mundo ya sólo consta de puertas, ventanas y paredes, y he olvidado todo lo demás, y por eso llamo sombras imprecisas y contornos borrosos a todo lo que no son puertas, ventanas y paredes.

A mi izquierda hay una puerta que siempre está cerrada. Antes estaba abierta y llevaba a algún sitio. Luego empezó a estar cerrada, cada vez más a menudo. Ahora parece parte integrante de la pared, y la verdad es que no me importa que sea una puerta o un trozo de muro, y ya no me interesa saber a dónde lleva o a dónde llevó en su momento.

En algún momento me da por pensar que a mi espalda está mi pasado, y frente a mí, la ventana de mi futuro; que hacia mi derecha, el salvaje oriente, se extiende el mundo desconocido y anhelado de las cosas prohibidas; y que a mi izquierda, tras la puerta y bañada con los rayos tibios del sol poniente estás tú.

Pero no. Porque al norte, mi mundo limita con la pared que tengo a mi espalda, y, al sur, con la pared que tengo enfrente; al este, mi mundo llega hasta donde alcanza mi vista, que no es muy lejos, y al oeste termina en una puerta cerrada. Sólo eso.

EL DÍA EN QUE ME PERDÍ EN LA BALDOSA

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Sobre mi mesa tengo una pequeña baldosa. En la vida real, la uso para dejar sobre ella mi taza de té, y en mi vida imaginaria la empleo como posavasos para mis bourbons, sí, esos que me invento para dar carácter a mi personaje de escritor maldito cuando no tengo nada mejor que hacer. La compré en Lisboa, cosa que no viene mucho a cuento, pero que al menos puede ayudar a entender por qué en ella hay un gallo azul, además de hojas, ramas y flores, también bastante azules, por cierto. Añado, y se verá más adelante que la puntualización no es baladí, que un día se me rompió por la mitad, la baldosa, claro, y con un poco de pegamento la pude recomponer. Bueno, lo de la mitad es sólo una aproximación.

Pues el otro día estaba sentado en mi sillón, con una hoja en blanco en la pantalla del ordenador, preguntándome por qué era tan difícil tener ideas, contemplando mi baldosa, de la que acababa de retirar una taza de té consumida, y pensando en lo efímero de una taza de té, de un vaso de bourbon imaginario, de la primavera, del amor, de la vida misma. La miraba sin verla, pero de pronto me pareció que el gallo se movía. Incrédulo, concentré en ella toda la agudeza de que fui capaz. Pero antes de poder aclarar nada, la baldosa empezó a crecer y a crecer, y yo empecé a caer y a caer, y tras un rato de enorme confusión me encontré rodando por el suelo, entre ramas y hojas azules. Confuso y desorientado, me levanté. A mi alrededor, y hasta el horizonte, sólo había suelo blanco y vegetación azul. Desolado, cabizbajo, me pregunté qué era lo que me había sucedido, y cuáles debían ser mis siguientes pasos.

A la primera pregunta debo reconocer que todavía hoy, mucho tiempo después, no he hallado respuesta. Pero respecto a la segunda bien pronto se resolvió la incertidumbre. En efecto, a la que volví a alzar la vista divisé a lo lejos una enorme silueta azul bípeda, con cresta enhiesta y plumas arrogantes que se iba acercando a donde estaba yo. Como en mi estado de profunda zozobra no recordaba si los gallos, especialmente los azules, eran o no carnívoros, juzgué sensato ponerme a correr y poner cuanta distancia fuera posible entre el gallináceo y yo. Era urgente encontrar refugio, porque aquel bicho, incluso de lejos, no parecía muy amistoso. Corrí y corrí, exigiendo a mi corazón y a mis pulmones me temo que algo más de lo que estaban en condiciones de suministrar. El terreno seguía sin otro particular que sus plantas azules y su lisura blanca y cerámica, así que la cosa se estaba poniendo fea;  pero cuando ya empezaba a desesperar, noté que en el suelo aparecían una especie de grumos de algo solidificado. Al poco, llegué a una grieta que cruzaba mi camino y se extendía a lado y lado hasta perderse de vista. Algunos trozos de la grieta estaban rellenos de aquella sustancia solidificada, pero otros no, de manera que no me fue difícil encontrar una oquedad donde acomodarme, jadeante. Mientras yo bendecía mi escasa pulcritud a la hora de recomponer baldosas, el gallo pasó de largo, y pude sentirme, dentro de lo insólito de la situación, a salvo.

Así empezó mi vida de baldosita, que creo que es como debe llamarse a los habitantes de las baldosas. De ella conservo recuerdos fragmentarios y muy imprecisos. Sólo sé que pasó el tiempo, sin que fuera consciente de cuánto pasó, ni apenas de cómo pasó. Y poco a poco empecé a aceptar el hecho de que iba a vivir para siempre en aquella baldosa desierta, con la única compañía de un gigantesco y huraño gallo azul.

Pero no fue así. Un buen día, al salir de mi grieta-hogar, vi pasar a cierta distancia una silueta femenina. Era evidente que ella no me había visto a mí, pues estaba de espaldas, y caminaba alejándose, sin prisa ni apuro alguno. He de reconocer que experimenté casi una sacudida, y algo se removió en mi interior. Cuando uno vive en una baldosa, entre estar solo y estar acompañado hay una diferencia. Pero hubo algo más. Y no fue deseo, o no sólo deseo. Fue bastante más, y habrá que disculparme si no lo sé explicar mejor. Ella estaba lejos, y de espaldas, de manera que no pude ver su cara, ni apenas sus formas. Pero la silueta era profundamente femenina, y, a pesar de una evidente economía de movimientos, caminaba con gracia especial, nada afectada pero tremendamente atractiva. La estuve contemplando un rato, y cuanto más la miraba más cautivado quedaba por aquella silueta estilizada, por aquella espalda erguida y flexible, por aquella melena que parecía ejecutar un suave contrapunto a su ritmo de marcha, por aquellas piernas torneadas que convertían cada paso en un paso de baile, por aquellas caderas que parecían ondular suspendidas en el éter. Y bueno, sí, lo confesaré con todas sus letras: me enamoré perdidamente, como un tonto, de manera total e inapelable. Salí corriendo tras ella, con locos pensamientos de Adanes y Evas, y con un montón de mariposas aleteando en la boca de mi estómago, perdóneseme el fácil tópico. Al llegar a una distancia razonable, se me ocurrió que debía decirle algo, iniciar algún tipo de conversación. Como verán, no estuve muy brillante, pero estas cosas nunca se me han dado muy bien; entre mi torpeza congénita y las circunstancias, un tanto singulares, en mi descargo sea dicho, sólo se me ocurrió preguntar:

-Eh, oiga, perdone… ¿sabe si los gallos azules son carnívoros?

Se detuvo y, con la misma gracia que impregnaba todos sus movimientos, empezó a darse la vuelta, despacio. Yo, mientras, me estaba derritiendo, y esperaba ver su rostro, en el que estaba seguro iba a aparecer dibujada una sonrisa cálida de divertida sorpresa. Mi sangre se estaba acercando a su punto de ebullición y mi corazón latía más fuerte y más deprisa que si me hubiera perseguido un gallo, del color que fuera. Por eso lo que sucedió me resultó totalmente sorprendente: me quedé dormido. Sí, reconozco que es raro, pero yo creo que son cosas que son habituales cuando uno vive en una baldosa.

Al despertar, estaba en mi sillón, con una página en blanco en la pantalla del ordenador. La baldosa, inofensiva y con el gallo inmóvil en su centro, ocupaba su lugar habitual. La miré con incredulidad, la miré y la remiré, incluso la inspeccioné con una lupa, luego con otra lupa más potente. Si alguien cree que lo que me preocupaba era el gallo, o localizar la grieta que me había dado cobijo, se equivoca. Lo único que me interesaba era encontrar una silueta, femenina y esbelta. Pero no di con ella. Una punzada de dolor me advirtió de la llegada de un vacío de contornos muy bien definidos, un vacío de sabor dulceamargo orlado por una infinita añoranza, que me ha acompañado desde entonces.

Me puse a teclear, para explicar la historia, pero sobre todo para mantener la añoranza a raya. A menudo, me detenía y me quedaba mirando la baldosa. Ahí, en alguna parte, una silueta femenina me está esperando, aunque no sé cómo llegar a ella. Sé que todo suena raro, pero no hay nada tan real como una ausencia.

Así que no me digáis que fue un sueño.

 

DE CAZA (y 2)

 

OLYMPUS DIGITAL CAMERASigo con mi movimiento pretendidamente browniano a través del Ensanche, pero ando con el alma perdida, y apenas me fijo en nada ya. Tan sólo en un balcón que ofrece comida a la mosca del geranio, y pienso que está bien, que nutrir a los insectos hambrientos o a sus larvas, sobre todo a sus larvas, que la infancia se lo merece todo, es siempre un acto de bondad.

 Esta falta de atención, impropia del estado de ánimo del cazador, se debe a que mi movimiento tenía en verdad un componente determinista oculto, componente que me ha ido llevando sin que yo fuera consciente del todo, hacia la parte baja de la ciudad. Cuando abandono el Ensanche cartesiano y penetro en el conglomerado orgánico del barrio antiguo, mis sentidos vuelven a afinarse. El hiato entre los dos tejidos es drástico, y apenas hay intrusiones de uno en otro, nada de mestizajes, que se diría hoy en día. Pienso que es como si un muro alto y fuerte los hubiera separado alguna vez, y quedo satisfecho del poderoso símil que creo haber inventado. Entonces, de repente se me aparece el fantasma de la muralla de Barcelona. Bajo la cabeza, algo avergonzado; en serio que no todos los días descubro el Mediterráneo.

 Superado el pequeño sofoco, me asomo a lugares que cargan a sus espaldas mucha más historia y muchas más historias de las que uno es capaz de imaginar. Un poco desconcertado por la presencia silenciosa de toda esa cantidad de pasado que me supera, busco un asidero; así que me acerco al colegio al que fueron mi padre y sus tres hermanos, y me detengo un momento ante la puerta. Intento evocar imágenes de niños que son, o fueron, o tal vez serían, o serán, menudo lío de tiempos, mi padre y mis tíos, pero no lo consigo. No importa, me conmuevo igual, que para eso he venido, y como no está bien quedarse conmovido allí en medio, pues adopto mi pose de fotógrafo maldito, que si fumara quedaría todavía mejor, con una colilla en la esquina de la boca, una lástima, esto de no fumar, y disparo unas cuantas veces sin ni siquiera encuadrar, creo que ni siquiera he puesto la cámara en marcha, es sólo cuestión de justificarme. Respiro hondo, y pongo rumbo a cualquier otra parte.

 Como si jugara a un extraño juego de la oca, topo con otro colegio, de colegio a colegio, me digo, y me respondo, y tiro porque es mi privilegio; y es que a veces me salgo respondón yo solito. La visión de este otro colegio me produce algo de desasosiego: el patio vacío, triste cemento recalentado por el sol, encerrado por las paredes de las casas vecinas, que se elevan de manera muy poco cariñosa y hurtarán la visión de buena parte del cielo a las miradas infantiles. OLYMPUS DIGITAL CAMERASólo una apertura, una verja-puerta, a través de la que miro. Y veo el patio vacío, el triste cemento recalentado, perdón, creo que me repito, y una canasta como todo aliciente para alimentar los sueños infantiles, sueños que en su mayoría intentarán huir de aquel lugar tan inhóspito pero que seguramente morirán atrapados en la verja. Pensar en lo sueños muertos atrapados en la verja no ha sido una buena idea, me hace dar un respingo y un paso atrás para apartarme de aquel camposanto de sueños. En un movimiento defensivo reflejo, me echo la cámara a la cara y disparo una ráfaga; a lo mejor salen los sueños muertos. Pero… quia. Sólo sale una verja sobre un patio de cemento inhóspito recalentado por el sol, que huele a patio de cemento inhóspito recalentado por el sol. Concluyo que los sueños muertos son transparentes. Para consolarme, pienso que un día vendrán miles de globos de colores, que dejarán que lo sueños se cojan a ellos y se los llevarán a donde sea que deban llegar lo sueños.

 Intentando no encontrarme con más colegios, callejeo con sensación de plenitud melancólica, que no sé muy bien qué es, en cualquier caso es un estado de ánimo que pega bien con el tipo de cazador que estoy representando. Yo, que he vivido en el Ensanche la mayor parte de mi vida, siento con mayor intensidad recuerdos de este barrio antiguo, algunos propios, muchos prestados o de segunda mano. Una contradicción más, como aquello que me dijeron una vez, que quOLYMPUS DIGITAL CAMERAeriendo ser Haddock terminé siendo Tintín. Pues contradicción en ristre ando arriba y abajo, olfateando rastros perdidos de un niño con su padre, de un niño con su madre, de u niño con sus abuelos, o de un joven muy joven que jugó un poco a la bohemia en un estudio de ínfimas dimensiones. La verdad, rastros ya no quedan muchos, que alguien debió pasar el estropajo del olvido, y eso me indigna. Indignado pues, y a falta de mejor negociado al que dirigir mi protesta, alzo la vista al cielo, pero por el camino veo que desde un balcón se han solidarizado conmigo. Eso me reconforta, y dedico a los moradores del balcón un imperceptible saludo.

 Lo que no acabo de entender es cómo he llegado exactamente a la puerta del edificio desvencijado donde estaba aquel estudio del que acabo de hablar, porque de verdad que no tenía intención alguna de venir aquí. Pero ya que estoy, y como todavía me dura la indignación de antes, me planto en jarras ante la puerta, como reclamando el derecho a recuperar alguna de las infinitas posibilidades que creí entender que la vida me ofrecía en aquel entonces, y que luego no me dio, sería que no me fijé en la letra pequeña de la oferta.

 Mi postura es sin duda gallarda y desafiante, pero como, pasado un rato, nadie me ha hecho ningún caso, tiro de máquina de fotos, por favor, qué bien van las cámaras para salir airoso de estos trances, y disparo, así como con desgana, y entre las fotos y mi digna actitud, aprovecho para retirarme de aquel callejón sin que se note demasiado que huyo con el rabo entre las piernas.

oOoOoOoO

Addendum

La idea de los globos, contra lo que algunos podrían pensar, viene de “Le Ballon rouge”, de Albert Lamorisse.
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