DE CAZA (1)

OLYMPUS DIGITAL CAMERA  Hoy voy de caza. Salgo a dar un paseo urbano, provisto de mis armas de caza mayor: una cámara fotográfica y una pequeña libreta. Voy en busca de alguna idea para el blog, o al menos de alguna imagen interesante. Y aunque anticipo que volveré con las manos vacías, es decir, con la libreta en blanco y la cámara llena de un montón de imágenes de interés diremos que limitado, eso no me preocupa. Y no me preocupa porque, a cambio, habré disfrutado de un paseo sereno, con un hermoso sol que llena la ciudad de contrastes de luz y sombra, de calor y fresco, un paseo de esos sin dirección ni sentido en los que uno enfila una calle y no la otra, dobla una esquina y no la de más allá sin saber muy bien por qué; o sabiéndolo, pero sin acabar de creerlo: un color, un señor que empuja una carretilla, un trapo en una ventana, o puede que el aroma diluido de un recuerdo enterrado en el pozo de la memoria que se disuelve. Así que me embarco en un itinerario maravillosamente carente de lógica, y también carente de geometría, y hasta de teología, como hubiera dicho aquél. Eso sí, como buen cazador, tengo los sentidos a flor de piel, estoy alerta, receptivo a los más nimios detalles. Llevar cámara, y llevar libreta, obliga a mirarlo todo con otra mirada, una mirada que atraviesa las cosas y llega incluso a aquello que no se ve, o sobre todo llega a aquello que no se ve. También como buen cazador que no come de lo que caza, a pesar de que no me cobre ninguna pieza seré feliz mientras lo intente.

Transito por el tejido cartesiano del Ensanche, y mis pensamientos se pierden en lo que pudo ser y no fue esta parte de la ciudad. Pero eso es una estrategia equivocada para un cazador como yo, de manera que dejo de lado lo que pudo ser y lo que deOLYMPUS DIGITAL CAMERAbió haber sido y me quedo en lo que finalmente fue, o sea, en lo que es. Y entonces veo furgonetas que ya no llevan cartas de amor, una casa tachada no sé por qué (¿se debió construir por error?) y dos ancianas que, abandonada toda rebeldía residual, cruzan disciplinadamente en verde sin reclamar ni libertad, ni amnistía ni siquiera el voto para las mujeres, si es que alguna vez reclamaron tales cosas.OLYMPUS DIGITAL CAMERA

Un poco más allá, descubro una escena curiosa. Dos jóvenes turistas han pedido a una dama de cierta edad que les haga una foto, y mientras posan me detengo, no fuera a estropear la composición. Sigo la escena, algo chusca, a través del reflejo en un escaparate, discreto que es uno. La situación se prolonga. Las chicas desconfían de la capacidad de la señora, puede que con razón, inspeccionan el resultado, tuercen el gesto, le piden que repita, y mientras la pobre señora, azorada, hace lo que puede, ellas no dejan de gesticular para indicarle esto, aquello y lo de más allá. Por lo visto, la señora, que seguro que, ejerciendo su derecho de edad, llama retrato a las fotos, no atina; el retrato no queda al gusto de las señoritas, que empiezan a ponerse nerviosas probablemente pensando que cómo es posible que en una ciudad como Barcelona haya damas, aunque sean de cierta edad, que no sepan fotografiar decentemente a las turistas. Como veo que las cosas se complican, intento hacerme pasar por un alcorque, no fuera a salpicarme el asunto. Pero se ve que mi camOLYMPUS DIGITAL CAMERAuflaje resulta poco creíble, las chicas me divisan, me ven con cámara al cuello y gritan, alborozadas: “se lo pediremos a ese señor, mira la cámara que lleva, seguro que sabe hacer muy buenas fotos”, ya me he encargado yo de la traducción simultánea. Suerte que la libreta la llevo en el bolsillo, me digo, si no seguro que encima me piden un poema. Me acerco, resignado. Como no puedo decepcionarlas,  me apodero con aplomo de su máquina de baratillo, estudio sin prisas la posición del sol y la configuración de las sombras, por supuesto con mirada profesional, frunzo el ceño, que siempre es un recurso convincente, y las hago cambiar de sitio con ademán autoritario. Así queda mejor la iluminación y los contrastes me ayudarán a dar profundidad a la foto; las muevo otro poquito, en parte para conseguir un bonito inmueble como fondo de la foto, en parte para ver si puedo capturar también un coche movido que dé un poco de dinamismo, y en parte simplemente para fastidiar. Encuadro, les pido que relajen el rostro, hago una primera toma, sólo para ver el tacto del disparador, modifico el encuadre, buscando incorporar una hilera de farolas que añadan ritmo a la futura imagen, les pido que cambien la posición de las manos, y cuando bajan la guardia para moverse disparo de nuevo, les pido que sonrían, y espero unos segundos, bastantes segundos, para que se les canse la sonrisa, y entonces vuelvo a disparar, finalmente les digo que ya está, y en cuanto abandonan su hieratismo de turistas en tierra exótica, les tomo tres o cuatro tomas más en rápida sucesión. Les devuelvo la cámara con desapego experto, evito caer en la tentación de hacer una reverencia, porque mi actuación de fotógrafo consumado ha sido, modestia aparte, memorable, y me retiro dignamente. Quedan convencidas de que han sido fotografiadas por el mismísimo Catalá-Roca. O quedarían, en el caso improbable de que supieran quién era ese tal Catalá-Roca.

Mientras me alejo, pienso en que es una lástima que no haga las fotos tan bien como las explico.

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