BATALLA ANTES DE CENAR

Los soldados avanzan en hileras perfectas, los uniformes coloridos y las armaduras brillantes hacen del ejército una composición gloriosa y marcialmente geométrica. En punta marchan los cartagineses, formados de tres en fondo, primero los lanceros con sus cotas de malla y sus cascos cónicos, detrás la infantería pesada, con sus corazas y sus yelmos de penachos azules, les siguen las falanges macedonias, prietas las filas detrás de los amplios escudos, les flanquean a lado y lado sendas columnas de la Policía Montada del Canadá, casacas rojas, sus sombreros de fieltro y banderines y rifles. Algo más atrás, dos pelotones, el de la izquierda con uniformes azules, el de la de la derecha con uniformes grises, capitaneados por oficiales a caballo recién salidos de West Point, se abren levemente en formación de cuña para prevenir sorpresas. Cierra la marcha una compañía de hombres uniformados de caqui, con armas automática preparadas para la acción, como mandan los cánones de la guerra moderna, su jefe va a bordo de un jeep camuflado con una imponente ametralladora. Visto desde arriba, aquel ejército resulta poco coherente pero muy aguerrido, belicoso, imponente en su bizarría, la disposición táctica que exhibe dice mucho de su disciplina y de los conocimientos tácticos, de sus mandos, quién iba a osar atacarlo, quién, nadie en su sano juicio, nadie, bueno, nadie salvo aquellos malvados que acechan detrás de las sillas, un conjunto heterogéneo de elementos desparejados, unos pocos indios, dos o tres piratas, un caballero medieval un poco descascarillado, un grupo de arqueros de adscripción dudosa, un elemento indefinido con turbante, además de un torero y dos ciclistas, estos últimos, y puede que el torero también, más que otra cosa para hacer bulto, que nada se les había perdido en aquella contienda, y se emboscan entre las patas de las sillas con la intención de que pase la vanguardia cartaginesa, los montados y las falanges, incluso los yanquis y confederados, para así caer sobre la retaguardia, y la lucha se anuncia feroz, sin cuartel, y mientras las tropas avanzan, la horda de villanos toma posiciones y prepara su golpe de mano, y el único temor del niño es que su madre le llame a cenar y tenga que recoger y ordenar el campo de batalla antes del momento supremo, déjame jugar un rato más, mamá, y puede que fuera por eso que se quedara medio confuso cuando empezaron a silbar las balas, y cuando el inofensivo bosquecillo del otro lado del torrente se adornó de pronto con pequeñas lenguas de fuego que parecían señalarle, buscarle, y cuando se oyeron los primeros chirridos desgarradores de las granadas de mortero trazando sus mortíferas parábolas, y al concierto, o mejor sería decir desconcierto, se le unieron otros sonidos de muerte y destrucción, en vez de arrojarse al suelo o buscar amparo en alguna piedra o cuneta o tronco que la Providencia hubiera dispuesto por allá para su salvación, se quedó un momento pensando, sorprendido, que ni los indios ni los ciclistas, ni mucho menos los toreros, tenían morteros, y puede que fuera por ese retraso en cumplir con los elementales protocolos del arte de cómo reaccionar ante una emboscada, puede que fuera, repito, por ese retraso, que oyera un chirrido un silbido una explosión una sacudida suya, suyas, personales e intransferibles, y puede que por eso notara un golpe, y puede que por eso cayera de espaldas y viera el cielo azul con alguna nube, y mientras veía el cielo azul con alguna nube pensó que el golpe de mano de la turba de restos de serie les estaba saliendo muy bien, pero que pronto vendrían a sacarles del apuro los macedonios, la Policía Montada del Canadá y los americanos, y que tal vez mientras tuviera que resguardarse, o incluso que disparar, pero el silbido de las balas, propias o ajenas, las explosiones, los gritos, todo, empezaba a alejarse, a no ir con él, y volvió a mirar al cielo pero parecía que hubiera oscurecido, y pensó, qué mala pata, creo que mamá me llama para ir a cenar, y de repente se hizo de noche sin que llegara a ver los penachos azules de los cascos de los cartagineses que venían a salvarle, y pensó que le regañarían si no iba a cenar enseguida, así que cerró los ojos, o puede que los dejara abiertos, el resultado iba a ser el mismo.

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