MONTE ARRIBA (y II): CUIDADO CON EL CHOCOLATE

Publico dos entradas a la vez, esta y la anterior, ya que en el fondo son una única entrada que se me partió por la mitad. Se pueden leer las dos a la vez o, mejor opción, consecutivamente, pero también de manera independiente, la primera y no la segunda o la segunda y no la primera; incluso se puede no leer ninguna.

A una hora bastante digna he coronado el pico. Coronar un pico siempre produce un placer elemental y no muy razonable, pero cuándo se ha pedido a los placeres que fueran razonables. Hechas las fotos, he abierto mi saquito de provisiones y he repuesto fuerzas con fruición: un par de mandarinas, unas nueces y ese trago de agua que sabe mejor y más intenso que el trago del mejor reserva de la mejor cosecha. Luego, como reconocimiento a mi esfuerzo, me he premiado con una pequeña pastilla de chocolate que ayer rescaté de un armario de casa donde yacía olvidada. La había comprado hacía mucho tiempo en un remoto pueblo francés donde me detuve por pura casualidad, en una chocolatería atendida por una mujer un tanto enigmática. Recordando aquella tienda tan poco en consonancia con el lugar, y un poco perdido en la grandeza del paisaje, saboreé el primer bocado; era un chocolate denso, aromático, con una amargura sin aristas, levemente especiado e incluso algo picante. Suspiré, cerrando los ojos, y fui atacando sin prisas el resto de la tableta. Un éxtasis gustativo…

En cuanto terminé, y con en la boca los últimos coletazos del chocolate, me di cuenta de que algo no acababa de ir bien. Mi corazón empezó a latir más fuerte, a pesar de estar sentado, y la sangre se puso a correr por mis venas y arterias con cierto desorden; como hubiera dicho un físico, abandonó su habitual flujo laminar para pasar a un clarísimo flujo turbulento. Por otra parte, mi diálogo interior, tirando a contemplativo, se tornó tumultuoso, y sin yo poder hacer nada para evitarlo, empezó a derivar hacia contextos… esto… irreproducibles. Un poco asustado, miré con aprensión el envoltorio del chocolate, pero qué iba a hacer, si todo su contenido estaba ya en mi estómago y, por lo que podía notar, también en mi sangre. Ante la ausencia de alternativas, decidí iniciar la bajada, aunque en mi situación de creciente desenfreno psicosomático se me antojaba peligroso.

Mis primeros pasos fueron un poco tambaleantes, y mi pensamiento estaba ocupado en asuntos de mayor enjundia que buscar el camino o apoyar los pies con cierto fundamentado equilibrio. Aquellos chocolates eran auténticas bombas, y su autora no sé si merecía la horca o el título perpetuo de benefactora de la Humanidad, probablemente ambas cosas. Un sofoco se me iba, y otro se me venía. Intentando dominarme, apliqué todas las recetas que se me ocurrieron: hacer raíces cuadradas mentalmente hasta el sexto decimal (aunque reconozco que sólo lo conseguí con el cuatro), pensar en las próximas elecciones, recordar una escena de La vida es una tómbola, evocar la declaración de Hacienda, hacer cien flexiones (en realidad a la tercera tuve que parar por fuerza, o falta de fuerza, mayor): nada. Mi estado no mejoraba, mis pensamientos giraban obsesivamente alrededor de una misma idea… esto…básica, y mis humores se agitaban a mayor ritmo todavía que mis pensamientos y exactamente en la misma dirección.

Declamando a gritos poesías eróticas que iba improvisando, conseguí avanzar un poco. El camino de bajada llevaba a una vieja ermita, lo cual me dio una idea para solucionar mi problema de… esto… exceso de energías. Así que nada más llegar a la ermita me puse a impetrar la Gracia de la Patrona o Patrón de aquel santo lugar, fuera quien fuera, para que me librara de mi tormento. Muy apurado tenía que estar un descreído como yo para recurrir a soluciones tan poco laicas; pero me apliqué con todas mis energías a formular una petición bien argumentada. Desgraciadamente, el Cielo se mantuvo sordo a mis plegarias. Y he de admitir que no se lo reprocho, pues si bien seguramente la petición en sí debió parecer plenamente razonable a quien la recibiera, es posible que los detalles que di sobre lo que me pareció la mejor manera de aliviar mis… esto… inquietudes, probablemente fueron considerados que atentaban en exceso contra el sexto mandamiento, contra el noveno y contra algunas otras regulaciones menores. Viéndome rechazado por las Instancias Divinas, y en un acceso de cólera dramática, me planté ante la ermita y declamé con sincero convencimiento:

Clamé al cielo y no me oyó.
Más si sus puertas me cierra,
de mis pasos en la tierra
responda el cielo, no yo.

 Y me puse a correr monte abajo, jurando en gíglico, en busca de alguna ninfa, dríade, náyade, sirena nemorosa, serrana, pastora, zagala, lo que fuera, lombriz, bueno, lombriz no. La verdad es que ahora, en frío, me avergüenza reconocer la situación de necesidad extrema en que me hallaba y los pensamientos y deseos que aquello engendraba en mi débil carne. Pero a quien tenga tendencia a juzgarme duramente, le invito a que un día pruebe un chocolate como aquel del que yo había sido víctima, y luego me cuente.

 La historia hubiera podido acabar muy mal. Pero quiso el destino que en mi loca carrera atinara a pasar cerca de un pequeño estanque de aguas cristalinas, desde el que me pareció que una doncella, que allí voluptuosamente se bañaba, me hacía inequívocos e insinuantes gestos. Sin pensármelo dos veces, ni siquiera una, me lancé en pos de tan mirífica visión, con tan mala, o puede que fuera buena, fortuna que me enredé en unas ramas y caí cuan largo y ancho soy en el estanque. Al instante, el estanque y sus límpidas aguas se tornaron en charca fangosa, y la supuesta doncella en una rana que ni siquiera se dignó mirarme y desapareció con gran y ofendida dignidad. Churretones de barro se me colaron por la espalda, y empezaron a subir por las perneras del pantalón, como reptiles viscosos y malolientes que se dirigieran a un punto no muy alejado de mi ombligo. Eso, junto con la frialdad del agua, consiguieron lo que no habían conseguido ni jaculatorias ni flexiones ni raíces cuadradas, y los efectos del chocolate quedaron pronto disipados. Avergonzado, hecho un Dios me libre, empapado, tiritando de frio, completé el camino de regreso con infinita pena y cero de gloria.

 Nada más llegar a casa, corrí al armario del chocolate, y comprobé con horror que nos quedaba otra tableta de aquellas. Poseído por un irreprimible furor vengativo, la cogí entre mis manos sin contemplaciones y me dispuse a entregarla al abrazo del fuego purificador…

 (Y aquí termina la historia… Dejo a la imaginación del lector el destino final de aquella mágica tableta)

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