MONTE ARRIBA (I): ¿NOS ECHAMOS UNA CARRERITA?

 

Publico dos entradas a la vez, esta y la siguiente, ya que en el fondo son una única entrada que se me partió por la mitad. Se pueden leer las dos a la vez o, mejor opción, consecutivamente, pero también de manera independiente, la primera y no la segunda o la segunda y no la primera; incluso se puede no leer ninguna.

 

Estoy subiendo hacia un pico, bueno, dejémoslo en un piquillo, que se llama Puigsallança. Hace sol, pero es un sol poco agresivo, y además la mayor parte del camino transcurre por dentro de encinares y hayedos, umbríos los primeros, a la espera de lucir sus hojas los segundos. Es el principio de la subida, y se respira bien, de momento. El olor a tierra, a verde, a húmedo, resulta embriagador.

Voy solo. Me gusta ir solo por la montaña. Solo, estás más atento a olores, luces y sonidos. O a lo mejor eso son excusas, y lo que pasa es que me gusta ir solo por ciertos rasgos de mi carácter, digamos que de déficit de sociabilidad, de los que a veces se me acusa. Sea una cosa, la otra o ambas, me gusta establecer una especie de diálogo interior mientras camino, sobre todo cuando los árboles me privan de conversar con mi sombra. Y no pretendo insinuar que eso del diálogo interior implica profundas reflexiones, qué va. Mi diálogo interior es intrascendente, casi frívolo en ocasiones. En cualquier caso, el camino embarrado y resbaladizo que estoy siguiendo no lo cambiaría por la alfombra roja de un palacio; subiendo, me siento profundamente feliz, incomprensible y atávicamente feliz.

Llego a un pequeño collado con una hierba tan verde que uno no acaba de tomársela en serio. Ahí, la vegetación se abre, y, a lo lejos, se ven las imponentes cumbres nevadas del Pirineo. Son cumbres consagradas, reconocidas, con una pizca de arrogancia, y que miran a mi modesto pico como quien mira a un hermano pequeño que no ha alcanzado la pubertad. Pero yo no me dejo amilanar, y sigo mi camino con espíritu primaveral. Y es que sí, la primavera ha venido, nadie sabe cómo ha sido. Además de las flores, de los sonidos, de la tibieza del aire, flota por ahí un no sé qué indefinido que me fuerza a mirar a la Primavera a los ojos. Y lo hago con cierta sensación de culpabilidad, y me veo obligado a reconocer que ha llegado, a pesar de mis deseos de que no llegara. ¿Qué por qué no quería que llegara? Tanto da, cosas mías. De hecho, hubo una época en que, cuando se acercaba el momento, luchaba con la Primavera, la empujaba, intentaba cerrarle el paso, detenerla, retrasarla. Jamás conseguí nada; como mucho un año conseguí que llegara unos segundos más tarde, pero hubo tal revuelo en las Cortes Astronómicas, y tal furia en los Sindicatos Astrológicos, y las mareas excepcionales que vinieron soliviantaron de tal manera a los Reinos Marinos y Oceánicos, que me juré no volverlo a hacer. Ahora, me limito a mirar para otro lado, a simular que no va conmigo, hacer como quien no quiere la cosa, a no establecer relaciones diplomáticas con ella. Pero, cada año, termina llegando un día en que la evidencia se impone. Y este año ese día ha sido hoy. Los sonidos, la tibieza del aire, las flores, y ese no sé qué que flota por ahí, han hecho que terminara rindiendo pleitesía a la Primavera; pues qué se le va a hacer, si no puedes con tu enemigo únete a él, o eso dicen.

En estas estoy, intentando respirar a pesar de la cuesta cada vez más empinada, cuando de repente oigo voces. Un grupo de tres o cuatro personas viene en sentido contrario, y, Dios, cómo se envidia a los que van en sentido contrario cuando tú subes. Obviamente, están practicando el diálogo exterior, lo cual interrumpe mi diálogo interior, claro. Y me hace pensar que la gente en la montaña debería ir callada, o hablando poco y muy bajito, que no está bien llenar el monte de voces. Disimulando mi desaprobación, les saludo cortésmente al cruzarnos. En estos casos, intento saludar con dignidad, procurando que no se note que el corazón está a punto de salírseme por la boca; ello implica algunos equilibrios que no siempre dan resultados satisfactorios. Mientras los caminantes se pierden a mi espalda en dirección al valle, se me ocurre que lo que juzgamos que está bien o que no está bien depende no tanto de juicios morales o de valores éticos, sino de lo que nos gusta o no nos gusta, o de lo que nos hace sentir momentáneamente satisfechos o insatisfechos, así que un ejercicio de tolerancia es siempre recomendable. Profundamente emocionado por mi altura de miras interior, dejo que mi mirada se pierda en el infinito y así componer una escena de profunda trascendencia; lamentablemente, mi altura de miras y mi mirada perdida la aprovecha una piedra para ponerme una alevosa zancadilla que casi da con mis huesos en el suelo. De manera que me pongo a maldecir, con escasa tolerancia, a mi prójimo ruidoso, a todas las piedras de ese lado del Mississippi y a la falta de oxigenación de mi cerebro que me provoca pensamientos de tan inútil y ecuménica bondad.

Al poco, tengo uno de mis consabidos ataques de hipocondría. Suelen darme estos ataques cuando las fuerzas flaquean y el diálogo interior languidece, una o dos veces por excursión. En esta ocasión, todo empieza por un dolor incipiente en una rodilla, que me hace pensar que me acabo de quebrar el menisco, y quién sabe si también el fémur, y que por culpa de ello voy a caer al suelo y quedar inconsciente por el golpe, a la merced de la congelación y de las alimañas. Mientras me preparo para la caída, noto un leve dolor en el hombro derecho, y me digo, caramba, qué infarto más raro estás teniendo, y cuando ya me dispongo a sacar el móvil para dictar un mensaje póstumo al mundo, veo lucecitas en un ojo, aviso inapelable de un inminente desprendimiento de retina, lo cual me causa amplia zozobra, ya que andar ciego por la montaña, más si encima se te han roto los meniscos y estás sufriendo un infarto, es muy difícil. Al cabo de poco, el ataque de hipocondría termina. Igual que vienen se van, deben de ser cosas de la edad.

Pasado el ataque en cuestión, creo obligado explicar qué hago aquí. El Puigsallança hacia el que me dirijo es un “cent cims”, un “cien cimas”. Esto de las cien cimas es una especie de reto que consiste en coronar cien cimas de entre un listado de más de trescientas propuesto por la Federación Catalana. La primera vez que oí hablar del asunto me pareció una gran idea, y se me ocurrió que era una excusa excelente para ir conociendo y descubriendo rincones y lugares hermosos. Pero en esas se me apareció el señor Tiempo, que me miró con sorna y dijo:

-Sí, claro, cent cims, mi niño, explícame cómo vas a subir a cien cimas con los años que te quedan para subir cimas, ricura, echa unos números, el ritmo al que Yo paso y el ritmo al que tú subes, que no sé para qué te sirve tanta ciencia, si terminas siempre en manos del descarrío, echa cuentas y ríndete a Mi evidencia.

Profundamente afligido por tan cruel exhortación, cerré la libreta donde pensaba apuntar mis logros montañeros, derrotado. Pero en eso algo se revolvió en mi interior, y, mirando al señor Tiempo con mirada pícara le dije:

-Bueno… pues… ¿Echamos una carrerita?

Y eso. Que aquí estamos.

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