DE CAZA (1)

OLYMPUS DIGITAL CAMERA  Hoy voy de caza. Salgo a dar un paseo urbano, provisto de mis armas de caza mayor: una cámara fotográfica y una pequeña libreta. Voy en busca de alguna idea para el blog, o al menos de alguna imagen interesante. Y aunque anticipo que volveré con las manos vacías, es decir, con la libreta en blanco y la cámara llena de un montón de imágenes de interés diremos que limitado, eso no me preocupa. Y no me preocupa porque, a cambio, habré disfrutado de un paseo sereno, con un hermoso sol que llena la ciudad de contrastes de luz y sombra, de calor y fresco, un paseo de esos sin dirección ni sentido en los que uno enfila una calle y no la otra, dobla una esquina y no la de más allá sin saber muy bien por qué; o sabiéndolo, pero sin acabar de creerlo: un color, un señor que empuja una carretilla, un trapo en una ventana, o puede que el aroma diluido de un recuerdo enterrado en el pozo de la memoria que se disuelve. Así que me embarco en un itinerario maravillosamente carente de lógica, y también carente de geometría, y hasta de teología, como hubiera dicho aquél. Eso sí, como buen cazador, tengo los sentidos a flor de piel, estoy alerta, receptivo a los más nimios detalles. Llevar cámara, y llevar libreta, obliga a mirarlo todo con otra mirada, una mirada que atraviesa las cosas y llega incluso a aquello que no se ve, o sobre todo llega a aquello que no se ve. También como buen cazador que no come de lo que caza, a pesar de que no me cobre ninguna pieza seré feliz mientras lo intente.

Transito por el tejido cartesiano del Ensanche, y mis pensamientos se pierden en lo que pudo ser y no fue esta parte de la ciudad. Pero eso es una estrategia equivocada para un cazador como yo, de manera que dejo de lado lo que pudo ser y lo que deOLYMPUS DIGITAL CAMERAbió haber sido y me quedo en lo que finalmente fue, o sea, en lo que es. Y entonces veo furgonetas que ya no llevan cartas de amor, una casa tachada no sé por qué (¿se debió construir por error?) y dos ancianas que, abandonada toda rebeldía residual, cruzan disciplinadamente en verde sin reclamar ni libertad, ni amnistía ni siquiera el voto para las mujeres, si es que alguna vez reclamaron tales cosas.OLYMPUS DIGITAL CAMERA

Un poco más allá, descubro una escena curiosa. Dos jóvenes turistas han pedido a una dama de cierta edad que les haga una foto, y mientras posan me detengo, no fuera a estropear la composición. Sigo la escena, algo chusca, a través del reflejo en un escaparate, discreto que es uno. La situación se prolonga. Las chicas desconfían de la capacidad de la señora, puede que con razón, inspeccionan el resultado, tuercen el gesto, le piden que repita, y mientras la pobre señora, azorada, hace lo que puede, ellas no dejan de gesticular para indicarle esto, aquello y lo de más allá. Por lo visto, la señora, que seguro que, ejerciendo su derecho de edad, llama retrato a las fotos, no atina; el retrato no queda al gusto de las señoritas, que empiezan a ponerse nerviosas probablemente pensando que cómo es posible que en una ciudad como Barcelona haya damas, aunque sean de cierta edad, que no sepan fotografiar decentemente a las turistas. Como veo que las cosas se complican, intento hacerme pasar por un alcorque, no fuera a salpicarme el asunto. Pero se ve que mi camOLYMPUS DIGITAL CAMERAuflaje resulta poco creíble, las chicas me divisan, me ven con cámara al cuello y gritan, alborozadas: “se lo pediremos a ese señor, mira la cámara que lleva, seguro que sabe hacer muy buenas fotos”, ya me he encargado yo de la traducción simultánea. Suerte que la libreta la llevo en el bolsillo, me digo, si no seguro que encima me piden un poema. Me acerco, resignado. Como no puedo decepcionarlas,  me apodero con aplomo de su máquina de baratillo, estudio sin prisas la posición del sol y la configuración de las sombras, por supuesto con mirada profesional, frunzo el ceño, que siempre es un recurso convincente, y las hago cambiar de sitio con ademán autoritario. Así queda mejor la iluminación y los contrastes me ayudarán a dar profundidad a la foto; las muevo otro poquito, en parte para conseguir un bonito inmueble como fondo de la foto, en parte para ver si puedo capturar también un coche movido que dé un poco de dinamismo, y en parte simplemente para fastidiar. Encuadro, les pido que relajen el rostro, hago una primera toma, sólo para ver el tacto del disparador, modifico el encuadre, buscando incorporar una hilera de farolas que añadan ritmo a la futura imagen, les pido que cambien la posición de las manos, y cuando bajan la guardia para moverse disparo de nuevo, les pido que sonrían, y espero unos segundos, bastantes segundos, para que se les canse la sonrisa, y entonces vuelvo a disparar, finalmente les digo que ya está, y en cuanto abandonan su hieratismo de turistas en tierra exótica, les tomo tres o cuatro tomas más en rápida sucesión. Les devuelvo la cámara con desapego experto, evito caer en la tentación de hacer una reverencia, porque mi actuación de fotógrafo consumado ha sido, modestia aparte, memorable, y me retiro dignamente. Quedan convencidas de que han sido fotografiadas por el mismísimo Catalá-Roca. O quedarían, en el caso improbable de que supieran quién era ese tal Catalá-Roca.

Mientras me alejo, pienso en que es una lástima que no haga las fotos tan bien como las explico.

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Y ESTO HARÉIS EN HONOR AL LENGUAJE

Y en el principio fue un magma de sonidos; y de ese magma primordial unos sonidos fueron más gratos que los demás a Mis oídos y fueron escogidos, y así se crearon las letras.

Y las letras vagaron un tiempo, perdidas en el silencio que intentaban llenar, chocando las unas con las otras, y poco a poco entraron en armonía y las palabras fueron también creadas, y fueron creadas tanto breves preposiciones como inacabables adverbios, incomprendidos adjetivos, ora poéticos atributos, ora cargantes epítetos, y también fueron creados verbos de acción pasiva o activa, y prácticos pronombres, artículos de compañía, sonoras interjecciones; pues así fue hecho.

Y entonces quise que las palabras danzaran, y danzaron con alegría, y de la danza de las palabras, nacieron las frases, cortas e independientes, cooperativamente coordinadas, en procesión yuxtapuestas o disciplinadamente subordinadas.

Y al día siguiente fue mi deseo que el espacio de la lengua se curvara en formas imposibles, y de esta manera las frases, traviesas, se entregaron con desenfreno a todo tipo de juegos, y de esos juegos surgieron metáforas, aliteraciones, rimas, hipérboles, tropos, figuras, y otros dibujos de incomprensible belleza.

Y entonces le dije al lenguaje que creciera y se multiplicara y poblara la mente y el corazón de los hombres.

Y vi que lo que había hecho era bueno.

Pero en vez de descansar, dispuse que las frases, letras y palabras, todas ellas sin excepción, fueran guardadas en libros, y que esos libros tuvieran en su seno todo lo escrito, y todo lo que algún día se escribirá, incluso aquello que se podría escribir o haber escrito, y todo en todas las lenguas, las que existen, las que han existido, las que existirán y las que nunca llegarán a existir, y dispuse según mi deseo que todos esos libros fueran guardados en la Biblioteca de Babel.

Y fue mi voluntad que los hijos de los hombres tuvieran conocimiento de Ella, pero no pudieran a Ella acceder, y que por tan gran obra construida mediante un número tan pequeño de sonidos cantaran Mis alabanzas, mientras matemáticos insignes consagraban sus noches de insomnio a calcular cuántos eran los libros en Ella guardados.

Y quise que los hijos de los hombres supieran de Ella, por que supieran de un lugar donde se encerraba todo lo que es verdadero, pero también todo lo que es falso, toda la belleza, pero también toda la maldad, toda la sabiduría, pero también toda la estupidez, y toda la poesía pero también todos los balbuceos malsonantes carentes de cualquier sentido, de manera y a fin de que los hijos de los hombres quisieran emular Mi creación y escribieran sin cesar bellezas y adefesios, maravillas y aberraciones, verdades y mentiras, arte y banalidades.

Y esto haréis en honor al lenguaje: cada vez que la Tierra dé una vuelta al Astro Rey que la ilumina y alimenta, una luna después de cuando día y noche se igualan, la Biblioteca de Babel carraspeará y dejará ir a algunos de los que en su vientre moran, y de libros  inundaréis escaparates y mostradores, aceras y plazas, mercados y zocos, y la gente saldrá a la calle por y para ellos, y fiestas celebraréis en Mi honor, y el mundo se regará con rosas rojas en alabanza a aquello que ha sido hecho por Mi mano.

Y que así fuera hice.

………

– Y esta es la historia -dijo con mirada nostálgica aquel dios menor en la tertulia del bar de segunda clase del Paraíso-. Eso sí, manda huevos que los discípulos del Gran Jefe me hayan llamado Sant Jordi.

oooooo

Addendum
Parece obvio, pero para que quede escrito, la idea de la Biblioteca de Babel viene del cuento del mismo nombre de Jorge Luis Borges, Historia Universal de la Infamia
http://www.literaberinto.com/vueltamundo/bibliotecaborges.htm

BATALLA ANTES DE CENAR

Los soldados avanzan en hileras perfectas, los uniformes coloridos y las armaduras brillantes hacen del ejército una composición gloriosa y marcialmente geométrica. En punta marchan los cartagineses, formados de tres en fondo, primero los lanceros con sus cotas de malla y sus cascos cónicos, detrás la infantería pesada, con sus corazas y sus yelmos de penachos azules, les siguen las falanges macedonias, prietas las filas detrás de los amplios escudos, les flanquean a lado y lado sendas columnas de la Policía Montada del Canadá, casacas rojas, sus sombreros de fieltro y banderines y rifles. Algo más atrás, dos pelotones, el de la izquierda con uniformes azules, el de la de la derecha con uniformes grises, capitaneados por oficiales a caballo recién salidos de West Point, se abren levemente en formación de cuña para prevenir sorpresas. Cierra la marcha una compañía de hombres uniformados de caqui, con armas automática preparadas para la acción, como mandan los cánones de la guerra moderna, su jefe va a bordo de un jeep camuflado con una imponente ametralladora. Visto desde arriba, aquel ejército resulta poco coherente pero muy aguerrido, belicoso, imponente en su bizarría, la disposición táctica que exhibe dice mucho de su disciplina y de los conocimientos tácticos, de sus mandos, quién iba a osar atacarlo, quién, nadie en su sano juicio, nadie, bueno, nadie salvo aquellos malvados que acechan detrás de las sillas, un conjunto heterogéneo de elementos desparejados, unos pocos indios, dos o tres piratas, un caballero medieval un poco descascarillado, un grupo de arqueros de adscripción dudosa, un elemento indefinido con turbante, además de un torero y dos ciclistas, estos últimos, y puede que el torero también, más que otra cosa para hacer bulto, que nada se les había perdido en aquella contienda, y se emboscan entre las patas de las sillas con la intención de que pase la vanguardia cartaginesa, los montados y las falanges, incluso los yanquis y confederados, para así caer sobre la retaguardia, y la lucha se anuncia feroz, sin cuartel, y mientras las tropas avanzan, la horda de villanos toma posiciones y prepara su golpe de mano, y el único temor del niño es que su madre le llame a cenar y tenga que recoger y ordenar el campo de batalla antes del momento supremo, déjame jugar un rato más, mamá, y puede que fuera por eso que se quedara medio confuso cuando empezaron a silbar las balas, y cuando el inofensivo bosquecillo del otro lado del torrente se adornó de pronto con pequeñas lenguas de fuego que parecían señalarle, buscarle, y cuando se oyeron los primeros chirridos desgarradores de las granadas de mortero trazando sus mortíferas parábolas, y al concierto, o mejor sería decir desconcierto, se le unieron otros sonidos de muerte y destrucción, en vez de arrojarse al suelo o buscar amparo en alguna piedra o cuneta o tronco que la Providencia hubiera dispuesto por allá para su salvación, se quedó un momento pensando, sorprendido, que ni los indios ni los ciclistas, ni mucho menos los toreros, tenían morteros, y puede que fuera por ese retraso en cumplir con los elementales protocolos del arte de cómo reaccionar ante una emboscada, puede que fuera, repito, por ese retraso, que oyera un chirrido un silbido una explosión una sacudida suya, suyas, personales e intransferibles, y puede que por eso notara un golpe, y puede que por eso cayera de espaldas y viera el cielo azul con alguna nube, y mientras veía el cielo azul con alguna nube pensó que el golpe de mano de la turba de restos de serie les estaba saliendo muy bien, pero que pronto vendrían a sacarles del apuro los macedonios, la Policía Montada del Canadá y los americanos, y que tal vez mientras tuviera que resguardarse, o incluso que disparar, pero el silbido de las balas, propias o ajenas, las explosiones, los gritos, todo, empezaba a alejarse, a no ir con él, y volvió a mirar al cielo pero parecía que hubiera oscurecido, y pensó, qué mala pata, creo que mamá me llama para ir a cenar, y de repente se hizo de noche sin que llegara a ver los penachos azules de los cascos de los cartagineses que venían a salvarle, y pensó que le regañarían si no iba a cenar enseguida, así que cerró los ojos, o puede que los dejara abiertos, el resultado iba a ser el mismo.

MONTE ARRIBA (y II): CUIDADO CON EL CHOCOLATE

Publico dos entradas a la vez, esta y la anterior, ya que en el fondo son una única entrada que se me partió por la mitad. Se pueden leer las dos a la vez o, mejor opción, consecutivamente, pero también de manera independiente, la primera y no la segunda o la segunda y no la primera; incluso se puede no leer ninguna.

A una hora bastante digna he coronado el pico. Coronar un pico siempre produce un placer elemental y no muy razonable, pero cuándo se ha pedido a los placeres que fueran razonables. Hechas las fotos, he abierto mi saquito de provisiones y he repuesto fuerzas con fruición: un par de mandarinas, unas nueces y ese trago de agua que sabe mejor y más intenso que el trago del mejor reserva de la mejor cosecha. Luego, como reconocimiento a mi esfuerzo, me he premiado con una pequeña pastilla de chocolate que ayer rescaté de un armario de casa donde yacía olvidada. La había comprado hacía mucho tiempo en un remoto pueblo francés donde me detuve por pura casualidad, en una chocolatería atendida por una mujer un tanto enigmática. Recordando aquella tienda tan poco en consonancia con el lugar, y un poco perdido en la grandeza del paisaje, saboreé el primer bocado; era un chocolate denso, aromático, con una amargura sin aristas, levemente especiado e incluso algo picante. Suspiré, cerrando los ojos, y fui atacando sin prisas el resto de la tableta. Un éxtasis gustativo…

En cuanto terminé, y con en la boca los últimos coletazos del chocolate, me di cuenta de que algo no acababa de ir bien. Mi corazón empezó a latir más fuerte, a pesar de estar sentado, y la sangre se puso a correr por mis venas y arterias con cierto desorden; como hubiera dicho un físico, abandonó su habitual flujo laminar para pasar a un clarísimo flujo turbulento. Por otra parte, mi diálogo interior, tirando a contemplativo, se tornó tumultuoso, y sin yo poder hacer nada para evitarlo, empezó a derivar hacia contextos… esto… irreproducibles. Un poco asustado, miré con aprensión el envoltorio del chocolate, pero qué iba a hacer, si todo su contenido estaba ya en mi estómago y, por lo que podía notar, también en mi sangre. Ante la ausencia de alternativas, decidí iniciar la bajada, aunque en mi situación de creciente desenfreno psicosomático se me antojaba peligroso.

Mis primeros pasos fueron un poco tambaleantes, y mi pensamiento estaba ocupado en asuntos de mayor enjundia que buscar el camino o apoyar los pies con cierto fundamentado equilibrio. Aquellos chocolates eran auténticas bombas, y su autora no sé si merecía la horca o el título perpetuo de benefactora de la Humanidad, probablemente ambas cosas. Un sofoco se me iba, y otro se me venía. Intentando dominarme, apliqué todas las recetas que se me ocurrieron: hacer raíces cuadradas mentalmente hasta el sexto decimal (aunque reconozco que sólo lo conseguí con el cuatro), pensar en las próximas elecciones, recordar una escena de La vida es una tómbola, evocar la declaración de Hacienda, hacer cien flexiones (en realidad a la tercera tuve que parar por fuerza, o falta de fuerza, mayor): nada. Mi estado no mejoraba, mis pensamientos giraban obsesivamente alrededor de una misma idea… esto…básica, y mis humores se agitaban a mayor ritmo todavía que mis pensamientos y exactamente en la misma dirección.

Declamando a gritos poesías eróticas que iba improvisando, conseguí avanzar un poco. El camino de bajada llevaba a una vieja ermita, lo cual me dio una idea para solucionar mi problema de… esto… exceso de energías. Así que nada más llegar a la ermita me puse a impetrar la Gracia de la Patrona o Patrón de aquel santo lugar, fuera quien fuera, para que me librara de mi tormento. Muy apurado tenía que estar un descreído como yo para recurrir a soluciones tan poco laicas; pero me apliqué con todas mis energías a formular una petición bien argumentada. Desgraciadamente, el Cielo se mantuvo sordo a mis plegarias. Y he de admitir que no se lo reprocho, pues si bien seguramente la petición en sí debió parecer plenamente razonable a quien la recibiera, es posible que los detalles que di sobre lo que me pareció la mejor manera de aliviar mis… esto… inquietudes, probablemente fueron considerados que atentaban en exceso contra el sexto mandamiento, contra el noveno y contra algunas otras regulaciones menores. Viéndome rechazado por las Instancias Divinas, y en un acceso de cólera dramática, me planté ante la ermita y declamé con sincero convencimiento:

Clamé al cielo y no me oyó.
Más si sus puertas me cierra,
de mis pasos en la tierra
responda el cielo, no yo.

 Y me puse a correr monte abajo, jurando en gíglico, en busca de alguna ninfa, dríade, náyade, sirena nemorosa, serrana, pastora, zagala, lo que fuera, lombriz, bueno, lombriz no. La verdad es que ahora, en frío, me avergüenza reconocer la situación de necesidad extrema en que me hallaba y los pensamientos y deseos que aquello engendraba en mi débil carne. Pero a quien tenga tendencia a juzgarme duramente, le invito a que un día pruebe un chocolate como aquel del que yo había sido víctima, y luego me cuente.

 La historia hubiera podido acabar muy mal. Pero quiso el destino que en mi loca carrera atinara a pasar cerca de un pequeño estanque de aguas cristalinas, desde el que me pareció que una doncella, que allí voluptuosamente se bañaba, me hacía inequívocos e insinuantes gestos. Sin pensármelo dos veces, ni siquiera una, me lancé en pos de tan mirífica visión, con tan mala, o puede que fuera buena, fortuna que me enredé en unas ramas y caí cuan largo y ancho soy en el estanque. Al instante, el estanque y sus límpidas aguas se tornaron en charca fangosa, y la supuesta doncella en una rana que ni siquiera se dignó mirarme y desapareció con gran y ofendida dignidad. Churretones de barro se me colaron por la espalda, y empezaron a subir por las perneras del pantalón, como reptiles viscosos y malolientes que se dirigieran a un punto no muy alejado de mi ombligo. Eso, junto con la frialdad del agua, consiguieron lo que no habían conseguido ni jaculatorias ni flexiones ni raíces cuadradas, y los efectos del chocolate quedaron pronto disipados. Avergonzado, hecho un Dios me libre, empapado, tiritando de frio, completé el camino de regreso con infinita pena y cero de gloria.

 Nada más llegar a casa, corrí al armario del chocolate, y comprobé con horror que nos quedaba otra tableta de aquellas. Poseído por un irreprimible furor vengativo, la cogí entre mis manos sin contemplaciones y me dispuse a entregarla al abrazo del fuego purificador…

 (Y aquí termina la historia… Dejo a la imaginación del lector el destino final de aquella mágica tableta)

MONTE ARRIBA (I): ¿NOS ECHAMOS UNA CARRERITA?

 

Publico dos entradas a la vez, esta y la siguiente, ya que en el fondo son una única entrada que se me partió por la mitad. Se pueden leer las dos a la vez o, mejor opción, consecutivamente, pero también de manera independiente, la primera y no la segunda o la segunda y no la primera; incluso se puede no leer ninguna.

 

Estoy subiendo hacia un pico, bueno, dejémoslo en un piquillo, que se llama Puigsallança. Hace sol, pero es un sol poco agresivo, y además la mayor parte del camino transcurre por dentro de encinares y hayedos, umbríos los primeros, a la espera de lucir sus hojas los segundos. Es el principio de la subida, y se respira bien, de momento. El olor a tierra, a verde, a húmedo, resulta embriagador.

Voy solo. Me gusta ir solo por la montaña. Solo, estás más atento a olores, luces y sonidos. O a lo mejor eso son excusas, y lo que pasa es que me gusta ir solo por ciertos rasgos de mi carácter, digamos que de déficit de sociabilidad, de los que a veces se me acusa. Sea una cosa, la otra o ambas, me gusta establecer una especie de diálogo interior mientras camino, sobre todo cuando los árboles me privan de conversar con mi sombra. Y no pretendo insinuar que eso del diálogo interior implica profundas reflexiones, qué va. Mi diálogo interior es intrascendente, casi frívolo en ocasiones. En cualquier caso, el camino embarrado y resbaladizo que estoy siguiendo no lo cambiaría por la alfombra roja de un palacio; subiendo, me siento profundamente feliz, incomprensible y atávicamente feliz.

Llego a un pequeño collado con una hierba tan verde que uno no acaba de tomársela en serio. Ahí, la vegetación se abre, y, a lo lejos, se ven las imponentes cumbres nevadas del Pirineo. Son cumbres consagradas, reconocidas, con una pizca de arrogancia, y que miran a mi modesto pico como quien mira a un hermano pequeño que no ha alcanzado la pubertad. Pero yo no me dejo amilanar, y sigo mi camino con espíritu primaveral. Y es que sí, la primavera ha venido, nadie sabe cómo ha sido. Además de las flores, de los sonidos, de la tibieza del aire, flota por ahí un no sé qué indefinido que me fuerza a mirar a la Primavera a los ojos. Y lo hago con cierta sensación de culpabilidad, y me veo obligado a reconocer que ha llegado, a pesar de mis deseos de que no llegara. ¿Qué por qué no quería que llegara? Tanto da, cosas mías. De hecho, hubo una época en que, cuando se acercaba el momento, luchaba con la Primavera, la empujaba, intentaba cerrarle el paso, detenerla, retrasarla. Jamás conseguí nada; como mucho un año conseguí que llegara unos segundos más tarde, pero hubo tal revuelo en las Cortes Astronómicas, y tal furia en los Sindicatos Astrológicos, y las mareas excepcionales que vinieron soliviantaron de tal manera a los Reinos Marinos y Oceánicos, que me juré no volverlo a hacer. Ahora, me limito a mirar para otro lado, a simular que no va conmigo, hacer como quien no quiere la cosa, a no establecer relaciones diplomáticas con ella. Pero, cada año, termina llegando un día en que la evidencia se impone. Y este año ese día ha sido hoy. Los sonidos, la tibieza del aire, las flores, y ese no sé qué que flota por ahí, han hecho que terminara rindiendo pleitesía a la Primavera; pues qué se le va a hacer, si no puedes con tu enemigo únete a él, o eso dicen.

En estas estoy, intentando respirar a pesar de la cuesta cada vez más empinada, cuando de repente oigo voces. Un grupo de tres o cuatro personas viene en sentido contrario, y, Dios, cómo se envidia a los que van en sentido contrario cuando tú subes. Obviamente, están practicando el diálogo exterior, lo cual interrumpe mi diálogo interior, claro. Y me hace pensar que la gente en la montaña debería ir callada, o hablando poco y muy bajito, que no está bien llenar el monte de voces. Disimulando mi desaprobación, les saludo cortésmente al cruzarnos. En estos casos, intento saludar con dignidad, procurando que no se note que el corazón está a punto de salírseme por la boca; ello implica algunos equilibrios que no siempre dan resultados satisfactorios. Mientras los caminantes se pierden a mi espalda en dirección al valle, se me ocurre que lo que juzgamos que está bien o que no está bien depende no tanto de juicios morales o de valores éticos, sino de lo que nos gusta o no nos gusta, o de lo que nos hace sentir momentáneamente satisfechos o insatisfechos, así que un ejercicio de tolerancia es siempre recomendable. Profundamente emocionado por mi altura de miras interior, dejo que mi mirada se pierda en el infinito y así componer una escena de profunda trascendencia; lamentablemente, mi altura de miras y mi mirada perdida la aprovecha una piedra para ponerme una alevosa zancadilla que casi da con mis huesos en el suelo. De manera que me pongo a maldecir, con escasa tolerancia, a mi prójimo ruidoso, a todas las piedras de ese lado del Mississippi y a la falta de oxigenación de mi cerebro que me provoca pensamientos de tan inútil y ecuménica bondad.

Al poco, tengo uno de mis consabidos ataques de hipocondría. Suelen darme estos ataques cuando las fuerzas flaquean y el diálogo interior languidece, una o dos veces por excursión. En esta ocasión, todo empieza por un dolor incipiente en una rodilla, que me hace pensar que me acabo de quebrar el menisco, y quién sabe si también el fémur, y que por culpa de ello voy a caer al suelo y quedar inconsciente por el golpe, a la merced de la congelación y de las alimañas. Mientras me preparo para la caída, noto un leve dolor en el hombro derecho, y me digo, caramba, qué infarto más raro estás teniendo, y cuando ya me dispongo a sacar el móvil para dictar un mensaje póstumo al mundo, veo lucecitas en un ojo, aviso inapelable de un inminente desprendimiento de retina, lo cual me causa amplia zozobra, ya que andar ciego por la montaña, más si encima se te han roto los meniscos y estás sufriendo un infarto, es muy difícil. Al cabo de poco, el ataque de hipocondría termina. Igual que vienen se van, deben de ser cosas de la edad.

Pasado el ataque en cuestión, creo obligado explicar qué hago aquí. El Puigsallança hacia el que me dirijo es un “cent cims”, un “cien cimas”. Esto de las cien cimas es una especie de reto que consiste en coronar cien cimas de entre un listado de más de trescientas propuesto por la Federación Catalana. La primera vez que oí hablar del asunto me pareció una gran idea, y se me ocurrió que era una excusa excelente para ir conociendo y descubriendo rincones y lugares hermosos. Pero en esas se me apareció el señor Tiempo, que me miró con sorna y dijo:

-Sí, claro, cent cims, mi niño, explícame cómo vas a subir a cien cimas con los años que te quedan para subir cimas, ricura, echa unos números, el ritmo al que Yo paso y el ritmo al que tú subes, que no sé para qué te sirve tanta ciencia, si terminas siempre en manos del descarrío, echa cuentas y ríndete a Mi evidencia.

Profundamente afligido por tan cruel exhortación, cerré la libreta donde pensaba apuntar mis logros montañeros, derrotado. Pero en eso algo se revolvió en mi interior, y, mirando al señor Tiempo con mirada pícara le dije:

-Bueno… pues… ¿Echamos una carrerita?

Y eso. Que aquí estamos.