LA PUERTA

Había llegado la hora de ir hacia la puerta. Había llegado la hora de llegar a la puerta y cruzarla. Experimentaba un estado de ánimo confuso, pues por una parte aquello no podía ser una sorpresa; sabía, desde el principio, que la puerta estaba allá y que llegaría un buen día en que tocaría franquearla. A pesar de eso, se sentía sorprendido, tal vez porque esa puerta que sabía que existía, pero que siempre le había parecido lejana, sólo para los otros, se había convertido en algo próximo, real, propio.

Sacudiendo la cabeza para espantar la confusión, y puede que también otras cosas, miró hacia atrás, con una mirada profunda ribeteada por la melancolía. El sol pronto iba a ponerse, y poco a poco las sombras empezaban a desdibujar los valles y llanuras por donde había caminado, las montañas que había subido y bajado, los pasos donde había experimentado un vértigo que le había hecho flaquear, los bosques en los que se había creído perdido, los prados de aromas dulces donde llegó a sentirse eterno. Las sombras parecían querer cubrirlo todo con un manto suave, presagio de oscuridades y olvidos.

Se quedó quieto, en silencio, mirando todo aquello que había dejado atrás con un punto de nostalgia. Si pudiera volver al principio, pensó, si alguien le ofreciera volver al principio, ¿podría vencer la tentación de aceptar? La pregunta resonó entre sus pensamientos y nubló momentáneamente su serenidad. Cerró los ojos. Y entonces, casi como una revelación, percibió su cansancio, un cansancio que le empapaba entero, de los pies a la cabeza, de la piel a la médula de los huesos. Movió la cabeza negativamente, como si estuviera rechazando la proposición. Demasiado cansancio, demasiado: llegar hasta aquí le había costado mucho esfuerzo, todo el esfuerzo de que era capaz y hasta un poco más, y ni él ni sus sentimientos deseaban volver a empezar. De pronto, la idea de llegar por fin a la puerta no se le antojaba demasiado mala. Aunque prisa, lo que se dice prisa, tampoco es que tuviera mucha. Quería disfrutar del atardecer, de esos momentos silenciosos y tibios. Tal vez si lo que le ofrecieran fuera quedarse un rato más así, quieto, mirando a lo lejos, perdido en sus recuerdos, reconfortado por los últimos rayos de sol, diría que sí. Pero nadie le propuso nada. Y mejor así. Se sentó en el suelo, recostado sobre el tronco de un árbol. Sus manos escarbaron un poco entre las hierbas, rozaron la corteza. Cogió un puñado de tierra y se lo acercó a la nariz. Inspiró profundamente… ¿se podría llevar ese olor, o al menos el recuerdo de ese olor, al otro lado de la puerta?

Inopinadamente, pasó una chica y le sonrió. Fue una sonrisa cálida y próxima, que él agradeció sin palabras innecesarias. La fue observando mientras se alejaba, y se dio cuenta de que iba en sentido contrario a la puerta; sintió una punzada de dolor. Pero así tenía que ser, y carecía de sentido intentar acompañarla, y también carecía de sentido pedirle que ella le acompañara a él. La sonrisa había sido regalo suficiente, y pensó que le hubiera gustado corresponderla con el poema más bello del mundo; pero él nunca había sabido escribir poemas, ni bellos ni no.

Envuelto por el sol poniente, protegido por su abrazo, se dejó acariciar por una sensación de infinitud que sabía que no iba a durar más de lo que duraran aquellos rayos de sol ya casi moribundos. En efecto, cuando las sombras empezaron a alargarse, el hombre notó el primer aliento del frío. De entrada, se resistió un poco a ponerse en marcha. Pero pronto un escalofrío en las entrañas hizo que se levantara. Miró por última vez a lo lejos, hacia donde el sol, ya desaparecido del todo, había dejado una luz sin calor ni alegría.

Suspiró, encogiéndose de hombros, y dio unos pasos renuentes hacia la puerta. Un frío cada vez más profundo le hizo estremecerse. Menos mal que nadie le veía, pensó tragando saliva; si no, podrían pensar que temblaba de miedo, y no de frío. Sonriendo ante aquella ocurrencia, que no era suya, sino de un personaje histórico que no viene a cuento identificar, afirmó el paso y llegó a la puerta.

Nadie sabe qué pensó exactamente en el momento en que la cruzó.

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