UN ALMA DE SALDO

 

La historia empieza en el momento en que bajé de la acera para cruzar la calle. Bueno, en realidad no; si empiezo por cuando bajé de la acera, la historia resultará más confusa aún de lo que ya va a resultar de por sí, sin añadir las torpezas del narrador. Así que me perdonarán ustedes si doy un paso atrás para empezar por donde debí realmente haber empezado.

Digamos pues que la historia empieza un día en que, ya anochecido, íbamos mi mujer, mi hijo y yo por la calle. Aunque tal vez debí haber empezado por decir que mi hija acababa de tener una hija, ese puede que sea el principio de verdad. Y esa niña que acababa de nacer era la primera sobrina de mi hijo, que era hermano de mi hija, y la primera nieta de mi mujer, y, claro, la primera hija de mi hija, y mi primera nieta, casi se me olvida, aunque era fácil deducirlo. Si digo que íbamos a conocer a la recién nacida puede que poco a poco todo esto empiece ya a tener algo de sentido. Pues bueno, íbamos los tres por la calle casi cogidos de las manos, viviendo juntos y cada uno a su manera una mezcla de gozo, maravilla y sobrecogimiento, en silencio pero densamente unidos, anticipando abrazos y fermentando emociones, flotando los tres en una especie de felicidad individual y compartida.

Ahora que he conseguido aclarar las cosas, al menos hasta aquí, puedo volver al momento en que decidí cruzar la calle, miré a mi derecha, no venía nadie, así que bajé prestamente un pie de la acera, luego el otro, y en ese momento me sentí como un cretino por no haber mirado a mi izquierda, por donde un autobús lanzado a toda velocidad se me llevó por delante en medio de un delirio de frenos chirriantes, golpes, gritos y confusión. Lamento no poder explicar que justo antes del impacto tuve tiempo de ver la cara horrorizada del conductor y de sentir su ramalazo de incredulidad con unas gotas de compasión. Pero todo fue tan rápido que no pude disfrutar del privilegio de ver la cara del hombre que iba a causar mi muerte, lo cual es una pena porque le hubiera dado un toque dramático muy propio a mi historia. En realidad no vi casi nada, tal vez cosas dando vueltas a mi alrededor, o puede que el que diera vueltas fuera yo, oscuridad, apenas dolor y luego, como desde arriba y ya de lejos, mi cuerpo en el suelo, por suerte y gracias a la oscuridad, carente de detalles. Cada vez desde más lejos, vi algunas personas acercarse a él, o sea a mí, aunque ya no era yo, yo era una sustancia extraña que parecía estar ascendiendo, y aquellos que se acercaban a lo que había sido yo lo hacían con poca fe, y no se lo reprocho, pues después del atropello yo era el primero que tenía bien claro que ya nada se podía hacer. Pronto la escena se desvaneció, y durante un rato todo lo que noté fueron unas ganas de llorar enormes, inabarcables, abismales. Curiosamente, mi muerte me dejaba indiferente; lo inconsolable era evocar a mi mujer y a mi hijo, lo que habrían visto y oído, y pensar en mi hija, que no recibiría el abrazo de su padre, y en mi nieta, que recibiría abrazos que habrían quedado helados por el horror, unos abrazos helados que no merecía en absoluto. Me sentía atrozmente culpable por haber arrojado aquella sombra negra sobre unos momentos que tendrían que haber sido de plenitud y felicidad, y todo por no haber mirado hacia donde debía, oh soberana estupidez.

Aunque en mi nuevo estado el concepto de tiempo era un tanto difuso, digamos, para entendernos, que al cabo de un rato sentí que a mi alrededor había otras presencias parecidas a la mía, presencias a las que por comodidad llamaré “almas” a partir de ahora. Me di cuenta de que las almas eran, éramos, numerosas, e incluso parecía reinar una cierta confusión, pues, aunque etéreas, las almas se movían (nos movíamos), íbamos de un lado con cierta agitación e incluso había algún tipo de conversaciones sin voces que llenaban el ambiente de ruido silencioso. Poco a poco me fui adaptando a todo aquello, incluso entendiendo cosas aquí y allá, de manera que me di cuenta de que todas las almas parecían esperar algo, y una tensión contenida, que pronto se me contagió, nos envolvía a todos, o a todas, que esto del género tampoco andaba claro por allá. Ustedes me dirán que exagero, pero estar entre un gran número de almas que, en toda lógica, correspondían a recién muertos como yo, agitadas e inquietas, es una experiencia difícil. Poco hecho todavía a la vida inmaterial, intenté buscar alguna referencia para ubicarme, y lo primero que se me ocurrió fue la sala de espera de un hospital. Aunque luego di con una mejor: la antesala de un juzgado. Mi intuición se reforzó al discernir unas especies de ujieres con aspecto de querubines desengañados y cínicos que aparecían aquí y allá y parecían comunicar veredictos a las almas ansiosas. Mientras yo me incorporaba a aquella espera inquieta y desapacible, y aunque los recuerdos de lo que empezaba a denominar para mis adentros “mi vida terrenal” parecían empezar a marchitarse, persistía como un dolor punzante la tristeza dolorosa por la forma en que había abandonado a mis seres más queridos.

Siempre teniendo en cuenta que recurro a convencionalismos inaplicables a aquella singular situación, digamos que transcurrió un buen rato, uno de los ratos más desazonadores que he pasado en mi vida, un rato que me hizo vislumbrar el sentido de la palabra eternidad en aquel contexto. Hasta que por fin uno de aquellos ujieres chusqueros con alas pero escasamente angelicales se me acercó. Lo que me comunicó lo hizo, por supuesto, sin palabras, aunque yo lo traduzco para más fácil comprensión:

—Eh tú, si tú, fenómeno, vente para acá, que te han examinado y no hay recoveco de tu vida que no haya sido explorado, desmenuzado y analizado, qué te parece, y, la verdad es que te has lucido, con tu vida, ¿eh?, menudo currículo el gachó, si no he entendido mal, tema cometer pecados no te has cortado ni un pelo, ¿eh?, y en cuanto a mandamientos, el señor iba de anarquista, por lo que he oído…

Siguió así un buen rato, durante el cual me vi inapelablemente condenado al infierno por toda la eternidad, ahora que empezaba a entender qué era eso de la eternidad, y la zozobra me invadió, o invadió mi alma, y nunca mejor dicho. Por abreviar, paso directamente a la parte final de la filípica de aquel arcángel con trienios:

—Pues vaya que se han estado rato contigo, que si llego a ser yo te despacho en un pispás, pedazo de pecador contumaz. Han discutido y discutido, las monsergas de la misericordia y no sé cuántas sandeces más, pero al final te han aprobado. Ya te iba a dar yo, aprobar a un tipejo como tú, pero son los tiempos que corren aquí arriba, y así van las cosas. Y es que antes al menos te hubieras chupado una temporada de purgatorio de no te menees, pero dicen que ya no toca, lo del purgatorio, y muy a mi pesar te vas a ir de rositas, y a mí qué más me da, si yo soy un mandado, yo a obedecer, y tal como me lo han dicho te lo digo a ti, te vas a ir de rositas, eso sí, por un voto de diferencia, no te hagas ilusiones, anda, venga, desaparece de mi vista antes de que alguien se arrepienta de Su Misericordia…

Y con estas palabras el que desapareció fue él, sin dejarme explicarle que mi salvación eterna me importaba un comino y que lo que me importaba era el rastro de dolor que muy a mi pesar había dejado. Y en esos tristes pensamientos estaba cuando de repente se materializó a mi lado un extraño y oscuro personaje de olor penetrante y contornos difusos, un poco rojos y otro poco negros. Así me habló:

—Vaya vaya, un chisgarabís que envían al paraíso, eso me complace, claro, y, el señor puede que, según tengo entendido, haya dejado atrás algunos asuntos que…euuuhhh… limpiar… y puede que el señor estuviera interesado en un pequeño trato con este su seguro servidor, amplia y mutuamente beneficioso…

Aunque lo de limpiar me pareció una referencia excesivamente descarnada, se lo pasé por alto y le animé a seguir.

—Bueno, pues es muy sencillo, usted, señor mío, vuelve a su vida exactamente en el punto en que la dejó, arregla sus asuntos, limpia lo que tenga que limpiar, y, transcurridos…estooo… en su caso… digamos… seis meses… bueno, usted me cae bien, pongamos nueve meses, usted vuelve por aquí y pone su alma a mi disposición. ¿Le parece?

El Diablo. Me di cuenta de que el Diablo en persona estaba intentando comprarme el alma.

—Mefistófeles —murmuré recordando mis clásicos.

Inmediatamente, el personaje estalló en desagradables carcajadas.

—El Diablo, mi bisoño amigo, tiene cosas más importantes que hacer que ocuparse de su alma, que tampoco vale gran cosa, si se me permite decirlo. Ha pasado el examen por un voto de diferencia, así que no se pavonee en exceso, que usted es un alma de a pie, una especie de saldo con la que no puedo perder mucho tiempo, ¿estamos?, un alma que casi nos quedamos gratis, no lo olvide. Así que diga si acepta o no, y acabemos rápido.

Aquello hirió mi amor propio, he de reconocerlo pues a nadie le gusta ser un alma low cost, y casi frustra el trato. Pero el recuerdo de lo que había pasado con el autobús pesaba como una losa en mi conciencia, de modo que regateé un poco, sobre todo por mantener las formas, y conseguí arrancarle a aquel diablejo subalterno tres meses más. En total, doce meses de plazo a cambio de mi condenación eterna. Claro que nueve o doce, tanto daba; lo importante era evitar aquel autobús, y lo demás carecía de interés. En realidad, el trato no era tan malo, y uno por los suyos hace lo que sea. Así que le pregunté, tímidamente, si debía firmar con una gota de mi sangre.

—Ja ja ja… Usted ha leído demasiados libros, compadre. No desperdicie el año que acaba de comprar leyendo más, el consejo es gratis. El contrato ya está firmado.

Y desapareció. Inmediatamente, me encontré de nuevo en el momento en que decidí cruzar la calle, miré a mi derecha, no venía nadie, así que bajé prestamente un pie de la acera, luego el otro, y en ese momento un grito de mi hijo me hizo dar un salto hacia atrás. Trastabillé y caí en la acera, mientras notaba el aliento próximo del autobús asesino que pasaba a pocos centímetros de mí, y me sentía como un cretino por no haber mirado a mi izquierda, pero un cretino vivo y que pudo abrazar a su mujer y a su hijo para que se nos fuera el susto a los tres.

—No ha pasado nada, sólo un susto — mentí con total desparpajo.

A partir de ahí ya no hay mucho que contar. Lo que siguen pueden imaginarlo, y luego la vida siguió, y no creo necesario explicar los detalles. A veces es suficiente que las cosas sean como tienen que ser.

He tenido tiempo de prepararlo todo, de arreglarlo todo, de “limpiarlo” todo, como me fue dicho, incluso de preparar un poco el camino. Cuando sea el momento, haré la maleta —bueno, creo que no, que no hay maletas— y cumpliré mi parte del trato.

Ustedes puede que no lo crean, pero cuando lo pienso serenamente, creo que no ha sido tan mal negocio.

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