NO USARÁS HECHIZOS EN VANO

Esta historia empieza el día en que se me ocurrió abrir un libro que corría por casa. Era un ejemplar a la vez vetusto y de apariencia anodina, con tapas oscuras y mudas, que iba deambulando de un lado a otro sin acabar de encontrar su sitio en mi colmada biblioteca. Viene a cuento aquí un breve inciso para explicar de dónde venía y cómo había llegado a mis manos, cuestión de dar un poco de carácter a la historia. Pues bien, digamos que me lo había vendido un viejo que a pesar de su apariencia de vagabundo parecía lleno de energía, y que había surgido de la nada para mostrarme el volumen con disimulo pero con mucho orgullo, mientras me decía algunas frases vehementes en un idioma extraño. Como el precio que me pedía era irrisorio, y para librarme del halo inquietante del vejete, le di lo que demandaba y me fui tan deprisa como pude. ¿Qué tal? Sí, excesivamente efectista y melodramático, sólo me ha faltado añadir un poco de niebla y un par de murciélagos. Probemos con esta otra explicación: di con él en la trastienda de un librero de lance del barrio antiguo de una antigua ciudad. O mejor pongamos que lo había encontrado detrás de una hilera de libros en una de las estanterías más altas y polvorientas de una biblioteca familiar que hubo que desguazar. Todo un poco convencional y manido, me temo.

Bueno, pues como no se me ocurren mejores ideas, lo dejamos en que el libro estaba en casa, y en que yo no tenía la menor idea de su procedencia ni de dónde había salido. La cuestión, y ahora nos acercamos al núcleo argumental de la historia, es que un día me dio por abrir el volumen, tal vez intrigado por lo que pudiera haber tras aquellas tapas oscuras sin grabados, letras, ni ningún otro elemento de identidad. Un recorrido al azar por sus páginas, excelentemente conservadas, despertó mi curiosidad y corrí al índice, que devoré en un santiamén. Así supe que tenía en mis manos, y que había tenido deambulando por mi biblioteca, nada menos que un libro de sortilegios, encantamientos, filtros, pociones y otros elementos relacionados con la brujería, la nigromancia, la hechicería y demás ramas de los saberes ocultos. Su autor, cuyo nombre omitiré por discreción, había sido una autoridad en la materia, una auténtica eminencia del gremio, respetado y escuchado, reconocido y con un gran prestigio en la época en que las nobles artes de la magia todavía no habían caído en el desuso y en el olvido.

Un cosquilleo que nacía en mis manos, en contacto con aquel tesoro del saber, y se trasmitía a lo largo de mi espina dorsal, fue acentuándose a medida que me iba dando cuenta de que allí había conocimientos de una amplitud y profundidad que jamás hubiera soñado. Gracias a aquellas páginas uno podía, mediante hechizos, bálsamos u otras artes, derretir el corazón de la mujer amada, recuperar la juventud perdida, obtener cosechas generosas, triunfar en las artes de la seducción, ganar al juego,  vencer en los desafíos, provocar orzuelos a los enemigos, evitar que las flores se marchitaran, hacer llover, provocar sequías, evitar que se cortaran las salsas y hasta conseguir sanar las heridas más crueles infligidas por el amor.

Emocionado hasta lo más profundo por mi hallazgo, me dispuse a hacer lo que toda persona en su sano juicio hubiera hecho en mi lugar: prepararme para alcanzar lo inalcanzable mediante aquel compendio de sabiduría. Como había que empezar por algún lado, me fijé en lo de la juventud perdida. Puede que fuera una consecuencia de la cercanía de la crisis de los sesenta, o puede que fuera simplemente una ocurrencia sin ningún motivo, la verdad es que tanto da.  Pero por ahí decidí empezar. La cuestión es que me leí muy atentamente el modus operandi y planifiqué con cuidado lo que iba a ser mi primera incursión en el campo de la magia. Reuní, no sin trabajos, los ingredientes (y se me excusará el deber de ser discreto que me impongo),  y en la más estricta clandestinidad fui procediendo. Por motivos que no vienen al caso, decidí volver a los treinta años, y decidí también que fuera, al menos de momento, una visita rápida, un par o tres de días, cuestión de sorprender a algunos amigos y amigas y puede que darme algún gusto, como si dijéramos, antes de regresar a mi edad normal y decidir qué hacer más adelante. Con estos objetivos en mente, dosifiqué los ingredientes y ajusté los procedimientos, me apliqué hasta la extenuación y, tras muchas horas de trabajo, terminé por obtener un pequeño frasco de un bebedizo de color dorado.

Temblando de emoción y sin pensarlo dos veces, me tragué el contenido del frasco y esperé, nervioso y, por qué no reconocerlo, algo atemorizado. No sabía que debía esperar, tal vez algún tipo de vigor renacido, de fogosidad juvenil, de fuerza retornada, de ilusión recuperada… Pero transcurrieron los minutos y nada de eso sucedió, de manera que empezaron a asaltarme las dudas. Puede que hubiera hecho algo mal; desde luego, el latín medieval en que estaba escrito el texto no era mi fuerte, y puede que hubiera interpretado algo erróneamente, o tal vez me había equivocado en la conversión de las endiabladas unidades de peso y volumen que se empleaban. Francamente decepcionado, decidí ir a mirarme al espejo del cuarto de baño como comprobación final antes de dar por fracasado el asunto.

Cuando encendí la luz, lo que vio me dejó totalmente trastornado y confuso. Desde el espejo, me miraba un muchacho de buena planta que no había cumplido los veinte, sólido y vital, un punto desamparado, con unos grandes ojos azules de soñador, y un cabello abundante donde todavía apuntaban unas pocas mechas rubias. Tardé un poco en reconocerle, en reconocerme. Aturdido, comprobé que a este lado del espejo yo seguía viendo el mundo a través de mis gafas, y que mi silueta seguía siendo mi silueta, y que en mis manos manchas y arrugas seguían idénticas a como eran hacía un rato. A este lado del espejo nada había cambiado, pero lo que yo veía reflejado era mi yo de hacía muchos muchos años, y mi yo de hacía muchos muchos años me miraba intrigado. Y a mí se me estaba quedando cara de tonto. Bueno, y a él (a mí, a mi otro mí) también. Tras un rato con la mente en blanco, aquello me empezó a desazonar. Y también empezaba a desazonar a mi reflejo, creo. Nos miramos a los ojos. Pude ver que empezaba a entender la situación y su mirada se hundió profundamente en la mía. Retrocedí un paso, luego otro. Él no se movió. Una expresión de vaga tristeza empezó a aflorar en sus rasgos juveniles, y la tristeza se fue endureciendo para dar paso a una lejana hostilidad. En mi interior empezaba a crecer el desconcierto, y el desconcierto se tiñó de una vaga culpabilidad, la culpabilidad trajo de la mano la angustia, y la angustia se resolvió en unas terribles ganas de huir, de salir de aquello como fuera. Sin pensar muy bien en lo que hacía, agarré el tarro de crema antiarrugas y lo lancé contra el espejo con todas mis fuerzas. Antes de que el espejo se quebrara en mil pedazos, aquella imagen, mi imagen, me gritó algo, aunque no me llegó ningún sonido más que el de cristales haciéndose añicos.

Al salir del cuarto de baño temblaba como un azogado. Me serví un bourbon doble e intenté ordenar mis ideas. Aquello no había resultado. Desde luego, me mantendría un par de semanas alejado de los espejos, y todo volvería a la normalidad. Y endosaría el libro a algún primo en una calle oscura un día de niebla, o se lo vendería a un librero de lance, o incluso puede que lo dejara perderse en la más remota de mis estanterías. E intentaría recobrar la calma, pasar página, y olvidarlo todo.

Pero lo que me iba a costar olvidar iban a ser las palabras que no había podido oír pero que había leído con total nitidez en mis jóvenes labios antes de que el tarro vengador pusiera las cosas como jamás hubieran debido dejar de estar. Había entendido todas y cada una de aquellas palabras, de las que probablemente nunca me podría desembarazar. Y de las que dejo aquí constancia:

—¿Pero qué puñetas has hecho con mi futuro?

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2 pensamientos en “NO USARÁS HECHIZOS EN VANO

  1. Javier: lo del libro es mentira, o mejor dicho, no hace falta. A mí lo que explicas me sucede con cierta frecuencia sin ningún motivo especial. Recuerdo que la primera vez, tendría yo entonces 58 años o así, me quedé (nos quedamos) mutuamente sorprendidos durante una fracción de segundo; luego, yo (él) con más experiencia que él (yo) lo vi venir y fui más rápido; antes de dejarle hablar le dije: tío, no me mires así, yo he hecho lo que has podido. Una vez fijada mi posición, apagué la luz antes de que pudiese responderme y fui a la nevera a por una cerveza.

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    • No me fastidies, que lo del libro (y lo del espejo roto, y lo de la crema antiarrugas, y hasta lo del bourbon) es el envoltorio. Los envoltorios puede que no hagan falta, pero consiguen que las cosas envueltas parezcan mejores, y uno hace lo que puede.
      No todo tenemos tu lucidez y tu rapidez de reflejos, aunque valga tu valioso ejemplo-consejo para la próxima vez que, con libro de encantamientos o sin él, me encuentre en similar tesitura.

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