HACER LA MALETA

Tengo que hacer la maleta, pensó el hombre. La idea llevaba un rato yendo y viniendo, pero había dejado de ser una vaga sensación de tarea pendiente para convertirse en un imperativo, un apremio, un deber de urgencia próxima. Desasosegado, el hombre fue afanosamente de un lado a otro mientras intentaba aclarar sus ideas y decidir qué debía meter en la vieja y desvencijada maleta que tenía abierta sobre la cama. Su noción de a dónde iba era muy vaga, vaguedad que contrastaba con la evidencia sólida de que le vendrían a buscar en poco tiempo, y la certeza de que no podía hacer otra cosa que no fuera estar listo en poco tiempo.  Debía, pues, apurarse.

Decidió empezar por lo importante. Pero como no sabía qué era lo importante, cogió la gorra que le regalaron una vez sus hijos, un abrecartas, unos lápices y una percha, y luego otra percha por si acaso. Miró críticamente el resultado, sin quedar muy convencido de estar haciéndolo bien. En esas estaba cuando, de repente, le sobrevino un sudor frío. Los libros: era lo primero de lo que hubiera tenido que ocuparse y casi se le olvida. Irse sin libros era impensable, así que corrió a la habitación donde tenía la biblioteca, llena de estanterías, a su vez tan repletas de volúmenes que ya hacía tiempo que habían empezado a rebosar hacia el pasillo. ¿Cuántos podría coger? ¿Y cuáles? Una avalancha de títulos imprescindibles que empezaron a agolparse caóticamente en su cabeza le dejó casi jadeando. Algunos se le olvidaban antes de empezar a buscarlos, con muchos no conseguía dar, y algunos pasaron a engrosar un montón que crecía más de lo que podría absorber la absurda pequeñez de la maleta. La angustia le iba apretando la garganta con un puño helado, hasta que al final, con un gruñido que se pareció mucho a un sollozo, optó por coger al azar tantos volúmenes como le cupieron en los brazos y, no sin antes perder algunos por el camino, los transportó y volcó sobre la maleta. Aunque todavía tuvo que expulsar a manotazos a unos cuantos para que quedara  espacio para otras cosas, consideró resuelto el problema.

Momentáneamente más tranquilo, se dijo que debía proceder con método, ir por grandes temas. Empezaría por el cuarto de baño; ahí, cogió su cepillo de dientes y otros pocos útiles más de aseo. ¿Pijama? Pongamos que sí. Añadió unas cuantas piezas de ropa interior y colocó todo junto a los libros, sin estar muy seguro de si estaba haciendo lo correcto. En realidad, no recordaba por qué ni para qué se estaba preparando; puede que se lo hubieran dicho, pero él no llegó a preguntar por el tipo de equipaje, o al menos no recordaba haber preguntado, o puede que lo que no recordara fuera lo que le habían respondido. En cualquier caso, la sensación de urgencia de lo del equipaje era cada vez más fuerte. Debía estar preparado cuando vinieran; lo estaría.

A ver, más cosas, siguió pensado. La música no, que los discos ocupan demasiado, y además no sé muy bien si tengo discos todavía, me suena que no. Una sartén, una olla… Eso creo que no me hará falta, reflexionó; y descartó la idea. ¿Mi colección de búhos de porcelana? Un paquete de pañuelos de papel. Fotos. ¡Claro! Fotos. Recorrió la casa a la velocidad que le permitieron sus cansadas piernas, recogiendo y quitando de sus marcos, para ahorrar espacio, las que estaban a la vista: una foto de su boda, él con sus hijos en brazos, él con unas personas mayores que a lo mejor eran sus padres, una persona joven que a lo mejor era él cerca del mar, él con su mujer en algún viaje, su mujer en otro viaje, su mujer con sus hijos pequeños, la foto de un perro que tuvieron, de nuevo sus hijos. Bueno, otra cosa resuelta. ¿Y comida? Pues no. ¿Tal vez unas galletas para el camino? Eso sí. Por cierto… ¿qué camino? Sin tiempo para responder, unas galletas se añadieron a lo que ya estaba a medio empaquetar. ¡Mis juguetes de cuando era niño! Eso es imprescindible, reconoció con agitación. Removió cajones, desechando destornilladores, trapos, cables,  papeles, betún, sellos, pilas, ceniceros, clips, cajas vacías, pinzas, tinteros, papel de lija, pero no encontró ni rastro de juguetes. Desolado, abandonó la idea y miró angustiado el reloj. Estaba seguro de que el tiempo se le estaba empezando a acabar. ¿Qué más? Disperso en tonterías, temía cada vez más terminar dejándose algo esencial. Unos calcetines de lana. Eso. Y un despertador. De repente, otro sudor frío. Las cartas. Las cartas que se escribieron con la que luego fue su mujer cuando era sólo su novia y él estaba haciendo el servicio militar. Sonrió con ternura un momento. Claro que su mujer… por un momento su mujer se convirtió en un humo difuso. Respira, respira, se dijo. Mi mujer ha de ser la de la foto, no puede ser de otra forma. En cualquier caso, ya lo resolvería luego, de momento a por las cartas. Cuando las cartas estuvieron con todo lo demás, se acordó del dinero. ¡Dinero! ¿El talonario de cheques? Y la documentación. Seguramente no le haría falta, pero se echó al bolsillo la cartera. Los prismáticos. Tenía que llevarse los prismáticos, y también aquella gorra de capitán de barco que tan bien le quedaba. Y un cuadro. No, no, ningún cuadro, no había ninguno que cupiera en la maleta. Y hablando de cartas: debería también llevarse las otras cartas, las que guardaba en el fondo de un cajón, unas menos convencionales y que prefería que nadie leyera. Aunque, bien pensado: ¿quién iba a leerlas y, de leerlas, a quién le iba a importar? A otra cosa pues. Había que coger aquel viejo abanico que había sido de su abuela, y tal vez la planta de la galería, no, la planta tampoco cabría, y cómo iba a llevar una planta en la maleta, pero sí aquellos zapatos tan cómodos, y las medicinas y una linterna por si acaso, y si, conseguía encontrarla, su navaja suiza, no, que la había perdido hacía mucho, y lo que no debía olvidar era el primer pijamita que llevó su primer hijo y que guardaba en algún lado, y la tetera que hacía el té tan bueno, y la piedra blanca que recogió del pavimento de Lisboa, y la medalla que ganó en aquella competición, y sobre todo la pluma que le regalaron en su jubilación, bueno, eso no, total, nunca había ido muy bien, con un bolígrafo cualquiera bastaría, y recordaba vagamente haber cogido ya bolígrafos, pero por si acaso cogió una par más, y el paraguas plegable que tanto le gustaba por el sonido musical que hacía al abrirse, y la libreta donde apuntaba sus gastos, y el lápiz que escribía azul por un lado y rojo por el otro y que nunca había usado pero al que tenía cariño, y la pequeña máscara veneciana que le regalaron, y algunas de aquellas monedas antiguas que guardaba en un frasco, recuerdos de viajes que no recordaba, y el cepillo de dientes, no, eso ya estaba, lo que no sabía era si coger una corbata o no, y el taco de notas, y sus botas de montaña, y…

Sonó el timbre. Fue como una sacudida eléctrica, pero sobre todo una catarsis. Desde luego, todavía le faltaban muchas cosas. Pero el timbrazo, autoritario, inapelable, era un punto final, y ahora ya podía dejar de preocuparse. De modo que cerró como pudo la maleta, y procurando no pensar en todo lo que dejaba atrás, abrió la puerta. Los dos hombres que estaban en el umbral no dijeron nada. Uno le cogió la maleta de la mano, servicial pero inevitable, y el otro hizo un vago gesto con la cabeza como para indicar que les acompañara. Los tres bajaron la escalera en silencio. Al llegar a la calle, una especie de neblina parecía difuminar los contornos de las cosas, los contornos de la realidad. Se pusieron a caminar. Al pasar junto al contenedor de basuras de la esquina, el que llevaba la maleta la tiró dentro.

– Allá donde vas no necesitarás equipaje… -masculló.

Y poco a poco, se fueron desvaneciendo entre la neblina.

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