LA PUERTA

Había llegado la hora de ir hacia la puerta. Había llegado la hora de llegar a la puerta y cruzarla. Experimentaba un estado de ánimo confuso, pues por una parte aquello no podía ser una sorpresa; sabía, desde el principio, que la puerta estaba allá y que llegaría un buen día en que tocaría franquearla. A pesar de eso, se sentía sorprendido, tal vez porque esa puerta que sabía que existía, pero que siempre le había parecido lejana, sólo para los otros, se había convertido en algo próximo, real, propio.

Sacudiendo la cabeza para espantar la confusión, y puede que también otras cosas, miró hacia atrás, con una mirada profunda ribeteada por la melancolía. El sol pronto iba a ponerse, y poco a poco las sombras empezaban a desdibujar los valles y llanuras por donde había caminado, las montañas que había subido y bajado, los pasos donde había experimentado un vértigo que le había hecho flaquear, los bosques en los que se había creído perdido, los prados de aromas dulces donde llegó a sentirse eterno. Las sombras parecían querer cubrirlo todo con un manto suave, presagio de oscuridades y olvidos.

Se quedó quieto, en silencio, mirando todo aquello que había dejado atrás con un punto de nostalgia. Si pudiera volver al principio, pensó, si alguien le ofreciera volver al principio, ¿podría vencer la tentación de aceptar? La pregunta resonó entre sus pensamientos y nubló momentáneamente su serenidad. Cerró los ojos. Y entonces, casi como una revelación, percibió su cansancio, un cansancio que le empapaba entero, de los pies a la cabeza, de la piel a la médula de los huesos. Movió la cabeza negativamente, como si estuviera rechazando la proposición. Demasiado cansancio, demasiado: llegar hasta aquí le había costado mucho esfuerzo, todo el esfuerzo de que era capaz y hasta un poco más, y ni él ni sus sentimientos deseaban volver a empezar. De pronto, la idea de llegar por fin a la puerta no se le antojaba demasiado mala. Aunque prisa, lo que se dice prisa, tampoco es que tuviera mucha. Quería disfrutar del atardecer, de esos momentos silenciosos y tibios. Tal vez si lo que le ofrecieran fuera quedarse un rato más así, quieto, mirando a lo lejos, perdido en sus recuerdos, reconfortado por los últimos rayos de sol, diría que sí. Pero nadie le propuso nada. Y mejor así. Se sentó en el suelo, recostado sobre el tronco de un árbol. Sus manos escarbaron un poco entre las hierbas, rozaron la corteza. Cogió un puñado de tierra y se lo acercó a la nariz. Inspiró profundamente… ¿se podría llevar ese olor, o al menos el recuerdo de ese olor, al otro lado de la puerta?

Inopinadamente, pasó una chica y le sonrió. Fue una sonrisa cálida y próxima, que él agradeció sin palabras innecesarias. La fue observando mientras se alejaba, y se dio cuenta de que iba en sentido contrario a la puerta; sintió una punzada de dolor. Pero así tenía que ser, y carecía de sentido intentar acompañarla, y también carecía de sentido pedirle que ella le acompañara a él. La sonrisa había sido regalo suficiente, y pensó que le hubiera gustado corresponderla con el poema más bello del mundo; pero él nunca había sabido escribir poemas, ni bellos ni no.

Envuelto por el sol poniente, protegido por su abrazo, se dejó acariciar por una sensación de infinitud que sabía que no iba a durar más de lo que duraran aquellos rayos de sol ya casi moribundos. En efecto, cuando las sombras empezaron a alargarse, el hombre notó el primer aliento del frío. De entrada, se resistió un poco a ponerse en marcha. Pero pronto un escalofrío en las entrañas hizo que se levantara. Miró por última vez a lo lejos, hacia donde el sol, ya desaparecido del todo, había dejado una luz sin calor ni alegría.

Suspiró, encogiéndose de hombros, y dio unos pasos renuentes hacia la puerta. Un frío cada vez más profundo le hizo estremecerse. Menos mal que nadie le veía, pensó tragando saliva; si no, podrían pensar que temblaba de miedo, y no de frío. Sonriendo ante aquella ocurrencia, que no era suya, sino de un personaje histórico que no viene a cuento identificar, afirmó el paso y llegó a la puerta.

Nadie sabe qué pensó exactamente en el momento en que la cruzó.

UN ALMA DE SALDO

 

La historia empieza en el momento en que bajé de la acera para cruzar la calle. Bueno, en realidad no; si empiezo por cuando bajé de la acera, la historia resultará más confusa aún de lo que ya va a resultar de por sí, sin añadir las torpezas del narrador. Así que me perdonarán ustedes si doy un paso atrás para empezar por donde debí realmente haber empezado.

Digamos pues que la historia empieza un día en que, ya anochecido, íbamos mi mujer, mi hijo y yo por la calle. Aunque tal vez debí haber empezado por decir que mi hija acababa de tener una hija, ese puede que sea el principio de verdad. Y esa niña que acababa de nacer era la primera sobrina de mi hijo, que era hermano de mi hija, y la primera nieta de mi mujer, y, claro, la primera hija de mi hija, y mi primera nieta, casi se me olvida, aunque era fácil deducirlo. Si digo que íbamos a conocer a la recién nacida puede que poco a poco todo esto empiece ya a tener algo de sentido. Pues bueno, íbamos los tres por la calle casi cogidos de las manos, viviendo juntos y cada uno a su manera una mezcla de gozo, maravilla y sobrecogimiento, en silencio pero densamente unidos, anticipando abrazos y fermentando emociones, flotando los tres en una especie de felicidad individual y compartida.

Ahora que he conseguido aclarar las cosas, al menos hasta aquí, puedo volver al momento en que decidí cruzar la calle, miré a mi derecha, no venía nadie, así que bajé prestamente un pie de la acera, luego el otro, y en ese momento me sentí como un cretino por no haber mirado a mi izquierda, por donde un autobús lanzado a toda velocidad se me llevó por delante en medio de un delirio de frenos chirriantes, golpes, gritos y confusión. Lamento no poder explicar que justo antes del impacto tuve tiempo de ver la cara horrorizada del conductor y de sentir su ramalazo de incredulidad con unas gotas de compasión. Pero todo fue tan rápido que no pude disfrutar del privilegio de ver la cara del hombre que iba a causar mi muerte, lo cual es una pena porque le hubiera dado un toque dramático muy propio a mi historia. En realidad no vi casi nada, tal vez cosas dando vueltas a mi alrededor, o puede que el que diera vueltas fuera yo, oscuridad, apenas dolor y luego, como desde arriba y ya de lejos, mi cuerpo en el suelo, por suerte y gracias a la oscuridad, carente de detalles. Cada vez desde más lejos, vi algunas personas acercarse a él, o sea a mí, aunque ya no era yo, yo era una sustancia extraña que parecía estar ascendiendo, y aquellos que se acercaban a lo que había sido yo lo hacían con poca fe, y no se lo reprocho, pues después del atropello yo era el primero que tenía bien claro que ya nada se podía hacer. Pronto la escena se desvaneció, y durante un rato todo lo que noté fueron unas ganas de llorar enormes, inabarcables, abismales. Curiosamente, mi muerte me dejaba indiferente; lo inconsolable era evocar a mi mujer y a mi hijo, lo que habrían visto y oído, y pensar en mi hija, que no recibiría el abrazo de su padre, y en mi nieta, que recibiría abrazos que habrían quedado helados por el horror, unos abrazos helados que no merecía en absoluto. Me sentía atrozmente culpable por haber arrojado aquella sombra negra sobre unos momentos que tendrían que haber sido de plenitud y felicidad, y todo por no haber mirado hacia donde debía, oh soberana estupidez.

Aunque en mi nuevo estado el concepto de tiempo era un tanto difuso, digamos, para entendernos, que al cabo de un rato sentí que a mi alrededor había otras presencias parecidas a la mía, presencias a las que por comodidad llamaré “almas” a partir de ahora. Me di cuenta de que las almas eran, éramos, numerosas, e incluso parecía reinar una cierta confusión, pues, aunque etéreas, las almas se movían (nos movíamos), íbamos de un lado con cierta agitación e incluso había algún tipo de conversaciones sin voces que llenaban el ambiente de ruido silencioso. Poco a poco me fui adaptando a todo aquello, incluso entendiendo cosas aquí y allá, de manera que me di cuenta de que todas las almas parecían esperar algo, y una tensión contenida, que pronto se me contagió, nos envolvía a todos, o a todas, que esto del género tampoco andaba claro por allá. Ustedes me dirán que exagero, pero estar entre un gran número de almas que, en toda lógica, correspondían a recién muertos como yo, agitadas e inquietas, es una experiencia difícil. Poco hecho todavía a la vida inmaterial, intenté buscar alguna referencia para ubicarme, y lo primero que se me ocurrió fue la sala de espera de un hospital. Aunque luego di con una mejor: la antesala de un juzgado. Mi intuición se reforzó al discernir unas especies de ujieres con aspecto de querubines desengañados y cínicos que aparecían aquí y allá y parecían comunicar veredictos a las almas ansiosas. Mientras yo me incorporaba a aquella espera inquieta y desapacible, y aunque los recuerdos de lo que empezaba a denominar para mis adentros “mi vida terrenal” parecían empezar a marchitarse, persistía como un dolor punzante la tristeza dolorosa por la forma en que había abandonado a mis seres más queridos.

Siempre teniendo en cuenta que recurro a convencionalismos inaplicables a aquella singular situación, digamos que transcurrió un buen rato, uno de los ratos más desazonadores que he pasado en mi vida, un rato que me hizo vislumbrar el sentido de la palabra eternidad en aquel contexto. Hasta que por fin uno de aquellos ujieres chusqueros con alas pero escasamente angelicales se me acercó. Lo que me comunicó lo hizo, por supuesto, sin palabras, aunque yo lo traduzco para más fácil comprensión:

—Eh tú, si tú, fenómeno, vente para acá, que te han examinado y no hay recoveco de tu vida que no haya sido explorado, desmenuzado y analizado, qué te parece, y, la verdad es que te has lucido, con tu vida, ¿eh?, menudo currículo el gachó, si no he entendido mal, tema cometer pecados no te has cortado ni un pelo, ¿eh?, y en cuanto a mandamientos, el señor iba de anarquista, por lo que he oído…

Siguió así un buen rato, durante el cual me vi inapelablemente condenado al infierno por toda la eternidad, ahora que empezaba a entender qué era eso de la eternidad, y la zozobra me invadió, o invadió mi alma, y nunca mejor dicho. Por abreviar, paso directamente a la parte final de la filípica de aquel arcángel con trienios:

—Pues vaya que se han estado rato contigo, que si llego a ser yo te despacho en un pispás, pedazo de pecador contumaz. Han discutido y discutido, las monsergas de la misericordia y no sé cuántas sandeces más, pero al final te han aprobado. Ya te iba a dar yo, aprobar a un tipejo como tú, pero son los tiempos que corren aquí arriba, y así van las cosas. Y es que antes al menos te hubieras chupado una temporada de purgatorio de no te menees, pero dicen que ya no toca, lo del purgatorio, y muy a mi pesar te vas a ir de rositas, y a mí qué más me da, si yo soy un mandado, yo a obedecer, y tal como me lo han dicho te lo digo a ti, te vas a ir de rositas, eso sí, por un voto de diferencia, no te hagas ilusiones, anda, venga, desaparece de mi vista antes de que alguien se arrepienta de Su Misericordia…

Y con estas palabras el que desapareció fue él, sin dejarme explicarle que mi salvación eterna me importaba un comino y que lo que me importaba era el rastro de dolor que muy a mi pesar había dejado. Y en esos tristes pensamientos estaba cuando de repente se materializó a mi lado un extraño y oscuro personaje de olor penetrante y contornos difusos, un poco rojos y otro poco negros. Así me habló:

—Vaya vaya, un chisgarabís que envían al paraíso, eso me complace, claro, y, el señor puede que, según tengo entendido, haya dejado atrás algunos asuntos que…euuuhhh… limpiar… y puede que el señor estuviera interesado en un pequeño trato con este su seguro servidor, amplia y mutuamente beneficioso…

Aunque lo de limpiar me pareció una referencia excesivamente descarnada, se lo pasé por alto y le animé a seguir.

—Bueno, pues es muy sencillo, usted, señor mío, vuelve a su vida exactamente en el punto en que la dejó, arregla sus asuntos, limpia lo que tenga que limpiar, y, transcurridos…estooo… en su caso… digamos… seis meses… bueno, usted me cae bien, pongamos nueve meses, usted vuelve por aquí y pone su alma a mi disposición. ¿Le parece?

El Diablo. Me di cuenta de que el Diablo en persona estaba intentando comprarme el alma.

—Mefistófeles —murmuré recordando mis clásicos.

Inmediatamente, el personaje estalló en desagradables carcajadas.

—El Diablo, mi bisoño amigo, tiene cosas más importantes que hacer que ocuparse de su alma, que tampoco vale gran cosa, si se me permite decirlo. Ha pasado el examen por un voto de diferencia, así que no se pavonee en exceso, que usted es un alma de a pie, una especie de saldo con la que no puedo perder mucho tiempo, ¿estamos?, un alma que casi nos quedamos gratis, no lo olvide. Así que diga si acepta o no, y acabemos rápido.

Aquello hirió mi amor propio, he de reconocerlo pues a nadie le gusta ser un alma low cost, y casi frustra el trato. Pero el recuerdo de lo que había pasado con el autobús pesaba como una losa en mi conciencia, de modo que regateé un poco, sobre todo por mantener las formas, y conseguí arrancarle a aquel diablejo subalterno tres meses más. En total, doce meses de plazo a cambio de mi condenación eterna. Claro que nueve o doce, tanto daba; lo importante era evitar aquel autobús, y lo demás carecía de interés. En realidad, el trato no era tan malo, y uno por los suyos hace lo que sea. Así que le pregunté, tímidamente, si debía firmar con una gota de mi sangre.

—Ja ja ja… Usted ha leído demasiados libros, compadre. No desperdicie el año que acaba de comprar leyendo más, el consejo es gratis. El contrato ya está firmado.

Y desapareció. Inmediatamente, me encontré de nuevo en el momento en que decidí cruzar la calle, miré a mi derecha, no venía nadie, así que bajé prestamente un pie de la acera, luego el otro, y en ese momento un grito de mi hijo me hizo dar un salto hacia atrás. Trastabillé y caí en la acera, mientras notaba el aliento próximo del autobús asesino que pasaba a pocos centímetros de mí, y me sentía como un cretino por no haber mirado a mi izquierda, pero un cretino vivo y que pudo abrazar a su mujer y a su hijo para que se nos fuera el susto a los tres.

—No ha pasado nada, sólo un susto — mentí con total desparpajo.

A partir de ahí ya no hay mucho que contar. Lo que siguen pueden imaginarlo, y luego la vida siguió, y no creo necesario explicar los detalles. A veces es suficiente que las cosas sean como tienen que ser.

He tenido tiempo de prepararlo todo, de arreglarlo todo, de “limpiarlo” todo, como me fue dicho, incluso de preparar un poco el camino. Cuando sea el momento, haré la maleta —bueno, creo que no, que no hay maletas— y cumpliré mi parte del trato.

Ustedes puede que no lo crean, pero cuando lo pienso serenamente, creo que no ha sido tan mal negocio.

NO USARÁS HECHIZOS EN VANO

Esta historia empieza el día en que se me ocurrió abrir un libro que corría por casa. Era un ejemplar a la vez vetusto y de apariencia anodina, con tapas oscuras y mudas, que iba deambulando de un lado a otro sin acabar de encontrar su sitio en mi colmada biblioteca. Viene a cuento aquí un breve inciso para explicar de dónde venía y cómo había llegado a mis manos, cuestión de dar un poco de carácter a la historia. Pues bien, digamos que me lo había vendido un viejo que a pesar de su apariencia de vagabundo parecía lleno de energía, y que había surgido de la nada para mostrarme el volumen con disimulo pero con mucho orgullo, mientras me decía algunas frases vehementes en un idioma extraño. Como el precio que me pedía era irrisorio, y para librarme del halo inquietante del vejete, le di lo que demandaba y me fui tan deprisa como pude. ¿Qué tal? Sí, excesivamente efectista y melodramático, sólo me ha faltado añadir un poco de niebla y un par de murciélagos. Probemos con esta otra explicación: di con él en la trastienda de un librero de lance del barrio antiguo de una antigua ciudad. O mejor pongamos que lo había encontrado detrás de una hilera de libros en una de las estanterías más altas y polvorientas de una biblioteca familiar que hubo que desguazar. Todo un poco convencional y manido, me temo.

Bueno, pues como no se me ocurren mejores ideas, lo dejamos en que el libro estaba en casa, y en que yo no tenía la menor idea de su procedencia ni de dónde había salido. La cuestión, y ahora nos acercamos al núcleo argumental de la historia, es que un día me dio por abrir el volumen, tal vez intrigado por lo que pudiera haber tras aquellas tapas oscuras sin grabados, letras, ni ningún otro elemento de identidad. Un recorrido al azar por sus páginas, excelentemente conservadas, despertó mi curiosidad y corrí al índice, que devoré en un santiamén. Así supe que tenía en mis manos, y que había tenido deambulando por mi biblioteca, nada menos que un libro de sortilegios, encantamientos, filtros, pociones y otros elementos relacionados con la brujería, la nigromancia, la hechicería y demás ramas de los saberes ocultos. Su autor, cuyo nombre omitiré por discreción, había sido una autoridad en la materia, una auténtica eminencia del gremio, respetado y escuchado, reconocido y con un gran prestigio en la época en que las nobles artes de la magia todavía no habían caído en el desuso y en el olvido.

Un cosquilleo que nacía en mis manos, en contacto con aquel tesoro del saber, y se trasmitía a lo largo de mi espina dorsal, fue acentuándose a medida que me iba dando cuenta de que allí había conocimientos de una amplitud y profundidad que jamás hubiera soñado. Gracias a aquellas páginas uno podía, mediante hechizos, bálsamos u otras artes, derretir el corazón de la mujer amada, recuperar la juventud perdida, obtener cosechas generosas, triunfar en las artes de la seducción, ganar al juego,  vencer en los desafíos, provocar orzuelos a los enemigos, evitar que las flores se marchitaran, hacer llover, provocar sequías, evitar que se cortaran las salsas y hasta conseguir sanar las heridas más crueles infligidas por el amor.

Emocionado hasta lo más profundo por mi hallazgo, me dispuse a hacer lo que toda persona en su sano juicio hubiera hecho en mi lugar: prepararme para alcanzar lo inalcanzable mediante aquel compendio de sabiduría. Como había que empezar por algún lado, me fijé en lo de la juventud perdida. Puede que fuera una consecuencia de la cercanía de la crisis de los sesenta, o puede que fuera simplemente una ocurrencia sin ningún motivo, la verdad es que tanto da.  Pero por ahí decidí empezar. La cuestión es que me leí muy atentamente el modus operandi y planifiqué con cuidado lo que iba a ser mi primera incursión en el campo de la magia. Reuní, no sin trabajos, los ingredientes (y se me excusará el deber de ser discreto que me impongo),  y en la más estricta clandestinidad fui procediendo. Por motivos que no vienen al caso, decidí volver a los treinta años, y decidí también que fuera, al menos de momento, una visita rápida, un par o tres de días, cuestión de sorprender a algunos amigos y amigas y puede que darme algún gusto, como si dijéramos, antes de regresar a mi edad normal y decidir qué hacer más adelante. Con estos objetivos en mente, dosifiqué los ingredientes y ajusté los procedimientos, me apliqué hasta la extenuación y, tras muchas horas de trabajo, terminé por obtener un pequeño frasco de un bebedizo de color dorado.

Temblando de emoción y sin pensarlo dos veces, me tragué el contenido del frasco y esperé, nervioso y, por qué no reconocerlo, algo atemorizado. No sabía que debía esperar, tal vez algún tipo de vigor renacido, de fogosidad juvenil, de fuerza retornada, de ilusión recuperada… Pero transcurrieron los minutos y nada de eso sucedió, de manera que empezaron a asaltarme las dudas. Puede que hubiera hecho algo mal; desde luego, el latín medieval en que estaba escrito el texto no era mi fuerte, y puede que hubiera interpretado algo erróneamente, o tal vez me había equivocado en la conversión de las endiabladas unidades de peso y volumen que se empleaban. Francamente decepcionado, decidí ir a mirarme al espejo del cuarto de baño como comprobación final antes de dar por fracasado el asunto.

Cuando encendí la luz, lo que vio me dejó totalmente trastornado y confuso. Desde el espejo, me miraba un muchacho de buena planta que no había cumplido los veinte, sólido y vital, un punto desamparado, con unos grandes ojos azules de soñador, y un cabello abundante donde todavía apuntaban unas pocas mechas rubias. Tardé un poco en reconocerle, en reconocerme. Aturdido, comprobé que a este lado del espejo yo seguía viendo el mundo a través de mis gafas, y que mi silueta seguía siendo mi silueta, y que en mis manos manchas y arrugas seguían idénticas a como eran hacía un rato. A este lado del espejo nada había cambiado, pero lo que yo veía reflejado era mi yo de hacía muchos muchos años, y mi yo de hacía muchos muchos años me miraba intrigado. Y a mí se me estaba quedando cara de tonto. Bueno, y a él (a mí, a mi otro mí) también. Tras un rato con la mente en blanco, aquello me empezó a desazonar. Y también empezaba a desazonar a mi reflejo, creo. Nos miramos a los ojos. Pude ver que empezaba a entender la situación y su mirada se hundió profundamente en la mía. Retrocedí un paso, luego otro. Él no se movió. Una expresión de vaga tristeza empezó a aflorar en sus rasgos juveniles, y la tristeza se fue endureciendo para dar paso a una lejana hostilidad. En mi interior empezaba a crecer el desconcierto, y el desconcierto se tiñó de una vaga culpabilidad, la culpabilidad trajo de la mano la angustia, y la angustia se resolvió en unas terribles ganas de huir, de salir de aquello como fuera. Sin pensar muy bien en lo que hacía, agarré el tarro de crema antiarrugas y lo lancé contra el espejo con todas mis fuerzas. Antes de que el espejo se quebrara en mil pedazos, aquella imagen, mi imagen, me gritó algo, aunque no me llegó ningún sonido más que el de cristales haciéndose añicos.

Al salir del cuarto de baño temblaba como un azogado. Me serví un bourbon doble e intenté ordenar mis ideas. Aquello no había resultado. Desde luego, me mantendría un par de semanas alejado de los espejos, y todo volvería a la normalidad. Y endosaría el libro a algún primo en una calle oscura un día de niebla, o se lo vendería a un librero de lance, o incluso puede que lo dejara perderse en la más remota de mis estanterías. E intentaría recobrar la calma, pasar página, y olvidarlo todo.

Pero lo que me iba a costar olvidar iban a ser las palabras que no había podido oír pero que había leído con total nitidez en mis jóvenes labios antes de que el tarro vengador pusiera las cosas como jamás hubieran debido dejar de estar. Había entendido todas y cada una de aquellas palabras, de las que probablemente nunca me podría desembarazar. Y de las que dejo aquí constancia:

—¿Pero qué puñetas has hecho con mi futuro?

HACER LA MALETA

Tengo que hacer la maleta, pensó el hombre. La idea llevaba un rato yendo y viniendo, pero había dejado de ser una vaga sensación de tarea pendiente para convertirse en un imperativo, un apremio, un deber de urgencia próxima. Desasosegado, el hombre fue afanosamente de un lado a otro mientras intentaba aclarar sus ideas y decidir qué debía meter en la vieja y desvencijada maleta que tenía abierta sobre la cama. Su noción de a dónde iba era muy vaga, vaguedad que contrastaba con la evidencia sólida de que le vendrían a buscar en poco tiempo, y la certeza de que no podía hacer otra cosa que no fuera estar listo en poco tiempo.  Debía, pues, apurarse.

Decidió empezar por lo importante. Pero como no sabía qué era lo importante, cogió la gorra que le regalaron una vez sus hijos, un abrecartas, unos lápices y una percha, y luego otra percha por si acaso. Miró críticamente el resultado, sin quedar muy convencido de estar haciéndolo bien. En esas estaba cuando, de repente, le sobrevino un sudor frío. Los libros: era lo primero de lo que hubiera tenido que ocuparse y casi se le olvida. Irse sin libros era impensable, así que corrió a la habitación donde tenía la biblioteca, llena de estanterías, a su vez tan repletas de volúmenes que ya hacía tiempo que habían empezado a rebosar hacia el pasillo. ¿Cuántos podría coger? ¿Y cuáles? Una avalancha de títulos imprescindibles que empezaron a agolparse caóticamente en su cabeza le dejó casi jadeando. Algunos se le olvidaban antes de empezar a buscarlos, con muchos no conseguía dar, y algunos pasaron a engrosar un montón que crecía más de lo que podría absorber la absurda pequeñez de la maleta. La angustia le iba apretando la garganta con un puño helado, hasta que al final, con un gruñido que se pareció mucho a un sollozo, optó por coger al azar tantos volúmenes como le cupieron en los brazos y, no sin antes perder algunos por el camino, los transportó y volcó sobre la maleta. Aunque todavía tuvo que expulsar a manotazos a unos cuantos para que quedara  espacio para otras cosas, consideró resuelto el problema.

Momentáneamente más tranquilo, se dijo que debía proceder con método, ir por grandes temas. Empezaría por el cuarto de baño; ahí, cogió su cepillo de dientes y otros pocos útiles más de aseo. ¿Pijama? Pongamos que sí. Añadió unas cuantas piezas de ropa interior y colocó todo junto a los libros, sin estar muy seguro de si estaba haciendo lo correcto. En realidad, no recordaba por qué ni para qué se estaba preparando; puede que se lo hubieran dicho, pero él no llegó a preguntar por el tipo de equipaje, o al menos no recordaba haber preguntado, o puede que lo que no recordara fuera lo que le habían respondido. En cualquier caso, la sensación de urgencia de lo del equipaje era cada vez más fuerte. Debía estar preparado cuando vinieran; lo estaría.

A ver, más cosas, siguió pensado. La música no, que los discos ocupan demasiado, y además no sé muy bien si tengo discos todavía, me suena que no. Una sartén, una olla… Eso creo que no me hará falta, reflexionó; y descartó la idea. ¿Mi colección de búhos de porcelana? Un paquete de pañuelos de papel. Fotos. ¡Claro! Fotos. Recorrió la casa a la velocidad que le permitieron sus cansadas piernas, recogiendo y quitando de sus marcos, para ahorrar espacio, las que estaban a la vista: una foto de su boda, él con sus hijos en brazos, él con unas personas mayores que a lo mejor eran sus padres, una persona joven que a lo mejor era él cerca del mar, él con su mujer en algún viaje, su mujer en otro viaje, su mujer con sus hijos pequeños, la foto de un perro que tuvieron, de nuevo sus hijos. Bueno, otra cosa resuelta. ¿Y comida? Pues no. ¿Tal vez unas galletas para el camino? Eso sí. Por cierto… ¿qué camino? Sin tiempo para responder, unas galletas se añadieron a lo que ya estaba a medio empaquetar. ¡Mis juguetes de cuando era niño! Eso es imprescindible, reconoció con agitación. Removió cajones, desechando destornilladores, trapos, cables,  papeles, betún, sellos, pilas, ceniceros, clips, cajas vacías, pinzas, tinteros, papel de lija, pero no encontró ni rastro de juguetes. Desolado, abandonó la idea y miró angustiado el reloj. Estaba seguro de que el tiempo se le estaba empezando a acabar. ¿Qué más? Disperso en tonterías, temía cada vez más terminar dejándose algo esencial. Unos calcetines de lana. Eso. Y un despertador. De repente, otro sudor frío. Las cartas. Las cartas que se escribieron con la que luego fue su mujer cuando era sólo su novia y él estaba haciendo el servicio militar. Sonrió con ternura un momento. Claro que su mujer… por un momento su mujer se convirtió en un humo difuso. Respira, respira, se dijo. Mi mujer ha de ser la de la foto, no puede ser de otra forma. En cualquier caso, ya lo resolvería luego, de momento a por las cartas. Cuando las cartas estuvieron con todo lo demás, se acordó del dinero. ¡Dinero! ¿El talonario de cheques? Y la documentación. Seguramente no le haría falta, pero se echó al bolsillo la cartera. Los prismáticos. Tenía que llevarse los prismáticos, y también aquella gorra de capitán de barco que tan bien le quedaba. Y un cuadro. No, no, ningún cuadro, no había ninguno que cupiera en la maleta. Y hablando de cartas: debería también llevarse las otras cartas, las que guardaba en el fondo de un cajón, unas menos convencionales y que prefería que nadie leyera. Aunque, bien pensado: ¿quién iba a leerlas y, de leerlas, a quién le iba a importar? A otra cosa pues. Había que coger aquel viejo abanico que había sido de su abuela, y tal vez la planta de la galería, no, la planta tampoco cabría, y cómo iba a llevar una planta en la maleta, pero sí aquellos zapatos tan cómodos, y las medicinas y una linterna por si acaso, y si, conseguía encontrarla, su navaja suiza, no, que la había perdido hacía mucho, y lo que no debía olvidar era el primer pijamita que llevó su primer hijo y que guardaba en algún lado, y la tetera que hacía el té tan bueno, y la piedra blanca que recogió del pavimento de Lisboa, y la medalla que ganó en aquella competición, y sobre todo la pluma que le regalaron en su jubilación, bueno, eso no, total, nunca había ido muy bien, con un bolígrafo cualquiera bastaría, y recordaba vagamente haber cogido ya bolígrafos, pero por si acaso cogió una par más, y el paraguas plegable que tanto le gustaba por el sonido musical que hacía al abrirse, y la libreta donde apuntaba sus gastos, y el lápiz que escribía azul por un lado y rojo por el otro y que nunca había usado pero al que tenía cariño, y la pequeña máscara veneciana que le regalaron, y algunas de aquellas monedas antiguas que guardaba en un frasco, recuerdos de viajes que no recordaba, y el cepillo de dientes, no, eso ya estaba, lo que no sabía era si coger una corbata o no, y el taco de notas, y sus botas de montaña, y…

Sonó el timbre. Fue como una sacudida eléctrica, pero sobre todo una catarsis. Desde luego, todavía le faltaban muchas cosas. Pero el timbrazo, autoritario, inapelable, era un punto final, y ahora ya podía dejar de preocuparse. De modo que cerró como pudo la maleta, y procurando no pensar en todo lo que dejaba atrás, abrió la puerta. Los dos hombres que estaban en el umbral no dijeron nada. Uno le cogió la maleta de la mano, servicial pero inevitable, y el otro hizo un vago gesto con la cabeza como para indicar que les acompañara. Los tres bajaron la escalera en silencio. Al llegar a la calle, una especie de neblina parecía difuminar los contornos de las cosas, los contornos de la realidad. Se pusieron a caminar. Al pasar junto al contenedor de basuras de la esquina, el que llevaba la maleta la tiró dentro.

– Allá donde vas no necesitarás equipaje… -masculló.

Y poco a poco, se fueron desvaneciendo entre la neblina.