BUENAS NOCHES

Ir al lavabo, como se dice eufemísticamente, o defecar y orinar, para ser un poco más exactos sin llegar a usar un lenguaje excesivamente crudo, son servidumbres biológicas que siempre me parecieron desagradables, ofensivas, humillantes. Más a mi edad, en que tuberías y bombas impulsoras han perdido vigor y eficacia. No merece la pena entrar en detalles, pero eso, lo que decía: humillante, asqueroso. Y no pienso hablar más del tema.

Hay una segunda servidumbre que encuentro casi igual de humillante y asquerosa: deshacerme de mis basuras, de mis otras basuras; me refiero a las basuras que van por fuera de mi cuerpo, las que se van tirando a un cubo con una bolsa de plástico, que cuando está llena se cierra, se baja a la calle con nocturnidad, casi a hurtadillas, y se arroja a una gran caja gris de vientre oscuro y maloliente. No tengo ni idea de dónde viene mi aversión a la basura, aunque supongo que un psicólogo bien entrenado en seguida diagnosticaría miedo atávico a lo viejo, rechazo visceral a lo inútil, horror íntimo a la podredumbre, todo en clave de transferencias simbólicas. La cuestión es que, a pesar de que vivo solo  y  mis necesidades son escasas, con lo cual genero poca basura, me veo obligado a cumplir con regularidad el desagradable ritual de deshacerme de mis deshechos que, a la que me descuido, reclaman mi atención con un olor nauseabundo.

Exactamente eso fue lo que pasó aquella noche. Estaba yo en bata y zapatillas, es decir, con mi uniformidad reglamentaria de jubilado, versión tarde-noche, y me había preparado ya la bandeja con mi verdura hervida y mi yogur, de manera que me disponía a saborear tales manjares viendo las noticias que, por otra parte, se me daban un ardite. En eso, un olor muy desagradable me recordó que hacía al menos un par de días que no bajaba la basura. He de reconocer que no estoy acostumbrado a que interrumpan mis planes; ni siquiera recuerdo cuando alguien me vino a visitar por última vez, ni tampoco recuerdo la última llamada telefónica que me interrumpiera algo. Por lo tanto, y ante el imprevisto, dejando aparte unas cuantas palabras malsonantes que dije en voz baja por si los vecinos, no supe reaccionar bien, falta de práctica diría yo. Vislumbraba varias líneas de acción que se abrían ante mí, si saber a cuál atenerme. Una de ellas era no hacer nada. Otra era pronunciar unas cuantas palabras bien sonoras más, volver a vestirme, cerrar la bolsa, bajar, diligente y disciplinado, tirarla al contenedor, volver a subir, volver a desvestirme, recalentar la verdura, cenar con los deportes, que se me dan medio ardite. Una tercera era desencadenar un blitz-krieg, y bajar la bolsa en una operación rápida y bien ejecutada sin cambio de vestimenta. Y una cuarta consistía en lanzar la bolsa y su contenido por la ventana. En contra de la cuarta tenía que uno es viejo, vive solo, es gruñón y no le importa un bledo a nadie (y viceversa, carajo), pero hay que conservar un ápice de cordura. En contra de la tercera tenía la profunda aversión a ir en bata y zapatillas por espacios públicos, y el horror que me producía la idea de que algún vecino, no digamos ya un transeúnte, me viera así. Claro que en contra de la segunda tenía que la operación de vestirme y desvestirme no era trivial, cosas de la artrosis, especialmente lo de los calcetines, y lo de meter las mangas en el jersey, que tampoco era manco; y además odio la comida recalentada, sobre todo porque ya había fregado los cacharros y eso implicaba volver a ensuciar una olla, pero todavía odio más la comida fría. Y en contra de la primera tenía que por la mañana el olor sería peor,  y como no estaba dispuesto a bajar la basura a la luz del día (no es que tuviera gran cosa que hacer, pero a la luz del día no, me negaba), tendría ese mal olor impregnándolo todo hasta la noche, y uno es viejo, vive solo, es gruñón y no le importa un bledo a nadie (y viceversa, carajo), pero a aceptar vivir en una pocilga todavía no he llegado, y perdón si me repito. Las cuatro posibilidades presentaban muchas cosas en contra y ni una de ellas algo, aunque fuera testimonial, a favor. Una auténtica mierda de metáfora de mi vida, y ustedes perdonen mi lenguaje tabernario.

Haciendo de tripas corazón, y confiando en mi buena suerte, que por cierto no recuerdo que jamás correspondiera a mi confianza, me decidí por la operación relámpago, sintiéndome por un momento audaz y temerario: del mal, el menos trabajoso, me dije. Así que agarré la bolsa, la cerré con el lacito reglamentario, cogí las llaves, el bastón, oteé por la mirilla para comprobar que todo estuviera despejado, bajé las escaleras con algunos trabajos (la bolsa en una mano, el bastón y las llaves en la otra, los faldones del batín ondeando gallardamente al viento), y salí a la calle desierta. Animado por el éxito, caminé hasta el contenedor. Al abrir la tapa me saludó el hedor habitual de suciedad acumulada, de olvido acumulado; hasta me pareció percibir una nota de burlona bienvenida, pero intenté no prestar atención. Aguantando la tapa, balanceé la bolsa y la lancé al interior. Si hasta entonces todo había ido bien, a partir de entonces todo empezó a ir mal. En efecto, quiso mi mala fortuna que el ridículo lacito que cerraba la bolsa se enredara con el llavero, y allá se fueron, bolsa, llavero y llaves, en una perfecta curva parabólica, hasta el fondo de aquel pozo de detritos. Quedé con la boca abierta, literalmente, como un guerrero desarmado, mientras las fauces del monstruo  se cerraban con un chasquido desafiante. Pasado ese instante desolador, me puse en jarras ante el armatoste. No sé si ya lo he dicho,  pero uno es viejo, vive solo, es gruñón y no le importa un bledo a nadie (y viceversa, carajo), pero de ahí a rendirse a la primera, media un trecho. Afortunadamente tenía el bastón, de manera que, superadas no sin algún trabajo mis inhibiciones, abrí de nuevo la tapa, hice caso omiso al olor que parecía querer estrecharme como los brazos de un pulpo artero, y escudriñé la oscuridad hedionda: si conseguía identificar mi bolsa, las llaves estarían cerca, y con el bastón podría recuperarlas. Por el rabillo del ojo vi pasar una pareja de jóvenes que me miraron con algo que podría ser compasión, o tal vez asco, pero no iba a perder mi tiempo precioso en explicarles que yo no era un pordiosero en busca de comida, así que me concentré en mi búsqueda. Poco a poco, y a medida que mis ojos se acostumbraban a la oscuridad, empecé a distinguir bolsas; la mía estaba allá a lo lejos, prácticamente fuera de mi alcance. Me puse de puntillas, intenté encaramarme y estiré el brazo cuanto pude. Si alguien que haya leído hasta aquí cree que soy un atleta de la tercera edad, es que no ha entendido nada; al resto le parecerá lógico que el esfuerzo, para mi cuerpo caducado, empezaba a ser excesivo, de manera que jadeaba, sudaba, me faltaba aire y el corazón latía disparado. Pero yo seguía, alargando el brazo y hurgando, cuando de repente el bastón se enganchó en algo; me estiré otro poco, y casi todos los huesos se pudieron a dolerme a la vez, pero casi lo tenía.

Fue justo entonces, con lo que yo creí que iba a ser el último esfuerzo, que sucedió el cataclismo. Brazos de palanca, centros de gravedad, coeficientes de fricción, puede que hasta momentos de giro y otros principios físicos se conjuraron para que, sin previo aviso, de repente el mundo se pusiera a dar vueltas y yo cayera aparatosamente dentro del contenedor. La sensación fue horrorosa, y braceé y patalée medio hundido entre los restos hasta que el ruido de la tapa cerrándose sobre mi cabeza me dio una especie de aviso. Con el aviso, intenté serenarme, y casi lo conseguí, aunque serenarme sólo sirvió para darme cuenta de que mi situación era mucho peor que la peor de las pesadillas. El olor que me envolvía era denso, y ya no sólo lo olía, sino que lo percibía a través de la piel. Volví a perder los estribos e intenté ponerme en pie, pero me caí varias veces entre las bolsas acumuladas, que parecían ponerme alevosas zancadillas. A cuatro patas, decidí buscar el bastón para abrir la tapa  y pedir auxilio, pero sin éxito. Entonces me revolví, me debatí, creo que grité. En un momento dado, me fallaron las fuerzas y me derrumbé. Puede que perdiera un momento el conocimiento: la cuestión es que volví a oír el ruido de la tapa que se cerraba, casi a la vez que una bolsa de basura caía cerca de mi cabeza.

Estaba tan agotado que, por absurdo que parezca, busqué acomodo entre las bolsas, que de hecho eran bastante mullidas y confortables, y decidí descansar un momento. Y es que uno, puede que me repita, es viejo, vive solo, es gruñón y no le importa un bledo a nadie (y viceversa, carajo), y por eso uno tiene derecho a descansar cuando le place. Cerré los ojos, y hasta me pareció que el olor perdía parte de su agresividad maligna. Tenía que salir de allí, y para eso debía pensar con calma. Salir de allí dentro, ese era el objetivo. Claro que… ¿seguro que ese era el objetivo? Me sentía protegido, cómodo, caliente, e incluso el olor me había dejado de molestar. ¿Por qué debía salir de allí? ¿Qué o quién había fuera que reclamara mi presencia? No recordaba muchos más motivos para salir, y los que recordaba no parecían de mucho peso. ¿Un plato de verdura frío? ¿Unas noticias que me importaban un pimiento? Moví un par de bolsas para estar más cómodo. Ya intentaré salir más tarde, me dije. Mi mano rozó algo metálico: las llaves. Solté una risita sardónica, y mecánicamente me las eché al bolsillo aunque, para ser sincero, no me consta que llegaran a entrar. Las llaves del reino de los cielos… pensé, algo confuso.

Tenía sueño, mucho sueño. Estaba cansado, estaba solo, estaba bien.  No había ningún motivo para moverse. No había ningún motivo para preocuparse. No había ni siquiera motivos para llorar. Porque uno es viejo, vive solo, es gruñón y no le importa un bledo a nadie (y viceversa, carajo), y por lo tanto puede decidir quedarse cuando y donde quiera.

Así que buenas noches.

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