¿POR QUÉ ME HAS ABANDONADO?

Llevar un ramo de claveles blancos por la calle es una de las tareas más penosas con las que me he enfrentado en mi no demasiado larga vida. Tal vez debería decir un ramo de flores, así en general, porque me temo que sería igual de penoso llevar un ramo de petunias rojas o de hortensias amarillas, si es que esas flores de esos colores existen, que no tengo ni idea. Pero el caso es que no llevo ni petunias ni hortensias, llevo claveles, blancos por añadidura, y tengo la impresión de que todo el mundo me mira, y no sólo me mira todo el mundo, sino que encima la mayor parte de los que me miran se sonríen por lo bajini. Un poco incómodo, busco complicidad a mi alrededor, alguien de mi gremio, a saber, el gremio de los enamorados, con quien sentirme solidario, pero no veo a nadie que lleve un triste ramo de flores, de ningún tipo, ni siquiera una en el ojal. Y maldigo la hora en que se me ocurrió entrar en la floristería, y maldigo el momento en que se me ocurrió acudir a nuestra cita con un ramo de flores, y maldigo haberme dejado llevar por el ambiente que se respira en estas fechas. Y si aguanto la penosa tarea es porque ella es una chica… no sé cómo decirlo, es una chica… “que te tiene sorbido el seso”, que dictaminaría la vecina amiga de la familia si lo supiera, que no lo sabe, y sólo faltaría que me viera con el dichoso ramo, así que mejor lo dejamos.  Porque el seso no me lo tiene sorbido, pero sí que me hace sentir cosas raras que no había sentido nunca antes. Y es que ella es fuerte, femenina, sonriente, profunda, hermosa, cálida, todo eso es y bastantes cosas más; hasta tal punto es todo eso y más que, cuando la tengo cerca, diría que unos hilos invisibles tiran de mí hacia ella. Y por eso, aunque hace poco que la conozco, he tenido la idea de comprar un ramo de flores, porque sí, porque quiero ver su sonrisa luminosa, porque quiero ver brillar sus ojos y porque hoy es un día especial. Pero la idea se ha revelado nefasta por muchos motivos. Primero, porque en mi infinita ingenuidad he entrado en la floristería pidiendo un ramo de rosas rojas; informado del precio, mis ímpetus se han atemperado, y, tras rebajar planteamientos, de la misma manera que he entrado con un ramo de rosas rojas en la cabeza he salido con un ramo de claveles blancos en la mano. Y ahora todo el mundo nos mira, a mí y a mi ramo desangelado, de manera que lo llevo medio bajo el brazo para que se vea menos y creo que no le está sentando nada bien, al pobre ramo, este tratamiento tan poco digno de su rango. Y encima blancos. La verdad es que no sé por qué he comprado claveles blancos, si al menos fueran claveles rojos tendrían un no sé qué de apasionado, de apasionado pobre pero apasionado al fin y al cabo. Pero blancos… Creo que me he ofuscado ante la mirada severa de la florista, que seguro que en seguida me ha calado como florísticamente inexperto y financieramente limitado, y me ha endosado la flor menos apropiada al día de hoy; blanco, el color de la pureza, me acabo de dar cuenta, mi chica va a pensar que soy un pazguato, bueno, mi chica no, que nos hemos visto sólo dos o tres veces.

Lleno de dudas, aprovecho un momento en el que nadie parece hacerme mucho caso, y miro discretamente el ramo; el aspecto no es muy bizarro, la maldita florista me ha vendido flores de segunda mano, o casi, así que lo aprieto bien contra el pecho y lo cubro con los brazos, de manera que apenas se ve. Y entonces me pongo a pensar. Como seguro que cuando llegue ella ya estará en la esquina en la que hemos quedado, no sé si debo presentarme con el ramo escondido a mi espalda y, darle una sorpresa, o blandirlo frente a mí, claro que si lo meto entre ella y yo igual me quedo sin beso, y cuando pienso en un beso de sus labios finos y bien dibujados me recorre tal estremecimiento que hasta mis mustios claveles parecen retomar algo del vigor perdido. No, lo mejor será llevarlo al costado, brazo levemente flexionado y un poco separada del cuerpo, así, como medio casual, y no sé si en la izquierda o en la derecha, pienso, calculo, mejor en la izquierda, así podría hasta intentar abrazarla con la derecha, y tan sumergido estoy en mis planes que me pongo a ensayar los gestos de las distintas opciones y estrategias, y tanto me olvido del mundo que cuando vuelvo a la realidad varios transeúntes me están observando con impertinente perplejidad. Así que me pongo colorado como un tomate, disimulo el ramo bajo el abrigo e intento adoptar una actitud noble y digna.

En eso, paso junto a un escaparate. Veo mi figura, desgarbada, mi abrigo, con unos elementos botánicos sobresaliendo por la solapa, mi  cara de adulto en ciernes… ¡el horror, el horror! Me detengo. Las flores me queman: no puedo presentarme con ellas, pero tampoco puedo presentarme sin ellas. Un espeluznante dilema. Por la calle baja un autobús a toda velocidad. Me acerco al bordillo. ¿Debo tirarme bajo el autobús? ¿Debo tirar el ramo? Mientras dudo, el autobús ya ha pasado y yo estoy en el bordillo, alicaído, con un ramo de claveles blancos más alicaídos que yo. Así que reanudo la marcha, arrastrando los pies. Tengo que pensar algo, decidir, la mano izquierda, el abrigo, la mano derecha… Ahora estoy seguro de que todos los que pasan me miran, ya no con burla sino con una cierta conmiseración. Busco desesperadamente otra tienda con escaparate, y cuando al fin encuentro una me pongo frente a ella y hago un último intento por componer, ramo y yo, una estampa gallarda y galante. Los claveles, tal vez ofendidos por mi actitud previa hacia ellos, no colaboran. Podría pintarlos de rojo con laca de uñas… Pero no hay tiempo, ni laca de uñas. Del otro lado del escaparate, todas las comadres del barrio están chanceándose a mi costa.

Con renuencia, sigo avanzando hacia la esquina fatídica, la que tenía que ser la esquina de mi felicidad, de la entrega triunfal de un ramo de rosas rojas, de la sonrisa luminosa y generosa de mi chica, bueno, de mi chica todavía no, ya sólo está a tres travesías; intento no pensar en mi aspecto, pero no puedo. Una travesía.  Tomo una decisión. Creo que nadie me mira. Me acerco a una papelera. Con un movimiento rápido, meto el ramo en sus entrañas. Bueno, en realidad sólo lo meto a medias. Lo que pasa es que me doy un golpe en la mano, el ramo se engancha con algo y unos cuantos claveles, lógicamente blancos, caen al suelo. Los recojo y los envío con sus compañeros; eso sí, con total seriedad, por si alguien mira, como si embutir claveles blancos en una papelera en un día como hoy fuera lo más normal del mundo. Cojo aire. La esquina está cerca, y ya puedo ir pensando en una excusa porque llego francamente tarde, y, claro, la historia de los claveles no se la voy a poder contar. Cuando estoy ya a punto de doblar la esquina, noto de repente una terrible sensación de desnudez, una terrible sensación de estar desarmado. ¿Cómo me voy a presentar ante mi chica, bueno, mi chica todavía no, un día como hoy sin un ramo de flores, o sin algún otro detalle? Estoy con las manos vacías, y además creo que se me ha manchado el abrigo; soy tonto del todo. Todavía intento pensar. ¡Bombones! Esa era la solución. Pero no hay bombonerías a la vista, y mi situación financiera tampoco soportaría una nueva inversión, ahora que he gastado mis pequeños ahorros en llenar de claveles blancos una papelera. La papelera… Dudoso, doy media vuelta y me acerco a donde yacen mis claveles. ¿Podría…? No, eso es casi necrofilia. Otra media vuelta, de nuevo hacia la esquina. La sensación de derrota es total.

Me detengo por última vez. Sé que esta vez ya no volveré a arrancar. Que mi vía crucis hacia la esquina termina aquí. Aunque soy de natural pacífico, de repente explota la rabia, y le sacudo una tremenda patada a una farola que pasaba por allí. Se oye un crujido, como de algo que se quiebra. Por el dolor que siento, probablemente han sido algunos de mis dedos. Así que salgo corriendo, cojeando, claro, pero huyendo, huyendo de la esquina, huyendo de la que ya nunca será mi chica, y proclamando con voz desgarrada:

—San Valentín, ¿por qué me has abandonado?

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3 pensamientos en “¿POR QUÉ ME HAS ABANDONADO?

  1. Doncs quin llàstima que el xicot i les flors no arribessin a la noia, perquè la noia l’estava esperant amb ànsia, amb un altre regal: un salt amb paracaigudes!

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