FUE UNA VEZ EN CRETA

—Estar enamorado es… —se detuvo para dar un pequeño sorbo— Estar enamorado es… —y volvió a callarse, con la mirada perdida, yo diría que perdida en su interior, aunque puede ser que sólo se hubiera perdido en el vaso de raki que sostenía entre las manos.

Mientras callaba, aproveché para mirar su bigote, su barba, sus cejas, sus cabellos; al blanco y al gris se unían unas pocas hebras negras, y todo junto terminaba siendo un jaspeado de difícil definición, que contrastaba con la piel oscura, recia y trabajada, del rostro. Me mantuve callado. Al fin y al cabo, yo era su invitado, y en aquel rincón del mundo seguro que las normas de la hospitalidad indicaban que un invitado le debía algo de atención a su huésped, improvisé. De todas formas, aquella declaración a medio hilvanar parecía venir de lo más profundo, así que bebí un poco de café y esperé. Pero en absoluto imaginaba lo que vino a continuación.

—Sí, estar enamorado —prosiguió tras un rato de silencio que los dos llevamos con naturalidad— es notar como los hilos que te unen a la mujer amada tiran de ti. Cuando ella se mueve, esos hilos tiran de tus ojos y la miras; cuando ella sonríe, esos hilos tiran de tus labios y no puedes dejar de sonreír; cuando ella habla, los hilos tiran de tus orejas y no puedes dejar de escuchar; cuando ella baila, los hilos tiran de tus pies y te pones a bailar, sin poder evitarlo, ¿sabes?

Y añadió, más para él que para mí:

—Y malditas las ganas que tienes de evitarlo.

Superada mi sorpresa inicial, le miré sonriendo. La cosa, como imagen poética, no dejaba de tener una cierta gracia, una cierta fuerza. Así que entré al trapo.

—Y esos hilos, don…, esos hilos, ¿de dónde vienen, dónde están? Yo nunca los he visto…

Yo nunca los he visto…—dijo remedándome con burla— Si una noche te levantas a oscuras y te das de narices contra el armario seguro que dirás que no lo has visto. Y como no lo has visto… —emitió un pequeño bufido— ¿Qué? ¿No existe? Y entonces seguro que te sorprendes de que tu nariz sangre porque ha chocado  contra algo que no existe. ¡Zoquete!

Callé ante argumento tan persuasivo. Y él aprovechó mi silencio para seguir.

—Esos hilos, muchacho, esos hilos los tenemos todos, desde que nacemos, dando vueltas en el aire, como medio perdidos; alguno se enreda por aquí, otro por allá… Pero cuando llega el momento, todos tus hilos se estiran hacia la elegida de tu corazón, se enredan con los de ella, se funden, se sueldan, se hacen fuertes y poderosos, muy muy poderosos. Algunos salen de los sesos —se señaló la cabeza—, otros del corazón  —se señaló el pecho—, otros de las tripas —se señaló el estómago—, y así por todas partes. Por eso cuando su corazón se acelera el tuyo se desboca, por eso sudas su calor, por eso te duele su dolor, por eso sueñas sus sueños.

Esperó a ver si asimilaba sus explicaciones. Y luego añadió, con sonrisa pícara:

—Y sí, claro que sí, también hay un hilo que va ahí donde acabas de pensar. Es un hilo especial, capaz de tirar con una fuerza de todos los diablos, una fuerza casi dolorosa, profunda, aniquiladora a veces. ¿Tampoco has sentido nunca ese hilo?  —añadió guiñando el ojo.

Sentir, sentir, pues sí, pensé, pero un hilo, lo que se dice un hilo, nunca me lo había planteado así. Decidí cambiar de rumbo.

—Y, don ¿quién tira de los hilos? ¿Es la mujer amada?

Se quedó un rato pensativo. Dio otro sorbo al raki y me miró entrecerrando los ojos.

—Pues…— vi asomar una sombra de duda a su mirada— la verdad es que no estoy seguro. Hubo un tiempo en que estaba convencido de que los hilos tiraban de mí, de mi cabeza, de mi corazón y de mi…, bueno, y del resto —y mientras enumeraba se iba señalando las distintas partes aludidas sin dejarse ni una, no fuera un ignaro como yo a perderse algún detalle—. Y que era ella la que tiraba de los hilos. Pero ahora ya no estoy seguro. Puede que fuera yo el que tirara, aunque no me diera cuenta. O a veces yo y a veces ella. O —agitó la cabeza, y su barba gris, tal vez rozada por un rayo de luz, pareció por un momento un aura invertida de venerable sabiduría— puede que fuera la naturaleza, la vida, los dioses, la madre Tierra, Cristo, el destino, la fuerza de las cosas, el diablo. En el fondo, qué más da, quién tira…

Se quedó en silencio. La tarde estaba cayendo. En aquel café de pueblo, oscuro de por sí, estaba oscureciendo todavía más. En el aire flotaban conversaciones, mezcladas con humo y con olores densos e indescifrables. A ras de suelo se oía el ruido de las fichas y dados del backgammon, los vasos y tazas que fregaba el patrón, las sillas que se arrastraban, exclamaciones sueltas. Aquel hombre y yo estábamos como encerrados entre los dos estratos sonoros, aquel hombre, yo y los hilos. Le miré, con curiosidad y simpatía crecientes. Qué mente de poeta habitaba detrás de aquellas cejas, de aquella frente surcada… Mi mirada encontró la suya, y me pareció dubitativo, como si estuviera a punto de cerrar la puerta que me había entreabierto y me permitiera un último vistazo.

—Y, don… esos hilos… —supongo que fue su edad, imprecisa pero sin duda avanzada, o una cierta nota de melancolía en su voz lo que me empujó a esa pregunta— ¿Qué les pasa con el tiempo? ¿Se acaban? ¿Desaparecen?

Su boca sonrió, sus ojos no.

—Con el tiempo, joven ignorante, los hilos pierden algo de brillo, algo de elasticidad, algo de fuerza. Algunos pueden llegar a desgastarse y romperse, si no los cuidas. O pueden irse secando, si no los usas

—Pero usted, don, usted los ha cuidado, los ha usado, ¿no?

—Si, hijo, sí, los cuidé. Los cuidé lo que pude y como pude, a veces mejor, a veces peor. Más o menos iba saliendo adelante. Pero un día mi mujer murió. Mira —se levantó y me llevó hasta la puerta del café; desde el umbral, señaló hacia el pueblo, un poco a la derecha, donde, sobre una colina, había una ermita diminuta y una tapia blanca—, está allá, en el cementerio. Cuando murió desaparecieron los hilos. Duele, ¿sabes? Duele mucho. Primero duele cuando desaparecen, y luego duele que no estén, y más tarde duele sentir que ya nada tira de ti.

—Ya, don, lo siento —no sabía cómo batirme en retirada—. Lo siento—murmuré, vacío de ideas.

—En realidad —continuó sin hacerme caso— no se rompieron todos. Quedó uno. Apenas tira, por ahora, pero sé que está ahí. Y sé que un día empezará a tirar fuerte, y, tal como respondí a tirones anteriores, responderé feliz a ese último tirón.

Se calló un momento, entornó los párpados, y continuó:

—Mira, chico, mira, a veces, con el sol poniente se puede ver el hilo del que te hablo, fíjate bien, sale de aquí y va hacia allá… ¿Lo ves? ¿Lo ves?

Asentí sin comprometerme mucho. Su mirada volvió a perderse, y esta vez me hubiera haberme perdido con él. Nos quedamos un rato de pie, con las últimas luces. Luego, me dio un apretón de manos y se volvió al café. Y yo me fui de allí, con el corazón algo encogido; quién sabe si me había quedado un poco enredado con el hilo aquél.

————————–

Bueno, he de admitir que esto es una historia mal explicada. Debería haber empezado diciendo que esta conversación la tuve en un café de un pueblo de alguna parte del centro de Creta, cuyo nombre ni siquiera recuerdo haber llegado a saber. El motivo del viaje fue un congreso, pero como me sobraron un par de días decidí conocer un poco la isla. Así que me dio por alquilar un pequeño todoterreno y meterme hacia el interior, buscando las zonas que me parecieron más desiertas y agrestes, y con menos atractivo para turistas de manual. Más o menos lo conseguí, y vagué por caminos perdidos, fui de aquí para allá y conseguí satisfacer mis ansias de Creta profunda. Cuando se me acabó el tiempo, emprendí el regreso por una pista polvorienta. Antes de dar con el civilizado asfalto, diría que de la nada surgió el hombre con quien más tarde iba a mantener la conversación que ya he narrado. Me hizo señal de parar, y me pidió si podía acercarle hasta su pueblo. Sin dudarlo, le hice subir, me indicó el camino y nos pusimos a hablar de esto y de aquello. Me dijo su nombre (que he olvidado pero no, no era Alexis Zorba), me habló de sus cabras, de sus tierras de olivos, y yo tuve el buen gusto de no hablarle de mi congreso ni de mi tesis recién acabada; todo esto lo recuerdo muy bien. También recuerdo igual de bien la llegada a su pueblo, su invitación a tomar un café (que acepté) y un ouzo (que rechacé), la entrada en el café, los ruidos, la luz, los olores, el hecho de que él pidiera raki y no ouzo. Lo que me confunde un poco es que el hombre sólo hablaba griego, y unas palabras de alemán (alemán, sí, una huella de una guerra ya lejana, probablemente). Y yo no soy ducho en ninguna de esas dos lenguas, y lo de no ser ducho es una hipérbole al alza. ¿Cómo nos entendimos pues? No tengo ni idea ¿Puede ser que lo soñara todo? ¿Puede que no haya estado nunca en Creta?

Bueno, reconozco que hubiera tenido que empezar por aquí, pero es que las narraciones salen como salen. Dos cosas me han impulsado a escribir esta historia. Una, que revolviendo cajones y viejos papeles he dado con el recibo del alquiler de un Suzuki 4×4, en inglés y en griego, fechado en octubre de 1989. La otra: que no puedo librarme del recuerdo diáfano de una especie de línea vagamente luminosa, delgada y tenue, que salía de alguna parte imprecisa del cuerpo de mi amigo y se perdía en dirección a la tapia blanca de la colina de enfrente. No me puedo haber inventado ninguna de esas dos cosas.

Y estoy dispuesto a desafiar a duelo a quien lo ponga en duda.

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