BUENAS NOCHES

Ir al lavabo, como se dice eufemísticamente, o defecar y orinar, para ser un poco más exactos sin llegar a usar un lenguaje excesivamente crudo, son servidumbres biológicas que siempre me parecieron desagradables, ofensivas, humillantes. Más a mi edad, en que tuberías y bombas impulsoras han perdido vigor y eficacia. No merece la pena entrar en detalles, pero eso, lo que decía: humillante, asqueroso. Y no pienso hablar más del tema.

Hay una segunda servidumbre que encuentro casi igual de humillante y asquerosa: deshacerme de mis basuras, de mis otras basuras; me refiero a las basuras que van por fuera de mi cuerpo, las que se van tirando a un cubo con una bolsa de plástico, que cuando está llena se cierra, se baja a la calle con nocturnidad, casi a hurtadillas, y se arroja a una gran caja gris de vientre oscuro y maloliente. No tengo ni idea de dónde viene mi aversión a la basura, aunque supongo que un psicólogo bien entrenado en seguida diagnosticaría miedo atávico a lo viejo, rechazo visceral a lo inútil, horror íntimo a la podredumbre, todo en clave de transferencias simbólicas. La cuestión es que, a pesar de que vivo solo  y  mis necesidades son escasas, con lo cual genero poca basura, me veo obligado a cumplir con regularidad el desagradable ritual de deshacerme de mis deshechos que, a la que me descuido, reclaman mi atención con un olor nauseabundo.

Exactamente eso fue lo que pasó aquella noche. Estaba yo en bata y zapatillas, es decir, con mi uniformidad reglamentaria de jubilado, versión tarde-noche, y me había preparado ya la bandeja con mi verdura hervida y mi yogur, de manera que me disponía a saborear tales manjares viendo las noticias que, por otra parte, se me daban un ardite. En eso, un olor muy desagradable me recordó que hacía al menos un par de días que no bajaba la basura. He de reconocer que no estoy acostumbrado a que interrumpan mis planes; ni siquiera recuerdo cuando alguien me vino a visitar por última vez, ni tampoco recuerdo la última llamada telefónica que me interrumpiera algo. Por lo tanto, y ante el imprevisto, dejando aparte unas cuantas palabras malsonantes que dije en voz baja por si los vecinos, no supe reaccionar bien, falta de práctica diría yo. Vislumbraba varias líneas de acción que se abrían ante mí, si saber a cuál atenerme. Una de ellas era no hacer nada. Otra era pronunciar unas cuantas palabras bien sonoras más, volver a vestirme, cerrar la bolsa, bajar, diligente y disciplinado, tirarla al contenedor, volver a subir, volver a desvestirme, recalentar la verdura, cenar con los deportes, que se me dan medio ardite. Una tercera era desencadenar un blitz-krieg, y bajar la bolsa en una operación rápida y bien ejecutada sin cambio de vestimenta. Y una cuarta consistía en lanzar la bolsa y su contenido por la ventana. En contra de la cuarta tenía que uno es viejo, vive solo, es gruñón y no le importa un bledo a nadie (y viceversa, carajo), pero hay que conservar un ápice de cordura. En contra de la tercera tenía la profunda aversión a ir en bata y zapatillas por espacios públicos, y el horror que me producía la idea de que algún vecino, no digamos ya un transeúnte, me viera así. Claro que en contra de la segunda tenía que la operación de vestirme y desvestirme no era trivial, cosas de la artrosis, especialmente lo de los calcetines, y lo de meter las mangas en el jersey, que tampoco era manco; y además odio la comida recalentada, sobre todo porque ya había fregado los cacharros y eso implicaba volver a ensuciar una olla, pero todavía odio más la comida fría. Y en contra de la primera tenía que por la mañana el olor sería peor,  y como no estaba dispuesto a bajar la basura a la luz del día (no es que tuviera gran cosa que hacer, pero a la luz del día no, me negaba), tendría ese mal olor impregnándolo todo hasta la noche, y uno es viejo, vive solo, es gruñón y no le importa un bledo a nadie (y viceversa, carajo), pero a aceptar vivir en una pocilga todavía no he llegado, y perdón si me repito. Las cuatro posibilidades presentaban muchas cosas en contra y ni una de ellas algo, aunque fuera testimonial, a favor. Una auténtica mierda de metáfora de mi vida, y ustedes perdonen mi lenguaje tabernario.

Haciendo de tripas corazón, y confiando en mi buena suerte, que por cierto no recuerdo que jamás correspondiera a mi confianza, me decidí por la operación relámpago, sintiéndome por un momento audaz y temerario: del mal, el menos trabajoso, me dije. Así que agarré la bolsa, la cerré con el lacito reglamentario, cogí las llaves, el bastón, oteé por la mirilla para comprobar que todo estuviera despejado, bajé las escaleras con algunos trabajos (la bolsa en una mano, el bastón y las llaves en la otra, los faldones del batín ondeando gallardamente al viento), y salí a la calle desierta. Animado por el éxito, caminé hasta el contenedor. Al abrir la tapa me saludó el hedor habitual de suciedad acumulada, de olvido acumulado; hasta me pareció percibir una nota de burlona bienvenida, pero intenté no prestar atención. Aguantando la tapa, balanceé la bolsa y la lancé al interior. Si hasta entonces todo había ido bien, a partir de entonces todo empezó a ir mal. En efecto, quiso mi mala fortuna que el ridículo lacito que cerraba la bolsa se enredara con el llavero, y allá se fueron, bolsa, llavero y llaves, en una perfecta curva parabólica, hasta el fondo de aquel pozo de detritos. Quedé con la boca abierta, literalmente, como un guerrero desarmado, mientras las fauces del monstruo  se cerraban con un chasquido desafiante. Pasado ese instante desolador, me puse en jarras ante el armatoste. No sé si ya lo he dicho,  pero uno es viejo, vive solo, es gruñón y no le importa un bledo a nadie (y viceversa, carajo), pero de ahí a rendirse a la primera, media un trecho. Afortunadamente tenía el bastón, de manera que, superadas no sin algún trabajo mis inhibiciones, abrí de nuevo la tapa, hice caso omiso al olor que parecía querer estrecharme como los brazos de un pulpo artero, y escudriñé la oscuridad hedionda: si conseguía identificar mi bolsa, las llaves estarían cerca, y con el bastón podría recuperarlas. Por el rabillo del ojo vi pasar una pareja de jóvenes que me miraron con algo que podría ser compasión, o tal vez asco, pero no iba a perder mi tiempo precioso en explicarles que yo no era un pordiosero en busca de comida, así que me concentré en mi búsqueda. Poco a poco, y a medida que mis ojos se acostumbraban a la oscuridad, empecé a distinguir bolsas; la mía estaba allá a lo lejos, prácticamente fuera de mi alcance. Me puse de puntillas, intenté encaramarme y estiré el brazo cuanto pude. Si alguien que haya leído hasta aquí cree que soy un atleta de la tercera edad, es que no ha entendido nada; al resto le parecerá lógico que el esfuerzo, para mi cuerpo caducado, empezaba a ser excesivo, de manera que jadeaba, sudaba, me faltaba aire y el corazón latía disparado. Pero yo seguía, alargando el brazo y hurgando, cuando de repente el bastón se enganchó en algo; me estiré otro poco, y casi todos los huesos se pudieron a dolerme a la vez, pero casi lo tenía.

Fue justo entonces, con lo que yo creí que iba a ser el último esfuerzo, que sucedió el cataclismo. Brazos de palanca, centros de gravedad, coeficientes de fricción, puede que hasta momentos de giro y otros principios físicos se conjuraron para que, sin previo aviso, de repente el mundo se pusiera a dar vueltas y yo cayera aparatosamente dentro del contenedor. La sensación fue horrorosa, y braceé y patalée medio hundido entre los restos hasta que el ruido de la tapa cerrándose sobre mi cabeza me dio una especie de aviso. Con el aviso, intenté serenarme, y casi lo conseguí, aunque serenarme sólo sirvió para darme cuenta de que mi situación era mucho peor que la peor de las pesadillas. El olor que me envolvía era denso, y ya no sólo lo olía, sino que lo percibía a través de la piel. Volví a perder los estribos e intenté ponerme en pie, pero me caí varias veces entre las bolsas acumuladas, que parecían ponerme alevosas zancadillas. A cuatro patas, decidí buscar el bastón para abrir la tapa  y pedir auxilio, pero sin éxito. Entonces me revolví, me debatí, creo que grité. En un momento dado, me fallaron las fuerzas y me derrumbé. Puede que perdiera un momento el conocimiento: la cuestión es que volví a oír el ruido de la tapa que se cerraba, casi a la vez que una bolsa de basura caía cerca de mi cabeza.

Estaba tan agotado que, por absurdo que parezca, busqué acomodo entre las bolsas, que de hecho eran bastante mullidas y confortables, y decidí descansar un momento. Y es que uno, puede que me repita, es viejo, vive solo, es gruñón y no le importa un bledo a nadie (y viceversa, carajo), y por eso uno tiene derecho a descansar cuando le place. Cerré los ojos, y hasta me pareció que el olor perdía parte de su agresividad maligna. Tenía que salir de allí, y para eso debía pensar con calma. Salir de allí dentro, ese era el objetivo. Claro que… ¿seguro que ese era el objetivo? Me sentía protegido, cómodo, caliente, e incluso el olor me había dejado de molestar. ¿Por qué debía salir de allí? ¿Qué o quién había fuera que reclamara mi presencia? No recordaba muchos más motivos para salir, y los que recordaba no parecían de mucho peso. ¿Un plato de verdura frío? ¿Unas noticias que me importaban un pimiento? Moví un par de bolsas para estar más cómodo. Ya intentaré salir más tarde, me dije. Mi mano rozó algo metálico: las llaves. Solté una risita sardónica, y mecánicamente me las eché al bolsillo aunque, para ser sincero, no me consta que llegaran a entrar. Las llaves del reino de los cielos… pensé, algo confuso.

Tenía sueño, mucho sueño. Estaba cansado, estaba solo, estaba bien.  No había ningún motivo para moverse. No había ningún motivo para preocuparse. No había ni siquiera motivos para llorar. Porque uno es viejo, vive solo, es gruñón y no le importa un bledo a nadie (y viceversa, carajo), y por lo tanto puede decidir quedarse cuando y donde quiera.

Así que buenas noches.

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YO ME BATO POR UN BESO

En mi primera juventud frecuenté juergas nocturnas, con distintos grados de desenfreno (de leve a moderado, tampoco vaya nadie a pensar mal), en forma de fiestas, copeos en bares que cerraban la persiana pero no la barra y locales periféricos a las ordenanzas municipales. Fumábamos, bailábamos, bebíamos, hablábamos, cantábamos y nos retirábamos a altas horas de la madrugada creyéndonos los más temibles calaveras en muchas millas a la redonda; a nuestra manera, éramos felices.

En una de esas noches de francachela me sucedió algo que no he conseguido borrar de mi memoria, que de hecho ni siquiera he intentado borrar de mi memoria, a pesar de lo que diré en la penúltima frase del relato; para ser sincero, he decidido contarlo para que cuando se borre de mi memoria pueda seguir recordando. Creo que a eso hoy en día se le llama copia de seguridad. La historia fue, más o menos, como sigue.

Estábamos unos cuantos de pie en un bar, con nuestros vasos de no recuerdo muy bien qué en la mano, hablando de esto y de lo otro, entre ruidos y risas, bastante animados y propensos a entrar en comunión con el mundo, o con el prójimo, o incluso con la prójima de terciarse. En tales circunstancias, solían surgir los temas de conversación más disparatados. Aquella noche se habló de duelos. Como era costumbre, cada cual fue diciendo la suya, por qué motivos se batiría, dónde, a qué arma, a quién escogería de padrinos… Mientras la conversación avanzaba y se metía por andurriales cada vez más surrealistas, yo me fijé en la chica que estaba justo a mi lado. La había visto otras veces, y he de confesar que no recuerdo bien su cara, ni siquiera su cuerpo; en cambio, tengo presente su sonrisa, una sonrisa amplia, cálida, directa, persistente, en la que hubiera querido ahogarme para siempre. Con aquella sonrisa a mi lado, poco caso hacía de la charla: la miraba, la miraba sonreír, y pensaba que me costaría bien poco enamorarme de ella, al menos en aquel momento y estado. Y así estaba yo medio atontado cuando de repente giró la cabeza y me miró de hito en hito. Se me heló la sangre en las venas, pues pensé que se habría ofendido por mi poco discreta atención. En cambio, renovando su demoledora sonrisa, me preguntó:

—Y tú… ¿Tú por qué te batirías?

He de reconocer que las mujeres en aquel tiempo no me hacían mucho caso, bueno, ni en aquel ni en ningún tiempo anterior que recuerde, ni en ninguno posterior, así que me recorrió una especie de “escalocaliente” (lo siento, no sé cómo decirlo, un escalofrío de alta temperatura) seguido de un escalofrío (de los de toda la vida) por el temor de que mi respuesta no estuviera a la altura. Casi sin pensarlo, repliqué:

—Yo… yo me batiría por un beso.

Eso dije, así, ni corto ni perezoso. Lo habría oído en alguna parte. Hago un inciso y ruego a posibles lectores no se tomen todo esto muy a pecho: eran otros tiempos, y hasta era otro yo. Prosigo. Pensé que con esa frase acabaría nuestro amable intercambio, pero me equivocaba. Su sonrisa se hizo más amplia, y creo que a mí se me acentuó la cara de bobo, me cogió por un brazo y puede que murmurando un “de acuerdo” del que tampoco puedo dar fe, me llevó a un rincón apartado.

—A piedra, papel o tijera. A tres victorias —dictaminó.

Y la maldita no dejaba de sonreír, y yo empezaba a ser el hombre más feliz de la tierra.

—Quieres decir… —puntualicé inseguro— que si gano… ¿Podré besarte?

Afirmó, y se puso en tal posición que de verdad parecía una duelista. Y yo, cuando conseguí serenar mis pensamientos, decidí que aquel desafío había que ganarlo. Mi máquina de pensar se puso manos a la obra; la chica parecía de carácter fuerte, así que seguro que empezaría por piedra, a ver, un, dos tres… ¡Sí! ¡Acerté! Ella piedra, yo papel, ya tenía una victoria. La sangre empezó a correr de manera un tanto desordenada por mis venas y arterias, y, levemente embriagado por el triunfo, me pareció lógico que fuera a cambiar de estrategia, así que yo ahora sacaría piedra, y la cosa se pondría fácil, un, dos, tres… ¡maldita sea! Había vuelto a sacar piedra, nadie gana, nadie pierde, vamos allá de nuevo, piensa, piensa, tienes que pensar, entender su estrategia, me decía yo con frenesí interior, a ver, ahora seguro que cambia, veamos, sí, creo que esta vez saco tijera y es mía, cómo va sacar tres piedras seguidas, un, dos, nervios, tres, ¡oh no! Mi tijera acaba de ser aplastada por su piedra, pero a quién se le ocurre sacar tres piedras seguidas, por el amor de Dios, vamos empatados a una victoria. Seriedad, serenidad, a esta mujercita me la meriendo yo con pan con tomate, ahora seguro que no saca piedra, no se atreverá, pero con su cerebro emocional femenino la tijera seguro que le va a dar repelús, irá por la vía suave del papel, lo veo venir, así que saco yo la tijera y le corto en dos su papel, esto está hecho, uno, dos, tres… ¡vaya! Los dos hemos sacado tijera, y encima sonríe que me deslumbra, en los duelos serios nadie sonríe, uno, dos,  tres, ay, no he tenido tiempo de pensar, saco papel al tuntún, ella ha vuelto a piedra, ¡sss-ssí!, dos victorias a uno. La tengo en el bote. Respiro profundamente y miro sus labios, y los imagino sobre los míos, cabe los míos, contra los míos, imagino el olor de esa sonrisa pegada a mi cara, y digamos para simplificar que me altero un poco. Es el momento culminante, sus dos derrotas han sido con piedra, ahora no se va a atrever a sacar piedra, como estará escocida por la derrota va  a sacar tijera, que es más agresivo, así que con una piedra remato la faena, un, dos, adelante, tres, ¡ahí va!, me ha sacado papel, mi piedra cae fatalmente envuelta al pozo de la derrota. Bueno, no todo está perdido, empatamos a dos victorias. Ahora es la decisiva. Estoy un poco asustado, el triunfo se me puede escapar, ella con piedra se siente segura, pero seguro que me quiere sorprender, puede que con otro papel, no, esta vez será tijera, ay qué nervios, una, mejor que saque tijera, dos, no, no, sacaré papel, tres, saco piedra… ¡Nada hecho! Ella ha sacado piedra también. Me mira a los ojos, y aunque sigue sonriendo tengo la sensación de que me dice que está jugando conmigo, que lee mis pensamientos y que va a derrotarme cuando y como quiera. Volvemos a contar, uno, dos, tres, y vuelven a salir dos piedras. Y luego otra vez. Y así siete u ocho veces, esto es absurdo, a ver quién aguanta más, no sé por qué me empecino, no sé por qué se empecina ella. Esto se ha de acabar, y voy a ganar yo. Hago ver que tengo que sonarme para pensar un poco. Es una treta tan obvia que estoy seguro de que se ha dado cuenta. Por lo tanto, sabe que voy a cambiar, que ahora no voy a sacar piedra. Por  lo tanto creerá que voy a sacar tijera, símbolo fálico o lo que sea, y ella lo dejará en piedra, pero yo sacaré papel, cosa que seguro que ha previsto, y por lo tanto sacará tijera y yo la pillaré con mi piedra, pero si ella cree que voy a sacar piedra, ella sacará papel y yo lo cortaré con mi tijera. La jugada es infalible. Un, dos, tres, saco mi tijera y ella, era de esperar, me he dado cuentas en el último segundo, saca piedra. He perdido. Esta vez sí, del todo. Me maldigo. Maldigo mucho, a mí, a mi suerte, a mi estupidez. Ahora bien, yo siempre he sido un buen perdedor, bueno, mentira, yo siempre he sabido aparentar ser un buen perdedor, así que es el momento de ser un caballero, o de hacerlo ver. Por lo tanto, encojo los hombros, intento una sonrisa forzada e intento mirarla de frente sin conseguirlo. Farfullo algo sobre lo bien que ha jugado y adopto una pose de resignación digna; mientras, por dentro, estoy jurando en arameo y, mentalmente, sólo mentalmente, le doy de puntapiés a la pared.

De repente, ella se aproximó, y noté un roce leve, aéreo, sutil; eran sus labios que, sin detenerse, depositaban sobre los míos un esbozo de beso.

—Adiós —dijo.

Luego se fue haciendo pequeña, mientras se alejaba alegremente hacia el olvido.

Nunca he vuelto a verla.

¿POR QUÉ ME HAS ABANDONADO?

Llevar un ramo de claveles blancos por la calle es una de las tareas más penosas con las que me he enfrentado en mi no demasiado larga vida. Tal vez debería decir un ramo de flores, así en general, porque me temo que sería igual de penoso llevar un ramo de petunias rojas o de hortensias amarillas, si es que esas flores de esos colores existen, que no tengo ni idea. Pero el caso es que no llevo ni petunias ni hortensias, llevo claveles, blancos por añadidura, y tengo la impresión de que todo el mundo me mira, y no sólo me mira todo el mundo, sino que encima la mayor parte de los que me miran se sonríen por lo bajini. Un poco incómodo, busco complicidad a mi alrededor, alguien de mi gremio, a saber, el gremio de los enamorados, con quien sentirme solidario, pero no veo a nadie que lleve un triste ramo de flores, de ningún tipo, ni siquiera una en el ojal. Y maldigo la hora en que se me ocurrió entrar en la floristería, y maldigo el momento en que se me ocurrió acudir a nuestra cita con un ramo de flores, y maldigo haberme dejado llevar por el ambiente que se respira en estas fechas. Y si aguanto la penosa tarea es porque ella es una chica… no sé cómo decirlo, es una chica… “que te tiene sorbido el seso”, que dictaminaría la vecina amiga de la familia si lo supiera, que no lo sabe, y sólo faltaría que me viera con el dichoso ramo, así que mejor lo dejamos.  Porque el seso no me lo tiene sorbido, pero sí que me hace sentir cosas raras que no había sentido nunca antes. Y es que ella es fuerte, femenina, sonriente, profunda, hermosa, cálida, todo eso es y bastantes cosas más; hasta tal punto es todo eso y más que, cuando la tengo cerca, diría que unos hilos invisibles tiran de mí hacia ella. Y por eso, aunque hace poco que la conozco, he tenido la idea de comprar un ramo de flores, porque sí, porque quiero ver su sonrisa luminosa, porque quiero ver brillar sus ojos y porque hoy es un día especial. Pero la idea se ha revelado nefasta por muchos motivos. Primero, porque en mi infinita ingenuidad he entrado en la floristería pidiendo un ramo de rosas rojas; informado del precio, mis ímpetus se han atemperado, y, tras rebajar planteamientos, de la misma manera que he entrado con un ramo de rosas rojas en la cabeza he salido con un ramo de claveles blancos en la mano. Y ahora todo el mundo nos mira, a mí y a mi ramo desangelado, de manera que lo llevo medio bajo el brazo para que se vea menos y creo que no le está sentando nada bien, al pobre ramo, este tratamiento tan poco digno de su rango. Y encima blancos. La verdad es que no sé por qué he comprado claveles blancos, si al menos fueran claveles rojos tendrían un no sé qué de apasionado, de apasionado pobre pero apasionado al fin y al cabo. Pero blancos… Creo que me he ofuscado ante la mirada severa de la florista, que seguro que en seguida me ha calado como florísticamente inexperto y financieramente limitado, y me ha endosado la flor menos apropiada al día de hoy; blanco, el color de la pureza, me acabo de dar cuenta, mi chica va a pensar que soy un pazguato, bueno, mi chica no, que nos hemos visto sólo dos o tres veces.

Lleno de dudas, aprovecho un momento en el que nadie parece hacerme mucho caso, y miro discretamente el ramo; el aspecto no es muy bizarro, la maldita florista me ha vendido flores de segunda mano, o casi, así que lo aprieto bien contra el pecho y lo cubro con los brazos, de manera que apenas se ve. Y entonces me pongo a pensar. Como seguro que cuando llegue ella ya estará en la esquina en la que hemos quedado, no sé si debo presentarme con el ramo escondido a mi espalda y, darle una sorpresa, o blandirlo frente a mí, claro que si lo meto entre ella y yo igual me quedo sin beso, y cuando pienso en un beso de sus labios finos y bien dibujados me recorre tal estremecimiento que hasta mis mustios claveles parecen retomar algo del vigor perdido. No, lo mejor será llevarlo al costado, brazo levemente flexionado y un poco separada del cuerpo, así, como medio casual, y no sé si en la izquierda o en la derecha, pienso, calculo, mejor en la izquierda, así podría hasta intentar abrazarla con la derecha, y tan sumergido estoy en mis planes que me pongo a ensayar los gestos de las distintas opciones y estrategias, y tanto me olvido del mundo que cuando vuelvo a la realidad varios transeúntes me están observando con impertinente perplejidad. Así que me pongo colorado como un tomate, disimulo el ramo bajo el abrigo e intento adoptar una actitud noble y digna.

En eso, paso junto a un escaparate. Veo mi figura, desgarbada, mi abrigo, con unos elementos botánicos sobresaliendo por la solapa, mi  cara de adulto en ciernes… ¡el horror, el horror! Me detengo. Las flores me queman: no puedo presentarme con ellas, pero tampoco puedo presentarme sin ellas. Un espeluznante dilema. Por la calle baja un autobús a toda velocidad. Me acerco al bordillo. ¿Debo tirarme bajo el autobús? ¿Debo tirar el ramo? Mientras dudo, el autobús ya ha pasado y yo estoy en el bordillo, alicaído, con un ramo de claveles blancos más alicaídos que yo. Así que reanudo la marcha, arrastrando los pies. Tengo que pensar algo, decidir, la mano izquierda, el abrigo, la mano derecha… Ahora estoy seguro de que todos los que pasan me miran, ya no con burla sino con una cierta conmiseración. Busco desesperadamente otra tienda con escaparate, y cuando al fin encuentro una me pongo frente a ella y hago un último intento por componer, ramo y yo, una estampa gallarda y galante. Los claveles, tal vez ofendidos por mi actitud previa hacia ellos, no colaboran. Podría pintarlos de rojo con laca de uñas… Pero no hay tiempo, ni laca de uñas. Del otro lado del escaparate, todas las comadres del barrio están chanceándose a mi costa.

Con renuencia, sigo avanzando hacia la esquina fatídica, la que tenía que ser la esquina de mi felicidad, de la entrega triunfal de un ramo de rosas rojas, de la sonrisa luminosa y generosa de mi chica, bueno, de mi chica todavía no, ya sólo está a tres travesías; intento no pensar en mi aspecto, pero no puedo. Una travesía.  Tomo una decisión. Creo que nadie me mira. Me acerco a una papelera. Con un movimiento rápido, meto el ramo en sus entrañas. Bueno, en realidad sólo lo meto a medias. Lo que pasa es que me doy un golpe en la mano, el ramo se engancha con algo y unos cuantos claveles, lógicamente blancos, caen al suelo. Los recojo y los envío con sus compañeros; eso sí, con total seriedad, por si alguien mira, como si embutir claveles blancos en una papelera en un día como hoy fuera lo más normal del mundo. Cojo aire. La esquina está cerca, y ya puedo ir pensando en una excusa porque llego francamente tarde, y, claro, la historia de los claveles no se la voy a poder contar. Cuando estoy ya a punto de doblar la esquina, noto de repente una terrible sensación de desnudez, una terrible sensación de estar desarmado. ¿Cómo me voy a presentar ante mi chica, bueno, mi chica todavía no, un día como hoy sin un ramo de flores, o sin algún otro detalle? Estoy con las manos vacías, y además creo que se me ha manchado el abrigo; soy tonto del todo. Todavía intento pensar. ¡Bombones! Esa era la solución. Pero no hay bombonerías a la vista, y mi situación financiera tampoco soportaría una nueva inversión, ahora que he gastado mis pequeños ahorros en llenar de claveles blancos una papelera. La papelera… Dudoso, doy media vuelta y me acerco a donde yacen mis claveles. ¿Podría…? No, eso es casi necrofilia. Otra media vuelta, de nuevo hacia la esquina. La sensación de derrota es total.

Me detengo por última vez. Sé que esta vez ya no volveré a arrancar. Que mi vía crucis hacia la esquina termina aquí. Aunque soy de natural pacífico, de repente explota la rabia, y le sacudo una tremenda patada a una farola que pasaba por allí. Se oye un crujido, como de algo que se quiebra. Por el dolor que siento, probablemente han sido algunos de mis dedos. Así que salgo corriendo, cojeando, claro, pero huyendo, huyendo de la esquina, huyendo de la que ya nunca será mi chica, y proclamando con voz desgarrada:

—San Valentín, ¿por qué me has abandonado?

FUE UNA VEZ EN CRETA

—Estar enamorado es… —se detuvo para dar un pequeño sorbo— Estar enamorado es… —y volvió a callarse, con la mirada perdida, yo diría que perdida en su interior, aunque puede ser que sólo se hubiera perdido en el vaso de raki que sostenía entre las manos.

Mientras callaba, aproveché para mirar su bigote, su barba, sus cejas, sus cabellos; al blanco y al gris se unían unas pocas hebras negras, y todo junto terminaba siendo un jaspeado de difícil definición, que contrastaba con la piel oscura, recia y trabajada, del rostro. Me mantuve callado. Al fin y al cabo, yo era su invitado, y en aquel rincón del mundo seguro que las normas de la hospitalidad indicaban que un invitado le debía algo de atención a su huésped, improvisé. De todas formas, aquella declaración a medio hilvanar parecía venir de lo más profundo, así que bebí un poco de café y esperé. Pero en absoluto imaginaba lo que vino a continuación.

—Sí, estar enamorado —prosiguió tras un rato de silencio que los dos llevamos con naturalidad— es notar como los hilos que te unen a la mujer amada tiran de ti. Cuando ella se mueve, esos hilos tiran de tus ojos y la miras; cuando ella sonríe, esos hilos tiran de tus labios y no puedes dejar de sonreír; cuando ella habla, los hilos tiran de tus orejas y no puedes dejar de escuchar; cuando ella baila, los hilos tiran de tus pies y te pones a bailar, sin poder evitarlo, ¿sabes?

Y añadió, más para él que para mí:

—Y malditas las ganas que tienes de evitarlo.

Superada mi sorpresa inicial, le miré sonriendo. La cosa, como imagen poética, no dejaba de tener una cierta gracia, una cierta fuerza. Así que entré al trapo.

—Y esos hilos, don…, esos hilos, ¿de dónde vienen, dónde están? Yo nunca los he visto…

Yo nunca los he visto…—dijo remedándome con burla— Si una noche te levantas a oscuras y te das de narices contra el armario seguro que dirás que no lo has visto. Y como no lo has visto… —emitió un pequeño bufido— ¿Qué? ¿No existe? Y entonces seguro que te sorprendes de que tu nariz sangre porque ha chocado  contra algo que no existe. ¡Zoquete!

Callé ante argumento tan persuasivo. Y él aprovechó mi silencio para seguir.

—Esos hilos, muchacho, esos hilos los tenemos todos, desde que nacemos, dando vueltas en el aire, como medio perdidos; alguno se enreda por aquí, otro por allá… Pero cuando llega el momento, todos tus hilos se estiran hacia la elegida de tu corazón, se enredan con los de ella, se funden, se sueldan, se hacen fuertes y poderosos, muy muy poderosos. Algunos salen de los sesos —se señaló la cabeza—, otros del corazón  —se señaló el pecho—, otros de las tripas —se señaló el estómago—, y así por todas partes. Por eso cuando su corazón se acelera el tuyo se desboca, por eso sudas su calor, por eso te duele su dolor, por eso sueñas sus sueños.

Esperó a ver si asimilaba sus explicaciones. Y luego añadió, con sonrisa pícara:

—Y sí, claro que sí, también hay un hilo que va ahí donde acabas de pensar. Es un hilo especial, capaz de tirar con una fuerza de todos los diablos, una fuerza casi dolorosa, profunda, aniquiladora a veces. ¿Tampoco has sentido nunca ese hilo?  —añadió guiñando el ojo.

Sentir, sentir, pues sí, pensé, pero un hilo, lo que se dice un hilo, nunca me lo había planteado así. Decidí cambiar de rumbo.

—Y, don ¿quién tira de los hilos? ¿Es la mujer amada?

Se quedó un rato pensativo. Dio otro sorbo al raki y me miró entrecerrando los ojos.

—Pues…— vi asomar una sombra de duda a su mirada— la verdad es que no estoy seguro. Hubo un tiempo en que estaba convencido de que los hilos tiraban de mí, de mi cabeza, de mi corazón y de mi…, bueno, y del resto —y mientras enumeraba se iba señalando las distintas partes aludidas sin dejarse ni una, no fuera un ignaro como yo a perderse algún detalle—. Y que era ella la que tiraba de los hilos. Pero ahora ya no estoy seguro. Puede que fuera yo el que tirara, aunque no me diera cuenta. O a veces yo y a veces ella. O —agitó la cabeza, y su barba gris, tal vez rozada por un rayo de luz, pareció por un momento un aura invertida de venerable sabiduría— puede que fuera la naturaleza, la vida, los dioses, la madre Tierra, Cristo, el destino, la fuerza de las cosas, el diablo. En el fondo, qué más da, quién tira…

Se quedó en silencio. La tarde estaba cayendo. En aquel café de pueblo, oscuro de por sí, estaba oscureciendo todavía más. En el aire flotaban conversaciones, mezcladas con humo y con olores densos e indescifrables. A ras de suelo se oía el ruido de las fichas y dados del backgammon, los vasos y tazas que fregaba el patrón, las sillas que se arrastraban, exclamaciones sueltas. Aquel hombre y yo estábamos como encerrados entre los dos estratos sonoros, aquel hombre, yo y los hilos. Le miré, con curiosidad y simpatía crecientes. Qué mente de poeta habitaba detrás de aquellas cejas, de aquella frente surcada… Mi mirada encontró la suya, y me pareció dubitativo, como si estuviera a punto de cerrar la puerta que me había entreabierto y me permitiera un último vistazo.

—Y, don… esos hilos… —supongo que fue su edad, imprecisa pero sin duda avanzada, o una cierta nota de melancolía en su voz lo que me empujó a esa pregunta— ¿Qué les pasa con el tiempo? ¿Se acaban? ¿Desaparecen?

Su boca sonrió, sus ojos no.

—Con el tiempo, joven ignorante, los hilos pierden algo de brillo, algo de elasticidad, algo de fuerza. Algunos pueden llegar a desgastarse y romperse, si no los cuidas. O pueden irse secando, si no los usas

—Pero usted, don, usted los ha cuidado, los ha usado, ¿no?

—Si, hijo, sí, los cuidé. Los cuidé lo que pude y como pude, a veces mejor, a veces peor. Más o menos iba saliendo adelante. Pero un día mi mujer murió. Mira —se levantó y me llevó hasta la puerta del café; desde el umbral, señaló hacia el pueblo, un poco a la derecha, donde, sobre una colina, había una ermita diminuta y una tapia blanca—, está allá, en el cementerio. Cuando murió desaparecieron los hilos. Duele, ¿sabes? Duele mucho. Primero duele cuando desaparecen, y luego duele que no estén, y más tarde duele sentir que ya nada tira de ti.

—Ya, don, lo siento —no sabía cómo batirme en retirada—. Lo siento—murmuré, vacío de ideas.

—En realidad —continuó sin hacerme caso— no se rompieron todos. Quedó uno. Apenas tira, por ahora, pero sé que está ahí. Y sé que un día empezará a tirar fuerte, y, tal como respondí a tirones anteriores, responderé feliz a ese último tirón.

Se calló un momento, entornó los párpados, y continuó:

—Mira, chico, mira, a veces, con el sol poniente se puede ver el hilo del que te hablo, fíjate bien, sale de aquí y va hacia allá… ¿Lo ves? ¿Lo ves?

Asentí sin comprometerme mucho. Su mirada volvió a perderse, y esta vez me hubiera haberme perdido con él. Nos quedamos un rato de pie, con las últimas luces. Luego, me dio un apretón de manos y se volvió al café. Y yo me fui de allí, con el corazón algo encogido; quién sabe si me había quedado un poco enredado con el hilo aquél.

————————–

Bueno, he de admitir que esto es una historia mal explicada. Debería haber empezado diciendo que esta conversación la tuve en un café de un pueblo de alguna parte del centro de Creta, cuyo nombre ni siquiera recuerdo haber llegado a saber. El motivo del viaje fue un congreso, pero como me sobraron un par de días decidí conocer un poco la isla. Así que me dio por alquilar un pequeño todoterreno y meterme hacia el interior, buscando las zonas que me parecieron más desiertas y agrestes, y con menos atractivo para turistas de manual. Más o menos lo conseguí, y vagué por caminos perdidos, fui de aquí para allá y conseguí satisfacer mis ansias de Creta profunda. Cuando se me acabó el tiempo, emprendí el regreso por una pista polvorienta. Antes de dar con el civilizado asfalto, diría que de la nada surgió el hombre con quien más tarde iba a mantener la conversación que ya he narrado. Me hizo señal de parar, y me pidió si podía acercarle hasta su pueblo. Sin dudarlo, le hice subir, me indicó el camino y nos pusimos a hablar de esto y de aquello. Me dijo su nombre (que he olvidado pero no, no era Alexis Zorba), me habló de sus cabras, de sus tierras de olivos, y yo tuve el buen gusto de no hablarle de mi congreso ni de mi tesis recién acabada; todo esto lo recuerdo muy bien. También recuerdo igual de bien la llegada a su pueblo, su invitación a tomar un café (que acepté) y un ouzo (que rechacé), la entrada en el café, los ruidos, la luz, los olores, el hecho de que él pidiera raki y no ouzo. Lo que me confunde un poco es que el hombre sólo hablaba griego, y unas palabras de alemán (alemán, sí, una huella de una guerra ya lejana, probablemente). Y yo no soy ducho en ninguna de esas dos lenguas, y lo de no ser ducho es una hipérbole al alza. ¿Cómo nos entendimos pues? No tengo ni idea ¿Puede ser que lo soñara todo? ¿Puede que no haya estado nunca en Creta?

Bueno, reconozco que hubiera tenido que empezar por aquí, pero es que las narraciones salen como salen. Dos cosas me han impulsado a escribir esta historia. Una, que revolviendo cajones y viejos papeles he dado con el recibo del alquiler de un Suzuki 4×4, en inglés y en griego, fechado en octubre de 1989. La otra: que no puedo librarme del recuerdo diáfano de una especie de línea vagamente luminosa, delgada y tenue, que salía de alguna parte imprecisa del cuerpo de mi amigo y se perdía en dirección a la tapia blanca de la colina de enfrente. No me puedo haber inventado ninguna de esas dos cosas.

Y estoy dispuesto a desafiar a duelo a quien lo ponga en duda.

MEA CULPA

Mis queridos y putativos (con perdón) lectores:

Hay muchos blogs, tantos blogs que nadie sabe cuántos hay; se barajan cifras que superan los cien millones, aunque no tengo ni idea de sin son cifras fiables o no, y tampoco me importa mucho. Pero como todo bloguero, al menos en un rincón del alma, aspira a ser leído, la competencia es fuerte.

Por eso, porque uno aspira, poco o mucho, a que le lean el blog, y porque hay tantos blogs, resulta que hasta hay blogs que te explican cómo hacer para que la gente lea tu blog. Desde luego, escribir una entrada en tu blog sobre cómo hacer que la gente lea  blogs es una forma infalible de conseguirlo. Yo leí una de esas entradas (http://blogs.elpais.com/antiguru/2013/06/10/) y aprendí un montón de cosas útiles. Por ejemplo, aprendí que más de un tercio de las personas que llegan a un blog no leen ni una línea del texto al que acceden, simplemente se van a otro enlace o le dan a la tecla retroceder. De los dos tercios restantes la mayoría abandonan al llegar al segundo párrafo y sólo un tres por ciento lo supera. De esos, algún empecinado puede que llegue hasta el final del texto. Aplicando tan universales principios a este caso particular, colijo que raros serán los que hayan llegado hasta aquí, y más raros todavía los que terminen de leer esta entrada: a los primeros dedico una leve reverencia, a los segundos un imaginario monumento y a los demás una pedorreta, aunque, qué más da, no se enterarán nunca pues son los que se quedaron en la primera línea.

Supongo que la estadística, cuya verosimilitud ignoro, se refiere sobre todo a clicadores compulsivos que van de un lugar a otro en busca de emociones fuertes. Yo diría que navegantes más sosegados deben tener otro comportamiento; pero es muy posible que sean una exigua minoría. En consecuencia, quien quiera buscar clientela debe buscarla entre los maníacos del enlace. ¿Qué hay que hacer para que estos personajes de dedo ágil se queden en tu blog y lo lean? A eso respondía el artículo citado más arriba, enunciando una serie de reglas de fácil aplicación. Ahí va un resumen.

– hay
– que
– emplear
– listas
– itemizadas,

poner lo esencial en negrita,

salpimentar el texto con subtítulos,

escribir frases cortas (como esta).

Plantear una idea por párrafo.

Y, sobre todo: huir de los juegos de palabras, minimizar reflexiones profundas, que suelen necesitar frases complejas para expresarse, emplear las menos palabras posible. Y si los párrafos son breves, hay mucha ilustración y líneas en blanco entre los párrafos, todavía mejor.

Llegado aquí, compruebo con horror que vulnero con exhaustiva minuciosidad todas las reglas de los buenos blogueros. Y en serio que no lo hago a propósito, aunque lo parezca. Mis frases se alargan sin que yo pueda evitarlo, y las palabras me salen juguetonas. Las ideas, que no son necesariamente profundas, se enredan con las frases y no siempre salen a flote. A veces ni siquiera hay ideas, por lo que no sé cómo separar los párrafos. Por mucho que busco lo esencial para ponerlo en negrita, no doy con ello. Y lo más parecido a una lista itemizada que tengo en mi haber es algún intento de diálogo. Y sí, ya sé que itemizada es palabro que no está en el diccionario, pero en las reglas para escribir un blog atractivo no dice nada de respeto escrupuloso a la gramática.

Me gustaría alegar en mi defensa que no recuerdo que, pongamos por caso, Crónicas del alba (Ramón J. Sender) tuviera mucha ilustración y muchas líneas en blanco, ni que en la escritura de El Don Apacible (Mijail Shólojov) se emplearan las menos palabras posibles, ni que en El Hacedor (Jorge Luis Borges) se nos racionaran las ideas (poco profundas)  a razón de una por párrafo, ni que en Voyage au bout de la nuit (Louis Ferdinand Céline) hubiera muchas listas itemizadas, ni siquiera que en Así hablaba Zaratustra (Friedrich Nietsche) el pensador alemán resaltara en negrita las ideas esenciales. Reconozco que mi argumento es falaz, pues todos los citados eran maestros de la literatura y del pensamiento, y no pelagatos de vía estrecha, lo cual probablemente exima de la obediencia a ciertas reglas. Además, no vivieron en la era digital, ni escribían blogs, sino cosas más serias. Así que se rechaza la protesta, que le hubieran dicho a Perry Mason, espero que alguien lo recuerde.

Este blog, junto a otros de la misma ralea y que me son queridos, queda por lo tanto condenado a que la corriente de clics que fluye incansable por los caudalosos torrentes de internet pase por su lado sin hacerles caso; como mucho, alguna salpicadura accidental que la necesidad de inmediatez se encargará de evaporar y que apenas pasará de la primera línea.

Lo cual, bien mirado, no me parece tan terrible, sino todo lo contrario.

Atentamente,