MORALEJA: LO IMPORTANTE ES LA PERSPECTIVA

Érase una vez una línea, esbelta y elegante, recta, de perfil bien dibujado. Y esa línea un día divisó, a poca distancia, a otra línea. Esa otra línea era también recta, de trazo atrevido y color negro intenso, muy atractiva. Y, claro, prendió la llama del amor, que ya sé que queda un poco cursi pero no sé decirlo de otra manera. Así que prendió la llama del amor, pues de todos es sabido que las líneas rectas, a pesar de su aspecto funcional y diligente, son seres de mucho corazón. Y transcurrida una longitud razonable, durante la cual las artes seductoras y galantes de una y otra florecieron a más y mejor, decidieron consumar su amor, y buscaron con ahínco su punto de intersección. Buscaron y buscaron, pero su búsqueda resultó infructuosa, y al final tuvieron que rendirse a la evidencia: no había punto de intersección.

—Son ustedes rectas paralelas —diagnosticó un geómetra a cuya consulta acudieron como última esperanza. Para quien no lo sepa, aclaremos que un geómetra es a las líneas lo que un psicoanalista es a los seres humanos, poco más o menos.

—Como ustedes sabrán, las rectas paralelas no tienen punto de intersección y sólo se cortan en el infinito —continuó aquel hombre sabio, experto en todos los arcanos de ángulos, circunferencias y cotangentes—; o al menos eso dicen, yo nunca estuve allá.

La desolación de las dos líneas, condenadas a estar siempre a la misma distancia, era más que evidente; que su única e imprecisa esperanza fuera algo que podía suceder en el infinito se les hacía poco menos que insoportable, y hasta una de ellas pensó, por suerte sólo fugazmente, en la goma de borrar como solución última para su irremediable mal de amores.

—Claro que todavía sería peor si no estuvieran ustedes en el mismo plano —añadió como consuelo pírrico—. Entonces se cruzarían un momento, sin cortarse, y se perderían en la distancia sin verse nunca más.

Abrumadas por tan desalentadoras noticias, las pobres líneas inquirieron si no había ninguna esperanza.

—Bueno… —titubeó el geómetra rascándose la calva— Podría ser… La verdad es que no estoy muy seguro pero si probaran una perspectiva… —aquí hizo una mueca de dolor— menos geométrica… no sé… más artística… he oído decir que a veces…

No quiero alargar la historia, de manera que iremos directamente al final, que ya anticipo que fue feliz. Las dos líneas rectas, después de tanta zozobra, adoptaron la debida perspectiva, y terminaron encontrándose en el punto de fuga, fuera de la mirada de la gente, donde se fundieron en una intersección eterna y apasionada. Y fueron felices y comieron perdices, si es que las líneas hacen tal cosa, lo de comer perdices, me refiero, que lo de ser felices es cosa sabida. Eso sí, lo que jamás llegaron a entender nuestras líneas fue que le llamaran punto de fuga a lo que claramente había sido un punto de encuentro.

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