CUENTO DE NOCHEVIEJA

Acababan de sonar las campanadas; doce, para ser exactos, precedidas de los cuatro cuartos reglamentarios y el carrillón, escoltadas por los comentarios de los presentadores, el runrún de fondo de la alegría de la gente en la calle, explosiones apagadas de fuegos artificiales, en fin, todos los ingredientes de rigor. Los invitados habían engullido las uvas con mejor o peor fortuna, y había llegado el momento de reír, abrazarse, palmearse, besarse. Tras un rato de confusión, el anfitrión pidió silencio, y con ademán elegante alzó su copa y proclamó:
– ¡Que el nuevo año os acerque un poco más a vuestros sueños!
Hubo una salva de aplausos, y todos sonrieron, aprobando lo acertado del brindis. Aprovechando un momento de silencio, un invitado tomó el relevo y dijo:
– ¡Que cada día del nuevo año dibuje una sonrisa en vuestros labios!
Se oyeron más aplausos, y entonces fue una dama la que exclamó:
– ¡Que el año nuevo sea una hoja en blanco donde podáis escribir con firmes trazos!
Y otra añadió:
– ¡Que vuestros deseos se cumplan es mi mejor deseo para este año!
Evidentemente algo achispado, el amigo de toda la vida quiso hacer también su aportación:
– ¡Que el año que comienza sea tan alegre y burbujeante como el líquido que hay en esta copa!
El cava corrió, los brindis se fueron repitiendo y mezclando; aumentaron el ruido y el desorden. Todo el mundo reía, amaba a su prójimo como a sí mismo o incluso más y era feliz.

Todos no. Desde luego, no el anciano que ya no era amado y que no amaba ya a nadie, ni siquiera a sí mismo. Estaba, solo, sentado en la mesa de la cocina; ni siquiera había comido las uvas, y eso que las tenía preparadas en un platito, que se las había dejado su cuidadora antes de irse a celebrar la Nochevieja por ahí. Cuando oyó jaleo en el vecindario, pensó que debían ser las doce, y bebió un sorbo de cava; luego se había quedado medio amodorrado. Cuando despertó, tenía una extraña sensación, como si hubiera estado medio flotando en una animada y concurrida fiesta de fin de año, de la que recordaba con nitidez los brindis que se habían pronunciado, pero sin reconocer a los que los habían pronunciado. A mí, pensó con amargura, el año nuevo lo que hace es alejarme un poco más de mis sueños; mi futuro no son más que unas pocas hojas en negro en las que nadie se molesta ya en escribir nada, ni siquiera yo. Y qué demonios de deseos voy a cumplir, si dejé de tener deseos ya ni me acuerdo cuándo. Menuda pandilla de mentecatos. Lo único sensato que han dicho es eso de lo del alegre y burbujeante del líquido de la copa… Cogió su copa y le dio un trago, casi con avidez, como si fuera su última esperanza de alegría. Pero el líquido estaba tibio, desbravado. Toda una metáfora, pensó con tristeza. Y en un arranque de rabia arrojó la copa contra el suelo, donde se hizo añicos.

Mientras iba hacia el cuarto de baño, oyó la voz de su mujer:
– Cariño, cariño… ¿Estás listo? Pronto empezarán a llegar los invitados.
Estaba alterado. Tenía el recuerdo confuso de un sueño, que ni siquiera sabía cuándo había soñado, un sueño de soledad, de tristeza, también de rabia, en el que rompía una copa contra el suelo. Las imágenes del sueño estaban como desenfocadas, e intentó alejarlas mientras terminaba de ajustar el nudo de la corbata, se ponía cuidadosamente la americana y le daba un último repaso a su pulcro peinado. Satisfecho, se apartó del espejo, Su aspecto era excelente, el de una persona de mediana edad bien cuidado, bien arreglado, bien vestido. Como correspondía. Volvió a oír la voz de su mujer:
– Cariño, ¿tienes pensado ya el brindis de año nuevo?
Claro que lo tenía pensado. Así que se dirigió hacia el salón, que no tardaría en estar lleno de gente. Pero tuvo un momento de duda, y volvió sobre sus pasos, hasta la cocina. Allí, en el suelo, unos trozos de cristal parecían mirarle con hostilidad. Las imágenes del sueño volvieron, reales, tangibles casi. Se sobresaltó y se dirigió con paso rápido al salón, huyendo del anciano que parecía estar sentado en la mesa de la cocina.

Orinó, se lavó someramente las manos y, con paso trabajoso, fue hasta dormitorio. Allí se acostó sin desvestirse, con el mismo batín que llevaba todo el día, sin ganas para nada que no fuera hacer lo único que le procuraba placer a aquellas alturas, es decir, dormir. Por eso se sobresaltó un poco cuando se vio frente a toda aquella gente guapa, saludable y bien vestida. Le estaban mirando, esperando el brindis. Se sintió ofuscado, sin saber qué decir. Hubo un silencio, uno o dos carraspeos, una mirada inquieta de su esposa. Como una inspiración, recordó lo que le había pasado hacía un rato en la cocina, y con voz no muy firme dijo:
– Brindo por… para…¡Brindo por que no dejéis que el cava se caliente en vuestras copas!
El ruido de los aplausos fue atronador, y se despertó con la sonrisa en la boca. Estaba solo, frío, incómodo con su batín en la cama. La incomodidad la compensaba cierta sensación de deber cumplido, aunque estaba seguro de que sólo él sabía la profundidad real de su mensaje.
– Gilipollas…- murmuró.
Y volvió a dormirse, esta vez sin sueños.

– ¿¿¿Qué has dicho???- le preguntó su mujer horrorizada, mientras esperaba que nadie hubiera oído el exabrupto.

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