DE CUANDO TIRABA PIEDRAS AL MAR

Hubo una época en que tiraba piedras al mar. Siempre se me antojó algo fascinante, a lo que merecía la pena entregarse con seria dedicación. Dicho sea de paso, puede que por eso las playas de arena siempre me hayan parecido un tanto inútiles; pero tal cosa carece de importancia. Cuando tiraba piedras al mar no sabía lo que era un juego, o, a lo mejor, lo que no sabía era que hubiera algo que no fuera un juego.  Así que, concentrado, tomaba una piedra entre mis manos menudas, me acercaba a la orilla, y la lanzaba. Seguía atentamente su vuelo curvo (más adelante supe que parabólico, pero saberlo no añadió gran cosa al asunto), contemplaba, extasiado, el momento en que rompía la superficie del agua, veía pequeñas salpicaduras verticales intentando emprender el vuelo y escuchaba con deleite el sonido acuático, mitad golpe, mitad musical gorgoteo, que anunciaba el inicio del camino hacia el fondo, misterioso y azul.  Luego, me daba media vuelta y cogía otra piedra; la elección no era trivial, ni mucho menos aleatoria: había que seleccionar bien el tamaño, la forma, las proporciones. Con ella en la mano, volvía a la orilla, y repetía el lanzamiento, cuyas características también debían ser decididas con cuidado: la fuerza, la inclinación, el giro. Todos estos matices influían, y combinándolos hábilmente conseguía una amplia gama de resultados finales con los que satisfacer al paladar del más exigente lanzador de piedras, o sea, yo. Yo, que no sabía explicarme las cosas tan bien como las explico ahora, no vayáis a creer, pero que en cambio sabía perfectamente cómo escoger una piedra y cómo tirarla al mar, y, sobre todo, sabía cómo mirarla y cómo escucharla. Y hablando de escuchar: a veces, entre piedra y piedra, me quedaba quieto, y me dejaba invadir por el murmullo intermitente de las pequeñas y amables olas mediterráneas, rompiendo con un carraspeo líquido en la orilla. Durante aquellas horas serenas, mi única preocupación eran las dudas que me asaltaban sobre si, a base de devolver tantas piedras al mar, algún día la playa iba a quedarse sin y convertirse en una sosísima y completamente inútil playa de arena, preocupación que se fue convirtiendo en pesadilla recurrente y atroz hasta atormentarme a lo largo de toda mi infancia. Bueno, toda mi infancia no, pesadilla tampoco, y atroz menos; es que a veces me puede la vena dramática: dejémoslo en que lo pensé alguna vez sin darle mucha importancia. En realidad, había pocas cosas que me preocuparan aquellas tardes inacabables de inacabables veranos, que resultaron, por cierto, mucho menos inacabables que las piedras de la playa. Pero como yo no lo sabía, cuando tiraba piedras al mar era inabarcablemente, exhaustivamente feliz.

Llegados aquí, ahora tocaría decir que un día, seducido por otras actividades y oportunidades que me ofreció la vida, dejé de tirar piedras al mar; y luego concluir con un par de frases vagamente nostálgicas o inexpresivamente filosóficas. Pero me temo que eso sería faltar a la verdad. Es cierto que ya no me paso horas tirando piedras al mar, pero es igualmente cierto que, todavía hoy, cuando piso una playa digna de tal nombre, lo primero que hago es comprobar con mirada furtiva que no haya nadie, o al menos que haya pocos y que, de esos pocos, ninguno me preste atención. Una vez comprobado, cojo una piedra, no al tuntún, sino basándome en muchos años de experiencia; mis manos, nada menudas, la sujetan; me acerco a pasos discretos a la orilla; la lanzo, la miro, la escucho. Luego suelo suspirar, y preguntarme a dónde fueron a parar aquellas acabables y acabadas tardes de acabados veranos, no porque me interese mucho la respuesta, sino porque queda bien, una pregunta al viento que no desentona con la escena. Después, otra mirada circular y furtiva, y si nadie acecha, efectúo un segundo lanzamiento; eso sí, nunca un tercero.

Entonces observo con ojo crítico a la playa, y me digo que sí, que si mantengo este ritmo prudente, todavía me quedarán piedras hasta el final.

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MORALEJA: LO IMPORTANTE ES LA PERSPECTIVA

Érase una vez una línea, esbelta y elegante, recta, de perfil bien dibujado. Y esa línea un día divisó, a poca distancia, a otra línea. Esa otra línea era también recta, de trazo atrevido y color negro intenso, muy atractiva. Y, claro, prendió la llama del amor, que ya sé que queda un poco cursi pero no sé decirlo de otra manera. Así que prendió la llama del amor, pues de todos es sabido que las líneas rectas, a pesar de su aspecto funcional y diligente, son seres de mucho corazón. Y transcurrida una longitud razonable, durante la cual las artes seductoras y galantes de una y otra florecieron a más y mejor, decidieron consumar su amor, y buscaron con ahínco su punto de intersección. Buscaron y buscaron, pero su búsqueda resultó infructuosa, y al final tuvieron que rendirse a la evidencia: no había punto de intersección.

—Son ustedes rectas paralelas —diagnosticó un geómetra a cuya consulta acudieron como última esperanza. Para quien no lo sepa, aclaremos que un geómetra es a las líneas lo que un psicoanalista es a los seres humanos, poco más o menos.

—Como ustedes sabrán, las rectas paralelas no tienen punto de intersección y sólo se cortan en el infinito —continuó aquel hombre sabio, experto en todos los arcanos de ángulos, circunferencias y cotangentes—; o al menos eso dicen, yo nunca estuve allá.

La desolación de las dos líneas, condenadas a estar siempre a la misma distancia, era más que evidente; que su única e imprecisa esperanza fuera algo que podía suceder en el infinito se les hacía poco menos que insoportable, y hasta una de ellas pensó, por suerte sólo fugazmente, en la goma de borrar como solución última para su irremediable mal de amores.

—Claro que todavía sería peor si no estuvieran ustedes en el mismo plano —añadió como consuelo pírrico—. Entonces se cruzarían un momento, sin cortarse, y se perderían en la distancia sin verse nunca más.

Abrumadas por tan desalentadoras noticias, las pobres líneas inquirieron si no había ninguna esperanza.

—Bueno… —titubeó el geómetra rascándose la calva— Podría ser… La verdad es que no estoy muy seguro pero si probaran una perspectiva… —aquí hizo una mueca de dolor— menos geométrica… no sé… más artística… he oído decir que a veces…

No quiero alargar la historia, de manera que iremos directamente al final, que ya anticipo que fue feliz. Las dos líneas rectas, después de tanta zozobra, adoptaron la debida perspectiva, y terminaron encontrándose en el punto de fuga, fuera de la mirada de la gente, donde se fundieron en una intersección eterna y apasionada. Y fueron felices y comieron perdices, si es que las líneas hacen tal cosa, lo de comer perdices, me refiero, que lo de ser felices es cosa sabida. Eso sí, lo que jamás llegaron a entender nuestras líneas fue que le llamaran punto de fuga a lo que claramente había sido un punto de encuentro.

CUENTO DE NOCHEVIEJA

Acababan de sonar las campanadas; doce, para ser exactos, precedidas de los cuatro cuartos reglamentarios y el carrillón, escoltadas por los comentarios de los presentadores, el runrún de fondo de la alegría de la gente en la calle, explosiones apagadas de fuegos artificiales, en fin, todos los ingredientes de rigor. Los invitados habían engullido las uvas con mejor o peor fortuna, y había llegado el momento de reír, abrazarse, palmearse, besarse. Tras un rato de confusión, el anfitrión pidió silencio, y con ademán elegante alzó su copa y proclamó:
– ¡Que el nuevo año os acerque un poco más a vuestros sueños!
Hubo una salva de aplausos, y todos sonrieron, aprobando lo acertado del brindis. Aprovechando un momento de silencio, un invitado tomó el relevo y dijo:
– ¡Que cada día del nuevo año dibuje una sonrisa en vuestros labios!
Se oyeron más aplausos, y entonces fue una dama la que exclamó:
– ¡Que el año nuevo sea una hoja en blanco donde podáis escribir con firmes trazos!
Y otra añadió:
– ¡Que vuestros deseos se cumplan es mi mejor deseo para este año!
Evidentemente algo achispado, el amigo de toda la vida quiso hacer también su aportación:
– ¡Que el año que comienza sea tan alegre y burbujeante como el líquido que hay en esta copa!
El cava corrió, los brindis se fueron repitiendo y mezclando; aumentaron el ruido y el desorden. Todo el mundo reía, amaba a su prójimo como a sí mismo o incluso más y era feliz.

Todos no. Desde luego, no el anciano que ya no era amado y que no amaba ya a nadie, ni siquiera a sí mismo. Estaba, solo, sentado en la mesa de la cocina; ni siquiera había comido las uvas, y eso que las tenía preparadas en un platito, que se las había dejado su cuidadora antes de irse a celebrar la Nochevieja por ahí. Cuando oyó jaleo en el vecindario, pensó que debían ser las doce, y bebió un sorbo de cava; luego se había quedado medio amodorrado. Cuando despertó, tenía una extraña sensación, como si hubiera estado medio flotando en una animada y concurrida fiesta de fin de año, de la que recordaba con nitidez los brindis que se habían pronunciado, pero sin reconocer a los que los habían pronunciado. A mí, pensó con amargura, el año nuevo lo que hace es alejarme un poco más de mis sueños; mi futuro no son más que unas pocas hojas en negro en las que nadie se molesta ya en escribir nada, ni siquiera yo. Y qué demonios de deseos voy a cumplir, si dejé de tener deseos ya ni me acuerdo cuándo. Menuda pandilla de mentecatos. Lo único sensato que han dicho es eso de lo del alegre y burbujeante del líquido de la copa… Cogió su copa y le dio un trago, casi con avidez, como si fuera su última esperanza de alegría. Pero el líquido estaba tibio, desbravado. Toda una metáfora, pensó con tristeza. Y en un arranque de rabia arrojó la copa contra el suelo, donde se hizo añicos.

Mientras iba hacia el cuarto de baño, oyó la voz de su mujer:
– Cariño, cariño… ¿Estás listo? Pronto empezarán a llegar los invitados.
Estaba alterado. Tenía el recuerdo confuso de un sueño, que ni siquiera sabía cuándo había soñado, un sueño de soledad, de tristeza, también de rabia, en el que rompía una copa contra el suelo. Las imágenes del sueño estaban como desenfocadas, e intentó alejarlas mientras terminaba de ajustar el nudo de la corbata, se ponía cuidadosamente la americana y le daba un último repaso a su pulcro peinado. Satisfecho, se apartó del espejo, Su aspecto era excelente, el de una persona de mediana edad bien cuidado, bien arreglado, bien vestido. Como correspondía. Volvió a oír la voz de su mujer:
– Cariño, ¿tienes pensado ya el brindis de año nuevo?
Claro que lo tenía pensado. Así que se dirigió hacia el salón, que no tardaría en estar lleno de gente. Pero tuvo un momento de duda, y volvió sobre sus pasos, hasta la cocina. Allí, en el suelo, unos trozos de cristal parecían mirarle con hostilidad. Las imágenes del sueño volvieron, reales, tangibles casi. Se sobresaltó y se dirigió con paso rápido al salón, huyendo del anciano que parecía estar sentado en la mesa de la cocina.

Orinó, se lavó someramente las manos y, con paso trabajoso, fue hasta dormitorio. Allí se acostó sin desvestirse, con el mismo batín que llevaba todo el día, sin ganas para nada que no fuera hacer lo único que le procuraba placer a aquellas alturas, es decir, dormir. Por eso se sobresaltó un poco cuando se vio frente a toda aquella gente guapa, saludable y bien vestida. Le estaban mirando, esperando el brindis. Se sintió ofuscado, sin saber qué decir. Hubo un silencio, uno o dos carraspeos, una mirada inquieta de su esposa. Como una inspiración, recordó lo que le había pasado hacía un rato en la cocina, y con voz no muy firme dijo:
– Brindo por… para…¡Brindo por que no dejéis que el cava se caliente en vuestras copas!
El ruido de los aplausos fue atronador, y se despertó con la sonrisa en la boca. Estaba solo, frío, incómodo con su batín en la cama. La incomodidad la compensaba cierta sensación de deber cumplido, aunque estaba seguro de que sólo él sabía la profundidad real de su mensaje.
– Gilipollas…- murmuró.
Y volvió a dormirse, esta vez sin sueños.

– ¿¿¿Qué has dicho???- le preguntó su mujer horrorizada, mientras esperaba que nadie hubiera oído el exabrupto.