CUENTO DE NOCHEBUENA

Soy el personaje de un cuento de Navidad, un cuento de Navidad que pasa en Nochebuena, empezamos bien. La verdad es que mucho interés en el asunto yo no tenía, pero estas cosas no se suelen consultar con los interesados. Así que fui capturado en una especie de limbo por donde vagamos los personajes de ficción, y colocado en este cuento, sin más averiguaciones. Además, me ha dado mucha rabia que Mr. Scrooge me mirara por encima del hombro, muy por encima del hombro, cuando se ha enterado de mi destino, pues al parecer mi cuento, a diferencia del suyo, jamás pasará de tercera categoría (regional); y he de confesar que odio que Mr. Scrooge me mire por encima del hombro.

Al parecer, no tengo nombre, mil veces maldito sea el aprendiz de plumilla que pretende haberme creado, y soy un modesto artesano jubilado que vive en una humilde casita, en un pueblo del interior; desde luego el argumento es original y promete, más tópicos en menos líneas es difícil que quepan. Pues el pueblo en que resulta que vivo no está lejos de la Gran Ciudad, y muchos de los habitantes de la Gran Ciudad tienen sus chalets en mi Pueblo, que lo escriban al menos con mayúscula, ya que el autor no parece haber hecho un gran esfuerzo por inventarse nombres, de acuerdo, el Autor, a cada uno su mayúscula. Como tienen sus chalets, pues eso, que los de la Gran Ciudad se acercan al Pueblo por fiestas, con sus coches y sus familias, y a veces con sus perros, e incluso sus criadas, que son gentes de posibles, y la mayor parte, o una parte, qué más da, toman su Cenabuena en el restaurante del lugar, famoso y estrellado.

Yo no celebro mucho las fiestas, pues no hay mucho que celebrar. Vivo solo, ya sé que eso consta en otra parte del relato, pero una reiteración de vez en cuando también vale, tengo muchos años y poca familia. Voy tirando, mal que bien, con unos ahorrillos y algún remiendo que hago aquí o allá, pues tengo fama de manitas, de cumplidor y de honrado. Supongo que esa fama, que me ha acompañado toda la vida y que no me ha servido para gran cosa, dicho sea de paso, fue la que hizo que la noche de autos se presentara a mi puerta un esbirro del Gran Chef del Restaurante, un tanto apurado el hombre, me refiero al esbirro (¿Esbirro?), pues los Grandes Chefs no se apuran, o eso tengo entendido, como mucho sufren estrés y a veces dispepsia. Venía el apuro del hecho de que había sido comisionado por su patrón para encontrar, ipso facto, alguien que reparara el pomo de la puerta de entrada de su templo de la gastronomía, pues parecía del todo punto inaceptable que su distinguida clientela pasara por la humillación de cruzar una puerta escacharrada en cena de fecha tan señalada. Como no había encontrado a nadie más adecuado a hora tan avanzada, recurría a mí como último recurso; claro, esto se guardó mucho de decírmelo, pero lo calé al momento, y perdone usted, señor Autor, que a veces se me escapan expresiones un tanto coloquiales. Así que con escaso entusiasmo me eché un saquito de herramientas a la espalda y seguí, con paso deliberadamente cansino, al fulano, correveidile quería que dijera mi Autor, pero Yo me he negado. Llegado al escenario de los hechos, fui informado de que disponía de apenas media hora para reparar el asunto, y de que pobre de mí si no lo hacía en debido tiempo y forma.

A primera vista la cosa me pareció pan comido, y al fin y al cabo tal vez fuera una buena ocasión de ganarme una propina o tal vez algún plato de esos exquisitos que al parecer se gestaban más allá de la puerta del pomo díscolo. Pero a la que empecé a trastear, me di cuenta de que algo no iba bien; el mecanismo no encajaba, probablemente se había doblado. Así que desmonté el cajetín, y extendí las piezas por el suelo; costó lo suyo, pero al fin di con el problema. Ahora bien, justo cuando había enderezado el entuerto, apareció el Gran Chef, dice el Autor que por cosas de la alta cocina hay que escribir Grand Chef, allá  él, Grand Autor, total, que cuando vio el estado de la cuestión ardió su pecho en santo furor y, cogiéndome del brazo con poca delicadeza, el muy energúmeno, yo aquí hubiera empleado otra palabra pero no me dejan, me gritó de muy malas maneras que o en cinco minutos estaba todo recompuesto o que me preparara. Aunque yo en mi juventud fui de naturaleza altiva, la verdad es que la vejez me ha reblandecido, y los gritos y las amenazas me atemorizan, más aún, me descomponen. Así que he de reconocer que me aco… acoquiné en toda regla, y en cuanto se dio media vuelta me puse a intentar reconstruir aquel desbarajuste, pero sin dar pie con bola. Los tornillos se caían, las tuercas rodaban lejos de mi alcance, las piezas se negaban a encajar. Empecé a sudar, angustiado, con ganas de llorar, las manos temblorosas, desvalido, mientras el tiempo pasaba. Pronto estaría entre dos fuegos, el Grand Chef por un lado, los primeros clientes por el otro, como quien dice con los pantalones bajados, perdonen ustedes mi lenguaje. Si hay momentos en que el entendimiento se nubla, este fue uno de ellos.

De repente, un personaje surgido de no sé dónde apareció a mi lado. Me puso la mano en el hombro y me sonrió. Noté una sensación de paz infinita, de serenidad. Respiré hondo, mientras él tomaba las piezas dispersas y las iba colocando con tal rapidez, precisión y maestría que quedé admirado. Acabó en un santiamén, y lo dejó todo perfecto, limpio y reluciente. Me miró de nuevo, con su benévola sonrisa, y luego me dio un cálido abrazo. Casi igual que había aparecido, se esfumó. Y yo me quedé con los ojos húmedos de pura emoción, agradecido hasta el extremo, con una sonrisa beatífica y la mirada perdida hacia las estrellas…

La verdad, estuve a punto de caer en la trampa y dejar acabar así este maldito cuento ñoño ideado por un autor de pega y en horas bajas, si es que en algún momento las tuvo altas, que lo dudo. Pero, por fortuna, supe reaccionar a tiempo. Agarré el pomo con las dos manos y le di tan formidable tirón que quedó mucho más descompuesto, descoyuntado e inútil que antes. Satisfecho, me di media vuelta para marcharme; los primeros Clientes estaban aparcando sus coches, y el Grand Chef acudía a recibirlos. Mientras me escabullía entre las sombras, sonreí, esta vez de forma nada beatífica. Cuentecillos de Navidad a mí, pensaba cuando volvía hacia mi casa, o tal vez estuviera volviendo hacia el limbo por donde deambulamos los personajes de ficción, cuentecillos de Navidad a mí, me repetía, la cara que va a poner Mr. Scrooge cuando se lo explique…

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