FUNDIDO A NEGRO

De repente se apagó la luz. Menudo fastidio, con lo bien que estaba ella sentada en el sofá leyendo, relajada, feliz, disfrutando del ratito que le quedaba hasta que llegara la hora de hacer la cena. Contrariada, cerró el libro, doblando la esquina de la página para no perder el punto. Con una sonrisa, se dijo que se aprovechaba de que su marido no pudiera verla, para que no se lo recriminara, como había sucedido otras veces; bueno, en realidad ni su marido ni nadie podría verla ni ver nada en aquella oscuridad que se había hecho. A ciegas, depositó el libro donde calculó que estaría el brazo del sofá, pero debió haber algún error en el cálculo y oyó como el libro caía al suelo con ruido de hojas arrugadas. Frunció el ceño, aunque en el mismo momento en que lo hacía le asaltó la duda de si fruncir el ceño en la oscuridad era de verdad fruncir el ceño o no. Había oído que la música no existía si nadie la escuchaba, y que no había poesía si nadie la leía… De ahí podía deducirse que los fruncimientos de cejas no existían si nadie los miraba, ¿o no? Una vaga inquietud la hizo volver a la parte práctica del asunto: estaba a oscuras y se extraviaba en laberintos filosóficos, cuando lo más urgente era revisar los plomos, o como se llamaran ahora, avisar a la compañía, hacer algo, lo que fuera, para expulsar la negrura que se había apoderado de su mundo. Así que se puso de pie con cuidado: su casa era una casa peligrosa en la oscuridad, llena de muebles y mueblecitos, con objetos por todas partes, lámparas, fotos y adornos, plantas, más objetos, bibelots, espejos, percheros, mesas y mesillas. Decidió ir hacia el recibidor, donde estaba el cuadro eléctrico. Como no veía nada, nada de nada, inició su camino con cautela, resiguiendo con los dedos el borde de la estantería del salón, tanteando cada paso, el sillón, el puf, apartándose prudentemente del radiador. El entorno le era familiar, pero a la vez desconocido, como si aprovechando su invisibilidad cosas y objetos hubieran cambiado sutilmente de forma y tamaño para desconcertarla. Que lo familiar hubiera adquirido un regusto hostil por obra y gracia de la oscuridad la llenó de desazón. Se dijo que la oscuridad transformaba lo conocido en desconocido, que lo desconocido era una puerta abierta a la incertidumbre, que la incertidumbre generaba temor, que el temor era la antesala de la angustia, y que la angustia el camino que llevaba al terror.  En ese instante, sus dedos toparon con algo agudo, algo que por algún  motivo le pareció peligroso, y al retirar la mano precipitadamente su codo golpeó con otro algo que cayó al suelo, partiéndose en mil pedazos en medio de un estrépito de todos los demonios. Maldijo en voz baja mientras se apagaban los ecos, sin ni siquiera preguntarse por la validez de una maldición en medio de la negrura; se imaginaba el suelo lleno de trozos de aquello, fuera lo que fuera, y le dio rabia pensar en su torpeza, y le dio rabia el caos, y le dio todavía más rabia pensar que más tarde debería recoger el desaguisado. De manera que se puso de nuevo en marcha, con menos precauciones, decidida a acabar cuanto antes con aquellas tinieblas que se le empezaban a antojar opresoras. A los pocos pasos, su rodilla golpeó contra algo, tal vez la puerta de la sala, pero ella siguió su camino, sin hacer caso del dolor, o puede que sin notarlo, y avanzó a tientas por el pasillo. Su mano extendida rozó un marco, esta vez sin consecuencias, aunque enseguida, y sin tiempo de felicitarse por su buena suerte, notó el doloroso encontronazo de su cadera contra la esquina de un mueble, seguido de ruido de caídas, de algo que rodaba, de algo que vibraba antes de hacerse de nuevo el silencio. Cada vez más ansiosa, avivó el paso, hasta que su mano notó el tacto cálido de la madera de la puerta de la entrada. Se sintió por un momento reconfortada; la madera parecía amistosa, y su objetivo estaba cerca, justo a la derecha de la puerta. Sus manos se movieron, palparon, exploraron, y pronto dieron con la cortina que disimulaba el cuadro eléctrico y los contadores. Apartó la tela con vehemencia, y tras un rato de nerviosa exploración dio con un interruptor. Estaba hacia abajo, así que lo subió; no pasó nada. Lo volvió a bajar, mientras la desazón aumentaba; lo sacudió arriba y abajo, frenéticamente, sin que la negrura cediera ni un milímetro. Intentó serenarse, y buscó otro interruptor. La cortina entorpecía sus movimientos, así que la apartó de nuevo; pero le faltaban manos, unos flecos malditos la estorbaban, le dolía la rodilla, le costaba respirar. Sintió que el furor nacía en su pecho. Agarró la cortina con las dos manos, y estiró con todas sus fuerzas. Oyó un desgarro, algo que caía rozándole la frente, y la cortina quedó yerta en sus manos, como enemigo vencido. La arrojó lejos, y, envalentonada, se puso a buscar los otros interruptores, que de repente recordó que se llamaban magnetotérmicos. Cada vez que encontraba uno lo movía arriba y abajo; oía los chasquidos, pero la oscuridad, contumaz, seguía igual de oscura. Quería tranquilizarse, proceder con método. Respiró hondo. Ahora, además de la rodilla, le dolía la cadera, y en la frente notaba un vivo escozor. Volvió a respirar hondo. Decidió poner todos los magnetotérmicos igual, primero todos arriba: nada; luego todos abajo: tampoco. La negrura permanecía total, completa, hasta tal punto que se tocó los ojos para comprobar si los tenía abiertos. Entonces recordó que también había algo llamado diferencial, y lo buscó con desesperación. La negrura parecía oprimirla cada vez más, como si empezara a entrar por sus ojos y adueñarse de su cerebro. Intentó pensar con lógica; tal vez debería ir a por una luz. Pero la sola idea de volver a moverse a tientas a través de la noche hostil de su propia casa le resultó insoportable, superior a sus fuerzas. Aturdida, la sensación de inutilidad, de impotencia, fue tan intensa, tan devastadora, que el furor que había nacido en su pecho subió por su garganta y explotó en una especie de grito ronco, mientras la emprendía con el cuadro eléctrico, a manotazos primero, a puñetazos después. Siguió golpeando hasta que, exhausta, los golpes se fueron espaciando, y al final cesaron; con las manos magulladas, se dejó deslizar hacia el suelo mientras el llanto irrumpía, incontenible, copioso. Así, medio recostada en la pared, abandonada, rodeada y poseída por aquella negrura, estuvo un tiempo, un tiempo que nadie, ni siquiera ella, sabrá nunca cuánto duró.

 **********

 Cuando oyó las llaves en la puerta tuvo la sensación de que iba a despertar de una pesadilla; luego, por un momento, se sintió avergonzada. Quiso levantarse, recomponerse, pero era demasiado tarde. La puerta se había abierto, y adivinó al marido desconcertado por la oscuridad, así que le dijo:

– No te preocupes… se ha ido la luz y me he hecho un lío, qué tonta…

No pudo ver la cara de sorpresa, o tal vez fuera ya un poco más que sorpresa, del marido que, balbuceando, respondía:

– ¿La luz? Pero… cariño… ¡la luz está encendida!

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s