BAR DE CARRETERA

Decían mis padres que, de viaje, el mejor criterio para escoger una fonda o mesón donde bien yantar era el número de camiones detenidos alrededor; que los camioneros, añadían, son gente de buen gusto para estos asuntos y muy viajados. Probablemente fue el recuerdo de tan sabio consejo el que hizo que me fijara en aquel bar, aunque a su alrededor no había casi camiones; pero sí, y en elevado número, camionetas, turismos menestrales y algún todoterreno tronado y manchado de barro. A pesar de lo cual y como no había coches señoritos, me dije que nadie era perfecto e hice alto.

Así que  por eso estoy ahora sentado en una mesa algo apartada, envuelto y protegido por el ruido de muchas voces que nada tienen que ver conmigo, extasiado por el bocadillo de butifarra que la joven patrona me acaba de servir. El personal es casi todo masculino: algún mono azul, bastantes jerséis de lana gruesa, gorros, muchas chirucas, anoraks, hasta un chándal o dos. Veo que la gente se conoce, algunos juegan a cartas. Al final va a resultar que no es un bar de carretera, sino un bar de pueblo pero sin pueblo. Será que se ha deslocalizado el bar del pueblo. Cosas de la globalización, me digo resignadamente.

A lo lejos, un televisor retransmite la rueda de prensa del gobierno; un ministro, el de economía creo, debe estar explicando a capella algo sobre las bonísimas perspectivas financieras y empresariales del país, y la solidez y ejemplaridad de su sistema bancario; otro ministro, el de gobernación, interior, orden público o como se llame ahora, hace la segunda voz, probablemente glosando lo mucho más seguros y felices que vamos a estar todos cuando pongan multas de magnitud bancaria a todos los que protesten sin guardar las debidas formas y compostura. En realidad lo que dicen lo deduzco, porque oír, lo que se dice oír, no oigo nada: no sé si el ruido, compasivo, detiene la voz de los prohombres o es que el televisor está sin volumen. Eso sí, me fijo en que no hay ni una sola mirada dirigida al aparato, ni una, que vengan los dioses y me quiten mi título de doctor en ciencias si mi afirmación no es de una exactitud absolutamente científica. Miro las caras de los parroquianos, luego vuelvo a mirar al televisor, luego vuelvo a los parroquianos, y calculo la distancia a la que deben estar de los ministros: me sale un número con muchos ceros, sideral.

Exquisitas porciones de butifarra en compañía de un crujiente pan con tomate rinden sus esencias a mi paladar, lo que me conduce a un estado contemplativo nada lúcido pero sí muy feliz, cercano a una leve embiraguez. Me fijo en una mesa con bastante gente donde se juega a la butifarra. En realidad sólo cuatro juegan; otros dos o tres parecen asesorar, y cuatro o cinco que están de pie contemplan y opinan. Mientras los miro, un lance despierta un cruce de argumentos vehementes que dura un rato; lo zanja uno de los jugadores, rostro curtido, pelo blanco, manos que son su capital, que sentencia, con voz potente: “si jugo el rei m’haguéssis cardat la manilla igual”. Todos parecen acatar la autoridad del veterano jugador y se hace el silencio; hasta los ministros perorantes parecen callar un momento y asentir. Como no hay más que hablar, se baraja y se vuelven a repartir las cartas. Y yo me pregunto que cómo he oído lo de la manilla y no oigo a los ministros, y cómo he oído el silencio que se ha hecho entre el ruido de voces del bar. Y no sé qué contestar.

Entra y sale gente. Se saludan, gastan bromas, dan palmadas, abrazos, comparten risas, piden carajillos; pienso que no hace tanto también hubieran pedido caliquenyos, pero ahora está prohibido. Por un momento, echo de menos una capa densa de humo azulado tamizando la luz, tamizando el sonido, tamizando el absurdo que vierte el televisor. Qué antiguo soy, me reprendo sacudiendo al cabeza. A media sacudida entra una niña en brazos de su madre. Se acercan a la mesa de los jugadores. Me preparo para una escena doméstica de lo más clásico; pero no, la mujer sonríe, la niña sonríe, hablan con alguien que no llego a ver, están un rato, se van. Me pregunto que por qué he pensado “entra una niña en brazos de su madre” y no “entra una mujer con su hija en brazos”, y no encuentro respuesta. Me pregunto por qué cada vez encuentro menos respuestas a mis preguntas.

La amenaza de círculo vicioso desaparece cuando entra en escena la patrona, la de verdad. Me veo forzado a degradar fulminantemente a la que me ha servido al rango de vicepatrona, porque lo de que donde hay patrón no manda marinero se cumple hasta en los bares de carretera, o de pueblo deslocalizados. La patrona, imperial, ejerce desde la barra; lo abarca todo de un vistazo, saluda aquí y allá, recoge algunos platos y tazas, parece aprobar con majestuoso distanciamiento; luego le dice algo al oído a la vicepatrona, a la que hago hija suya, porque tienen un aire. Por supuesto no oigo nada, pero estoy casi seguro de que le ha dicho: “Hija mía, algún día todo esto será tuyo”. Así sea, musito para mi coleto, porque está claro que la chica apunta maneras, y lo que es el bocadillo de butifarra, lo borda. La patrona se retira, sin una sola mirada al televisor, lo he comprobado. Estoy a punto de levantarme y hacerle una venia, pero por suerte me retengo a tiempo.

Siguen las charlas, la partida, las risas, el desprecio absoluto y unánime por el televisor y los que en él aparecen. Nadie me presta especial atención, bueno, ni especial ni de la corriente, así que me siento algo así como un intruso inofensivo. Total, en un bar de carretera debe haber gente variada; gente, filosofo, que el azar reúne de manera efímera, y de repente recuerdo que habíamos quedado que no era un bar de carretera y me quedo desconcertado; me rescata del desconcierto la presencia de un japonés, que se ha materializado junto a la barra. Muy serio, habla con la patrona, perdón, la vicepatrona, cambia un billete por un montón de monedas, compra un paquete de tabaco en la máquina. Vigilo atentamente, a ver si está interesado en la rueda de prensa ministerial. Y resulta que no, él tampoco. Hace una pequeña reverencia hacia la barra y se va, es de esperar que rumbo a oriente.

 Termino mi bocadillo, y ello me deja algo melancólico. Un cortado de cierre, y me levanto para irme. En ese momento, una pareja de mi edad y categoría, es decir, intrusos inofensivos, acaba de acercase a la barra. Me siento solidario y afino el oído; me parece entender que piden un bocadillo de butifarra y uno de lomo con queso. Apruebo silenciosamente su elección, sintiéndome ya un poco veterano. Mientras ellos se sientan yo me dirijo a la salida.

Al pasar a la altura de la mesa de los jugadores de butifarra me paro; de cerca, resulta que el televisor finalmente sí tiene sonido. Estoy a punto de preguntarles que cómo es que mientras gente de a caballo explica cosas de tanta enjundia, gente de a pie como ellos le dan al naipe con tan claro desinterés por lo importante. Pero no lo hago, porque la respuesta es demasiado obvia.

Salgo de aquel cobijo al frío exterior. Sigo mi camino. El bar queda atrás. Ahora ya es un recuerdo.

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3 pensamientos en “BAR DE CARRETERA

  1. Porque para oir las mismas historias, miserias y/o mentiras de siempre… No?
    Muy bien contado, como siempre. La Butifarra esa tiene una buena pinta… 🙂

    Ya sabes que me encanta como escribes. Por primera vez me ha llegado uno de estos premios Blogueros, y tengo que nominar a alguien cuyo Blog me guste. Por supuesto, te nomino a ti.

    Instrucciones aqui:
    http://stuffeninbavaria.wordpress.com/2013/11/30/wordpress-family-award/#respond

    Ya sabes, estos jueguecitos…

    Saludos!

    Me gusta

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