SESQUIMODIO

En las distintas fiestas, meriendas, ágapes y recepciones que se daban en aquel pueblo de veraneo siempre terminábamos encontrándonos los mismos, tostados, sonrientes, con esa mezcla de bienaventuranza y tedio que nace de la ociosidad vacacional. Aquella noche había tocado un cóctel en un jardín con vistas al mar. Allí, unas cuantas mesas marcaban el terreno de juego social, en el que los corrillos se hacían y deshacían, los merodeadores iban de un grupo a otro, copa y sonrisa en ristre, y los sedentarios contemplaban el flujo y reflujo de invitados parapetados tras algún canapé. La música de fondo era el ruido de unas conversaciones civilizadas e interesantes, sin descartar alguna pequeña estridencia aquí o allá y algún ligero toque frívolo.

Yo ejercía de estatua en uno de los grupos más numerosos, cuando se acercó a nosotros el anfitrión. Era un hombre bien parecido, apuesto, en la frontera indefinida entre la juventud y la madurez en la que parecía haberse plantado desde hacía unos veranos.  Su  sonrisa era de diseño, su ropa –polo verde limón, bermudas blancas, mocasines náuticos de marca, las mangas de un jersey oscuro cayéndole al descuido por los hombros-  de una elegante elegancia y su paso, sereno pero cargado de autoridad. Al llegar a nuestra altura, reclamó la atención de todo el mundo.

“- Eh, escuchad. ¡Escuchad! ¡Escuchadme un momento!”

Algunas caras con un deje de curiosidad se volvieron hacia él; otras lo hicieron con un deje de fastidio, pues ya sabían más o menos de qué iba a ir la cosa. También hubo quien aparentó indiferencia, e incluso hubo quién no se volvió en absoluto. Pero en cuanto hubo conseguido un razonable silencio y un quórum de atención que juzgó suficiente, prosiguió:

“- Venga, os voy a hacer una prueba. Al que la supere le invito a un gin-tonic de la mejor marca de ginebra… ¡y de la mejor marca de tónica!”

Se oyeron murmullos, algún gruñido, alguien que por lo bajini decía algo así como que ya estábamos otra vez, incluso algún susurro de aprobación, o puede que fuera de resignación. Los más veteranos ya sabían que las probabilidades de acceder al premio eran escasas, y que aquel pesado sólo buscaba exhibir sus conocimientos y su supuesto ingenio. Los más novatos le miraron con un cierto interés que intentaron disimular.

“- A ver, la pregunta de hoy es fácil. Escuchadme bien, ¿eh? ¿Atentos? Venga. Ahí va. Si os dieran una cierta cantidad de trigo, a escoger entre,  por un lado, la mitad de cinco arrobas menos una libra y dos onzas y, por otro, cuatro fanegas y media más un celemín, ¿con cuál de las dos os quedaríais?”

 Siguió un silencio expectante para algunos, fastidioso para otros. Un listillo quiso echar mano de su smartphone, y fue sonoramente abucheado por la concurrencia.

“-¿Os rendís, verdad?”

Se hizo un silencio polisémico, y cuando una sonrisa triunfal empezaba a formarse en los labios del señor del polo verde limón, se oyó un leve carraspeo, seguido de un “bien” casi inaudible y otro leve carraspeo. Todos se volvieron incrédulos. El autor de tan breve como inoportuna intervención era un personaje incongruente en el que nadie había reparado. Levemente encorvado, sus gruesas gafas andaban algo caídas; vestía pantalones de pana, y se cubría con un jersey de color indefinido, se supone que para protegerse del frío de la cálida noche veraniega. Vamos, el típico ser que en una de estas fiestas nadie ve, salvo por error, y que si tal error se produce uno inmediatamente olvida haberlo visto. Nadie sabía quién era ni mucho menos de dónde había salido o quién lo había invitado.

“-¿Bien? ¿Qué quiere decir ese bien, caballero?”

No puedo asegurarlo, pero tengo la impresión de que se apoyó en exceso en lo de “caballero”. En cualquier caso, el hombre del polo parecía algo molesto por esa inesperada falta de respeto al guión. El hombre de las gafas le miró, como viniendo de muy lejos, y respondió con seguridad:

“- Que bien, que me quedo con las cuatro fanegas y pico, que pesan bastante más que dos arrobas y media. Y que me quedo también con el gin-tonic.”

El hombre del polo pareció desconcertado, pero no quiso dar su brazo a torcer.

“-Un momento… La prueba no ha acabado, hay otra pregunta. La primera la puede usted haber acertado por chiripa, caballero”

El hombrecillo de las gafas se encogió de hombros, mientras los demás, ahora ya unánimemente interesados, conteníamos la respiración.

“-Si le dan a escoger entre dos cantidades de cerveza, por un lado un tercio de sesquimodio, y por otro un congio, dos sextarios, tres acetábulos y cuatro coclearias, ¿con cuál se quedaría usted, caballero?”

Lo de “caballero” había adquirido ya una textura casi venenosa. El hombre del polo quedó expectante, algo rígido, perdida parte de su confianza. El hombre de las gafas sonrió brevemente, enseñando unos dientes mal colocados e irregulares.

“-Bien…- musitó

– ¿Cómo que bien? Ajá, no lo sabe, ¿eh? Me siento magnánimo, le voy a dar una pequeña ayuda: le quito las coclearias.

– Pues bien, me quedo con el tercio de sesquimodio”

La cara del hombre del polo se transformó, e irradió de nuevo luz, confianza, triunfo.

“- Ja, ja, ja… ¡Error! El tercio de sesquimodio es menor que la otra cantidad, con coclearias o sin ellas. ¡Ha perdido usted, y se queda sin gin-tonic!”

Imperturbable, el hombrecillo nos mostró de nuevo sus dientes por un instante y añadió:

“- Ya sé que el tercio de sesquimodio es la cantidad inferior. Pero es que no me gusta la cerveza, por eso la he escogido. Y –apuntilló- tampoco me gusta el gin-tonic. Buenas noches”

Y se retiró sin que nadie acertara a decir hacia dónde. Estuvimos a  punto de estallar en aplausos. Pero como somos personas educadas conseguimos detenernos a tiempo.

****

Algún tiempo después, y por pura casualidad, me encontré con aquel curioso personaje. Estaba sentado en la barra de un barucho. Aunque en realidad no le conocía de nada, la curiosidad me pudo. Así que me acerqué, le pedí disculpas y le refresqué las circunstancias en que habíamos coincidido. Acto seguido, le manifesté mi admiración por sus conocimientos y capacidad de cálculo.

“- No es nada, me dijo. Es que hago crucigramas. Por eso sé que una fanega de trigo pesa bastante más de una arroba, así que no me hizo falta ni calcular.

-¿Y el ses… sesti…

– ¿El sesquimodio? ¿El tercio de sesquimodio? Eso…”

Se quedó callado, con una media sonrisa soñadora. En ese momento me fijé que tenía en la barra, delante de él, una jarra de cerveza helada. Sin dejar la media sonrisa, alzó la jarra y le dio un largo y apasionado trago, mientras me guiñaba el ojo con aire pícaro.

“- París bien vale una misa…” concluyó.

Aunque esto último no estoy seguro de si lo dijo o me lo invento yo.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s