EL HILO DEL TELÉFONO

Las circunstancias que dieron conmigo en el barrio no revisten especial interés, de manera que las omitiré. La cuestión es que yo llevaba, en aquel tiempo, una vida cuya principal característica era una precariedad monetaria crónica. No es de extrañar, por lo tanto, que hubiera ido a parar a un barrio que vamos a llamar popular, y que viviera en un pequeño y algo destartalado apartamento una existencia que yo me empeñaba en considerar bohemia. Desde luego, mis vecinos no tenían nada de bohemios: lo puedo decir con fundamento, pues compartíamos nuestras vidas hasta detalles en que no deseo entrar. Como era de rigor, en los edificios de ese barrio al que he llamado popular, ni las paredes eran demasiado gruesas, ni las ventanas cerraban bien, ni la escalera era ancha, ni el patio de luces estaba bien ventilado, ni sus habitantes tenían en gran estima su intimidad ni la de los demás. Así que oía lo que decían, olía lo que cocinaban, sufría el goteo de su colada, sentía los pasos que daban y casi chocábamos al cruzarnos en los descansillos.

En el apartamento de al lado vivía una viejecita que parecía bastante desasistida. Era menuda, andaba a pasitos cortos, casi sin levantar los pies, y su vestimenta podría haber estado en mejores condiciones. Nunca supe de nadie que viniera a verla ni a ayudarla; con mirada más resignada que triste bajaba los cuatro tramos de escalera que nos separaban de la calle, hacía su compra, y, de regreso, ascendía de nuevo hasta nuestro rellano con muchos trabajos y muchas pausas. Si coincidíamos, la ayudaba con sus bolsas, que, la verdad, eran menos que exiguas, como exiguo era todo en ella. Entonces aprovechaba para conversar un rato. Recuerdo confusamente algo de un hijo que vivía no sé dónde, un marido muerto hacía bastante, unos tiempos mejores ya pasados y que no entendí bien en qué consistieron, tal vez hubiera sido maestra, o vendedora de pescado. Pero, he de reconocerlo, no soy muy bueno dando conversación a viejecitas exiguas, de manera que nuestras charlas, tan amables como fui capaz, siempre fueron breves. Y aunque la señora me inspiraba una cierta ternura, puede que por su evidente soledad y por una chispa de no sé qué que parecía quedarle en el fondo de los ojos, nunca fui capaz de llamar a su puerta y pasar un rato haciéndole compañía.

De hecho, lo que fui sabiendo de ella no fue por nuestros fugaces intercambios sino porque cada día, poco antes de la hora que yo calculé debía ser la de su cena, empezaba a oír su voz inconfundible, levemente aguda y bastante cascada, a través de los tabiques que nos separaban, o tal vez debiera decir que nos unían. Al principio pensé que hablaba sola, pero por el volumen de la voz, algo más fuerte de lo normal, por la entonación y por las pausas, pronto me di cuenta de que hablaba por teléfono. Al paso de los días, y en vez de integrarse en el magma sonoro de otras conversaciones y ruidos, las charlas de mi vecina fueron individualizándose, adquiriendo nitidez, y empecé a escucharlas, sin el menor recato. Me dijo una vez un amigo filósofo que los viejos iban perdiendo sus atributos de persona y convirtiéndose cada vez más en “objetos”, y ¿qué necesidad hay de recato a la hora de escuchar la conversación de un objeto? En seguida me di cuenta de que hablaba con su hijo. Cosas de la atrevida ignorancia, me sorprendió que una viejecita tan exigua pudiera albergar tanto amor: cada vez que pronunciaba la palabra “hijo”, y que conste que la pronunciaba con frecuencia, se notaba una vibración de ternura que se transmitía a través de las paredes y me llegaba como una pequeña sacudida agridulce. Las conversaciones eran largas, y mi vecina explicaba cosas de su minúscula vida cotidiana. Solía empezar por ahí, y después preguntaba a su hijo sobre su quehacer, y se alegraba por las respuestas; más raramente, le daba un consejo, o mostraba preocupación, esa preocupación benévola que muestran las madres. De tarde en tarde, evocaban algún recuerdo. Confieso que, dada la larga duración de las llamadas y los temas de conversación, banales y reiterativos, me pareció que el hijo debía tener una paciencia ejemplar. Más aún, por las largas pausas deduje además que no se limitaba a asentir y dejar hablar, sino que él también se explayaba largo y tendido; así que empecé a sentir simpatía por ese hijo lejano. Aquellas conversaciones me alegraron, y me consoló saber que mi anciana vecina mantenía ese vínculo cotidiano de alegría y cariño, un hilo delgado que la unía al resto del mundo a pesar de todo. Creí entender la chispa que había visto en el fondo de sus ojos.

Mi vecina murió al cabo de un par de años de haberme instalado en la vecindad; o tal vez fueran tres. Parece que sufrió un desvanecimiento en la calle, o en una tienda, la llevaron al hospital pero ya no se pudo hacer nada. El grado de intimidad que había alcanzado con ella a través de las paredes era enorme, así que me creí en el deber y en el derecho de asistir a su entierro. Además, sentía curiosidad por conocer al hijo, con el que sentía que casi me unía una buena amistad. Puede que fuera por ese sentimiento de supuesta amistad que, pecando de indiscreción y cuando me acerqué a darle el pésame, no pude de dejar de comentarle en tono elogioso y tal vez excesivamente íntimo sus largas y diarias conversaciones telefónicas con su madre.

“- ¿Por teléfono? –me contestó mostrando un interés muy limitado en mi comentario y, de rebote, en mi persona-  ¿Mi madre por teléfono? No, se equivoca. Le di de baja el teléfono hace años, ya no tenía a nadie a quien llamar.”

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