PEQUEÑAS HISTORIAS (y 3): OTOÑO

Llueve. Bueno, no llueve. Pero llovió. Y al cabo de pocos días, volvió a llover; y luego otra vez. Uno de esos días, además de llover, en el mar hubo unas olas muy altas que rompían en la playa, y todas las barcas hubo que subirlas hasta casi la calle. El mar huele, la tierra huele, y sé que todo esto son malas señales. Muy malas. Porque se ha acabado lo de salir en barca y bañarse. Lo peor es que he de ponerme un jersey. Y no es que tenga nada contra los jerseys, pero ponerme un jersey en estos momentos es una aceptación de que se ha acabado ir por ahí en traje de baño y camiseta, que se ha acabado saltar por las rocas, entrar y salir del agua, andar por aquí y por allá. Es una rendición. A lo mejor, si no me pongo el jersey, deja de llover, vuelve el sol, la brisa tibia, el mar tranquilo; y, al revés, si me lo pongo alguien va a ver que ya está, que me rindo, que desisto, y entonces pasarán las cosas que suelen pasar cuando llegan las lluvias y las malas mares y los anocheceres antes de tiempo y el maldito jersey. Desafío pues las leyes del universo, y me ato el jersey a la cintura.

Pero no hay tu tía. Las cosas siguen su curso, con jersey o sin él. En casa aparecen maletas, que se van llenando de ropas, utensilios, libros. Unos grandes trapos blancos empiezan a cubrir camas, cómodas y estanterías. Y a mí se me empieza a hacer pequeño el estómago. Y termino poniéndome el jersey, para protegerme del frío, pero también para protegerme de algo más que no sé muy bien qué es. Recorro mi calle por última vez, y me parece triste; casi no hay nadie con quien cruzarme, y, desierta, mi calle ya no es casi mi calle. Llego hasta donde está el Roberto. Por primera vez, me parece sólo un viejo barco abandonado en la playa. Vuelvo a casa con el estómago más pequeño aún.

Las maletas, donde ha cabido un verano, son pesadas, y hay que cargarlas hasta la parada del coche de línea. Nos ayudan la Juana, propietaria de nuestra casa, y su hija, la Teresa. Cerramos la puerta y se oye un último y apagado sonido de cencerro, como un adiós triste. El camino hasta el coche de línea es penoso, pues somos un ejército vencido y en retirada.

La Juana y su hija nos despiden. Ya a bordo del autobús sale un tímido rayo de sol, y por un momento pienso que a lo mejor si vuelve a salir el sol nos quedaremos un poco más. Pero no, parece que todo sigue un orden, un ritmo inapelable; qué cosas. El autobús arranca, ruidoso, pesado e inseguro; mi estómago es tan pequeño ya que me cuesta respirar. Cuando enfila las primeras curvas, pego la nariz al cristal, como intentando retrasar el momento de la separación definitiva.

Para poder respirar un poco mejor, y mientras el pueblo se va haciendo pequeño, me consuelo pensando que dentro de mucho tiempo volveremos, volveremos en este mismo autobús, y yo llevaré la nariz pegada al cristal para ser el primero en ver el pueblo, que en vez de irse haciendo pequeño se irá haciendo grande, y, una vez llegados, marcharemos hacia nuestra casa con las maletas, donde cabe otro verano, acompañados de la Juana y de la Teresa, esta vez como un ejército victorioso. Y todo estará ahí, igual a como lo hemos dejado, el Roberto, listo para nuevas aventuras, y mi calle otra vez viva y alegre, con el Jaume peleándose con su persiana, la Sisa que me dará anises, mi primo enseñándome cosas útiles para cuando sea mayor, la Cristina con su extraño andar y su dulce sonrisa, y el Rocafort tejiendo nansas y gambinas. Y pienso que esto será así, año tras año. Siempre.

Eso espero. Si no, qué trastada…

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2 pensamientos en “PEQUEÑAS HISTORIAS (y 3): OTOÑO

  1. a les PETITES HISTÒRIES li falta una. Què vol dir “y 3”? Trobo a faltar una de ben explicada: l’inci de l’estiu, la il.lusió d’obrir les cases, que fan altres olors, pensar que tens un munt de temps per endavant, les rauxes d’adolescent… potser vindrà més endavant?

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