PEQUEÑAS HISTORIAS (2): MI CALLE

Cuando cierro la puerta de casa oigo un sonido de campana, una campana que suena un poco a cascajo. También lo oigo cuando la abro. O cuando la abre o cierra cualquier otra persona. Bueno, menos mi primo mayor, que pasó con nosotros unos días y me enseñó cómo abrir o cerrar sin que suene. Dice que eso me puede ser útil de mayor, cuando haga algo que se llama “salir de noche”. De momento no lo veo muy práctico, entre otras cosas porque para hacer como él me enseñó y mantener la campana en silencio necesitaría subirme a una silla. Bueno, en realidad no es una campana, sino un “cencerro”, me han dicho. Lo colgaron porque, como la puerta de casa está siempre abierta, así mis padres se enteran de si alguien entra o sale. Lo que no entiendo es cómo saben si ese alguien entra o sale.

Total: que cierro la puerta y voy por el trozo de calle que va hacia el Carrer Nou, que una vez vi escrito Calle Nueva y casi me da un ataque de risa. El Carrer Nou es mi calle, y lleva al mar; el hecho de que la puerta de casa no esté en el Carrer Nou es un incidente sin importancia. Nada más llegar a la esquina, saludo al Quintana, que le llaman algunos, el Jaume, que  le llaman otros. El Jaume es herrero, bueno, lo era. Cuando yo era pequeño le veía trabajar en la negrura de su forja y hacía mucho ruido. Ahora la forja está cerrada y silenciosa, y él se sienta en una silla a la puerta de su casa y habla con la gente que pasa. Ha de ser un trabajo entretenido, lo he de tener en cuenta para cuando sea mayor. Intercambiamos unas palabras sobre el tiempo y sobre si viene grop o no viene grop, que es algo de gran importancia para la gente de mar como nosotros. Además de saludar, el Jaume hace otras cosas importantes. Por ejemplo, varias veces ha conseguido que mi oxidada bicicleta volviera  a funcionar cuando yo ya la daba por perdida;  y una vez que se nos cayó la llave de casa al mar, nos abrió la puerta con una ganzúa más deprisa de lo que la abríamos nosotros con la llave. Un pariente al que comentamos el hecho nos dijo que pusiéramos una cerradura más segura. Mis padres se negaron, puesto que si ponían una cerradura más segura la próxima vez que se les cayera la llave al mar se quedarían sin entrar en casa. Eso sí: cuando el Jaume se enfada da miedo. El otro día se enfadó horriblemente, y se puso a dar unos gritos que me pusieron los pelos de punta, mientras decía, también a gritos, muchas palabras raras que no entendí y que mis padres me recomendaron no escuchar; yo, claro, las escuché atentamente, e intenté memorizarlas. A lo mejor me son útiles cuando sea mayor, como lo del truco de la puerta de mi primo. Me olvidaba: el Jaume se había enfadado con una persiana, seguro que con razón.

Dejo al Quintana y casi me topo con la Cristina. Con la Cristina tengo siempre una duda: si va torcida porque cojea o cojea porque va torcida. Sea como sea, a mí me parece que su extraña forma de andar le ayuda a llevar mejor la cesta con la que va al huerto a por tomates. La Cristina tiene una sonrisa dulce, nunca dice una palabra de más y “está sorda como una tapia”, según afirmación de mi padre. Lo de la tapia me dejó intrigado, no consigo imaginarme a la Cristina con forma de tapia. Pero bueno, a mí me gusta cruzarme con ella, porque me mira, me sonríe de esa manera dulce que tiene ella de sonreír, levanta levemente una mano y murmura: “Fill…”. A su marido, el Enriquet, pescador que ya no pesca, no me lo cruzo nunca; él  mira el mundo desde su balcón.

Unos pasos más allá dejo a mi derecha el colmado de la Sisa. Lo regentan a medias con su marido, el Monjet, que en realidad no se llama Monjet sino Fernando (Fernandu). No se hablan desde hace muchos años, pero a mí, cuando voy a hacer algún recado, me regalan anises y caramelos, cada uno a escondidas del otro. Tienen un hijo al que todo el mundo llama “el Nen de la Sisa”, aunque en realidad se llama Fernando (Fernandu), también. No entiendo por qué le llaman “niño”, puesto que es un señor mayor. Hoy, mala suerte, no hay recado alguno que justifique entrar en el colmado de la Sisa, así que me quedo sin anises.

Sigo calle abajo y dejo a la izquierda una puerta cerrada que sólo se abre en otoño. Es donde se hace el vino. Cuando traen la uva, en unas especies de cubos grandes de madera,  los jóvenes del pueblo las pisan durante mucho rato, se ensucian los pies y hasta un poco las piernas y se ríen mucho. No me extraña que se rían, yo también me reiría si me dejaran ir por ahí pisando uvas. Ha de ser muy divertido, pero no me dejan. Cuando sea mayor, me dicen. Lo de ser mayor me va a dar mucho trabajo, estoy viendo.

En la siguiente esquina está la casa de Maria, la de las gallinitas. Es una señora que a veces venía a estar y jugar conmigo cuando mis padres se iban a alguna parte.  Otras veces me llevaba a su casa, donde había un patio con gallinas, a las que dábamos de comer. Pero este invierno María se despertó una mañana y no veía. No veía nada. Y no ha vuelto a ver.  Ya no jugará más conmigo, y no sé qué ha pasado con las gallinas. Ya no están, y la puerta está cerrada. La fuimos a visitar hace unos días, a casa de unos parientes con los que vive ahora. Al saludarla se emocionó, y en vez de mirarme siguió con los ojos fijos en la pared, pero me pasó las manos por la cabeza, la cara y los hombros durante un rato. De repente me creció una bola muy grande en la garganta, y ya no pude decir nada; sólo darle un beso. Al pasar frente a la puerta cerrada parece que la bola vuelve, así que aprieto el paso.

Luego viene la casa del Jordà (otros le llaman Sisonet), que dicen que tiene mal genio. Es juez de paz, un oficio que no sé muy bien en qué consiste pero que parece interesante. Tal vez cuando sea mayor…  Su mujer es la Joaquima. Me gusta mucho cruzarme con ella, ya que cada vez añade a su saludo un “guapo”, “simpático” y cosas así. Un día, mi madre me contó un secreto: la Joaquima fuma, pero lo hace a escondidas. Como mi padre también fuma, pero no a escondidas, no acabé de entenderlo. Parece que el asunto está en que las mujeres del pueblo de su edad, ni que sean las mujeres del juez de paz, no está bien visto que fumen. Como yo de mayor también fumaré, a mí no me importa que fume. Y me gustaría decirle que de mí no tiene que esconderse, pero no me atrevo.

Más cerca del mar, o sea un poco más allá, el Carrer Nou recibe una especie de calle-afluente y se ensancha. Eso me permite alejarme de donde está el Ninus, siempre vestido con su camiseta y sus pantalones de color indefinido sujetos por un cinturón ceñido mucho más arriba de donde debe tener el ombligo. Su mirada es inquietante y nunca le he visto hablar con nadie ni mucho menos sonreír. Se pasa el tiempo cortando leña con destreza a la puerta de su casa; con destreza y con un hacha. Y cuando no corta leña acarrea agua en latas grandes. Lo de las latas vaya y pase, pero entre el hacha y la mirada, lo cierto es que paso algo de miedo al llegar a sus dominios. Dice mi madre que es así, y que no me preocupe, que no le haría daño ni a una mosca. Pero claro, una cosa es una mosca, y otra cosa soy yo, y quién sabe.

Apartarme del Ninus me acerca hacia el segundo colmado de nuestra calle, el de la Mónica. Mi madre reparte sus compras entre ambos, dice que hay que estar a bien con todo el mundo. Pero cuando me toca ir a la Mónica refunfuño un poco. Primero, está más lejos; segundo, no me regala anises ni caramelos; tercero, está muy limpio y ordenado, no tiene interés. El marido de la Mònica es el Quimet; el dueño de donde se hace el vino; saluda muy bien.

Un poco más allá, la calle vuelve a estrecharse, encajonada entre dos grandes casas, y se hace más inclinada. Aquí el mar ya se nota, a veces se huele, otras se oye. El suelo, de tierra hasta este punto, pasa a estar empedrado, con piedras rectangulares en los lados y una especie de surco con piedras puestas de canto en el centro. Este surco ofrece innumerables posibilidades, tales como pasar con un pie a cada lado, o dando saltos a la pata coja justo por su centro, o haciendo eses subiendo y bajando por sus flancos, y eso en días normales: no digamos lo que se puede hacer cuando llueve y el agua baja por el medio del surco. Un auténtico acierto de los que construyeron esta calle, vamos, del que deberían tomar ejemplo otros constructores de calles.

El encajonamiento termina en la esquina del Rocafort. El Rocafort es peluquero. Me gusta que me corte el pelo porque explica cosas y gasta bromas. Lo que pasa es que la última vez que me lo cortó, mi madre al verme puso una cara muy rara, y me temo que no me va a dejar volver. No creo que fuera por la brillantina.  El padre del Rocafort es más serio, y no me atrevo a quedarme mirando lo que hace, sentado a la puerta de la peluquería, aunque mientras paso no le quito ojo. Porque a mí lo que me parece que hace Rocafort padre es magia. No sé cómo explicarlo. Tiene a sus pies juncos y cañas, o a veces ramitas de olivo. Y con eso fabrica unas especies de jaulas que se usan para pescar, en las que los peces entran pero no pueden salir. Se llaman nansas, o gambinas, según. Él coge sus ramitas, un hilo, dobla, ata, gira, entrelaza y… ¡hops! La nansa empieza a tomar forma. O la gambina. Y poco a poco va creciendo, acercándose poco a poco a lo que será su forma definitiva. Y el montoncito de juncos o de ramas de olivo cada vez más pequeño. Y de repente aquello es una nansa que cogerá muchos peces. Y vuelta a empezar.

Pasada la esquina del Rocafort, el Carrer Nou muere en una plaza que no es  una plaza, sino un trozo de mar disfrazado de plaza, un trozo de plaza disfrazado de puerto. He llegado al mar. Mi calle lleva al mar, al mar y a la luz y al viento.

Pero no lleva sólo al mar; y no sólo lleva. Lo que pasa es que no sé explicarlo.

Tal vez de mayor sepa.

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