PEQUEÑAS HISTORIAS (1) : EL ROBERTO


Extractos del cuaderno de bitácora del Roberto

Día …
Hoy hemos navegado por el Caribe. Ha sido una tarde agitada, que ha empezado con un tifón y, después de discutir acaloradamente si en el Caribe hay tifones o tramontanas, hemos sufrido un huracán de consenso. Aún con averías por reparar, hemos sido atacados por piratas dayakos, a los que hemos hecho frente con fiereza. Luego hemos tomado por asalto a un galeón inglés cargado de riquezas y, finalmente, hemos naufragado en una isla desierta habitada por peligrosos caníbales. La cosa se estaba poniendo realmente difícil, pero por suerte el reloj de la iglesia ha tocado cuatro cuartos de aviso y luego nueve campanadas, y nos hemos tenido que ir cada uno a su casa. Para nuestra desgracia, las campanadas son tan sonoras que resulta inútil alegar ignorancia. Por suerte, mañana el Roberto seguirá allá, y nosotros emprenderemos nuevas aventuras.

Día …
Hoy me he tenido que quedar en casa. Algo me ha sentado mal y el médico, inapelable, ha prescrito reposo y dieta. Lo del reposo me deja sin aventuras, maldición. Lo de la dieta no sabía lo que era, así que me ha parecido bien, ya que no eran inyecciones. Eso sí, cuando he comprendido el significado de esa palabra me he puesto muy triste. Aprovecho para explicar cosas en el cuaderno de bitácora.
El Roberto está medio abandonado en la playa. Nadie sabe a quién pertenece, ni siquiera si pertenece a alguien. Mi padre lo califica de sabatot (“zapatote”), lo cual, si lo he entendido bien, lo sitúa abajo del todo en la escala marinera de los barcos, y lo descalifica para cualquier navegación digna. Por un lado, ese desprecio se me hace de mal aceptar, tratándose de un barco con el que hemos surcado todos los océanos del planeta, e incluso alguno más. Pero por otro me tranquiliza: es difícil que alguien quiera echar un sabatot al agua, y eso parece garantizarnos un largo uso de nuestro buque insignia, varado en la playa de Portdogué.
A última hora me ha venido a ver un amigo y cómplice. Al parecer, hoy han estado traficando con seda y luego han desarmado a un barco negrero y liberado a toda su carga. Lo hago constar para general conocimiento.

Día …
Hemos doblado el Cabo de Hornos, varias veces, pues todo el mundo quería llevar el timón en el momento culminante. Ahora tenemos derecho a llevar un aro de oro en la oreja, que nos hemos fabricado con el papel de plata del chocolate y también tenemos derecho a escupir contra el viento. Esta segunda prebenda la probaremos otro día, pues hoy hay calma chicha. Bueno, calma chicha en Portdogué, en el Cabo de Hornos había la mayor tormenta que jamás se hubiera visto.

Día …
Hoy llueve. A pesar de todo, me he embarcado en el Roberto y escribo mi cuaderno de bitácora refugiado en su pequeña cabina. Me gusta oír la lluvia en el techo de madera. La cabina está llena de pertrechos imprescindibles para gente de nuestro oficio, tales como mapas de varios tesoros, pedernal y yesca, munición para la artillería, ron y galleta de barco. Por cierto, ninguno de nosotros tiene muy claro qué es eso de la galleta de barco, pero lo que sí sabemos es que todo buen navegante  la lleva, y siempre aparece en momentos difíciles, como naufragios, abandonos en islas y cosas así.  Hace poco hemos hecho acopio de una buena provisión de abalorios y cuentas de vidrio, que, según nuestras últimas lecturas, van muy bien para cambiar a los indígenas por oro,  piedras preciosas y pieles de fieras, o, alternativamente y si el escorbuto acecha, por frutas y hortalizas.

Día ….
Hoy ha sucedido una gran catástrofe. El día ha empezado bien, pues uno ha propuesto la absurda idea de ir a rescatar a una princesa, y nos ha dado mucha risa. Así que, dejando a la princesa en manos de sus captores, hemos puesto proa con determinación al Mar de la Sonda, que nadie sabe dónde está. Allá, unas tribus habían pedido nuestra ayuda porque estaban aterrorizados por un calamar gigante que se les comía la pesca, a los pescadores y empezaba a devorar a las vacas del pueblo. Justo cuando alguno afirmaba que la piel de calamar sirve para hacer unos estupendos trajes de buzo, ha sucedido la catástrofe. Sin previo aviso, ha aparecido un buen hombre que, con cara de pocos amigos, nos ha hecho bajar del Roberto. Hemos reclamado, pero ha habido poca discusión: que lo acababa de comprar, que iba a ponerlo a punto para navegar (qué sabrá él de cómo poner el Roberto a punto para navegar…) y que pobres de nosotros si volvía a vernos en su barco. Como no le hemos parecido muy dispuestos a obedecer así como así, ha añadido que de encontrarnos otra vez encaramados al Roberto nos iban a suceder ciertas cosas. Y por si no nos había quedado claro, se ha extendido sobre esas ciertas cosas con bastante detalle: el suficiente para salvar la vida al calamar gigante, y enviarnos a todos a casa, desolados, mucho antes de las nueve campanadas, precedidas de sus cuatro cuartos habituales, con la consiguiente sorpresa de nuestros progenitores respectivos. Los míos me han preguntado si me encontraba mal, y ante la amenaza de una nueva dieta, he tenido que mostrar mi cara más saludable. Ser un valiente a veces no es fácil.

Día…
Han pasado muchos días desde mi última anotación en el cuaderno de bitácora. El Roberto ha cambiado de aspecto. Han sustituido algunos tablones, han sacado brillo a las barandillas y unas capas de pintura han tapado desperfectos y heridas. Ha aparecido una absurda línea roja que va de la aleta hasta la amura. Vaya, que el Roberto es cada vez menos nuestro. Y no me queda otro remedio que mirar a mi padre de reojo… sabatot, había dicho.

Día…
El Roberto ya no está en la playa. Flota. Incluso hace algo parecido a navegar.  Nadie que no sea un capitán que haya perdido su barco en el peor de los naufragios puede entender lo que sentimos al ver esta pesadilla hecha realidad.

Día…
Recorro tristemente la calle que separa mi casa del mar. El día está gris, va a llover y yo no tendré la cabina de nuestro Roberto para refugiarme. Pero al llegar a Portdogué, creo ver visiones: el Roberto vuelve a estar en la playa. Me quedo atónito, y algunos de mis compinches se materializan a mi alrededor. Nos acercamos, a medio camino entre el miedo y la sorpresa. Parece el mismo de antes, sólo la línea roja en su costado nos recuerda recientes congojas. El descubrimiento de un letrero de “Se Vende” colgado, así como con desgana, en su amura de babor nos hace prorrumpir en gritos y vítores. Así que, al fin y al cabo… ¡sí era un sabatot! Qué grandes son a veces los padres. Y cuanto tranquiliza cuando las cosas vuelven a su orden natural.

*****

Hasta los más aguerridos marinos terminan por crecer y dejan de considerar absurdo rescatar princesas. Supongo que, a la larga, el Roberto sufrió la larga agonía que sufren los barcos fuera del agua.  Vaya usted a saber qué se hizo de sus maderas, y si poco queda de sus maderas, menos todavía queda de su recuerdo. Pero me permito afirmar que no habrá habido muchos sabatots con un destino tan glorioso como el del Roberto

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