CASAS SOÑADAS

Nuestras casas estaban en los mejores sitios: los más bellos e interesantes, los más inspiradores, a menudo los más plácidos, siempre  los de más acusada personalidad. En cuanto nos sentíamos bien en algún lugar, cosa que no era demasiado difícil, arrancaban los planes para tener allá una casa. Seleccionábamos una combinación óptima de belleza, confort, carácter y atractivo, una especie de estrategia del bienestar total. Solíamos decantarnos por obra hecha aunque, llegado el caso, no le hacíamos ascos a un buen solar sobre el que esbozar  volúmenes y fachadas. Luego organizábamos un poco el espacio interior, y a partir de ahí podíamos disfrutar de la casa y, sobre todo, del lugar, que era lo que daba sentido a la casa. Eso sí, huíamos de palacios o grandes mansiones. Se trataba, siempre y sin excepción, de lugares suficientes para estar bien, pero sin ostentaciones ni excesos.

Por supuesto, ninguna de esas casas se hizo nunca realidad (salvo una, pero eso es otra historia); ahora bien, el juego de imaginar, de soñar, nos deparó muchos momentos de gozo compartido, no exentos, a veces, de discusiones muy bien argumentadas sobre detalles más o menos importantes, como la ubicación de una chimenea, la conveniencia de un ventanal o la idoneidad de un barrio o parcela, o incluso sobre el mejor momento del año para disfrutar de tal o cual vivienda. Puede que este juego parezca pueril, pero las casas soñadas tenían muchas ventajas: no había que limpiarlas, generaban pocos gastos, ningún impuesto y he podido heredarlas sin pagar un céntimo al fisco. Y he seguido aumentando mis posesiones sin que la crisis haya hecho mella en tan singular e íntimo patrimonio.

Mi última adquisición data de apenas unos días. Está en Budapest, concretamente en Buda. Aunque he de terminar de pulir algunos detalles, ya puedo adelantar que está en la ladera de una colina que mira al Danubio. Se trata de una casona grande y algo tronada, OLYMPUS DIGITAL CAMERAde la que sólo me pertenece la buhardilla, con esas extrañas mansardas desprovistas de ángulos y que parecen cejas alzadas en un gesto de sorpresa benigna. La casa está en una calle empinada, tranquila, con muchos escalones y que muere en el río. Puedo ver el río, el Danubio, desde la mansarda y cuando lo miro, me cautiva su linealidad, que sólo me da pie a escoger entre dos opciones: a favor de la corriente, o sea hacia el mar, o contracorriente, o sea hacia las entrañas de Europa. Mis vecinos, bastante magiares, no dicen Danubio, sino Duna, y no ven las mismas opciones que yo (el mar o las entrañas de Europa), sino el sitio por donde llegaron los turcos o el sitio por donde llegaron los Habsburgo. Son los últimos descendientes de una pequeña aristocracia rural venida a menos que milagrosamente conservaron esta casona, último vestigio de su parca riqueza, a través de muchos avatares, incluidos dos guerras mundiales, varias ocupaciones y los años del socialismo.

Desde mi ventana espero ver cómo empieza el deshielo en primavera, y vigilaré, inquieto, las crecidas. En verano, contemplaré con ojo indulgente el tráfico de barcos, y el de coches a lo largo del puente de las cadenas, el primer puente que unió Buda y Pest a mediados del siglo antepasado. El Danubio será, también, la frontera que me mantenga suficientemente alejado de Pest, que será un barullo lejano al que acudiré de tarde en tarde. Las visitas semanales al mercado central no cuentan, por supuesto. Las visitas al mercado, en el que dominan los colores cálidos, no sé si por la paprika, serán de avituallamiento, pero también para ver el paso de las estaciones en las frutas que venden los inmaculados puestos; sin desmerecer, claro, ni las casquerías ni las charcuterías, donde las estaciones no pasarán, ni falta que hace.

En las noches de invierno, buscaré el calor de la estufa de hierro que ocupará el centro de mi buhardilla, y soñaré que soy un joven idealista que, terciado el s. XIX, escribe con una mano, poesías inflamadas a las bellas muchachas húngaras y, con la otra, no menos inflamados panfletos para liberar a la vez a la patria del yugo austríaco y al pueblo de los privilegios de la aristocracia.

Me gusta sentirme un poco, aunque sea muy poco, ciudadano de todos esos sitios donde tengo una casa. Es como llevarme un trocito de cada uno. O, a lo mejor, dejar un trocito mío en cada uno, quién sabe.

Espero que no resulte ser sólo un comportamiento maníaco-inmobiliario sublimado.

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