PEQUEÑAS HISTORIAS (y 3): OTOÑO

Llueve. Bueno, no llueve. Pero llovió. Y al cabo de pocos días, volvió a llover; y luego otra vez. Uno de esos días, además de llover, en el mar hubo unas olas muy altas que rompían en la playa, y todas las barcas hubo que subirlas hasta casi la calle. El mar huele, la tierra huele, y sé que todo esto son malas señales. Muy malas. Porque se ha acabado lo de salir en barca y bañarse. Lo peor es que he de ponerme un jersey. Y no es que tenga nada contra los jerseys, pero ponerme un jersey en estos momentos es una aceptación de que se ha acabado ir por ahí en traje de baño y camiseta, que se ha acabado saltar por las rocas, entrar y salir del agua, andar por aquí y por allá. Es una rendición. A lo mejor, si no me pongo el jersey, deja de llover, vuelve el sol, la brisa tibia, el mar tranquilo; y, al revés, si me lo pongo alguien va a ver que ya está, que me rindo, que desisto, y entonces pasarán las cosas que suelen pasar cuando llegan las lluvias y las malas mares y los anocheceres antes de tiempo y el maldito jersey. Desafío pues las leyes del universo, y me ato el jersey a la cintura.

Pero no hay tu tía. Las cosas siguen su curso, con jersey o sin él. En casa aparecen maletas, que se van llenando de ropas, utensilios, libros. Unos grandes trapos blancos empiezan a cubrir camas, cómodas y estanterías. Y a mí se me empieza a hacer pequeño el estómago. Y termino poniéndome el jersey, para protegerme del frío, pero también para protegerme de algo más que no sé muy bien qué es. Recorro mi calle por última vez, y me parece triste; casi no hay nadie con quien cruzarme, y, desierta, mi calle ya no es casi mi calle. Llego hasta donde está el Roberto. Por primera vez, me parece sólo un viejo barco abandonado en la playa. Vuelvo a casa con el estómago más pequeño aún.

Las maletas, donde ha cabido un verano, son pesadas, y hay que cargarlas hasta la parada del coche de línea. Nos ayudan la Juana, propietaria de nuestra casa, y su hija, la Teresa. Cerramos la puerta y se oye un último y apagado sonido de cencerro, como un adiós triste. El camino hasta el coche de línea es penoso, pues somos un ejército vencido y en retirada.

La Juana y su hija nos despiden. Ya a bordo del autobús sale un tímido rayo de sol, y por un momento pienso que a lo mejor si vuelve a salir el sol nos quedaremos un poco más. Pero no, parece que todo sigue un orden, un ritmo inapelable; qué cosas. El autobús arranca, ruidoso, pesado e inseguro; mi estómago es tan pequeño ya que me cuesta respirar. Cuando enfila las primeras curvas, pego la nariz al cristal, como intentando retrasar el momento de la separación definitiva.

Para poder respirar un poco mejor, y mientras el pueblo se va haciendo pequeño, me consuelo pensando que dentro de mucho tiempo volveremos, volveremos en este mismo autobús, y yo llevaré la nariz pegada al cristal para ser el primero en ver el pueblo, que en vez de irse haciendo pequeño se irá haciendo grande, y, una vez llegados, marcharemos hacia nuestra casa con las maletas, donde cabe otro verano, acompañados de la Juana y de la Teresa, esta vez como un ejército victorioso. Y todo estará ahí, igual a como lo hemos dejado, el Roberto, listo para nuevas aventuras, y mi calle otra vez viva y alegre, con el Jaume peleándose con su persiana, la Sisa que me dará anises, mi primo enseñándome cosas útiles para cuando sea mayor, la Cristina con su extraño andar y su dulce sonrisa, y el Rocafort tejiendo nansas y gambinas. Y pienso que esto será así, año tras año. Siempre.

Eso espero. Si no, qué trastada…

PEQUEÑAS HISTORIAS (2): MI CALLE

Cuando cierro la puerta de casa oigo un sonido de campana, una campana que suena un poco a cascajo. También lo oigo cuando la abro. O cuando la abre o cierra cualquier otra persona. Bueno, menos mi primo mayor, que pasó con nosotros unos días y me enseñó cómo abrir o cerrar sin que suene. Dice que eso me puede ser útil de mayor, cuando haga algo que se llama “salir de noche”. De momento no lo veo muy práctico, entre otras cosas porque para hacer como él me enseñó y mantener la campana en silencio necesitaría subirme a una silla. Bueno, en realidad no es una campana, sino un “cencerro”, me han dicho. Lo colgaron porque, como la puerta de casa está siempre abierta, así mis padres se enteran de si alguien entra o sale. Lo que no entiendo es cómo saben si ese alguien entra o sale.

Total: que cierro la puerta y voy por el trozo de calle que va hacia el Carrer Nou, que una vez vi escrito Calle Nueva y casi me da un ataque de risa. El Carrer Nou es mi calle, y lleva al mar; el hecho de que la puerta de casa no esté en el Carrer Nou es un incidente sin importancia. Nada más llegar a la esquina, saludo al Quintana, que le llaman algunos, el Jaume, que  le llaman otros. El Jaume es herrero, bueno, lo era. Cuando yo era pequeño le veía trabajar en la negrura de su forja y hacía mucho ruido. Ahora la forja está cerrada y silenciosa, y él se sienta en una silla a la puerta de su casa y habla con la gente que pasa. Ha de ser un trabajo entretenido, lo he de tener en cuenta para cuando sea mayor. Intercambiamos unas palabras sobre el tiempo y sobre si viene grop o no viene grop, que es algo de gran importancia para la gente de mar como nosotros. Además de saludar, el Jaume hace otras cosas importantes. Por ejemplo, varias veces ha conseguido que mi oxidada bicicleta volviera  a funcionar cuando yo ya la daba por perdida;  y una vez que se nos cayó la llave de casa al mar, nos abrió la puerta con una ganzúa más deprisa de lo que la abríamos nosotros con la llave. Un pariente al que comentamos el hecho nos dijo que pusiéramos una cerradura más segura. Mis padres se negaron, puesto que si ponían una cerradura más segura la próxima vez que se les cayera la llave al mar se quedarían sin entrar en casa. Eso sí: cuando el Jaume se enfada da miedo. El otro día se enfadó horriblemente, y se puso a dar unos gritos que me pusieron los pelos de punta, mientras decía, también a gritos, muchas palabras raras que no entendí y que mis padres me recomendaron no escuchar; yo, claro, las escuché atentamente, e intenté memorizarlas. A lo mejor me son útiles cuando sea mayor, como lo del truco de la puerta de mi primo. Me olvidaba: el Jaume se había enfadado con una persiana, seguro que con razón.

Dejo al Quintana y casi me topo con la Cristina. Con la Cristina tengo siempre una duda: si va torcida porque cojea o cojea porque va torcida. Sea como sea, a mí me parece que su extraña forma de andar le ayuda a llevar mejor la cesta con la que va al huerto a por tomates. La Cristina tiene una sonrisa dulce, nunca dice una palabra de más y “está sorda como una tapia”, según afirmación de mi padre. Lo de la tapia me dejó intrigado, no consigo imaginarme a la Cristina con forma de tapia. Pero bueno, a mí me gusta cruzarme con ella, porque me mira, me sonríe de esa manera dulce que tiene ella de sonreír, levanta levemente una mano y murmura: “Fill…”. A su marido, el Enriquet, pescador que ya no pesca, no me lo cruzo nunca; él  mira el mundo desde su balcón.

Unos pasos más allá dejo a mi derecha el colmado de la Sisa. Lo regentan a medias con su marido, el Monjet, que en realidad no se llama Monjet sino Fernando (Fernandu). No se hablan desde hace muchos años, pero a mí, cuando voy a hacer algún recado, me regalan anises y caramelos, cada uno a escondidas del otro. Tienen un hijo al que todo el mundo llama “el Nen de la Sisa”, aunque en realidad se llama Fernando (Fernandu), también. No entiendo por qué le llaman “niño”, puesto que es un señor mayor. Hoy, mala suerte, no hay recado alguno que justifique entrar en el colmado de la Sisa, así que me quedo sin anises.

Sigo calle abajo y dejo a la izquierda una puerta cerrada que sólo se abre en otoño. Es donde se hace el vino. Cuando traen la uva, en unas especies de cubos grandes de madera,  los jóvenes del pueblo las pisan durante mucho rato, se ensucian los pies y hasta un poco las piernas y se ríen mucho. No me extraña que se rían, yo también me reiría si me dejaran ir por ahí pisando uvas. Ha de ser muy divertido, pero no me dejan. Cuando sea mayor, me dicen. Lo de ser mayor me va a dar mucho trabajo, estoy viendo.

En la siguiente esquina está la casa de Maria, la de las gallinitas. Es una señora que a veces venía a estar y jugar conmigo cuando mis padres se iban a alguna parte.  Otras veces me llevaba a su casa, donde había un patio con gallinas, a las que dábamos de comer. Pero este invierno María se despertó una mañana y no veía. No veía nada. Y no ha vuelto a ver.  Ya no jugará más conmigo, y no sé qué ha pasado con las gallinas. Ya no están, y la puerta está cerrada. La fuimos a visitar hace unos días, a casa de unos parientes con los que vive ahora. Al saludarla se emocionó, y en vez de mirarme siguió con los ojos fijos en la pared, pero me pasó las manos por la cabeza, la cara y los hombros durante un rato. De repente me creció una bola muy grande en la garganta, y ya no pude decir nada; sólo darle un beso. Al pasar frente a la puerta cerrada parece que la bola vuelve, así que aprieto el paso.

Luego viene la casa del Jordà (otros le llaman Sisonet), que dicen que tiene mal genio. Es juez de paz, un oficio que no sé muy bien en qué consiste pero que parece interesante. Tal vez cuando sea mayor…  Su mujer es la Joaquima. Me gusta mucho cruzarme con ella, ya que cada vez añade a su saludo un “guapo”, “simpático” y cosas así. Un día, mi madre me contó un secreto: la Joaquima fuma, pero lo hace a escondidas. Como mi padre también fuma, pero no a escondidas, no acabé de entenderlo. Parece que el asunto está en que las mujeres del pueblo de su edad, ni que sean las mujeres del juez de paz, no está bien visto que fumen. Como yo de mayor también fumaré, a mí no me importa que fume. Y me gustaría decirle que de mí no tiene que esconderse, pero no me atrevo.

Más cerca del mar, o sea un poco más allá, el Carrer Nou recibe una especie de calle-afluente y se ensancha. Eso me permite alejarme de donde está el Ninus, siempre vestido con su camiseta y sus pantalones de color indefinido sujetos por un cinturón ceñido mucho más arriba de donde debe tener el ombligo. Su mirada es inquietante y nunca le he visto hablar con nadie ni mucho menos sonreír. Se pasa el tiempo cortando leña con destreza a la puerta de su casa; con destreza y con un hacha. Y cuando no corta leña acarrea agua en latas grandes. Lo de las latas vaya y pase, pero entre el hacha y la mirada, lo cierto es que paso algo de miedo al llegar a sus dominios. Dice mi madre que es así, y que no me preocupe, que no le haría daño ni a una mosca. Pero claro, una cosa es una mosca, y otra cosa soy yo, y quién sabe.

Apartarme del Ninus me acerca hacia el segundo colmado de nuestra calle, el de la Mónica. Mi madre reparte sus compras entre ambos, dice que hay que estar a bien con todo el mundo. Pero cuando me toca ir a la Mónica refunfuño un poco. Primero, está más lejos; segundo, no me regala anises ni caramelos; tercero, está muy limpio y ordenado, no tiene interés. El marido de la Mònica es el Quimet; el dueño de donde se hace el vino; saluda muy bien.

Un poco más allá, la calle vuelve a estrecharse, encajonada entre dos grandes casas, y se hace más inclinada. Aquí el mar ya se nota, a veces se huele, otras se oye. El suelo, de tierra hasta este punto, pasa a estar empedrado, con piedras rectangulares en los lados y una especie de surco con piedras puestas de canto en el centro. Este surco ofrece innumerables posibilidades, tales como pasar con un pie a cada lado, o dando saltos a la pata coja justo por su centro, o haciendo eses subiendo y bajando por sus flancos, y eso en días normales: no digamos lo que se puede hacer cuando llueve y el agua baja por el medio del surco. Un auténtico acierto de los que construyeron esta calle, vamos, del que deberían tomar ejemplo otros constructores de calles.

El encajonamiento termina en la esquina del Rocafort. El Rocafort es peluquero. Me gusta que me corte el pelo porque explica cosas y gasta bromas. Lo que pasa es que la última vez que me lo cortó, mi madre al verme puso una cara muy rara, y me temo que no me va a dejar volver. No creo que fuera por la brillantina.  El padre del Rocafort es más serio, y no me atrevo a quedarme mirando lo que hace, sentado a la puerta de la peluquería, aunque mientras paso no le quito ojo. Porque a mí lo que me parece que hace Rocafort padre es magia. No sé cómo explicarlo. Tiene a sus pies juncos y cañas, o a veces ramitas de olivo. Y con eso fabrica unas especies de jaulas que se usan para pescar, en las que los peces entran pero no pueden salir. Se llaman nansas, o gambinas, según. Él coge sus ramitas, un hilo, dobla, ata, gira, entrelaza y… ¡hops! La nansa empieza a tomar forma. O la gambina. Y poco a poco va creciendo, acercándose poco a poco a lo que será su forma definitiva. Y el montoncito de juncos o de ramas de olivo cada vez más pequeño. Y de repente aquello es una nansa que cogerá muchos peces. Y vuelta a empezar.

Pasada la esquina del Rocafort, el Carrer Nou muere en una plaza que no es  una plaza, sino un trozo de mar disfrazado de plaza, un trozo de plaza disfrazado de puerto. He llegado al mar. Mi calle lleva al mar, al mar y a la luz y al viento.

Pero no lleva sólo al mar; y no sólo lleva. Lo que pasa es que no sé explicarlo.

Tal vez de mayor sepa.

PEQUEÑAS HISTORIAS (1) : EL ROBERTO


Extractos del cuaderno de bitácora del Roberto

Día …
Hoy hemos navegado por el Caribe. Ha sido una tarde agitada, que ha empezado con un tifón y, después de discutir acaloradamente si en el Caribe hay tifones o tramontanas, hemos sufrido un huracán de consenso. Aún con averías por reparar, hemos sido atacados por piratas dayakos, a los que hemos hecho frente con fiereza. Luego hemos tomado por asalto a un galeón inglés cargado de riquezas y, finalmente, hemos naufragado en una isla desierta habitada por peligrosos caníbales. La cosa se estaba poniendo realmente difícil, pero por suerte el reloj de la iglesia ha tocado cuatro cuartos de aviso y luego nueve campanadas, y nos hemos tenido que ir cada uno a su casa. Para nuestra desgracia, las campanadas son tan sonoras que resulta inútil alegar ignorancia. Por suerte, mañana el Roberto seguirá allá, y nosotros emprenderemos nuevas aventuras.

Día …
Hoy me he tenido que quedar en casa. Algo me ha sentado mal y el médico, inapelable, ha prescrito reposo y dieta. Lo del reposo me deja sin aventuras, maldición. Lo de la dieta no sabía lo que era, así que me ha parecido bien, ya que no eran inyecciones. Eso sí, cuando he comprendido el significado de esa palabra me he puesto muy triste. Aprovecho para explicar cosas en el cuaderno de bitácora.
El Roberto está medio abandonado en la playa. Nadie sabe a quién pertenece, ni siquiera si pertenece a alguien. Mi padre lo califica de sabatot (“zapatote”), lo cual, si lo he entendido bien, lo sitúa abajo del todo en la escala marinera de los barcos, y lo descalifica para cualquier navegación digna. Por un lado, ese desprecio se me hace de mal aceptar, tratándose de un barco con el que hemos surcado todos los océanos del planeta, e incluso alguno más. Pero por otro me tranquiliza: es difícil que alguien quiera echar un sabatot al agua, y eso parece garantizarnos un largo uso de nuestro buque insignia, varado en la playa de Portdogué.
A última hora me ha venido a ver un amigo y cómplice. Al parecer, hoy han estado traficando con seda y luego han desarmado a un barco negrero y liberado a toda su carga. Lo hago constar para general conocimiento.

Día …
Hemos doblado el Cabo de Hornos, varias veces, pues todo el mundo quería llevar el timón en el momento culminante. Ahora tenemos derecho a llevar un aro de oro en la oreja, que nos hemos fabricado con el papel de plata del chocolate y también tenemos derecho a escupir contra el viento. Esta segunda prebenda la probaremos otro día, pues hoy hay calma chicha. Bueno, calma chicha en Portdogué, en el Cabo de Hornos había la mayor tormenta que jamás se hubiera visto.

Día …
Hoy llueve. A pesar de todo, me he embarcado en el Roberto y escribo mi cuaderno de bitácora refugiado en su pequeña cabina. Me gusta oír la lluvia en el techo de madera. La cabina está llena de pertrechos imprescindibles para gente de nuestro oficio, tales como mapas de varios tesoros, pedernal y yesca, munición para la artillería, ron y galleta de barco. Por cierto, ninguno de nosotros tiene muy claro qué es eso de la galleta de barco, pero lo que sí sabemos es que todo buen navegante  la lleva, y siempre aparece en momentos difíciles, como naufragios, abandonos en islas y cosas así.  Hace poco hemos hecho acopio de una buena provisión de abalorios y cuentas de vidrio, que, según nuestras últimas lecturas, van muy bien para cambiar a los indígenas por oro,  piedras preciosas y pieles de fieras, o, alternativamente y si el escorbuto acecha, por frutas y hortalizas.

Día ….
Hoy ha sucedido una gran catástrofe. El día ha empezado bien, pues uno ha propuesto la absurda idea de ir a rescatar a una princesa, y nos ha dado mucha risa. Así que, dejando a la princesa en manos de sus captores, hemos puesto proa con determinación al Mar de la Sonda, que nadie sabe dónde está. Allá, unas tribus habían pedido nuestra ayuda porque estaban aterrorizados por un calamar gigante que se les comía la pesca, a los pescadores y empezaba a devorar a las vacas del pueblo. Justo cuando alguno afirmaba que la piel de calamar sirve para hacer unos estupendos trajes de buzo, ha sucedido la catástrofe. Sin previo aviso, ha aparecido un buen hombre que, con cara de pocos amigos, nos ha hecho bajar del Roberto. Hemos reclamado, pero ha habido poca discusión: que lo acababa de comprar, que iba a ponerlo a punto para navegar (qué sabrá él de cómo poner el Roberto a punto para navegar…) y que pobres de nosotros si volvía a vernos en su barco. Como no le hemos parecido muy dispuestos a obedecer así como así, ha añadido que de encontrarnos otra vez encaramados al Roberto nos iban a suceder ciertas cosas. Y por si no nos había quedado claro, se ha extendido sobre esas ciertas cosas con bastante detalle: el suficiente para salvar la vida al calamar gigante, y enviarnos a todos a casa, desolados, mucho antes de las nueve campanadas, precedidas de sus cuatro cuartos habituales, con la consiguiente sorpresa de nuestros progenitores respectivos. Los míos me han preguntado si me encontraba mal, y ante la amenaza de una nueva dieta, he tenido que mostrar mi cara más saludable. Ser un valiente a veces no es fácil.

Día…
Han pasado muchos días desde mi última anotación en el cuaderno de bitácora. El Roberto ha cambiado de aspecto. Han sustituido algunos tablones, han sacado brillo a las barandillas y unas capas de pintura han tapado desperfectos y heridas. Ha aparecido una absurda línea roja que va de la aleta hasta la amura. Vaya, que el Roberto es cada vez menos nuestro. Y no me queda otro remedio que mirar a mi padre de reojo… sabatot, había dicho.

Día…
El Roberto ya no está en la playa. Flota. Incluso hace algo parecido a navegar.  Nadie que no sea un capitán que haya perdido su barco en el peor de los naufragios puede entender lo que sentimos al ver esta pesadilla hecha realidad.

Día…
Recorro tristemente la calle que separa mi casa del mar. El día está gris, va a llover y yo no tendré la cabina de nuestro Roberto para refugiarme. Pero al llegar a Portdogué, creo ver visiones: el Roberto vuelve a estar en la playa. Me quedo atónito, y algunos de mis compinches se materializan a mi alrededor. Nos acercamos, a medio camino entre el miedo y la sorpresa. Parece el mismo de antes, sólo la línea roja en su costado nos recuerda recientes congojas. El descubrimiento de un letrero de “Se Vende” colgado, así como con desgana, en su amura de babor nos hace prorrumpir en gritos y vítores. Así que, al fin y al cabo… ¡sí era un sabatot! Qué grandes son a veces los padres. Y cuanto tranquiliza cuando las cosas vuelven a su orden natural.

*****

Hasta los más aguerridos marinos terminan por crecer y dejan de considerar absurdo rescatar princesas. Supongo que, a la larga, el Roberto sufrió la larga agonía que sufren los barcos fuera del agua.  Vaya usted a saber qué se hizo de sus maderas, y si poco queda de sus maderas, menos todavía queda de su recuerdo. Pero me permito afirmar que no habrá habido muchos sabatots con un destino tan glorioso como el del Roberto

CASAS SOÑADAS

Nuestras casas estaban en los mejores sitios: los más bellos e interesantes, los más inspiradores, a menudo los más plácidos, siempre  los de más acusada personalidad. En cuanto nos sentíamos bien en algún lugar, cosa que no era demasiado difícil, arrancaban los planes para tener allá una casa. Seleccionábamos una combinación óptima de belleza, confort, carácter y atractivo, una especie de estrategia del bienestar total. Solíamos decantarnos por obra hecha aunque, llegado el caso, no le hacíamos ascos a un buen solar sobre el que esbozar  volúmenes y fachadas. Luego organizábamos un poco el espacio interior, y a partir de ahí podíamos disfrutar de la casa y, sobre todo, del lugar, que era lo que daba sentido a la casa. Eso sí, huíamos de palacios o grandes mansiones. Se trataba, siempre y sin excepción, de lugares suficientes para estar bien, pero sin ostentaciones ni excesos.

Por supuesto, ninguna de esas casas se hizo nunca realidad (salvo una, pero eso es otra historia); ahora bien, el juego de imaginar, de soñar, nos deparó muchos momentos de gozo compartido, no exentos, a veces, de discusiones muy bien argumentadas sobre detalles más o menos importantes, como la ubicación de una chimenea, la conveniencia de un ventanal o la idoneidad de un barrio o parcela, o incluso sobre el mejor momento del año para disfrutar de tal o cual vivienda. Puede que este juego parezca pueril, pero las casas soñadas tenían muchas ventajas: no había que limpiarlas, generaban pocos gastos, ningún impuesto y he podido heredarlas sin pagar un céntimo al fisco. Y he seguido aumentando mis posesiones sin que la crisis haya hecho mella en tan singular e íntimo patrimonio.

Mi última adquisición data de apenas unos días. Está en Budapest, concretamente en Buda. Aunque he de terminar de pulir algunos detalles, ya puedo adelantar que está en la ladera de una colina que mira al Danubio. Se trata de una casona grande y algo tronada, OLYMPUS DIGITAL CAMERAde la que sólo me pertenece la buhardilla, con esas extrañas mansardas desprovistas de ángulos y que parecen cejas alzadas en un gesto de sorpresa benigna. La casa está en una calle empinada, tranquila, con muchos escalones y que muere en el río. Puedo ver el río, el Danubio, desde la mansarda y cuando lo miro, me cautiva su linealidad, que sólo me da pie a escoger entre dos opciones: a favor de la corriente, o sea hacia el mar, o contracorriente, o sea hacia las entrañas de Europa. Mis vecinos, bastante magiares, no dicen Danubio, sino Duna, y no ven las mismas opciones que yo (el mar o las entrañas de Europa), sino el sitio por donde llegaron los turcos o el sitio por donde llegaron los Habsburgo. Son los últimos descendientes de una pequeña aristocracia rural venida a menos que milagrosamente conservaron esta casona, último vestigio de su parca riqueza, a través de muchos avatares, incluidos dos guerras mundiales, varias ocupaciones y los años del socialismo.

Desde mi ventana espero ver cómo empieza el deshielo en primavera, y vigilaré, inquieto, las crecidas. En verano, contemplaré con ojo indulgente el tráfico de barcos, y el de coches a lo largo del puente de las cadenas, el primer puente que unió Buda y Pest a mediados del siglo antepasado. El Danubio será, también, la frontera que me mantenga suficientemente alejado de Pest, que será un barullo lejano al que acudiré de tarde en tarde. Las visitas semanales al mercado central no cuentan, por supuesto. Las visitas al mercado, en el que dominan los colores cálidos, no sé si por la paprika, serán de avituallamiento, pero también para ver el paso de las estaciones en las frutas que venden los inmaculados puestos; sin desmerecer, claro, ni las casquerías ni las charcuterías, donde las estaciones no pasarán, ni falta que hace.

En las noches de invierno, buscaré el calor de la estufa de hierro que ocupará el centro de mi buhardilla, y soñaré que soy un joven idealista que, terciado el s. XIX, escribe con una mano, poesías inflamadas a las bellas muchachas húngaras y, con la otra, no menos inflamados panfletos para liberar a la vez a la patria del yugo austríaco y al pueblo de los privilegios de la aristocracia.

Me gusta sentirme un poco, aunque sea muy poco, ciudadano de todos esos sitios donde tengo una casa. Es como llevarme un trocito de cada uno. O, a lo mejor, dejar un trocito mío en cada uno, quién sabe.

Espero que no resulte ser sólo un comportamiento maníaco-inmobiliario sublimado.