FINAL DE CURSO

Los cursos marcan el ritmo de la vida casi tanto como las estaciones. Desde luego, se lo marcan a los que se dedican a enseñar, y a los que se dedican a aprender; y ya de paso, se lo marcan a sus parejas, padres, hijos, amigos, en una especie de ondas que se propagan, tal vez no muy concéntricas, pero se propagan. Por eso el final de curso es una fecha de trascendencia casi astronómica, no muy diferente en importancia (y por cierto, no muy alejada en el calendario) de, pongamos, el solsticio de verano. Y recibida, por unos y otros, con la misma, o incluso mayor, alegría.

Para los que se dedican a enseñar, un curso tiene mucho de acarreo de piedras cuesta arriba. Es trabajoso, cansado, agotador, se tropieza, se maldice, hay que apretar los dientes, hay que seguir, pase lo que pase, hay que empujar, estirar, con la cima a la que toca llegar a la vista, con un aroma a absurdo que a veces inunda a los esforzados subidores de piedras. La imagen suena a algo, ¿verdad? A un tal Sísifo, podría ser. Pero no, o no del todo. Cierto que alguna piedra cae y rueda de regreso al punto de partida, y hay que bajar a por ella, y vuelta a empezar. No obstante, la mayor parte son depositadas, mejor o peor, en la cima, o cerca de la cima. Y cuando el curso acaba, las piedras caen rodando por el otro lado, nunca se sabe muy bien hacia dónde, aprovechando mejor o peor la altura ganada.

Liberados de las piedras, los que se dedican a enseñar lanzan un gran suspiro de alivio, suspiro que encuentra eco ampliado en las propias piedras, pues no sólo es duro acarrear, sino también ser acarreado. Y los que lo viven de segunda mano, amigos, parejas y parientes: un suspiro unánime, intentando no ver otras piedras que esperan y otras cuestas que habrá que subir. El suspiro es un momento liberador, de plenitud, de esos instantes que tiene la vida en que parece que todo nos es ofrecido y todo es posible. Cierran los ojos y sueñan…

De lo que no sé si se dan cuenta, unos y otros, es de que el número de cursos que nos han sido concedido está escrito en alguna parte, y es como un capital que no rinde intereses. Las piedras no se agotan, pero los cursos sí. Cada curso que termina es un curso menos que queda. Hasta que ya no queden.

Por eso creo, salvo mejor opinión, que acabar un curso es morir un poco.

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