OLAS

Atardece. El barco está fondeado a cierta distancia de la costa. El ancla apenas trabaja, y huele a sal sobre un fondo lejano de cigarras, mientras la más silenciosa de todas las horas se apodera del mundo.

Sopla un viento gentil, sin malicia. Así que el mar está poblado de olas pequeñas que lo recorren, alegres, puerilmente orgullosas de los minúsculos coronamientos de espuma que arbolan de vez en cuando, como si se tratara de olas mayores y trascendentes. Las olas chocan contra el casco sin conseguir moverlo. Ignoradas por el barco, pero con sensación de deber cumplido, borbotean satisfechas, y  pasan de largo, con un roce casi imperceptible, como una caricia acuática y liviana. Luego siguen en dirección a la costa. Algunas conseguirán un nuevo coronamiento espumoso antes de llegar. Ya junto a las rocas, unas tras otras, todas sin excepción, se alzarán por última vez, en un postrer intento de ser grandiosas, y morirán con un chapoteo final, sin haber hecho nada importante en su vida.

Cautivado por las olas que acarician su barco, por la sal, las cigarras, el silencio, el único tripulante del barco se pone a silbar algo que casi no tiene melodía, pero que recuerda extrañamente a un chapoteo, mientras se dirige, ondulante, hacia la costa.

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