LÓGICA DE MERCADO

Olía a cáñamo, a esparto, a brea, a aceite de linaza, a madera fresca. Ya había pasado el tiempo del cáñamo, del esparto, de la brea, y de muchas otras cosas, pero los olores permanecían, puede que impregnando las paredes de aquel lugar, o tal vez impregnando la piel de los dos hombres que atendían la mejor tienda de efectos navales que jamás conocí. Uno de ellos era grueso, sanguíneo, vital, siempre con ropa de faena tirando a desastrada y con cierto aire de pirata varado en tierra. El otro, correctamente vestido, hubiera podido pasar por un probo funcionario, o por un fiel contable, sereno e impasible. Hubiera podido pasar por tales cosas, digo, de haberlo encontrado en otro lugar que no hubiera sido aquel antro en el que se amontonaban impermeables, salvavidas, cabuyería de lo más variopinta, cadenas, lonas, grilletes, hilo encerado, poleas, guardacabos, banderas y cubos metálicos pintados de rojo con la palabra “FUEGO” escrita en grandes letras negras. Y de no haber sido, también, porque cuando algún cliente –es un decir, puesto que en aquel lugar los clientes no eran clientes, sino parroquianos, o habitués, casi cofrades- pedía que le hicieran una gaza, la tarea siempre era delegada en el putativo probo funcionario, cuyas manos empezaban a ejecutar una especie de danza, un conjunto de pases mágicos, diría yo, de los que como sin querer surgía una costura equilibrada, regular, cuidadosamente falcaceada. Ningún funcionario, probo o no, podría alcanzar en su labor tal maestría, me dije una de las primeras veces que anduve por allí, y taché lo de probo funcionario de mi personal jerigonza; sólo lo he recuperado hoy por motivos puramente literarios.

Atendían a gente de mar o que de mar se pretendiera, desde encallecidos pescadores de la Barceloneta hasta navegantes de ocasión. Eso sí, hay que reconocer que el ambiente de aquel local, a medio camino entre la tienda y el almacén, ejercía una clara selección de los parroquianos: nunca vi a un nuevo rico del mar, ni a gente de la de a caballo; o si la hubo, lo disimularon con el debido recato.

En su quehacer cotidiano, aquellos dos individuos parecían trabajar en paralelo; dicho de otra forma, cada uno de ellos, aparentemente, atendía a una persona, como debe ser, por otra parte. Pero en realidad despachaban al alimón, pues con cierta frecuencia uno intervenía en la tarea del otro, con comentarios o apostillas levemente hostiles que solían derivar hacia pequeñas discusiones. El pirata reconvertido argumentaba con energía, poniendo pasión en sus palabras, apoyándolas con gestos, mientras que el probo funcionario hablaba poco, con comentarios breves que desgranaba con voz muy tranquila, a menudo dejando que sus gafas se deslizaran nariz abajo, lo que le daba un aire de honesta sorpresa muy convincente.

Era un tándem imbatible. Lo sabían todo. Sabían el grosor de la driza de mayor que lleva un Puma 32, y su longitud óptima, qué características tenía que reunir una rabiza reglamentaria, y cómo se podía hacer que una rabiza pareciera reglamentaria sin serlo, y sabían también cómo montar un estay volante de fortuna usando un chigre y una braza, prescindiendo por lo tanto de un costoso cable con su tensor. Vendían el material, pero sus conocimientos los regalaban, y el resultado era que, a menudo, conseguían que compraras menos material (que vendían) gracias a los conocimientos (que regalaban); digamos que para compensar, indefectiblemente te hacían un descuento en el precio de lo que fuera. De ellos aprendí no sé cuántas cosas: a empalmar dos trozos de cadena con un eslabón abierto, a cambiar una driza sin que se escaparan los chicotes y a coser con hilo encerado unas uniones indestructibles que más de una vez me sacaron de un apuro.

Qué más puedo decir… Cuando la primavera se consolidaba, solía acudir a pertrecharme (un par o tres de veces, uno no se puede pertrechar a la primera, no tiene gracia, y menos en un sitio así) y, por qué no decirlo, a estar un rato en aquella especie de caverna fuera del tiempo y de la lógica de mercado. Luego, por motivos que no hacen al caso, falté a mi cita un año, otro año, y al final fueron muchos años.

Hoy se me ha ocurrido volver, con el corazón en un puño. Me he acercado por la calle Ancha, he cruzado la plaza de la Mercè, y he entrado en el callejón. Después de recorrerlo tres o cuatro veces, arriba y abajo, he tenido que rendirme a la evidencia de que no volveré a oler a cáñamo ni a brea, no volveré a ver la figura maciza ni la faz sanguínea del pirata retirado, ni volveré a ver las gafas del probo funcionario deslizarse por su nariz mientras sus manos ejecutan una costura impecable. Ni siquiera he sido capaz de identificar el lugar exacto donde ya no volveré a verles, y eso me ha hecho sentir como aquel que va al cementerio a visitar la tumba de un amigo al que ha abandonado durante mucho tiempo, y no es capaz ni de encontrar el nicho. Una persiana echada con un letrero de “Cerrado por vacaciones” me ha hecho concebir una esperanza más bien desesperada. He entrado en el colmado de al lado a preguntar si sabían de qué era la tienda cerrada, y el paquistaní de turno me ha contestado, con considerable malhumor “No tienda, no tienda, eso otra cosa, otra cosa”, y mientras yo pensaba en el cáñamo, en cubos rojos, en drizas y en cadenas, me ha repetido, apremiante y cada vez de peor humor: “¡No tienda, no tienda, eso otra cosa, otra cosa!”

No sé si nunca me había sentido tan alejado de otro ser humano como en ese momento. Y ya sé que no era culpa suya. Él es sólo un producto de su tiempo, de la globalización y de la lógica de mercado. Así que le he dado las gracias cortésmente y me he despedido; cuando lo he perdido de vista, he apretado a correr hasta llegar a casa, donde me he puesto a escribir este artículo. Pues dicho está: es de bien nacidos ser agradecido. Y a la lógica de mercado que le den morcilla.

FINAL DE CURSO

Los cursos marcan el ritmo de la vida casi tanto como las estaciones. Desde luego, se lo marcan a los que se dedican a enseñar, y a los que se dedican a aprender; y ya de paso, se lo marcan a sus parejas, padres, hijos, amigos, en una especie de ondas que se propagan, tal vez no muy concéntricas, pero se propagan. Por eso el final de curso es una fecha de trascendencia casi astronómica, no muy diferente en importancia (y por cierto, no muy alejada en el calendario) de, pongamos, el solsticio de verano. Y recibida, por unos y otros, con la misma, o incluso mayor, alegría.

Para los que se dedican a enseñar, un curso tiene mucho de acarreo de piedras cuesta arriba. Es trabajoso, cansado, agotador, se tropieza, se maldice, hay que apretar los dientes, hay que seguir, pase lo que pase, hay que empujar, estirar, con la cima a la que toca llegar a la vista, con un aroma a absurdo que a veces inunda a los esforzados subidores de piedras. La imagen suena a algo, ¿verdad? A un tal Sísifo, podría ser. Pero no, o no del todo. Cierto que alguna piedra cae y rueda de regreso al punto de partida, y hay que bajar a por ella, y vuelta a empezar. No obstante, la mayor parte son depositadas, mejor o peor, en la cima, o cerca de la cima. Y cuando el curso acaba, las piedras caen rodando por el otro lado, nunca se sabe muy bien hacia dónde, aprovechando mejor o peor la altura ganada.

Liberados de las piedras, los que se dedican a enseñar lanzan un gran suspiro de alivio, suspiro que encuentra eco ampliado en las propias piedras, pues no sólo es duro acarrear, sino también ser acarreado. Y los que lo viven de segunda mano, amigos, parejas y parientes: un suspiro unánime, intentando no ver otras piedras que esperan y otras cuestas que habrá que subir. El suspiro es un momento liberador, de plenitud, de esos instantes que tiene la vida en que parece que todo nos es ofrecido y todo es posible. Cierran los ojos y sueñan…

De lo que no sé si se dan cuenta, unos y otros, es de que el número de cursos que nos han sido concedido está escrito en alguna parte, y es como un capital que no rinde intereses. Las piedras no se agotan, pero los cursos sí. Cada curso que termina es un curso menos que queda. Hasta que ya no queden.

Por eso creo, salvo mejor opinión, que acabar un curso es morir un poco.

OLAS

Atardece. El barco está fondeado a cierta distancia de la costa. El ancla apenas trabaja, y huele a sal sobre un fondo lejano de cigarras, mientras la más silenciosa de todas las horas se apodera del mundo.

Sopla un viento gentil, sin malicia. Así que el mar está poblado de olas pequeñas que lo recorren, alegres, puerilmente orgullosas de los minúsculos coronamientos de espuma que arbolan de vez en cuando, como si se tratara de olas mayores y trascendentes. Las olas chocan contra el casco sin conseguir moverlo. Ignoradas por el barco, pero con sensación de deber cumplido, borbotean satisfechas, y  pasan de largo, con un roce casi imperceptible, como una caricia acuática y liviana. Luego siguen en dirección a la costa. Algunas conseguirán un nuevo coronamiento espumoso antes de llegar. Ya junto a las rocas, unas tras otras, todas sin excepción, se alzarán por última vez, en un postrer intento de ser grandiosas, y morirán con un chapoteo final, sin haber hecho nada importante en su vida.

Cautivado por las olas que acarician su barco, por la sal, las cigarras, el silencio, el único tripulante del barco se pone a silbar algo que casi no tiene melodía, pero que recuerda extrañamente a un chapoteo, mientras se dirige, ondulante, hacia la costa.