RECUERDOS BASURA

Le costaba cada vez más retener hechos, nombres, citas, cifras, fechas. No es que la memoria no funcionara, pero desde luego funcionaba menos, cada vez menos, y con una especial renuencia a almacenar lo reciente. Así que fue y vino, preguntó, consultó. Un médico le recetó unas pastillas que olvidó tomar. Un amigo le recomendó un juego electrónico al que no encontró ni pies ni cabeza. Otro amigo de menor edad le miró con conmiseración y agitó la cabeza con mesurado dramatismo. Alguien, no recordaba quién, le sugirió que visitara un instituto de nombre anglosajonamente rimbombante.

“- Pues sí, amigo mío- le dijo un joven de bata blanca, aroma a media docena de másteres y con quien no creía tener el más mínimo vínculo amistoso- su problema es que los stacks de almacenamiento random están saturados, y que se empieza a producir un overflow de retenciones.”
Él ensayó una cara estilo eso-mismo-decía-yo-a-los-colegas-del-bar, que al parecer no engañó al joven. Así que, con un brillante cambio de registro, le aclaró, silabeando pacientemente:
“- Para que me entienda, hombre: tiene demasiadas cosas en la cabeza y ya no le caben más. “
Y apenas dos o tres respiraciones más tarde:
“- Pero no se preocupe, que la tecnología y la medicina nos pueden ayudar.”
Él admiró la sutileza del nos, recurso sublime para crear empatía con el cliente-paciente, y asintió, sereno.
“- En su caso, abuelo, está indicado un VSRI, un vaciado selectivo de recuerdos inútiles.”
Aunque no recordaba parentesco alguno con el sujeto, él siguió asintiendo con toda la dignidad de que fue capaz.

Así que allí estaba, con un artilugio que iba hurgando en su memoria y, al parecer, eliminando lo innecesario. Una sonda-no-sé-qué se metía en sus recuerdos, uno por uno, evaluaba cuántas veces se había accedido a esa información en los últimos diez años, y  si no había habido acceso, borraba. Fácil, limpio, eficaz, indoloro.  De manera que la sonda-no-sé-qué (debía recordar volverles a preguntar el nombre después del tratamiento) estaba paseándose por sus neuronas y librándole de ese monstruoso bagaje de recuerdos-basura que había ido acumulando a lo largo de una vida. Una por una, se fueron esfumando cosas que ni siquiera recordaba recordar: el número de teléfono de casa de sus abuelos, la dirección de un amigo de infancia que nunca había vuelto a ver,  la matrícula del primer coche que tuvieron en casa, el nombre de la camarera que les atendía en el hotel donde de niño pasó una convalecencia, la combinación del candado que cerraba su petate en un viaje juvenil, las letras de una línea de trolebús que tomaba cada día con su madre, el nombre de la granja de al lado de casa donde, en momentos de bonanza económica, compraba un chicle (con cromo), la cara de un señor que vendía huevos a domicilio, el contenido del artículo 17.2 del reglamento internacional de esgrima, cómo limpiar una bujía de un motor de dos tiempos, las palabras mangrullo, fanfurriña, facundia y fargallón, Amalarico, Sisenando y algún otro rey godo, el precio de El Jabato, la fecha de la batalla de Pavía y, de golpe, todos los afluentes de la derecha del Duero. También desaparecieron de su memoria la Canción del Pirata, de Espronceda, cuántas balas por minuto dispara un fusil de asalto CETME, la fórmula del momento de inercia circular, todos los decimales de pi menos los dos primeros, que fueron indultados in extremis, las excepciones de las excepciones de una regla gramatical francesa, el vocativo de la tercera declinación latina (sólo imparisílabos), el segundo apellido de su bisabuelo, el nombre científico del alcornoque, los tres minerales de la escala de Mohs que le quedaban, el número de escalones de una vieja casa donde pasó los veranos de su infancia, el oficio de San Lucas, el evangelista, y cómo buscar la diferencia tabular en una tabla de logaritmos. Entre otras muchas cosas.

Salió de allí como nuevo. Sentía la cabeza ligera, despejada, rejuvenecida. Él, que empezaba a tener problemas para acordarse de lo que había comido el día anterior, memorizó sin esfuerzo tres semanas enteras de menús, los números de teléfono de sus hijos, los móviles de sus nietos, el nombre y dos apellidos de todos sus vecinos y de sus animales de compañía (bueno, de estos sólo los nombres), la matrícula del coche que siempre aparcaba en doble fila frente a su portal y hasta la clave de veinte caracteres aleatorios de su red inalámbrica. Portentoso, ¿no? Y es que las ciencias adelantan que es una barbaridad.

Vivió un tiempo más, y murió cuando más o menos le tocaba. Jamás acabó de entender por qué aquellos últimos años no había conseguido quitarse de encima una sensación de vacío, de pérdida.

Como si en algún momento alguien le hubiera robado un trozo de su alma.

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6 pensamientos en “RECUERDOS BASURA

  1. Em sembla que no triem massa allò que recordem i allò que oblidem. Allò que queda és innecessari? que t’esborrin el nom del Quercus súber, és una gran pèrdua!

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  2. Hay un libro, “Tokyo ya no nos quiere” de Ray Loriga que leí hace años (no recuerdo que valiera mucho la pena, pero sí tiene algunas frases buenas y consiguió dejarme con una sensación extraña en base a los recuerdos y la memoria). Me ha venido a la cabeza, al leer tu texto. Copio y pego: “Un viaje a un futuro no muy lejano en el que una de las drogas legales es un producto químico que permite borrar de la memoria los recuerdos no deseados.” El protagonista es el vendedor de esta química y tiene trampa. Uno a veces no puede evitar consumir su propia desdicha.

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    • Vaya. Lo que uno cree inventar ya lleva tiempo inventado. Pero es interesante, hay una cierta dualidad: el recuerdo-dolor y el recuerdo-basura. He leído, gracias a tu comentario, unas cuantas reseñas de “Tokyo…” y puede que la conclusión sea que nosotros somos nuestros recuerdos, incluso los recuerdos-basura, incluso los recuerdos-dolor.

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