CORTES DE PELO

Mi padre me contaba una historia costumbrista que hacía mis delicias, y que las hace todavía cuando la recuerdo. Se trataba de un peluquero de gran reputación, un peluquero de hombres, o de caballeros, como se decía, antes de que el gremio evolucionara hacia lo unisex, de los de sillones imponentes y giratorios, y de insignias blancas, azules y rojas. La reputación se la había ganado por su oferta de conversación a la carta. La cosa debía suceder en tres etapas diferenciadas, correspondientes a otras tantas elecciones binarias. Así, mientras el cliente se iba sentando, y los instrumentos de la inminente faena eran dispuestos en pulcras hileras frente al espejo, el peluquero formulaba su primera pregunta: “¿Conversación o  silencio?”. Salvo elección de silencio, y ya con el blanco paño protegiendo hombros y demás partes del cuerpo del cliente, tocaba negociar el tema: “¿Fútbol, toros o mujeres?”, gama que ahora se nos puede antojar algo corta pero que debía ser más que suficiente para el respetable de la época. Nótese la ausencia del ítem “política”, que dará a los más avispados la adecuada connotación histórica.  Negociado pues este punto clave, ya sólo quedaba la pregunta final, con el peluquero-conversador haciendo chasquear las tijeras en el aire: “¿Por la banda o a la contra?”.  Siempre me he preguntado si este maestro de la oratoria por encargo tendría opiniones propias. De haberlas tenido, debió pasar por algún trance apurado. Pongamos que nuestro peluquero fuera firme partidario de Arruza, que no me consta, pero es un supuesto, y le entrara un parroquiano, también de Arruza partidario, que escogiera “conversación”, “toros” y “a la contra”. Larga se le debía hacer la sesión de corte y afeitado ideando y esgrimiendo argumentos a favor de Manolete para cumplir con el mandato…¿Se imaginan ustedes?

Nunca conocí a ese fenómeno. Una pena, aunque debo reconocer que muy de conversaciones de peluquería no soy. Pero eso no me impide reconocer el mérito y facundia de los peluqueros, gente de verbo fácil por lo general. Estoy seguro de que su tendencia a enunciar profundas verdades filosóficas nace de la contemplación reiterada de tantas cabelleras, bajo las que laten tantas neuronas… Y no me burlo, como se verá a continuación.

En efecto, el otro día fui a cortarme el pelo. Dada mi escasez capilar, no es actividad que me entusiasme ni aumente mi autoestima. De forma que, en tales menesteres, siempre ando algo hosco, aunque intento disimular. Así que mientras la peluquera trabajaba en mi cabeza con maestría, no pude dejar de escuchar el discurso de su compañero, que se afanaba sobre la cabeza de al lado, por cierto mucho más apta que la mía para lucir su arte. El argumento era sencillo, y lo exponía con claridad: el número de cortes de pelo que uno se hace en la vida es finito, unos 400, decía él, y ante ese número considerable había que tomarse en serio la posibilidad de, al menos en uno de ellos, hacer alguna extravagancia, que ya quedarían los otros 399 para corregirla. A mi vecino, por cierto, le quedaban la mayor parte de esos 400 cortes de pelo que parece que te concede la vida.

Quedé desasosegado, apurado. Intenté recordar la esperanza de vida al nacimiento de los varones catalanes, la transformé para mi edad en función de las tablas de vida conocidas, resté, multipliqué por mi frecuencia anual de visitas a la peluquería, apliqué un factor de corrección para tener en cuenta una creciente dejadez en los cuidados de mi cabellera que ya hace tiempo que percibo, añadí un pequeño coeficiente adimensional para tener en cuenta los avances de la medicina los próximos años, y luego otros cuantos coeficientes más para incorporar el incremento de radiaciones a las que estamos sometidos, el deterioro del sistema sanitario a causa de la crisis, las probabilidades de colisión de un asteroide con el planeta y los efectos del cambio global, entre otras menudencias. Los cálculos, algo complejos, requirieron una gran concentración que me temo que la oficiala tomó por hurañía. Pero cuando tuve el resultado, una cifra realmente ridícula, pegué un respingo y grité: “¡A las armas! ¡Esto se acaba! ¡Hazme una cresta y mechas fucsias!”. Incomprensiblemente, la peluquera no había seguido el hilo de mis pensamientos, como lo prueba el hecho de que quedara la mar de sorprendida ante mi exabrupto, y con lo de sorprendida creo que me quedo algo corto. Dado que mis elaborados cálculos indicaban que todavía me quedaba un cierto margen, y para suavizar la tensión que acababa de crearse, pensé que todavía podía esperar, así que, algo avergonzado, musité: “Bueno, la próxima vez…”.

Pero, dicho sea sin amargura, cuando uno empieza a contar al revés es mejor no aplazar demasiado las cosas.

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2 pensamientos en “CORTES DE PELO

  1. Por cierto, esta disquisición literaria tan tuya sobre lo que da de si el universo de la peluqueria me ha arreglado las primeras horas de la tarde. Muchas gracias!

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