EL ESTRO DE LAS FLORES

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La Muntanya Negra es la presencia mineral que tiene Cadaqués a su espalda, y digo mineral porque la mayor parte del tiempo la vegetación que la recubre, dominada por matorral rabiosamente mediterráneo, parece, contagiada de la naturaleza geológica de la montaña, haber apostatado de su naturaleza biológica. Eso sí, cuando la recupera y reivindica lo hace con tanto vigor que casi da miedo.

Para subir a la Muntanya Negra hay que partir de una de las partes menos nobles del pueblo, a saber, la entrada por la carretera de Roses. Luego hay que dirigirse hacia las escuelas, que finalmente se evitan para atacar una buena subida, primero por calles, luego por una urbanización donde casas modernas parecen querer dar una lección magistral de cadaquesidad, con sus piedras secas elegantemente dispuestas. Cuando dejo atrás esas casas y abordo un camino de tierra y roca que lleva hacia Mas Duran, se me suele escapar un suspiro de alivio, del tipo “al fin solo”. Es el momento de empezar a disfrutar del camino, que se va encaramando poco a poco, entre paredes de piedra seca y olivares. Mucho antes de llegar a Mas Duran, nada más haber alcanzado una pista, hay que hacer un acto de fe y girar a la izquierda, Así, un poco a campo a través y otro poco por senderos casi imaginados, se asciende a una pequeña cresta.

El día es hermoso, la luz brillante, el aire diáfano. La vegetación ha explotado, ha enloquecido, se ha emborrachado de primavera; da la impresión de que es la misma explosión de júbilo colectivo de un pueblo que acabara de sacudirse la opresión de una tiranía. Las laderas, al contrario que el resto del año, no son minerales, pero, sorprendentemente, tampoco son verdes. Son, sobre todo, amarillas y blancas, aunque aquí y allá hay alguna pincelada de otro color, lila por ejemplo. La culpa es de las retamas, de las aliagas, que exponen sus estandartes amarillos, de las jaras negras, cuyas flores blancas desbordan las lomas; algunos espliegos intentan hacerse ver, aunque con poco éxito. Y otras plantas menores lanzan un grito cromático rebelde rápidamente olvidado. Huele, huele de una manera feroz, huele a vida que se perpetúa, a sexo botánico.

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Al final de la cresta se toma el camino viejo a Port de la Selva, una pequeña joya, empedrado a tramos, con algunos puentes y refuerzos de piedra seca centenaria. Estos muros, construidos con una sabiduría secular ya olvidada, carecen de glamour, pero son bellos en su vejez pétrea, casi conmovedores. El camino viejo flanquea la montaña amarilla y blanca, y el mar allá a lo lejos es un telón azul que abarca todo lo que no abarca el azul del cielo. Debería andar despacio, disfrutar, empaparme de esa especie de milagro que me rodea. Pero no puedo, serán los efluvios que emiten las flores en celo; la cuestión es que mi marcha adquiere un ritmo frenético, y en un santiamén me planto en el cruce de senderos donde tomaré, a la izquierda, el que me llevará al Puig dels Bufadors y luego a la Muntanya Negra.

El calor aprieta. El maldito sendero sube de mala manera, y mi ritmo se atempera. También se atempera mi exaltado estado  de comunión con la naturaleza, y empiezo a sentirme miserable, sudoroso, y ahora me preocupa más respirar que contemplar, más subir que sentir. Pero los metros de desnivel van cayendo, y al llegar al Puig dels Bufadors recupero un poco el pulso, el mío y el de las cosas. Desde allá arriba, la sensación es la de estar a la deriva en un océano amarillo y blanco que se extiende por el monte hasta unirse con el otro océano, el azul.

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Del Puig dels Bufadors a la Muntanya negra son unos pocos pasos. Desde la Muntanya Negra se ve el Pení, Cadaqués, Cap de Creus, el castillo de San Salvador, que vela sobre Sant Pere de Rodes, l’Albera, y qué se yo cuántas cosas más. También se ven masos (masías) que conocieron tiempos mejores y nos recuerdan un pasado agrícola y ganadero un tanto olvidado por la tradición y fama pescadora. Pero sobre todo se ve, vuelve a verse, la lujuria vegetal que se exhibe sin pudor, y es tan intensa que a uno le vienen ganas de transformarse en flor o, mejor, en insecto polinizador, para hacer de celestina alada, y ayudar a la consumación de los cientos de miles de actos sexuales florales que se piden a gritos.

Desde allá arriba, la belleza es tan intensa que duele. Cielo, mar, montañas, vegetación, y la luz, esa luz transparente cuya franqueza es tan directa que hiere. Pensativo, me digo que, cuando toquen retirada, espero no recordar esta belleza total, inevitable y definitiva. Porque si, llegado el momento, la recordara, las cosas serían sin duda mucho más difíciles.

Addendum
Espero que nadie de mi gremio se crea en el deber de recordarme que los vegetales no tienen ni estro ni celo. Pero si tal cosa sucediera, me vería obligado a responder que nadie que hubiera estado ese día de mayo en la Muntanya Negra pondría en duda mis palabras con banales tecnicismos.

Por cierto, por si alguien quiere darse el paseo:
http://es.wikiloc.com/wikiloc/view.do?id=4523134

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