HUÉRFANOS DE DOS GEORGES

El crecimiento y el desarrollo requieren una nutrición adecuada. Pero cuando uno crece en un páramo intelectual y emocional  (y me estoy refiriendo a la España de los 60) pues va y resulta que el alimento no sólo es escaso, sino que además es de calidad dudosa. Crecimos bastante desasistidos, así que qué se puede esperar de nosotros…

De manera que uno tira de lo que tiene a mano. En mi caso, resultó que mis padres dejaron a mi alcance (sí, dejaron a mi alcance, no me dijeron “escucha esto” o “mira qué canciones”, sólo dejaron a mi alcance) dos o tres discos sencillos (singles, de dos a cuatro canciones por disco, a 45 rpm si alguien sabe lo que quiero decir) de Georges Brassens. Aquellas pocas canciones fueron una revelación, una puerta que se abría hacia formas hasta entonces insospechadas de ver, entender y vivir la vida. Brassens era un poeta metido a cantante, sobrio, culto y popular, seco en las formas, un punto áspero, profundamente irónico, gruñón, azote de la burguesía y de los biempensantes (qué deliciosamente pasado de moda suena esto), individualista de ética heterodoxa y ácrata; también era pícaro, muy tierno, mujeriego, humano, desinhibido, iconoclasta y a ratos goliardesco. Me acompañó en ese tránsito difícil a través de la primera adolescencia, aprendí de él cosas que sólo podía aprender en las canciones, y no me avergüenza reconocer que contribuyó significativamente mi “educación sentimental”, se me excuse el tópico. Un día de octubre de 1981 su muerte hizo que me sintiera un poco más solo y el mundo se hiciera un poco menos habitable; puede que ese día empezara a lloviznar. Por cierto: dejar sus discos a mi alcance no ha sido la menor de las cosas que mis padres han hecho por mí.

Hoy, un día de mayo de 2013, el mundo se ha hecho otro poco menos habitable, y muchos nos sentimos otro poco más solos, otro poco más abandonados. El segundo Georges,  Moustaki , entró en mi vida unos años después que el primer Georges, justo a tiempo para despertar, en mis emociones adolescentes (pues en aquel entonces éramos adolescentes hasta los 17 o 18 años) sensaciones dulcemente turbadoras, y hacer aflorar sentimientos, deseos y anhelos nuevos y sólo vagamente esperados. Este segundo Georges me acompañó en ese otro tránsito también difícil a través de la última adolescencia, y también aprendí de él cosas que sólo podía aprender en las canciones.  Moustaki era más suave que Brassens, más hermoso en las formas. Era envolvente, acariciante, menos angulosamente combativo y más delicadamente sensual, con una voz rica en matices. Su sensualidad, a ratos decididamente erótica, en otras ocasiones iba por lo epitelial: el mar, el viento, la sal, el sol, el ron; hablaba del amor, de la libertad, de la pereza, de la amistad, del viaje, de eternidades efímeras, del exilio, de su madre judía, de su abuelo griego, de las líneas que no eran rectas. Escuché a Moustaki primero solo, luego con buenos amigos (en Ibiza, a principios de los setenta, qué mejor sitio, qué mejor compañía, qué mejor momento para escuchar a Moustaki), después con la que sería mi mujer, también con mis hijos. Punto culminante, uno de sus penúltimos recitales en el Palau, al que asistí con mi madre y mi hijo, tres generaciones, ahí  es nada. Al año siguiente, sólo con mi hijo. Luego con mi mujer, mi hija y mi hijo.

Precisamente mi hijo me ha escrito desde el desolado paisaje del Portugal profundo; acaba de ver la noticia por televisión, y me dice que nota un vacío mayor que el del paisaje. Y he recibido otros mensajes o correos electrónicos, de mi hija, de una amiga, de otra amiga; más tarde, de otra amiga más. Como si los huérfanos de Moustaki nos apretáramos un poco los unos contra los otros para huir de esa soledad que hoy se ha hecho un poquito más aguda, para protegernos de esa llovizna que hoy es un poco más desapacible.

Parece oportuno tararear:

Et nous sommes restés gros- Jean- comme- devant.
Nous tous qui nous sentions pareils à des enfants,
Qui auraient grandi à l’ombre de ta moustache

Es de una canción que escribió el segundo Georges a la muerte del primer Georges. Viene a decir algo así como que “Nos hemos quedado con dos palmos de narices, nosotros que nos sentíamos como niños que habíamos crecido a la sombra de tu bigote”. Cámbiese “tu bigote” por “vuestros bigotes y barbas”, y es una buena frase para terminar.

Así que hasta aquí he llegado, en esto que no es ni panegírico ni obituario ni epitafio. El cuerpo me pedía escribir algo, y no he podido evitarlo. Sólo lamento no ser capaz de escribir algo un poco mejor. Pero cuando uno va perdiendo puntos cardinales de su personal rosa de los vientos, ¿qué se puede esperar?

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