DOS BOTELLAS DE CHAMPÁN

Un buen día de verano de algún año principios de los 80, un joven que recién empezaba su tesis en ecología marina andaba bajo las aguas de las islas Medes. Buceaba a la caza de algunos datos que, según creía en aquel entonces, le iban a permitir hacer retroceder las fronteras de lo desconocido  y reclamar para su Rey y Señor, la Ciencia, nuevos territorios hasta entonces perdidos en la incertidumbre de lo ignorado. Concluida su inmersión,  se subió a su barca, una neumática algo ajada de cuatro metros de eslora. Experimentaba una discreta euforia, mezcla de la sensación, un tanto subjetiva,  de haber  avanzado un pasito más en la búsqueda del conocimiento, y de la sensual metamorfosis del frío de su neopreno en tibieza, primero, y calor amable después, merced a los generosos rayos de sol en su piel.

A todo esto, algunos barcos de veraneantes iban y venían a su alrededor; uno de ellos echó el ancla con tan mala fortuna que el cabo se enredó en la hélice, y ni la marcha atrás ni los repetidos tirones consiguieron desfacer el enredo, más bien todo lo contrario. Así que los desolados tripulantes,  al ver al joven a medias pertrechado de lo que por aquel entonces todavía se llamaba hombre-rana, recabaron su ayuda. Con el secreto orgullo juvenil de sentirse necesitado en un difícil trance, nuestro aspirante a ecólogo se re-enfundó valerosamente el medio neopreno del que se había desprendido y acudió presto y gallardo al llamado, aleteando airosamente hacia el barco en apuros. Al poco se sumergió bajo el casco y se puso a deshacer el corsé que el cabo había trenzado sobre el eje de la hélice. No fue fácil, pero con un poco de paciencia, esfuerzo y un cuchillo la cosa quedó arreglada en no demasiado tiempo. Al emerger, se encontró con la agradable sorpresa de que los del barco incidentado le obsequiaban con una botella de champán rosado en el punto de temperatura exacto para ser consumida. Fue un gesto sumamente cortés que nuestro joven, veterano de otros rescates improvisados más o menos análogos y que habían sido recompensados, como mucho, con un “gracias” (o “merci” o “thank you”) supo apreciar debidamente. Y que, todo hay que decirlo, aumentó su euforia, que pasó de “discreta” a “evidente”.

Pasaron los años, una treintena por lo bajo.

La historia sigue otro buen día, esta vez  de primavera mediada, en aguas de Cala Montgó. Ahí, un respetado (es un decir) y entrado en años profesor de ecología marina está a bordo de una embarcación cabinada de casi nueve metros de eslora, con algunos alumnos y una compañera. Anda en el empeño de enseñar a esos jóvenes estudiantes algunos rudimentos de eso que llaman ciencia, aunque desde luego no tiene nada claro qué demonios harán luego con los tales rudimentos. Han andado por el fondo, han cazado algunos datos, algunas muestras; los chicos están felices, se trata probablemente de su primera inmersión científica. Es posible que crean que están haciendo retroceder las fronteras de lo desconocido. Hasta es posible que tengan algo de razón.

No muy lejos, un barco despampanante, con una superficie habitable que ya querrían para ellos los pisos de algunos de los estudiantes allí presentes, hace maniobras desesperadas, avante y atrás, para sacar el ancla; no lo consigue, el fondeo ha quedado atrapado en algún obstáculo imprevisto. Al divisar al profesor todavía con medio traje de neopreno y ver a bordo equipos de scuba (cada época tiene su lenguaje), desde el barco hacen gestos en correcto francés para pedir ayuda. El profesor maldice su suerte, ya que es el único con parte del neopreno puesto, además del decano por al menos una generación de ventaja.  A partir de aquí, va a ser tentado tres veces por el Maligno. Primera tentación: la de negarse con cualquier excusa, que se me ha acabado el aire, que me esperan a comer, que el médico me lo ha prohibido. Pero la solidaridad del mar, que funciona incluso con los barcos despampanantes, termina por imponerse. Así que se vuelve a enfundar el traje, húmedo y frío, se pone gafas (graduadas), aletas, plomos,  las botellas a la espalda, nada hasta el barco despampanante de las narices con muy escaso ardor guerrero y nula prestancia, se sumerge y contempla horrorizado como el ancla, de grandes dimensiones, se ha enganchado en la cadena que une dos enormes bloques de hormigón; para acabarlo de arreglar, las maniobras del barco han enredado todos estos elementos muy eficazmente. Sobreviene entonces la segunda tentación: la de salir diciendo que es imposible, que llamen a un equipo profesional de desenredadores, que aquello está lleno de tiburones y de algas carnívoras. Pero  la tentación vuelve a ser vencida, de manera que el improvisado rescatador se pone manos a la obra y, resoplando y con paciencia, consigue que las cosas se resuelvan. Al volver a la superficie, el armador y patrón (al que el profesor rápidamente le adjudica categoría de directivo de banco rescatado que acaba de jubilarse a los 50 años) le dice que le va a hacer un obsequio. El profesor se niega educadamente, con ganas de salir del agua de una vez. Pero entonces dice el propietario: “C’est une bouteille de champagne rosé…”. Las imágenes de otro barco, de otra época, de otra botella de delicioso contenido, de un joven que probablemente era otra persona, vienen de golpe y le hacen sonreír interiormente. Por tercera vez  es tentado: esta vez está a punto de decir que sí, que es su tarifa habitual en estos menesteres. Pero por tercera vez se sobrepone, y, en su lugar, asiente, acepta (cómo le podría explicar al banquero putativo lo de otro barco, otra época, otro joven…), intercambia unas pocas cortesías con él y vuelve a nado a su embarcación con la botella. Tan inesperado botín causa sólo una relativa sorpresa en el estudiantado.

Una botella de champán, una botella de champagne, rosado en ambos casos. ¿Por qué a uno le fascinan tanto estas pequeñas simetrías, que en el fondo no tienen nada de simétricas?

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7 pensamientos en “DOS BOTELLAS DE CHAMPÁN

  1. Me acuerdo perfectamente del día que nos contaste esta anécdota! no sé si fue a raíz de otra intervención en Medas menos meritória que sólo mereció un “merci”… Desconocía que te habían vuelto a pedir auxilio con igual recompensa en la actualidad, y con alumnos! ya tenemos recompensa para el pateo del domingo, por el esfuerzo organizativo… jejeje

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