Dos historias: el viento y el fulgor

Por la mañana. Verano. Un pueblo de Castilla. La posguerra. Es día de feria, se venderán y comprarán caballerías, arreos, herramientas; vendrá gente, habrá bullicio, y también habrá un poco de tiempo para la diversión, sea lo que sea diversión una tarde de verano en un pueblo de Castilla durante la posguerra.

Dos parejas de la Guardia Civil salen del cuartelillo, instalado en un castillo medio en ruinas, y bajan al pueblo a vigilar. Los días de feria llaman al mal tiempo, y no se puede bajar la guardia; aunque por lo general las cosas que surgen aquí y allá nunca suelen pasar a mayores.

Dos gitanos se acercan a la feria desde un pueblo vecino. Llegados, van y vienen, comentan, beben, charlan; uno de ellos gallea un poco, sin objeto especial.

Luego las cosas se tuercen. El gitano tiene mal vino, hay unas palabras, un botellazo y un tabernero termina herido, nada grave, pero se forma un tumulto. El gitano huye.

Acude una de las parejas de guardias, poco después la otra. Salen en persecución del huido. Hace sol, hace calor seco castellano. Una de las parejas sigue el camino; la otra se interna en un olivar para intentar rodearle. Intuyen peligro. Avanzan sin saber muy bien cómo protegerse. Suena un disparo; uno de los guardias civiles cae. Muerto.

El gitano ha disparado; no sabe por qué, creo que no se pregunta por qué. Abandona el arma y huye. Será una huida de varios días, un viaje intenso hacia ninguna parte, por ciudades, pueblos y personas. Explicado por Ignacio Aldecoa, será Con el viento solano.

En la casa- cuartel-castillo han quedado dos guardias de retén. También están las mujeres e hijos de todos ellos, menos del cabo, que es soltero. Llega la noticia de la muerte de un compañero, pero no se sabe quién de los cuatro que salieron es. Será una espera que durará todo el día, una espera que inician los dos guardias sabedores de la noticia pero a la que luego se incorporan, una a una, las mujeres. La espera madura, fermenta casi, en las pequeñas historias, en los pequeños mundos de aquellos hombres y mujeres. Hasta saber la identidad del muerto. Explicado por Ignacio Aldecoa, será El fulgor y la sangre.

Miedo, pobreza, sudor, polvo, huida, espera. La historia de un gitano acorralado, que a lo largo de varios días huye de algo que ni siquiera responde a un porqué. La historia de unas mujeres que una espera de un día entero une en un cuartelillo de un pueblo remoto. Dos historias, una historia, tal vez la Historia.

Encontré Con el viento solano en una librería de lance, y me hice con él sin dudar a un precio irrisorio. Me senté a leerlo en un café mientras esperaba que se hiciera la hora de ir a buscar a unas pruebas médicas a mi tío; empezaba su última batalla.  Unos años más tarde, repesqué El fulgor y la sangre de la biblioteca, ahora fría, de mi padre, y lo fui leyendo aquí y allá. El nombre de Ignacio Aldecoa fue en ambos casos irresistible invitación. Cuando empecé el segundo libro, no sabía que era la otra historia de aquella historia que había empezado a leer unos años antes tomando un café. Lo fui intuyendo poco a poco, hasta que la evidencia cristalizó  en un momento de intenso gozo literario.

Me temo que acabo de hurtar la posibilidad de disfrutar de un momento similar a cualquiera que haya leído esto. Como compensación, que piense que no conocer esas dos novelas significa un aliciente para su futuro como lector. Ese aliciente para mí ya es pasado.

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3 pensamientos en “Dos historias: el viento y el fulgor

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