EL PRIMER NIÑO QUE LEYÓ TINTÍN

Una entrada para celebrar el día de Sant Jordi. Intento explicar una historia que tiene varios principios y no sé si algún final.

El día de Sant Jordi (San Jorge, se decía entonces, o simplemente Día del Libro) era un día especial para mi familia. Mi padre solía salir por la mañana a firmar sus obras, y a veces íbamos a verlo, a las Ramblas, al Paseo de Gracia o a alguna librería, que entonces, oh paradoja, había bastantes. A mis ojos de niño, resultaba maravilloso que la gente quisiera leer lo que mi padre había escrito; de hecho, me sigue pareciendo maravilloso ahora. Y encima que se acercaran a él para que les firmara una dedicatoria: “Con un amistoso saludo, Luis Romero”; por cierto, para desesperación de mi madre, que solía recriminarle que para ser un escritor, mostraba bien poca imaginación en la dedicatorias. Luego mi madre, por la tarde, me acompañaba a recorrer puestos, a husmear entre libros, siempre amparado por un pequeño crédito a fondo perdido que me permitiría comprar un volumen, tal vez dos si sabía administrarme bien. Y el día terminaba en el altillo de la Librería Argos, donde se reunían escritores del momento. La historia que quiero explicar empieza justamente un Día del Libro, concretamente el Día del Libro de 1964. Ese día mi padre publicó un artículo en La Vanguardia, y ese artículo desencadenó una serie de hechos, muy modestos en verdad, pero de los que quiero dejar constancia, cuando se cumplen 49 años de su publicación.

En realidad, puede que la historia no empiece el día de Sant Jordi de 1964, sino un día de septiembre de 2011, mientras espero embarcar en un vuelo hacia Milán de una aerolínea de bajo coste. El vuelo anda retrasado, no mucho, sólo unas pocas horas, y pienso que aterrizaremos muy tarde en Milán. Allí me esperan para llevarme en coche hasta Génova, donde al día siguiente a primera hora he de pronunciar la conferencia inaugural de un congreso. Eso quiere decir que llegaré a las tantas al hotel, me iré a dormir a las cuantas tras repasar mis notas para la charla, al día siguiente habrá que madrugar, estar brillante, sonreír a todo el mundo… O sea: que estoy de mal humor. El bocadillo al que me han invitado a guisa de compensación por el retraso era realmente desangelado, así que ha empeorado las cosas. De forma que busco consuelo en la lectura: hace tiempo que a todas partes voy con un libro encima, y así los tiempos muertos se convierten en tiempos muy vivos. Serán las influencias de aquellos lejanos días del libro… Salgo de mi enmimismamiento literario forzado por un súbito movimiento, en régimen turbulento, de mis compañeros de espera. Me consta que ese tipo de movimiento suele preludiar infaliblemente el anuncio de embarque; y así es: una voz, en la que incomprensiblemente no hay ni rastro de culpabilidad o arrepentimiento, empieza a pedirnos (ordenarnos, conminarnos) que nos dirijamos a la puerta tal. Casi a la vez, vibra mi móvil en el bolsillo. Tantos estímulos simultáneos me desconciertan, cojo el móvil, cierro el libro, busco la puerta tal, miro el número, desconocido, dudo entre responder o no, al final me decido y respondo, mientras me dirijo a la cola de embarque, y meto el libro en la mochila (tres acciones a la vez, me digo admirado). La llamada es de un tal Joan Manuel Soldevilla, que se presenta como catedrático de lengua y literatura, aunque pronto percibo que su verdadera naturaleza, o al menos la naturaleza con la que yo voy a tratar, es la de tintinólogo, tintinófilo o, mejor,  tintinaire (tintinero). Conversamos brevemente, y quedamos emplazados para comunicarnos y vernos más adelante. Las investigaciones de Soldevilla, de las que me hace un breve y amable resumen, hacen que, cuando embarco, lo haga como el primer niño documentado que leyó Tintín a casa nostra, désele al “nuestra” el alcance que a cada uno le parezca. Estoy sorprendido, e incluso secreta e injustificadamente orgulloso.

Ahora bien, también puede que la historia no empiece ni en 1964 ni en 2011, sino un día de diciembre de 1960, probablemente el día 10, cuando cumplí cinco años. Mi madre, que traducía para editorial Juventud, me regaló una primicia: un libro grande, en cuya portada se veía un señor (sí, un señor, eso me pareció a mí entonces) con un incomprensible tupé que miraba, con cara de susto, una seta gigante; a su lado, un perrito blanco compartía el susto de su amo.  Yo todavía no iba a la escuela, pero, rodeado de letras por todas partes, me desenvolvía bien en la leImagenctura. Así que inmediatamente quise saber de la seta gigante y del señor del mechón inverosímil, y me interné intrépidamente en aquellas páginas para conocer a un vejete sabio amante de los caramelos blandos llamado profesor Calys, a Philippulus el Profeta, y, más tarde, a un capitán algo borrachuzo, barbudo y malhablado, que me ayudó a enriquecer mi vocabulario, a la sazón algo limitado en ciertas especialidades. Y me estremecí con arañas gigantes y aerolitos ígneos, y navegué a bordo del Aurora hasta el Ártico, escandalizado por la maldad del financiero Bohlwinkel. Llegué a la última página satisfecho, exaltado y algo decepcionado, como sólo satisface, exalta y decepciona el final de un hermoso viaje. Al cerrar el libro hallé consuelo inmediato: la contraportada anunciaba bien a las claras que aquello no terminaba allí. Que había más. Que habría más. Fue el comienzo de una gran y larga amistad.

Por este lado, la historia continúa con un niño, o sea yo, que fue (que fui) creciendo en muchas y muy buenas compañías; entre ellas, y no la menor, los libros de Tintín, que me fueron llegando con cuentagotas. Leí los libros, los releí, y cuando los hube leído y releído pues, claro, los volví a leer. Con ellos descubrí, vibré, imaginé, viajé, aprendí. No creo que pueda escribir sobre Tintín nada que no haya sido escrito ya, y además quiero evitar caer en tonos excesivamente elegíacos o laudatorios. Así que puede que baste decir que leyendo Tintín pasé momentos muy felices, ¡mil rayos!

Otra parte de esta historia sigue con un intercambio de correos electrónicos. Joan Manuel Soldevilla me manda copia del artículo de mi padre del 23 de abril de 1964 que documenta y acredita mi primogenitura lectora, o como se llame. Habla de él, de mí, de mi madre, de nosotros, de nuestros respectivos días del libro, y describe mi incipiente biblioteca y el derecho que me asiste a comprar un nuevo Tintín, si se ha publicado. Me emociona releerlo. Soldevilla, al cabo de unos cuantos correos más, viene a verme a mi despacho de la facultad. Luego diría de mí que tengo aire discreto y british. Yo no sé qué decir de él, salvo que tiene el aspecto exacto que yo esperaría encontrar en un tintinólogo-tintinaire, y eso a pesar de que nunca se me ha planteado imaginar qué aspecto ha de tener un tintinólogo-tintinaire. Charlamos todo lo que da de sí el limitado tiempo de que disponemos uno y otro, sintonizamos desde nuestros mundos algo alejados. Pero no disjuntos: como él dice, Tintín une. Le explico unas pocas cosas, y aprovecho que tengo delante una enciclopedia tintinera para preguntar y enterarme de muchas otras, bastante intrascendentes para el común de los mortales, pero de las que conocer las respuestas me produce un intenso placer. También aprovecho para matizar fechas (cuando se publicó el artículo de mi padre, en el que se alude a El asunto Tornasol, yo ya llevaba casi nueve años leyendo tintines), y para insistir en que, con total seguridad, yo no había sido el primer niño en leer Tintín, ni de aquí ni de ninguna otra parte, entre otras cosas porque se habían publicado otros tintines en castellano antes de La estrella misteriosa, y porque, según comprobé en 1961 cuando empecé a ir al Liceo Francés, algunos de mis compañeros, especialmente los mayores, me llevaban gran ventaja gracias a privilegiadas y envidiables conexiones transpirenaicas. No nos cuesta pues convenir que el quid está en la palabra “documentado”, que he omitido del título de esta entrada por motivos obvios de mercadotecnia.

Soldevilla convirtió nuestro encuentro en material para un entrañable artículo (El primer nen que va llegir Tintin) que fue publicado en el nº 17 de la revista Jo encara diría més (yo aún diría más), de la asociación 1001 (léase en catalán, mil u, un quiebro ingenioso para evitar la voracidad de los propietarios de los derechos de autor).

Y la historia casi podría terminar con una pequeña sorpresa: la que me llevé el día 20 de abril, cuando vi en La Vanguardia, en la columna de Màrius Serra, El primer lector, que se hablaba de Soldevilla y de su libro Som i serem (tintinaires), en el que el artículo se ha convertido en capítulo. Al parecer, a Màrius Serra le ha llamado la atención la anécdota, la recuera y resume, y salgo con nombre y apellidos. Vuelvo, pues, a La Vanguardia, y se cierra el círculo que ratifica y certifica mi condición de primer lector documentado de Tintín en nuestro país. Un regalo (de mi madre) y tres artículos (de mi padre, de Soldevilla, de Serra) me han conferido tan singular condición; yo no he puesto nada por mi parte, salvo una cierta voracidad lectora. Con tales credenciales, puede que salte a la fama: soy carne de cañón para algún programa de telerrealidad. Pero bueno, dejemos eso. Dice Màrius Serra que siempre es emocionante creer que hemos llegado los primeros a un lugar ignoto. Soy consciente de que ni llegué primero, ni el lugar era ignoto. Eso sí: fue emocionante igual, tanto aquel día de diciembre de 1960 como aquel otro de septiembre de 2011.

Pero aspiro a que la historia continúe. De hecho, la historia continuó cuando nacieron mis hijos, y volví a adentrarme con ellos en el universo de Tintín, empezando, cosas que pasan, por La estrella misteriosa. Primero conmigo, luego por su cuenta, disfrutaron tanto como yo había disfrutado. Vi como pasaban con sus manos (pequeñas, al principio, luego cada vez mayores) las mismas páginas, que mis manos (también pequeñas, al principio) habían pasado un montón de años antes. Y luego pasó más tiempo. Ahora, la colección completa está descansando (relativamente: me malicio que algunos volúmenes hacen de vez en cuando excursiones clandestinas) en una estantería, con bastantes cicatrices pero aún gallarda, esperando a pie firme a la siguiente generación. Cuando llegue el momento, tengo planeado estar presente, al frente de mis tintines, auténticos grognards de mi biblioteca. Pero por si acaso, dejo escrita mi voluntad de que empiecen a leer Tintín como es debido, es decir, por La estrella misteriosa.

Y espero también que alguien les explique que fui el primer lector (documentado) de Tintín en el país.

Addendum
El enlace al artículo de Màrius Serra sólo funciona para suscriptores de La Vanguardia, hasta pasados 30 días de su publicación. El 50 de abril, por tanto, actualizaré el enlace al documento que entonces será público.

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6 pensamientos en “EL PRIMER NIÑO QUE LEYÓ TINTÍN

  1. -Llengut! pelacanyes! facinerós! esgarriacries! nyèbits! catracòlics! mal rellamp! ectoplasma! tros de quòniam! nap buf! llepacassoles! xitxarel•lo! espolsasacs! icitosauri! mort de gana! ancaboterut! antropòfag! cripctocèfal! esquizofrènic! galàpet!

    -És inútil capità! ara ja és massa lluny.

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    • Pero el Capitán no se dio por vencido y fue a por un megáfono para hacer llegar sus opiniones, expuestas con todo lujo de detalles, a aquel negrero puesto en fuga.
      Me suena a “Stock de coque”.

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  2. Pingback: Història d’un article | Tintín en català

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  5. Pingback: SOM I SEREM (TINTINAIRES) (2013) – Joan Manuel Soldevilla | El Biblionauta

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