LA MÚSICA DE DOS MÁQUINAS DE ESCRIBIR

Querría haber empezado diciendo que la música de mi infancia se la debo a dos máquinas de escribir. Pero cuando iba a decirlo me he dado cuenta de que la afirmación iba a sonar vaga, parcial, o totalmente incomprensible a una mayoría. Por lo que cambio de planes narrativos para una conveniente digresión histórica.

Así que empezaré diciendo que antes, en un pasado que no requiere fechado preciso ni siquiera orientativo, pero que sin duda abarca mi niñez, muchos años antes y unos cuantos después, existían unos cachivaches mecánicos que servían para escribir textos pulcramente, o al menos esa era la intención. Es decir, servían para lo mismo  que sirve hoy un ordenador más un procesador de texto más una impresora; bueno, exactamente para lo mismo no, pero se le parecía. Entre las diferencias, por ejemplo, que la máquina de escribir no estaba conectada a internet ni necesitaba antivirus, y que cuando se colgaba, una simple operación manual solucionaba el problema. Entre las similitudes: que tenía teclas con letras y números, en una disposición que, con algunas licencias nada poéticas, se mantienen en los ordenadores actuales. Cuando se pulsaba una tecla, unos engranajes misteriosos que olían a polvo y disolvente, o a lo mejor era lubricante, hacían que una especie de patilla saliera disparada en un arco perfecto hacia el papel, firmemente sujeto por un rodillo. Como por arte de magia, un momento  antes de impactar se levantaba una cinta de tela entintada, con tan buena fortuna que la letra que figuraba en la tecla pulsada quedaba indeleblemente marcada en la hoja. El proceso iba acompañado por un “clac”, o “plac” o incluso “tlac”, o muchas otras variantes, pues cada máquina tenía su voz. Por cierto: la máquina de escribir era absolutamente implacable con los errores. Lo escrito, escrito quedaba. Tengo para mí que la sana costumbre de pensar primero, dar forma a las frases en la cabeza y, una vez encontrada la idea adecuada y la construcción que mejor la expresaba, pasarla al papel, murió con la máquina de escribir. Con el ordenador nació la posibilidad, muy popular, me temo, de escribir por ensayo y error, es decir, teclear primero y pensar después. Bueno, la intención de mi digresión histórica no era, no es, salirme por la tangente de una elegía de la máquina de escribir, sino explicar, ilustrar su sonido, el “clac”, o “plac”, o “f-flac”, o incluso “tlac”. Un sonido físico, totalmente mecánico y primario, resonante de vocales fuertes, atlético  y en absoluto discreto. Quien no lo haya oído, que no lo intente asimilar al “tlt” o “plp” o “tsk” fofos y avocálicos de los teclados actuales.

Como iba diciendo, pues, la música de mi infancia se la debo a dos máquinas de escribir. Las oía ya desde la escalera, acogiéndome a la vuelta del colegio. Al llamar al timbre una de las dos, o a veces las dos, callaban, no sin antes una última andanada de “placs”, quien sabe si el final de una frase, el de una línea o el de una idea. Saludos, conversaciones, merienda… Luego, una vez en mi cuarto, haciendo deberes, leyendo o jugando, el paisaje sonoro recuperaba los “placs”, atenuados por las paredes pero cercanos, envolviéndome con su familiar amabilidad. Eran, en cierta forma, las voces de mi padre y de mi madre. Superpuestas, pero inconfundibles. Mi padre, con un tecleado enérgico y levemente arrítmico, de mecanógrafo autodidacta; mi madre, con un tecleado fluido, académico de ocho dedos (y el pulgar para la barra de los espacios). El uno inventaba historias, vidas, emociones; la otra asimilaba historias, vidas y emociones que habían sido pensadas en otros idiomas y las repensaba para escribirlas en castellano. Había diálogos entre los dos instrumentos, pocos silencios, muchos dúos y algún solo, había pianissimi, y también había auténticos crescendi. La música me abrazaba y, ahora me doy cuenta, creaba para mí una especie de atmósfera cálida y protectora, confortable, íntima, en la que me sentía tremendamente seguro y a gusto.

Cuando abro un libro  escrito por mi padre o traducido por mi madre me gusta zambullirme en los párrafos, apartar las frases, atravesar las palabras y llegar a las letras. Aquellas letras, cada una de ellas, todas ellas, sonaron un día “plac” y aquellas frases fueron la música de mi infancia.

Puede que por eso mi oído para la otra música sea tan limitado.

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5 pensamientos en “LA MÚSICA DE DOS MÁQUINAS DE ESCRIBIR

    • Pues me entusiasmó el programita ese, así que le puse música de máquina de escribir a mi ordenador la mar de contento, pero la familia se me plantó y me amenazó con un escrache si no silenciaba el artilugio.

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  1. La música, un complement genial per l’entrada! 🙂 La complicitat entre el “solista-màquina d’escriure” i el director és meravellosa.

    És curiós el que recordem de la infantessa, i com aquests records ens fa sentir segurs.

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  2. Por lo que leo, tienes buenos genes literarios!
    Me ha recordado que mis primeros trabajos para la universidad los tuve que hacer con maquina de escribir, pues en la residencia no tenia ordenador y entonces, todavia habia chicas que tenian maquinas de escrbir. Yo ni siquiera sabia escribir a maquina (escribo de forma autodidacta), asi que siempre tenia que enganyar a alguna companyera para que me pasara a maquina mis textos, dossieres, etc… 🙂
    Tambien me ha recordado a una de mis peliculas preferidas de ninyez, “Lio en los grandes almacenes”, con la gran escena de la maquina de escribir (inolvidable):

    Saludos!

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  3. Pingback: Luis Romero Pérez | El Biólogo Descarriado

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