EL DÍA MÁS FELIZ

Espero.

La furgoneta está encarada hacia la salida. He aprendido que eso gusta a los Técnicos. Sí, ya sé, me dicen que no le he de poner mayúscula a esa palabra, pero es que yo la pienso con mayúscula, qué le vamos a hacer. Espero, digo, y antes o después, bueno, antes nunca, pero a veces mucho después, los Técnicos llegan, siempre con prisas, cargando carpetas, maletines y otros bultos misteriosos y muy importantes. Puede que saluden, puede que no: tanto da. Todavía no conocen mi secreto, cuando lo conozcan seguro que sí me saludarán, y hasta me sonreirán y me harán alguna de esas bromas que se hacen entre ellos y que nunca entiendo, pero que entonces entenderé. Mientras se montan hablan, deprisa, siempre parecen enfadados; y yo, como es mi deber, busco, a través de sus conversaciones, el ruido de las puertas que se van cerrando, al ritmo que marca el día, el humor o el azar: raramente chac-chac-chac, más a menudo chac-chac- -chac, o chac-ch-chac, o cha-chac- -chac; en el tercer chac arranco.

Conduzco.

El camino tiene poca historia. Puede ser corto o largo, fácil o complicado; bueno, fácil podría serlo pero nunca lo es. Lo que le pasa es que no tiene interés. No me imagino por la noche en casa explicando el camino; otras cosas sí, las explico, luego se verá. Pero volvamos al camino. Suelo estudiarlo antes, y me echa una mano la chica de Logística, que me sopla itinerarios, vueltas, calles o carreteras que memorizo cuidadosamente. Me gusta esa ayuda femenina. Y es que no es sólo la ayuda, que no viene nada mal, claro, sino, sobre todo, que veo que no hace lo mismo con otros conductores, y eso me hace sentir especial. Lo que no me gusta es verla fruncir el ceño cuando le hago repetir las cosas por tercera vez. Ahora bien, cuando al final consigo meter en mi cabeza nombres, direcciones y giros, todo es ya más fácil, y luego conduzco de carrerilla. Eso sí, de vez en cuando echo un vistazo a la pantalla del GPS donde aparecen líneas, colores, formas, letras y números. No lo necesito, en realidad no entiendo nada de esa pantalla; lo hago sólo para tranquilizar al Técnico que se sienta a mi lado. Sé que Ellos, bueno, ellos, confían en las pantallas, en las líneas de colores, y quiero que se den cuenta que yo también soy de pantallas, que soy, o al menos puedo llegar a ser, uno de los suyos.

Estaciono.

Dejar la furgoneta donde dicen que debe estar es lo que menos me gusta. Viene a ser una especie de lucha entre lo que ellos quieren y lo que yo puedo. Cuando no atino, hay palabras que decido no escuchar, ni siquiera oír. Otras veces consigo más de lo que puedo, y entonces permito volver a escuchar. Cuando por fin pongo el freno de mano, empieza la actividad, la suya, me refiero, y a mí me toca apartarme. Pero es el rato más feliz del día. Primero me retiro unos pasos, para ver cómo la antena que va montada en el techo empieza a desplegarse, y siento un cierto orgullo al percibir que su forma, cuyo nombre ignoro, pero que entiendo hermosa, queda mirando al cielo. Y como ya nadie me hace caso, bueno, me refiero a ningún caso, porque mucho caso no me hacen nunca, me acerco a la puerta para ver cómo alinean la antena. Es delicioso observar al Técnico con su pantalla en las rodillas, una pantalla con números y muchas líneas, unos círculos, puntos de colores, cajitas, observar, digo, como va manipulando sus teclas y botones, ver como los dibujos de la pantalla cambian, unas líneas que estaban abajo suben, otras pasan del rojo al verde, o viceversa, el número de arriba a la derecha parpadea, y los de debajo también, hay agitación en la pantalla, el Técnico se esfuerza y, antes o después, todo queda en su sitio. Ese es el momento más dulce: el momento en que todo queda en su sitio. Sé anticiparlo, sé ver en la pantalla cuando se acerca, cuando el maldito satélite está a punto de ser cogido. La vedad, no sé muy bien que es un satélite, una vez pregunté y me dijeron que era algo que iba por el cielo. Pero por mucho que me he esforzado y me he pasado rato mirando hacia donde mira la antena, nunca ha visto nada. Eso sí, debe ser algo maligno, por lo del maldito, digo, pero tampoco demasiado maligno, ya que lo del maldito nunca se pronuncia con rabia excesiva. Y es que me fijo en todo. Pues como decía: cuando noto que se acerca el momento cierro los ojos voluptuosamente, y espero el “¡lo tengo!” (o el “ok!”, o el “¡es mío!”, o el “¡tío, ya está!”), que me confirma lo que ya sabía, y entonces abro los ojos, y líneas y colores en la pantalla, serenos, certifican la alineación o como se diga, y suspiro sin que nadie me oiga. Suspiro, feliz, porque, una vez más, todo está bien en el mejor de los mundos.

Confieso.

Ahora ha llegado el momento de hablar de mi secreto. Porque, sí, tengo un secreto, creo que lo dije antes. El secreto es que sé cómo se hace. Que sé cómo se hace eso de alinear la antena y alcanzar la perfección, quiero decir. Me he fijado bien. Veces y veces. Primero los círculos; hay que hacer que unas marcas rojas coincidan con otras amarillas, y para eso se usan las palanquitas. Luego se da a los botones con flechas, para que unas líneas se hagan más altas, y cada vez sean más verdes. También hay que conseguir que unas cifras que parpadean se queden fijas, y eso no estoy seguro de cómo se consigue, pero creo que apretando las teclas de los números; no puede ser muy difícil. Y unos detalles más que me sé a la perfección: no en vano he observado. He observado, digo, los afanes de muchos Técnicos, torpes, expertos, pacientes, bruscos, despistados y hasta uno bizco, que de tan bizco que era, el pobre, casi no se le entendía al hablar. Y tengo el secreto. Es mi orgullo, mi tesoro oculto. Tanto es así que por la noche, en casa, no se habla de otra cosa. Nada más llegar, o durante la cena, o después, en la sobremesa, me encanta explicar con detalle cómo lo ha hecho el Técnico, y describo con ternura cómo los indicadores de la pantalla bailaban primero, y bajo los movimientos de los dedos del Técnico, que reproduzco con precisión, han terminado por rendirse en silencio, con sus colores y sus líneas, y cómo al final el satélite (maldito) ha quedado alineado. También, cuando estoy de buen humor, cuento cómo todo hubiera sido mejor y más satisfactorio de haber tenido yo el control. Lo explico una y otra vez, aclaro las dudas, y al final todos asienten, me felicitan y me miran con admiración. Bueno: en realidad asentirían, me felicitarían, y me mirarían con admiración, si hubiera alguien en mi casa, además de mí. Pero eso es otro asunto, sin importancia. Algún día lo arreglaré, tal vez con la chica de logística, si logro convencerla de que repetir las cosas unas cuantas veces no es tan malo. Pero… ¿qué importancia tiene eso comparado con mi conocimiento de la sabiduría de los Técnicos?

Añado.

De hecho, tengo otro secreto; en realidad, un deseo. Pero un deseo secreto: deseo hacerlo. Y como lo deseo muy fuerte, sé que un día pasará. Me dejarán, o me lo pedirán. Y yo me sentaré con la pantalla en las rodillas, pondré la misma expresión atenta y tensa que he visto poner, trastearé con los controles, hasta que llegue el éxtasis cuando haya ajustado todo bien y deprisa. Tengo que preparar una frase memorable para la ocasión, algo como “Ahí lo tenéis”, o “Alineado”, o “Roger, Eco Foxtrot”, que no sé qué quiere decir pero me suena de alguna parte y queda muy profesional. Será hermoso ver cómo quedan asombrados de mi pericia, oírles preguntarse cómo he podido aprender sus secretos. Y luego me felicitarán, me palmearán la espalda, me sonreirán. Habrán visto que soy de los suyos, y a lo mejor hasta me dejan ir a tomar un café con ellos, al café de los Técnicos, donde quiera que esté eso. Cuando por la noche llegue a casa, lo celebraremos a lo grande. Compraré algo especial, un refresco tal vez, y chocolatinas, o puede que caramelos blandos. Y me las-los comeré mientras explico cómo ayudé al equipo, porque entonces habremos sido un equipo, mi equipo, y como moví palanquitas y ruedas, pulsé teclas, y conseguí la armonía en la pantalla superando todos los problemas uno por uno, y hasta explicaré las palmadas, las sonrisas, y el café si al final ha habido café, bueno, puede que lo del café lo explique aunque no sea verdad, una pequeña exageración, uno se la puede permitir de vez en cuando.

Declaro.

Ese será el día más feliz de mi vida.

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