BORRONES DEL DESTINO

Un móvil al que llamaremos Fito sale del punto A en dirección al punto B, con una velocidad supuestamente uniforme v. Otro móvil, al que llamaremos Lola, sale del punto A’ en dirección al punto B’, con velocidad también supuestamente uniforme v’. Dadas las coordenadas de A, A’, B y B’, así como los valores de v y v’ (sólo los módulos), puede calcularse fácilmente que ambos móviles van a coincidir en el tiempo t en el punto intersección de los segmentos AB y A’B’, al que por comodidad llamaremos x.

Bueno. Pero aclaremos que Fito y Lola, como móviles, tienen algunas peculiaridades. Para empezar, tienen volumen, cosa que siempre ha sido un auténtico incordio para los problemas de móviles puntales. También tienen masa, consecuencia casi inevitable, en los días que corren, de tener volumen. Para acabarlo de arreglar, su masa no se dispone según ninguna figura medianamente geométrica, ni siquiera por aproximación. Peor aún, ambos móviles exhiben un atributo por el que las leyes de la física –y las del Destino- sienten un horror absoluto: tienen voluntad, albedrío, o al menos se les supone. Corolario: miran un escaparate, curiosean en las portadas de los periódicos alineados en el kiosco, saludan a un conocido, con el que incluso puede que se paren a intercambiar unas palabras, aprietan el paso a la vista de un semáforo que va a pasar a rojo, lo aflojan porque de repente el aire tibio de la mañana, o el verde incipiente de las hojas de los árboles, o cualquier otra cursilería por el estilo, les susurra al oído que para qué tanta prisa… Escolio: v y v’ (recordemos, las velocidades) son entelequias formalmente intratables y uniformemente desconcertantes.

El enunciado inicial lo tomamos pues como una grosera simplificación, apenas descriptiva del momento en que dos personas echan a andar. Como el enfoque, básicamente cinemático, del asunto deja grandes lagunas, abrimos un breve paréntesis aclaratorio.

Fito y Lola son dos personas, hombre y mujer respectivamente, adulto tirando a otoñal él, adulta tirando a primaveral ella. Él, con una mochila bastante llena ya de sus historias, mochila que a ratos se le antoja pesada, sobre todo cuando aprieta la convicción de que algunas cosas mejor no llevarlas ahí, o cuando abruma, aunque sea pasajeramente, la conciencia del vacío de cosas que ya no formarán nunca parte de esa carga. Ella, una mochila con más ilusiones que recuerdos, con más proyectos que pasado, una fuerza más levitatoria que gravitacional, aunque puede que ella no se dé cuenta.  Fin del paréntesis aclaratorio, y así ahorramos detalles, descripciones, recorridos vitales, situaciones socioeconómicas y demás nimiedades engorrosas.

Cuando los móviles Fito y Lola iniciaron su movimiento, el Destino había esbozado un guión. Para algo era el cálculo de velocidades, de trayectorias, la determinación del punto de encuentro (recordemos, x, al tiempo t): dos personas que están donde no tenían que estar, una palabra, unos ojos, un tal vez, un perdona, qué más da, los accesorios del asunto vienen por separado, una chispa, un algo, un algo que prende, que va a más, que crece, amor, pasión, deseo, lo que sea, hermoso, inesperado, vital, lleno de posibilidades, emociones, y el final ya se vería, que el Destino está siempre muy ocupado y no puede desarrollar a fondo los guiones.

Pero ya hemos apuntado al principio las dificultades de calcular cosas de móviles con masa y voluntad, y que encima se mueven a velocidades uniformemente desconcertantes. Por lo tanto no resulta extraño que en el punto x al tiempo t no estén ni Fito ni Lola. Ni siquiera consta que puedan verse, o entreverse, ni mucho menos que por unos instantes tengan, en forma de breve escalofrío en las yemas de los dedos, la sensación de que los rozaba, sin llegar a tocarlos, la felicidad, o al menos una ración generosa de felicidad que hubiera podido corresponderles, y que se les va –se les ha ido- para siempre y sin remedio.

Pero el Destino es gato viejo. Así, igual que Fito y Lola habían sido proyectados el uno hacia el otro, con poca, digamos, puntería, también lo fueron Fonsi y Lita, Fran y Lea, Fidel y Lidia, Flavio y Lourdes, Félix y Lucila, Fausto y Luisa, Fermín y Laura, Firmo y Livia, Ferran y Laia, Floro y Leire, y muchos más. Todos marraron. Todos, salvo Fabián y Lara. Y el destino, satisfecho, agradeció a la mecánica estadística lo que no había podido cumplir la cinemática.

En momentos de bienaventurada dicha, Fabián (o Lara) pensaban en lo improbable del feliz suceso de haberse encontrado.

Cuando los ecos de esas reflexiones llegaban al Destino, le hacían sonreír; entonces, recordaba con un punto de suficiencia a Fito y Lola, Fonsi y Lita, Fran y Lea, Fidel y Lidia, Flavio y Lourdes, Félix y Lucila, Fausto y Luisa, Fermín y Laura, Firmo y Livia, Ferran y Laia, Floro y Leire, y muchos más.

Simples borrones.

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4 pensamientos en “BORRONES DEL DESTINO

  1. Aclaro que el “me gusta” que parezco haber asignado a mi artículo ha sido un accidente involuntario que no sé cómo eliminar. Eso sí: WordPress me ha mandado un mail diciéndome que soy un vanidoso, habrase visto.
    Pero como no me deja retractarme, ahí queda, oh oprobio, la prueba palpable de mi infinita soberbia.

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  2. Y eso sin contar con el sopapo que les dio el segundo principio de la termodinámica a Federico y Lucía cuando años después de haberse encontrado, se desencontraron. ¿O eso les pasó a Lorenzo y Fátima?

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