EL PRIMER NIÑO QUE LEYÓ TINTÍN

Una entrada para celebrar el día de Sant Jordi. Intento explicar una historia que tiene varios principios y no sé si algún final.

El día de Sant Jordi (San Jorge, se decía entonces, o simplemente Día del Libro) era un día especial para mi familia. Mi padre solía salir por la mañana a firmar sus obras, y a veces íbamos a verlo, a las Ramblas, al Paseo de Gracia o a alguna librería, que entonces, oh paradoja, había bastantes. A mis ojos de niño, resultaba maravilloso que la gente quisiera leer lo que mi padre había escrito; de hecho, me sigue pareciendo maravilloso ahora. Y encima que se acercaran a él para que les firmara una dedicatoria: “Con un amistoso saludo, Luis Romero”; por cierto, para desesperación de mi madre, que solía recriminarle que para ser un escritor, mostraba bien poca imaginación en la dedicatorias. Luego mi madre, por la tarde, me acompañaba a recorrer puestos, a husmear entre libros, siempre amparado por un pequeño crédito a fondo perdido que me permitiría comprar un volumen, tal vez dos si sabía administrarme bien. Y el día terminaba en el altillo de la Librería Argos, donde se reunían escritores del momento. La historia que quiero explicar empieza justamente un Día del Libro, concretamente el Día del Libro de 1964. Ese día mi padre publicó un artículo en La Vanguardia, y ese artículo desencadenó una serie de hechos, muy modestos en verdad, pero de los que quiero dejar constancia, cuando se cumplen 49 años de su publicación.

En realidad, puede que la historia no empiece el día de Sant Jordi de 1964, sino un día de septiembre de 2011, mientras espero embarcar en un vuelo hacia Milán de una aerolínea de bajo coste. El vuelo anda retrasado, no mucho, sólo unas pocas horas, y pienso que aterrizaremos muy tarde en Milán. Allí me esperan para llevarme en coche hasta Génova, donde al día siguiente a primera hora he de pronunciar la conferencia inaugural de un congreso. Eso quiere decir que llegaré a las tantas al hotel, me iré a dormir a las cuantas tras repasar mis notas para la charla, al día siguiente habrá que madrugar, estar brillante, sonreír a todo el mundo… O sea: que estoy de mal humor. El bocadillo al que me han invitado a guisa de compensación por el retraso era realmente desangelado, así que ha empeorado las cosas. De forma que busco consuelo en la lectura: hace tiempo que a todas partes voy con un libro encima, y así los tiempos muertos se convierten en tiempos muy vivos. Serán las influencias de aquellos lejanos días del libro… Salgo de mi enmimismamiento literario forzado por un súbito movimiento, en régimen turbulento, de mis compañeros de espera. Me consta que ese tipo de movimiento suele preludiar infaliblemente el anuncio de embarque; y así es: una voz, en la que incomprensiblemente no hay ni rastro de culpabilidad o arrepentimiento, empieza a pedirnos (ordenarnos, conminarnos) que nos dirijamos a la puerta tal. Casi a la vez, vibra mi móvil en el bolsillo. Tantos estímulos simultáneos me desconciertan, cojo el móvil, cierro el libro, busco la puerta tal, miro el número, desconocido, dudo entre responder o no, al final me decido y respondo, mientras me dirijo a la cola de embarque, y meto el libro en la mochila (tres acciones a la vez, me digo admirado). La llamada es de un tal Joan Manuel Soldevilla, que se presenta como catedrático de lengua y literatura, aunque pronto percibo que su verdadera naturaleza, o al menos la naturaleza con la que yo voy a tratar, es la de tintinólogo, tintinófilo o, mejor,  tintinaire (tintinero). Conversamos brevemente, y quedamos emplazados para comunicarnos y vernos más adelante. Las investigaciones de Soldevilla, de las que me hace un breve y amable resumen, hacen que, cuando embarco, lo haga como el primer niño documentado que leyó Tintín a casa nostra, désele al “nuestra” el alcance que a cada uno le parezca. Estoy sorprendido, e incluso secreta e injustificadamente orgulloso.

Ahora bien, también puede que la historia no empiece ni en 1964 ni en 2011, sino un día de diciembre de 1960, probablemente el día 10, cuando cumplí cinco años. Mi madre, que traducía para editorial Juventud, me regaló una primicia: un libro grande, en cuya portada se veía un señor (sí, un señor, eso me pareció a mí entonces) con un incomprensible tupé que miraba, con cara de susto, una seta gigante; a su lado, un perrito blanco compartía el susto de su amo.  Yo todavía no iba a la escuela, pero, rodeado de letras por todas partes, me desenvolvía bien en la leImagenctura. Así que inmediatamente quise saber de la seta gigante y del señor del mechón inverosímil, y me interné intrépidamente en aquellas páginas para conocer a un vejete sabio amante de los caramelos blandos llamado profesor Calys, a Philippulus el Profeta, y, más tarde, a un capitán algo borrachuzo, barbudo y malhablado, que me ayudó a enriquecer mi vocabulario, a la sazón algo limitado en ciertas especialidades. Y me estremecí con arañas gigantes y aerolitos ígneos, y navegué a bordo del Aurora hasta el Ártico, escandalizado por la maldad del financiero Bohlwinkel. Llegué a la última página satisfecho, exaltado y algo decepcionado, como sólo satisface, exalta y decepciona el final de un hermoso viaje. Al cerrar el libro hallé consuelo inmediato: la contraportada anunciaba bien a las claras que aquello no terminaba allí. Que había más. Que habría más. Fue el comienzo de una gran y larga amistad.

Por este lado, la historia continúa con un niño, o sea yo, que fue (que fui) creciendo en muchas y muy buenas compañías; entre ellas, y no la menor, los libros de Tintín, que me fueron llegando con cuentagotas. Leí los libros, los releí, y cuando los hube leído y releído pues, claro, los volví a leer. Con ellos descubrí, vibré, imaginé, viajé, aprendí. No creo que pueda escribir sobre Tintín nada que no haya sido escrito ya, y además quiero evitar caer en tonos excesivamente elegíacos o laudatorios. Así que puede que baste decir que leyendo Tintín pasé momentos muy felices, ¡mil rayos!

Otra parte de esta historia sigue con un intercambio de correos electrónicos. Joan Manuel Soldevilla me manda copia del artículo de mi padre del 23 de abril de 1964 que documenta y acredita mi primogenitura lectora, o como se llame. Habla de él, de mí, de mi madre, de nosotros, de nuestros respectivos días del libro, y describe mi incipiente biblioteca y el derecho que me asiste a comprar un nuevo Tintín, si se ha publicado. Me emociona releerlo. Soldevilla, al cabo de unos cuantos correos más, viene a verme a mi despacho de la facultad. Luego diría de mí que tengo aire discreto y british. Yo no sé qué decir de él, salvo que tiene el aspecto exacto que yo esperaría encontrar en un tintinólogo-tintinaire, y eso a pesar de que nunca se me ha planteado imaginar qué aspecto ha de tener un tintinólogo-tintinaire. Charlamos todo lo que da de sí el limitado tiempo de que disponemos uno y otro, sintonizamos desde nuestros mundos algo alejados. Pero no disjuntos: como él dice, Tintín une. Le explico unas pocas cosas, y aprovecho que tengo delante una enciclopedia tintinera para preguntar y enterarme de muchas otras, bastante intrascendentes para el común de los mortales, pero de las que conocer las respuestas me produce un intenso placer. También aprovecho para matizar fechas (cuando se publicó el artículo de mi padre, en el que se alude a El asunto Tornasol, yo ya llevaba casi nueve años leyendo tintines), y para insistir en que, con total seguridad, yo no había sido el primer niño en leer Tintín, ni de aquí ni de ninguna otra parte, entre otras cosas porque se habían publicado otros tintines en castellano antes de La estrella misteriosa, y porque, según comprobé en 1961 cuando empecé a ir al Liceo Francés, algunos de mis compañeros, especialmente los mayores, me llevaban gran ventaja gracias a privilegiadas y envidiables conexiones transpirenaicas. No nos cuesta pues convenir que el quid está en la palabra “documentado”, que he omitido del título de esta entrada por motivos obvios de mercadotecnia.

Soldevilla convirtió nuestro encuentro en material para un entrañable artículo (El primer nen que va llegir Tintin) que fue publicado en el nº 17 de la revista Jo encara diría més (yo aún diría más), de la asociación 1001 (léase en catalán, mil u, un quiebro ingenioso para evitar la voracidad de los propietarios de los derechos de autor).

Y la historia casi podría terminar con una pequeña sorpresa: la que me llevé el día 20 de abril, cuando vi en La Vanguardia, en la columna de Màrius Serra, El primer lector, que se hablaba de Soldevilla y de su libro Som i serem (tintinaires), en el que el artículo se ha convertido en capítulo. Al parecer, a Màrius Serra le ha llamado la atención la anécdota, la recuera y resume, y salgo con nombre y apellidos. Vuelvo, pues, a La Vanguardia, y se cierra el círculo que ratifica y certifica mi condición de primer lector documentado de Tintín en nuestro país. Un regalo (de mi madre) y tres artículos (de mi padre, de Soldevilla, de Serra) me han conferido tan singular condición; yo no he puesto nada por mi parte, salvo una cierta voracidad lectora. Con tales credenciales, puede que salte a la fama: soy carne de cañón para algún programa de telerrealidad. Pero bueno, dejemos eso. Dice Màrius Serra que siempre es emocionante creer que hemos llegado los primeros a un lugar ignoto. Soy consciente de que ni llegué primero, ni el lugar era ignoto. Eso sí: fue emocionante igual, tanto aquel día de diciembre de 1960 como aquel otro de septiembre de 2011.

Pero aspiro a que la historia continúe. De hecho, la historia continuó cuando nacieron mis hijos, y volví a adentrarme con ellos en el universo de Tintín, empezando, cosas que pasan, por La estrella misteriosa. Primero conmigo, luego por su cuenta, disfrutaron tanto como yo había disfrutado. Vi como pasaban con sus manos (pequeñas, al principio, luego cada vez mayores) las mismas páginas, que mis manos (también pequeñas, al principio) habían pasado un montón de años antes. Y luego pasó más tiempo. Ahora, la colección completa está descansando (relativamente: me malicio que algunos volúmenes hacen de vez en cuando excursiones clandestinas) en una estantería, con bastantes cicatrices pero aún gallarda, esperando a pie firme a la siguiente generación. Cuando llegue el momento, tengo planeado estar presente, al frente de mis tintines, auténticos grognards de mi biblioteca. Pero por si acaso, dejo escrita mi voluntad de que empiecen a leer Tintín como es debido, es decir, por La estrella misteriosa.

Y espero también que alguien les explique que fui el primer lector (documentado) de Tintín en el país.

Addendum
El enlace al artículo de Màrius Serra sólo funciona para suscriptores de La Vanguardia, hasta pasados 30 días de su publicación. El 50 de abril, por tanto, actualizaré el enlace al documento que entonces será público.

LA MÚSICA DE DOS MÁQUINAS DE ESCRIBIR

Querría haber empezado diciendo que la música de mi infancia se la debo a dos máquinas de escribir. Pero cuando iba a decirlo me he dado cuenta de que la afirmación iba a sonar vaga, parcial, o totalmente incomprensible a una mayoría. Por lo que cambio de planes narrativos para una conveniente digresión histórica.

Así que empezaré diciendo que antes, en un pasado que no requiere fechado preciso ni siquiera orientativo, pero que sin duda abarca mi niñez, muchos años antes y unos cuantos después, existían unos cachivaches mecánicos que servían para escribir textos pulcramente, o al menos esa era la intención. Es decir, servían para lo mismo  que sirve hoy un ordenador más un procesador de texto más una impresora; bueno, exactamente para lo mismo no, pero se le parecía. Entre las diferencias, por ejemplo, que la máquina de escribir no estaba conectada a internet ni necesitaba antivirus, y que cuando se colgaba, una simple operación manual solucionaba el problema. Entre las similitudes: que tenía teclas con letras y números, en una disposición que, con algunas licencias nada poéticas, se mantienen en los ordenadores actuales. Cuando se pulsaba una tecla, unos engranajes misteriosos que olían a polvo y disolvente, o a lo mejor era lubricante, hacían que una especie de patilla saliera disparada en un arco perfecto hacia el papel, firmemente sujeto por un rodillo. Como por arte de magia, un momento  antes de impactar se levantaba una cinta de tela entintada, con tan buena fortuna que la letra que figuraba en la tecla pulsada quedaba indeleblemente marcada en la hoja. El proceso iba acompañado por un “clac”, o “plac” o incluso “tlac”, o muchas otras variantes, pues cada máquina tenía su voz. Por cierto: la máquina de escribir era absolutamente implacable con los errores. Lo escrito, escrito quedaba. Tengo para mí que la sana costumbre de pensar primero, dar forma a las frases en la cabeza y, una vez encontrada la idea adecuada y la construcción que mejor la expresaba, pasarla al papel, murió con la máquina de escribir. Con el ordenador nació la posibilidad, muy popular, me temo, de escribir por ensayo y error, es decir, teclear primero y pensar después. Bueno, la intención de mi digresión histórica no era, no es, salirme por la tangente de una elegía de la máquina de escribir, sino explicar, ilustrar su sonido, el “clac”, o “plac”, o “f-flac”, o incluso “tlac”. Un sonido físico, totalmente mecánico y primario, resonante de vocales fuertes, atlético  y en absoluto discreto. Quien no lo haya oído, que no lo intente asimilar al “tlt” o “plp” o “tsk” fofos y avocálicos de los teclados actuales.

Como iba diciendo, pues, la música de mi infancia se la debo a dos máquinas de escribir. Las oía ya desde la escalera, acogiéndome a la vuelta del colegio. Al llamar al timbre una de las dos, o a veces las dos, callaban, no sin antes una última andanada de “placs”, quien sabe si el final de una frase, el de una línea o el de una idea. Saludos, conversaciones, merienda… Luego, una vez en mi cuarto, haciendo deberes, leyendo o jugando, el paisaje sonoro recuperaba los “placs”, atenuados por las paredes pero cercanos, envolviéndome con su familiar amabilidad. Eran, en cierta forma, las voces de mi padre y de mi madre. Superpuestas, pero inconfundibles. Mi padre, con un tecleado enérgico y levemente arrítmico, de mecanógrafo autodidacta; mi madre, con un tecleado fluido, académico de ocho dedos (y el pulgar para la barra de los espacios). El uno inventaba historias, vidas, emociones; la otra asimilaba historias, vidas y emociones que habían sido pensadas en otros idiomas y las repensaba para escribirlas en castellano. Había diálogos entre los dos instrumentos, pocos silencios, muchos dúos y algún solo, había pianissimi, y también había auténticos crescendi. La música me abrazaba y, ahora me doy cuenta, creaba para mí una especie de atmósfera cálida y protectora, confortable, íntima, en la que me sentía tremendamente seguro y a gusto.

Cuando abro un libro  escrito por mi padre o traducido por mi madre me gusta zambullirme en los párrafos, apartar las frases, atravesar las palabras y llegar a las letras. Aquellas letras, cada una de ellas, todas ellas, sonaron un día “plac” y aquellas frases fueron la música de mi infancia.

Puede que por eso mi oído para la otra música sea tan limitado.

EL DÍA MÁS FELIZ

Espero.

La furgoneta está encarada hacia la salida. He aprendido que eso gusta a los Técnicos. Sí, ya sé, me dicen que no le he de poner mayúscula a esa palabra, pero es que yo la pienso con mayúscula, qué le vamos a hacer. Espero, digo, y antes o después, bueno, antes nunca, pero a veces mucho después, los Técnicos llegan, siempre con prisas, cargando carpetas, maletines y otros bultos misteriosos y muy importantes. Puede que saluden, puede que no: tanto da. Todavía no conocen mi secreto, cuando lo conozcan seguro que sí me saludarán, y hasta me sonreirán y me harán alguna de esas bromas que se hacen entre ellos y que nunca entiendo, pero que entonces entenderé. Mientras se montan hablan, deprisa, siempre parecen enfadados; y yo, como es mi deber, busco, a través de sus conversaciones, el ruido de las puertas que se van cerrando, al ritmo que marca el día, el humor o el azar: raramente chac-chac-chac, más a menudo chac-chac- -chac, o chac-ch-chac, o cha-chac- -chac; en el tercer chac arranco.

Conduzco.

El camino tiene poca historia. Puede ser corto o largo, fácil o complicado; bueno, fácil podría serlo pero nunca lo es. Lo que le pasa es que no tiene interés. No me imagino por la noche en casa explicando el camino; otras cosas sí, las explico, luego se verá. Pero volvamos al camino. Suelo estudiarlo antes, y me echa una mano la chica de Logística, que me sopla itinerarios, vueltas, calles o carreteras que memorizo cuidadosamente. Me gusta esa ayuda femenina. Y es que no es sólo la ayuda, que no viene nada mal, claro, sino, sobre todo, que veo que no hace lo mismo con otros conductores, y eso me hace sentir especial. Lo que no me gusta es verla fruncir el ceño cuando le hago repetir las cosas por tercera vez. Ahora bien, cuando al final consigo meter en mi cabeza nombres, direcciones y giros, todo es ya más fácil, y luego conduzco de carrerilla. Eso sí, de vez en cuando echo un vistazo a la pantalla del GPS donde aparecen líneas, colores, formas, letras y números. No lo necesito, en realidad no entiendo nada de esa pantalla; lo hago sólo para tranquilizar al Técnico que se sienta a mi lado. Sé que Ellos, bueno, ellos, confían en las pantallas, en las líneas de colores, y quiero que se den cuenta que yo también soy de pantallas, que soy, o al menos puedo llegar a ser, uno de los suyos.

Estaciono.

Dejar la furgoneta donde dicen que debe estar es lo que menos me gusta. Viene a ser una especie de lucha entre lo que ellos quieren y lo que yo puedo. Cuando no atino, hay palabras que decido no escuchar, ni siquiera oír. Otras veces consigo más de lo que puedo, y entonces permito volver a escuchar. Cuando por fin pongo el freno de mano, empieza la actividad, la suya, me refiero, y a mí me toca apartarme. Pero es el rato más feliz del día. Primero me retiro unos pasos, para ver cómo la antena que va montada en el techo empieza a desplegarse, y siento un cierto orgullo al percibir que su forma, cuyo nombre ignoro, pero que entiendo hermosa, queda mirando al cielo. Y como ya nadie me hace caso, bueno, me refiero a ningún caso, porque mucho caso no me hacen nunca, me acerco a la puerta para ver cómo alinean la antena. Es delicioso observar al Técnico con su pantalla en las rodillas, una pantalla con números y muchas líneas, unos círculos, puntos de colores, cajitas, observar, digo, como va manipulando sus teclas y botones, ver como los dibujos de la pantalla cambian, unas líneas que estaban abajo suben, otras pasan del rojo al verde, o viceversa, el número de arriba a la derecha parpadea, y los de debajo también, hay agitación en la pantalla, el Técnico se esfuerza y, antes o después, todo queda en su sitio. Ese es el momento más dulce: el momento en que todo queda en su sitio. Sé anticiparlo, sé ver en la pantalla cuando se acerca, cuando el maldito satélite está a punto de ser cogido. La vedad, no sé muy bien que es un satélite, una vez pregunté y me dijeron que era algo que iba por el cielo. Pero por mucho que me he esforzado y me he pasado rato mirando hacia donde mira la antena, nunca ha visto nada. Eso sí, debe ser algo maligno, por lo del maldito, digo, pero tampoco demasiado maligno, ya que lo del maldito nunca se pronuncia con rabia excesiva. Y es que me fijo en todo. Pues como decía: cuando noto que se acerca el momento cierro los ojos voluptuosamente, y espero el “¡lo tengo!” (o el “ok!”, o el “¡es mío!”, o el “¡tío, ya está!”), que me confirma lo que ya sabía, y entonces abro los ojos, y líneas y colores en la pantalla, serenos, certifican la alineación o como se diga, y suspiro sin que nadie me oiga. Suspiro, feliz, porque, una vez más, todo está bien en el mejor de los mundos.

Confieso.

Ahora ha llegado el momento de hablar de mi secreto. Porque, sí, tengo un secreto, creo que lo dije antes. El secreto es que sé cómo se hace. Que sé cómo se hace eso de alinear la antena y alcanzar la perfección, quiero decir. Me he fijado bien. Veces y veces. Primero los círculos; hay que hacer que unas marcas rojas coincidan con otras amarillas, y para eso se usan las palanquitas. Luego se da a los botones con flechas, para que unas líneas se hagan más altas, y cada vez sean más verdes. También hay que conseguir que unas cifras que parpadean se queden fijas, y eso no estoy seguro de cómo se consigue, pero creo que apretando las teclas de los números; no puede ser muy difícil. Y unos detalles más que me sé a la perfección: no en vano he observado. He observado, digo, los afanes de muchos Técnicos, torpes, expertos, pacientes, bruscos, despistados y hasta uno bizco, que de tan bizco que era, el pobre, casi no se le entendía al hablar. Y tengo el secreto. Es mi orgullo, mi tesoro oculto. Tanto es así que por la noche, en casa, no se habla de otra cosa. Nada más llegar, o durante la cena, o después, en la sobremesa, me encanta explicar con detalle cómo lo ha hecho el Técnico, y describo con ternura cómo los indicadores de la pantalla bailaban primero, y bajo los movimientos de los dedos del Técnico, que reproduzco con precisión, han terminado por rendirse en silencio, con sus colores y sus líneas, y cómo al final el satélite (maldito) ha quedado alineado. También, cuando estoy de buen humor, cuento cómo todo hubiera sido mejor y más satisfactorio de haber tenido yo el control. Lo explico una y otra vez, aclaro las dudas, y al final todos asienten, me felicitan y me miran con admiración. Bueno: en realidad asentirían, me felicitarían, y me mirarían con admiración, si hubiera alguien en mi casa, además de mí. Pero eso es otro asunto, sin importancia. Algún día lo arreglaré, tal vez con la chica de logística, si logro convencerla de que repetir las cosas unas cuantas veces no es tan malo. Pero… ¿qué importancia tiene eso comparado con mi conocimiento de la sabiduría de los Técnicos?

Añado.

De hecho, tengo otro secreto; en realidad, un deseo. Pero un deseo secreto: deseo hacerlo. Y como lo deseo muy fuerte, sé que un día pasará. Me dejarán, o me lo pedirán. Y yo me sentaré con la pantalla en las rodillas, pondré la misma expresión atenta y tensa que he visto poner, trastearé con los controles, hasta que llegue el éxtasis cuando haya ajustado todo bien y deprisa. Tengo que preparar una frase memorable para la ocasión, algo como “Ahí lo tenéis”, o “Alineado”, o “Roger, Eco Foxtrot”, que no sé qué quiere decir pero me suena de alguna parte y queda muy profesional. Será hermoso ver cómo quedan asombrados de mi pericia, oírles preguntarse cómo he podido aprender sus secretos. Y luego me felicitarán, me palmearán la espalda, me sonreirán. Habrán visto que soy de los suyos, y a lo mejor hasta me dejan ir a tomar un café con ellos, al café de los Técnicos, donde quiera que esté eso. Cuando por la noche llegue a casa, lo celebraremos a lo grande. Compraré algo especial, un refresco tal vez, y chocolatinas, o puede que caramelos blandos. Y me las-los comeré mientras explico cómo ayudé al equipo, porque entonces habremos sido un equipo, mi equipo, y como moví palanquitas y ruedas, pulsé teclas, y conseguí la armonía en la pantalla superando todos los problemas uno por uno, y hasta explicaré las palmadas, las sonrisas, y el café si al final ha habido café, bueno, puede que lo del café lo explique aunque no sea verdad, una pequeña exageración, uno se la puede permitir de vez en cuando.

Declaro.

Ese será el día más feliz de mi vida.

BORRONES DEL DESTINO

Un móvil al que llamaremos Fito sale del punto A en dirección al punto B, con una velocidad supuestamente uniforme v. Otro móvil, al que llamaremos Lola, sale del punto A’ en dirección al punto B’, con velocidad también supuestamente uniforme v’. Dadas las coordenadas de A, A’, B y B’, así como los valores de v y v’ (sólo los módulos), puede calcularse fácilmente que ambos móviles van a coincidir en el tiempo t en el punto intersección de los segmentos AB y A’B’, al que por comodidad llamaremos x.

Bueno. Pero aclaremos que Fito y Lola, como móviles, tienen algunas peculiaridades. Para empezar, tienen volumen, cosa que siempre ha sido un auténtico incordio para los problemas de móviles puntales. También tienen masa, consecuencia casi inevitable, en los días que corren, de tener volumen. Para acabarlo de arreglar, su masa no se dispone según ninguna figura medianamente geométrica, ni siquiera por aproximación. Peor aún, ambos móviles exhiben un atributo por el que las leyes de la física –y las del Destino- sienten un horror absoluto: tienen voluntad, albedrío, o al menos se les supone. Corolario: miran un escaparate, curiosean en las portadas de los periódicos alineados en el kiosco, saludan a un conocido, con el que incluso puede que se paren a intercambiar unas palabras, aprietan el paso a la vista de un semáforo que va a pasar a rojo, lo aflojan porque de repente el aire tibio de la mañana, o el verde incipiente de las hojas de los árboles, o cualquier otra cursilería por el estilo, les susurra al oído que para qué tanta prisa… Escolio: v y v’ (recordemos, las velocidades) son entelequias formalmente intratables y uniformemente desconcertantes.

El enunciado inicial lo tomamos pues como una grosera simplificación, apenas descriptiva del momento en que dos personas echan a andar. Como el enfoque, básicamente cinemático, del asunto deja grandes lagunas, abrimos un breve paréntesis aclaratorio.

Fito y Lola son dos personas, hombre y mujer respectivamente, adulto tirando a otoñal él, adulta tirando a primaveral ella. Él, con una mochila bastante llena ya de sus historias, mochila que a ratos se le antoja pesada, sobre todo cuando aprieta la convicción de que algunas cosas mejor no llevarlas ahí, o cuando abruma, aunque sea pasajeramente, la conciencia del vacío de cosas que ya no formarán nunca parte de esa carga. Ella, una mochila con más ilusiones que recuerdos, con más proyectos que pasado, una fuerza más levitatoria que gravitacional, aunque puede que ella no se dé cuenta.  Fin del paréntesis aclaratorio, y así ahorramos detalles, descripciones, recorridos vitales, situaciones socioeconómicas y demás nimiedades engorrosas.

Cuando los móviles Fito y Lola iniciaron su movimiento, el Destino había esbozado un guión. Para algo era el cálculo de velocidades, de trayectorias, la determinación del punto de encuentro (recordemos, x, al tiempo t): dos personas que están donde no tenían que estar, una palabra, unos ojos, un tal vez, un perdona, qué más da, los accesorios del asunto vienen por separado, una chispa, un algo, un algo que prende, que va a más, que crece, amor, pasión, deseo, lo que sea, hermoso, inesperado, vital, lleno de posibilidades, emociones, y el final ya se vería, que el Destino está siempre muy ocupado y no puede desarrollar a fondo los guiones.

Pero ya hemos apuntado al principio las dificultades de calcular cosas de móviles con masa y voluntad, y que encima se mueven a velocidades uniformemente desconcertantes. Por lo tanto no resulta extraño que en el punto x al tiempo t no estén ni Fito ni Lola. Ni siquiera consta que puedan verse, o entreverse, ni mucho menos que por unos instantes tengan, en forma de breve escalofrío en las yemas de los dedos, la sensación de que los rozaba, sin llegar a tocarlos, la felicidad, o al menos una ración generosa de felicidad que hubiera podido corresponderles, y que se les va –se les ha ido- para siempre y sin remedio.

Pero el Destino es gato viejo. Así, igual que Fito y Lola habían sido proyectados el uno hacia el otro, con poca, digamos, puntería, también lo fueron Fonsi y Lita, Fran y Lea, Fidel y Lidia, Flavio y Lourdes, Félix y Lucila, Fausto y Luisa, Fermín y Laura, Firmo y Livia, Ferran y Laia, Floro y Leire, y muchos más. Todos marraron. Todos, salvo Fabián y Lara. Y el destino, satisfecho, agradeció a la mecánica estadística lo que no había podido cumplir la cinemática.

En momentos de bienaventurada dicha, Fabián (o Lara) pensaban en lo improbable del feliz suceso de haberse encontrado.

Cuando los ecos de esas reflexiones llegaban al Destino, le hacían sonreír; entonces, recordaba con un punto de suficiencia a Fito y Lola, Fonsi y Lita, Fran y Lea, Fidel y Lidia, Flavio y Lourdes, Félix y Lucila, Fausto y Luisa, Fermín y Laura, Firmo y Livia, Ferran y Laia, Floro y Leire, y muchos más.

Simples borrones.