A CADA LADO DEL ESPEJO

Caminaba con su paso activo y vital, caminaba con su joven determinación, caminaba poniendo todas sus energías en cada paso, que para algo las energías le sobraban, en resumen, caminaba, caminaba hasta que  al llegar a la esquina vio  gente, gente agolpada sin mucha agitación, una especie de tumulto pequeño y tranquilo, al que, claro, se acercó por algún efecto secundario de las leyes de la gravitación universal, y aunque no recordara luego que nadie se lo hubiera dicho, tal vez por ósmosis, por percolación o por impregnación, de repente ya sabía que habían atropellado a un viejo, un viejo no merece más que un tumulto pequeño y tranquilo, si hubiera sido un joven, o una señora, un ciclista o incluso un perro –un niño no, un niño nunca, eso no entra en las cuentas, ni en las posibilidades, y hasta está prohibido en las pesadillas- habría habido más agitación, lamentos, alguna lágrima, que nada gusta más a según quién que llorar conjunta y solidariamente, pero sólo era un viejo, de manera que un tumulto pequeño y tranquilo, lo que marca la ordenanza, estaba bien, y sin sentir ningún interés se acercó, se introdujo en el corro que no llegaba a multitud, ni mucho menos a muchedumbre, y que no tenía ni la potencia de una turba, ni la determinación de un tropel, se dejó introducir y metabolizar por la gente, sintió en el aire un pálpito de compasión, nada desgarrador, sólo un ir y venir  de compasión serena, como olas cansadas en un estanque, obediencia debida casi, y fue entonces, o un poco antes, o un poco después, que vio al viejo, en el suelo, pálido pero con los ojos abiertos, atendido por un camillero, un sanitario, un técnico en logística de atropellos, lo que fuera, que parecía decirle algo, preguntarle algo, pero las palabras que oía cerca de su oreja carecían de sentido, y todo, todo, era muy confuso, el semáforo verde- rojo, apresurar el paso, un chirrido, un golpe, más golpes, y los ojos cerrados, muy cerrados para no ver la destrucción, para no ver la devastación, y luego con resignación abiertos, aunque sólo fuera para huir de la oscuridad interior, y de repente lo que veía eran nubes, y piensa que puede que llueva y que no ha cogido el paraguas, ya es mala suerte, y ver las nubes era coherente con notar el asfalto en la espalda, pero no en la nuca, que alguien le había puesto algo debajo, aunque él no era capaz de percibir la coherencia asfalto en la espalda-nubes a la vista, y no entendía lo que le decían, y de hecho no entendía nada de nada de nada y había gente y le preguntaban cosas a las que no podía responder y una sirena, pero eso fue antes, y alguien inclinado sobre él, y así fue como de repente su vista se enfocó, o lo que se enfocó fue su entendimiento, y con su entendimiento enfocado pudo empezar a entender que estaba en el suelo, y vio gente vertical, desconocida o vagamente conocida, que viene  a ser lo mismo, pero sobre todo vio un joven que le miraba con cierta curiosidad distante, como desarraigada, y por fin pudo entender las palabras junto a su oreja, y por un momento tuvo la intención de decir al que le preguntaba que él no era un niño tonto, de hecho ni siquiera un niño, tonto tal vez un poco, pero sobre todo que lo que pasaba era que andaba algo perdido sin saber muy bien por qué estaba en el suelo con gente alrededor, pero prefirió cerrar un momento los ojos y luego recitar mansamente su nombre y dirección y luego repetir que sí que se encontraba bien, varias veces, como un mantra apaciguador, y cansado, muy cansado, el viejo parecía muy cansado, y le había mirado a él, y había cerrado los ojos y ahora parecía murmurar no sabía qué, y el técnico en logística de atropellos asentía y apuntaba, mal asunto, eso de hacerse viejo, (arrugas en la piel y en el corazón y en los recuerdos y en el alma y en las tripas, debilidad, olvido, indefensión, lentitud en el andar y en el pensar, pero eso él no tenía por qué saberlo), pobre viejo, peor le había tratado el tiempo que el trompazo, y hasta puede que hubiera sido mejor que el coche rematara la faena, hasta el final, que eso siempre se piensa de los demás, pero él no, él nunca sería viejo, no se imaginaba viejo, no creía que eso pudiera sucederle a él, y mientras observaba al viejo con atención que hasta a él sorprendió la gente hacía los comentarios de rigor, esos prefabricados para ocasiones así, que si pobre hombre, que si no debió cruzar, que si ya verás tú ahora, que qué pena me da pero él se lo buscó, que hay que ver, que si esto, que si lo otro, entre la compasión y la displicencia, que el viejo les estaba haciendo perder el tiempo, y él también piensa que el viejo le está haciendo perder el tiempo, cómo se lo arreglan los viejos que siempre te hacen perder el tiempo, y quiere irse, pero no puede, su mirada sigue atrapada por el accidentado, que ha vuelto a abrir los ojos, que le ponen en una camilla, y piensa que es bueno renunciar a la voluntad, la dejas, la voluntad, el libre albedrío y todo eso, y ya ni sabes si algún día la podrás recuperar, pero tanto da, porque es bueno que te pongan en una camilla sin que te pregunten si quieres que te pongan en una camilla, y tener que pensar y decidir si vas a decir que sí o vas a decir que no, y que es bueno que alcen la camilla y te sientas transportado ingrávidamente hacia el útero protector de la ambulancia que te espera allá cerca sin que te tampoco te pregunten si quieres o no quieres, mientras el chico ese le sigue mirando, y es curioso pero le parece natural que le mire, necesario incluso, viendo cómo acercan la camilla a la ambulancia, notando como la camilla se desliza en la ambulancia, el joven ve como uno de los camilleros recoge del suelo la barra de pan que el viejo acababa de comprar, se ve, y la mete también, qué detalle, y el viejo ve como dejan a su lado su barra de pan, qué detalle, y ve la cara del viejo mientras las puertas se cierran, y ve la cara del joven mientras se va haciendo la oscuridad en el útero, y se ven el uno al otro, el otro al uno, uno a cada lado.

A cada lado del espejo.

____________________________________________________________________Addendum
La idea se me ocurrió leyendo “Rayuela”, de Julio Cortázar (vaya aclaración tonta), capítulo 22. Pero el joven de mi historia no se llama Horacio.

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2 pensamientos en “A CADA LADO DEL ESPEJO

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