Llovizna

Siente la llovizna, fina, delicada casi. Cae agua en gotas pequeñas, diminutas, tan diminutas que parecen despistadas, como si no acabaran de ir ni hacia arriba ni hacia abajo; casi le parece que no están. Pero están, y siempre terminan yendo hacia abajo, y le mojan, le mojan tan al descuido, tanto y tan bien, que de repente está empapado. Y está empapado a pesar de que intentaba que la cosa no fuera con él; o precisamente está empapado porque hacía como si la cosa no fuera con él.

Gotean los segundos. Los segundos son gotas tan pequeñas que se diría que no caen, átomos de tiempo tan pequeños que se diría que no pasan, tan diminutos que parecen despistados, como si no fueran ni hacia atrás ni hacia adelante. Pero luego resulta que sí, que las gotas cayeron, que los segundos pasaron, todos sin excepción del futuro hacia el pasado,  y se encuentra mojado, muy mojado, empapado por esos segundos que se hicieron años sin avisar, tal vez porque hacía como que la cosa no iba con él.

Siente el orvallo, que es la llovizna cuando se le añade un toque melancólico. La llovizna es efímera, el orvallo es persistente y termina convirtiéndose en un estado de ánimo. Puede que esos matices no los admita ningún diccionario, pero él sabe bien la diferencia entre orvallo y llovizna, y él sabe bien que la humedad del orvallo llega hasta los huesos, hasta el alma, como llega, también hasta los huesos, también hasta el alma, todo lo que pasó y no debió pasar, todo lo que pasó y se fue, todo lo que pasó mientras esperaba que pasara aquello que no llegó a pasar. La humedad del orvallo, cando llega a los huesos, es fría, desagradable y solitaria.

Sonríe levemente al pensar en el calabobos, que es la llovizna, pero vista con una cierta dosis de guasa. Lo de mojarse con la llovizna sólo le pasa a los despistados, a los arrogantes, a los inconscientes, a los poco previsores, a los torpes; es decir, a los demás: de ahí lo de calabobos. La vida, también, sólo pasa para los demás, hasta que se demuestre lo contrario, y es mejor no recodar que lo contrario siempre se acaba demostrando. Le basta mirarse en el espejo de los demás para, inevitablemente, descubrir que está más calado que el más bobo de los bobos.

Vagamente recuerda que también están el sirimiri, la garúa, el chispeo y algunas otras voces. Pero está cansado de palabras. Muy cansado. Porque llovizna, y orvalla. De hecho, hasta le parece que empieza a jarrear. Y él está a la intemperie, esperando el último chaparrón.

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