Llovizna

Siente la llovizna, fina, delicada casi. Cae agua en gotas pequeñas, diminutas, tan diminutas que parecen despistadas, como si no acabaran de ir ni hacia arriba ni hacia abajo; casi le parece que no están. Pero están, y siempre terminan yendo hacia abajo, y le mojan, le mojan tan al descuido, tanto y tan bien, que de repente está empapado. Y está empapado a pesar de que intentaba que la cosa no fuera con él; o precisamente está empapado porque hacía como si la cosa no fuera con él.

Gotean los segundos. Los segundos son gotas tan pequeñas que se diría que no caen, átomos de tiempo tan pequeños que se diría que no pasan, tan diminutos que parecen despistados, como si no fueran ni hacia atrás ni hacia adelante. Pero luego resulta que sí, que las gotas cayeron, que los segundos pasaron, todos sin excepción del futuro hacia el pasado,  y se encuentra mojado, muy mojado, empapado por esos segundos que se hicieron años sin avisar, tal vez porque hacía como que la cosa no iba con él.

Siente el orvallo, que es la llovizna cuando se le añade un toque melancólico. La llovizna es efímera, el orvallo es persistente y termina convirtiéndose en un estado de ánimo. Puede que esos matices no los admita ningún diccionario, pero él sabe bien la diferencia entre orvallo y llovizna, y él sabe bien que la humedad del orvallo llega hasta los huesos, hasta el alma, como llega, también hasta los huesos, también hasta el alma, todo lo que pasó y no debió pasar, todo lo que pasó y se fue, todo lo que pasó mientras esperaba que pasara aquello que no llegó a pasar. La humedad del orvallo, cando llega a los huesos, es fría, desagradable y solitaria.

Sonríe levemente al pensar en el calabobos, que es la llovizna, pero vista con una cierta dosis de guasa. Lo de mojarse con la llovizna sólo le pasa a los despistados, a los arrogantes, a los inconscientes, a los poco previsores, a los torpes; es decir, a los demás: de ahí lo de calabobos. La vida, también, sólo pasa para los demás, hasta que se demuestre lo contrario, y es mejor no recodar que lo contrario siempre se acaba demostrando. Le basta mirarse en el espejo de los demás para, inevitablemente, descubrir que está más calado que el más bobo de los bobos.

Vagamente recuerda que también están el sirimiri, la garúa, el chispeo y algunas otras voces. Pero está cansado de palabras. Muy cansado. Porque llovizna, y orvalla. De hecho, hasta le parece que empieza a jarrear. Y él está a la intemperie, esperando el último chaparrón.

DISFRACES

  El Cap de Creus es el primer punto en el que da el sol por la mañana. El primer punto de Cataluña, de España, de la península Ibérica, o del mundo, según se mire o crea. Pero poco debía importar la primicia solar y sus matices al grupo de mujeres que estaban sentadas junto al Puig de la Cruïlla. Aquellas mujeres, de noche cerrada, se habían encontrado en Portdogué, y llevaban un buen rato andando por el insobornablemente empinado sendero que las había traído hasta aquí. Estaba clareando, y el frío del amanecer se fundía con el calor del esfuerzo en una especie de mezcla blanda. Por fin, las rocas del Cap brillaron con los rayos de sol primerizos. Entonces, las mujeres se fueron levantando, como obedeciendo a una señal. Se colocaron de nuevo las cestas del pescado en la cabeza y retomaron su marcha, por la vertiente sur del Pení.

(“Ix! És clar, al cap. On volies que les portéssim si no?”/”Claro, en la cabeza. ¿Dónde íbamos a llevarlas si no?”)

Es media mañana. Sopla un vientecillo de sur desapacible, pero el cielo está despejado, y me pongo en camino, botas cómodas y resistentes, pantalones elásticos y abrigados, forro polar, mochila ergonómica, palos. Las calles de Cadaqués están casi vacías este día de febrero, y mientras músculos, pulmones, articulaciones y corazón se van adaptando, no sin alguna protesta, al ritmo de la marcha, evoco otro Cadaqués, medio siglo, un siglo atrás, o tal vez más. Me imagino un grupo de mujeres de ropas oscuras, o tal vez no tan oscuras, faldas largas que apenas dejan ver las fuertes pantorrillas, alpargatas, cestas de pescado en la cabeza, siguiendo, más o menos, la misma ruta que hoy he decidido seguir yo.

(“Hi anàvem en grup, quan podíem. Ens trobàvem a Portdogué, però va haver-hi dies que hi vaig anar sola. Tot depenia de si la pesca era bona.”/”Cuando podíamos, íbamos en grupo. Nos encontrábamos en Portdogué, aunque hubo días en que fui sola. Todo dependía de si la pesca era buena.”)

Cadaqués desde el Puig de la Cruïlla

Cadaqués desde el Puig de la Cruïlla

La vida no era fácil entonces, y se vivía de lo que daba el mar y de lo que daba la tierra. Pero resultaba que lo que daba el mar (y a veces también lo que daba la tierra) se pagaba mejor en Roses que en Cadaqués. La necesidad empuja con pocos miramientos; así que, cuando la pesca era buena, los pescadores despertaban a sus esposas o hijas en plena noche, al llegar de faenar, y después de un buen desayuno, o lo que demonios se tome a esas horas inclementes, las mujeres lavaban y pesaban las mejores piezas, las ponían con cuidado en la cesta, se acomodaban la cesta en la cabeza con ayuda del curull (pañuelo que se arrollaban en espiral para asentar la carga) y se iban a pie a venderlo a Roses.

(“Portàvem allò  que es pagava millor. Depenia del què s’agafés: roger, lluç, calamar, llagosta quan hi havia… Uns deu o dotze quilos, venien a ser.”/”Llevábamos lo que mejor se pagaba. Dependía de lo que se hubiera cogido: salmonetes, merluza, calamar, langosta cuando había… Unos diez o doce kilos, venían a ser”)

Paso por Portdogué, donde no me espera nadie, salvo recuerdos infantiles y no tan infantiles que se amontonan, bordeo el Llané Gran, luego el Llané Petit, ataco la primera subida, asfaltada, y a mi izquierda dejo el hotel Rocamar, una mole que el desarrollismo legó a Cadaqués. Luego cojo un pequeño sendero cementado que bordea una casa un poco rara. Se trata de la casa de Madame Forestier, une grande dame de gran belleza. Estaba casada con Monsieur Forestier, como su nombre indica, arquitecto municipal de París (no me consta, era lo que se decía), arquitecto de renombre (eso sí me consta), que edificó sus atrevidas formas poligonales a mediados de los cincuenta, en una de las laderas que dominan la bahía. En aquella época, el aspecto resultaba cuanto menos un poco estrambótico, y aun resulta. Hay que decir, no obstante, que desde el interior la polifacética fachada permite que cada ventana mire hacia un lugar distinto, y ofrezca encuadres diferenciados, singulares, del paisaje y del mar. Si no me falla la memoria, la casa fue, sucesivamente, de color marrón, ocre, verde claro pastel, y ahora es blanca, los árboles han crecido a su alrededor y pasa desapercibida; como ahora también pasa desapercibido el recuerdo de Monsieur y Madame Forestier. Me encojo de hombros. El grupo de mujeres con cestas en la cabeza se me ha escapado. Cadaqués tiene para mí demasiados recuerdos, demasiadas historias, es como un matorral tupido en el que si entro quedo atrapado y del que me cuesta sustraerme. Pero hoy sólo hay una historia: la de la proeza de estas mujeres que, a costa de su sueño, de su frío, de su cansancio, conseguían una trabajada plusvalía. Así que me vuelvo a encoger de hombros y sigo, monte arriba.

El grupo se estiró un poco. Algunas tomaron algo de delantera, otras se rezagaron un tanto. Hacía frío (o hacía calor, o hacía humedad, o hacía sueño, siempre hacía algo). El Cap Norfeu se proyectaba hacia el horizonte como un reptil pétreo, y a lo lejos, al otro lado del golfo de Roses, se adivinaba la silueta de las illes Medes. Probablemente ellas no prestaron mucha atención a esos detalles; o tal vez sí. Pero lo importante era vigilar el camino, las piedras, el equilibrio de la cesta en la cabeza, responder a algún comentario o broma ocasional, tal vez animar a la que jadeaba, fatigada. Al poco, el grupo se volvió a compactar, como por voluntad propia. Pasaron muy juntas por el lugar en el que, años atrás, se había estrellado una avioneta por culpa de la niebla, accidente en el que murieron todos sus tripulantes. Los restos del aparato seguían por ahí, y cuando soplaba el viento se oían ruidos metálicos que, a la que más a la que menos, le provocaban escalofríos.

(“Aquells sorolls de ferros… ens feien por. Allà hi havia mort gent, què vols que et digui.”/”Aquellos ruidos de hierro… nos daban miedo. Allí había muerto gente, qué quieres que te diga.”)

Seguir el camino que tantas veces recorrieron las mujeres de Cadaqués no va a ser fácil. Parte lo ha borrado una pista que lleva a Roses por la costa, y parte lo ha borrado el olvido. La cuestión es dar con los restos de senderos que abandonan las lazadas a que obliga la búsqueda de desniveles razonables y se rigen por la lógica de lo directo y lo más corto, por fatigoso que sea. Al principio no es muy difícil, aunque me ofenden unas marcas de pintura (rojo y blanco, rojo y verde, amarillo) que no estaban entonces y que preferiría que no estuvieran ahora, al menos que no estuvieran hoy. Luego la cosa se irá complicando. Así que avanzo entre matorrales y olivos asilvestrados, entre paredes de piedra seca que siguen ahí, fruto de un trabajo artesano, secular, insistente y experto. Dejo a la derecha las ruinas del Corral d’en Quirch, en Es Pla d’en Melus, y ataco una subida un poco más tiesa que me lleva al Puig de la Cruïlla: unos 315 metros de altura que he hecho en una hora justa. Probablemente las mujeres me habrían empezado a dejar atrás, aunque mi orgullo viril se consuela pensando que he tenido un par de dudas a la hora de identificar porciones casi perdidas del camino. Me siento en una roca e imagino cómo debía, cómo debe ser la salida del sol vista desde aquí.

Ya habían llegado al pequeño collado que dejaría, por un rato, el mar fuera de su vista. Ante ellas se abría un terreno llano con matorrales y prados, justo donde las faldas escarpadas del Pení empezaban a suavizarse. Comentó alguna que se decía que los americanos iban a construir aquí arriba una base de cohetes, de aviones, o algo así.  Bueno. Que construyeran… El caminar era ahora más relajado, y surgieron bromas, chistes, sobre los americanos, sobre esto y sobre lo otro; se oyó alguna canción. Superado un pequeño repecho, rodearon el Mas dels Arbres, y algo más allá pasaron no demasiado cerca del Mas d’en Causa. De las chimeneas de estas casonas salían perezosos jirones de humo, a modo de saludo algo distante pero cortés. Las vacas, omnipresentes, las miraron con calculada y meticulosa indiferencia.

(“També nos ho passàvem bé. Fèiem xistes, bromes. De vegades cantàvem.”/ “También nos lo pasábamos bien. Hacíamos chistes, bromas. A veces cantábamos.”)

IMGP0187

Mas dels Arbres. La base aérea del Pení al fondo

Empiezo el flanqueo que me lleva por las faldas del Pení. El Cap Norfeu se proyecta hacia el horizonte como un reptil pétreo, y a lo lejos, al otro lado del golfo de Roses, adivino la silueta de las illes Medes. Es hermoso y me detengo a tomar unas fotos. No veo restos de ningún fuselaje corroídos por el óxido, ni tampoco restos íberos que aseguran hay por aquí. Eso sí, veo las edificaciones de la base de seguimiento aéreo. El  camino me hará pasar muy cerca de sus terrenos y alambradas. Esta base la empezaron a construir los americanos en 1958, creo, y unos años más tarde la cedieron al ejército español. Corren, o corrieron, historias de americanos borrachos, de trifulcas, historias que yo escuché de niño sin entender muy bien y que ya no tienen mucha importancia. Me encojo una vez más de hombros, evitando meterme de nuevo en mi personal matorral de recuerdos. Ante el asombro de muchos, la base ha perdido, ganado y vuelto a perder una de las dos bolas que tan característico aspecto daban a la montaña. También ha perdido personal, y paso cerca de barracones que parecen abandonados, y de otras construcciones que ni siquiera sé qué son, feas, militares. Con algunos titubeos, consigo encontrar el camino que me lleva al otro lado de la cresta. Alcanzo, tras una hora y tres cuartos de camino, el punto más alto del recorrido (430 metros), y desemboco en unas llanuras cruzadas por pistas y con letreros que señalan direcciones que no son las que yo busco.

IMGP0191

Mas d’en Causa. Al fondo, el castillo de Sant Salvador

Así que prescindo de ellas y de ellos y me lanzo campo a través hacia unas ruinas que diviso, que supongo que serán las del Mas dels Arbres, y de ahí, entre vacas que me miran de hito en hito, alcanzo otras ruinas, las del Mas d’en Causa, donde consta que Josep Pla se comió una tortilla siguiendo un itinerario parecido al mío. Hace mucho que de sus chimeneas no sale humo. Cuando veo la llanura ampurdanesa del otro lado, sé que lo he conseguido, que las indicaciones que me dieron, el instinto y la buena suerte han funcionado y que he seguido el camino correcto. Lo celebro con unas nueces y un largo trago de agua.

Allá abajo se veía Roses, se veía el golfo, se veía el mar, otro mar que no era el suyo pero también era el suyo. El tiempo de coger aire, y abajo. El descenso era algo traicionero, y la senda muy pedregosa: la cuesta abajo podía ser de peor andar que la cuesta arriba. Pero la habían hecho cien veces, mil veces, tantas veces como buenos días de pesca había habido en los últimos años. Un poco más tarde, el Mas de l’Alzeda ya estaba a sus pies. Una o dos de ellas se agacharon discretamente, con la elegancia a la que obliga llevar una cesta en la cabeza, a coger un par de piedras, que los perros del Mas no eran muy hospitalarios. Aunque hoy iba a haber suerte: se oyeron ladridos, pero la cosa no pasó a mayores. Así que el Mas quedó a su espalda, y  las conversaciones se animaron mientras apretaban el paso inconscientemente. El Mas Oliva era ya la antesala de Roses, y para cuando pasaron ante las primeras casas del pueblo, el un grupo andaba definitivamente alegre y decidido. Tras doblar un poco a la izquierda, llegaron a su destino: la Plaça d’es Peix. Tres horas y media hacía de su encuentro en Portdogué. Si todo iba bien, venderían el pescado a buen precio. Descansarían un rato, harían alguna compra, siempre y sólo de cosas de primera necesidad. Y si había suerte, el conductor del coche de línea, el Minobis, las dejaría subir para el viaje de vuelta. Si no, desharían el camino, ya sin carga, y en dos horas y media, en casa.

(“A Roses el peix es venia, de vegades més bé, de vegades més malament. I desprès tornàvem, més lleugeres”/ “En Roses se vendía el pescado, a veces mejor, a veces peor. Y después volvíamos, más deprisa.”)

Dos horas y media después de salir de Cadaqués inicio la bajada hacia Roses. Mis palos, ultraligeros y telescópicos, me ayudan a afianzarme por la trocha pedregosa, y en media hora he llegado al Mas de l’Alzeda, rodeado de cabras y ovejas, pero deshabitado. No se oyen ladridos de perros, y en cambio sí se oye a lo lejos una música que seguro que, oída de cerca, sería atronadora.  Ahora el camino discurre entre olivares, y entro en Roses (¿dónde habré dejado el Mas Oliva?) por calles de aspecto suburbial, algo deprimentes. La excursión ya está completa, pero quiero llegar al mar, por aquello de lo símbolos y tal. Cerca del centro de la población empiezo a cruzarme con gente disfrazada, y entiendo lo de la música: es carnaval, y ha habido una rúa. Me siento algo fuera de lugar. Pero pronto me doy cuenta de que yo también voy disfrazado. Voy disfrazado de mujer, con un curull y una cesta llena de pescado en la cabeza, y la llevo a vender a la Plaça d’es Peix. Sólo que mi disfraz es interior. Y ya sé que no es muy convincente, mi disfraz, pero tampoco lo es el de la astronauta que me acabo de cruzar.

A las tres horas y media de haber salido de Cadaqués llego a la playa de Roses, con mis palos, mi mochila y mis pantalones. Miro el mar un momento. Hay demasiada gente a mi alrededor, así que doy media vuelta y me dirijo a la estación del coche de línea, hoy llamado Sarfa. Pago mi billete y me subo al autocar que me llevará de vuelta a Cadaqués. Miro al conductor, un joven pulcro, que no hace ademán de rechazarme. ¿Será el Minobis disfrazado?

(“No ens ho semblava, que fos dolent, això d’anar a peu a Roses. Si quan eres un nap així de petit ja demanaves un doll per portar-lo al cap! Portar peix no era pas tant dolent. No ens ho semblava. Era la vida que teníem, voràs…”/”No nos parecía que fuera malo eso de ir a pie a Roses. ¡Si cuando éramos así de pequeñas ya pedíamos un doll para llevarlo en la cabeza lleno de agua! Llevar pescado no era tan malo. No nos lo parecía. Era la vida que teníamos…”)

Dedicado a Teresa Francesch Llorens

———————————————————————————————————————————
Addendum
: confieso que llevaba un GPS en el bolsillo. El chisme no me fue de utilidad, y la única vez que lo miré más bien me desconcertó que otra cosa. Pero me sirvió para grabar el recorrido. Por si alguien quiere:
http://es.wikiloc.com/wikiloc/view.do?id=3969590