LA CRISIS DE LAS PALABRAS

No hay palabras. Explotó la crisis. Llegó la austeridad.

No se sabe muy bien qué ha pasado, ni cómo empezó el asunto. Quien más, quien menos, todos recuerdan que en algún momento las palabras empezaron a fluir desaforadamente por el aire, por las ondas, por los cables, por el éter, por los papeles. Y nos sumergió una marea de palabras, y aprendimos a vivir en un planeta superpoblado de palabras, y todo fue para bien en el mejor de los mundos.

Hay sabios que dicen ahora que el desencadenante fue una alegría excesiva en la concesión de créditos a la industria de las palabras, que condujo a un sobredimensionamiento de las líneas de producción. Otros sabios hablan de innovaciones tecnológicas indefinidas que abarató los costes de las cadenas de ensamblado de letras. Y hay quien sospecha de una deslocalización encubierta de las factorías. Por estos motivos, o por otros, la cuestión es que los precios de las palabras empezaron a bajar, y, consecuentemente, el número de palabras en circulación fue subiendo. La abundancia de palabras llegó a ser intimidante, y aparecían en tropel donde más se las esperaba (y donde menos), o donde menos se las deseaba (y donde más). El mercado se expandió, y se fijaron segmentos de clientes con proveedores específicos. Así, la pequeña empresa se dedicó a clientes minoristas: los taxistas, los peluqueros, los médicos, los camareros, los que se sientan en los bancos de la calle… pero también los pasajeros de taxi, los clientes de peluquerías, los pacientes, los comensales y los que se sientan al lado de los que se sientan en los bancos de la calle; todos ellos se lanzaron a un consumo, moderado primero, desenfrenado después.  Algunas empresas familiares se esmeraron con su clientela especializada: los amantes, los curas, los militares, los abogados, los buenos conversadores, los panaderos, que pudieron disfrutar, a precios ajustados, de un léxico abundante y de calidad. La mediana empresa se dedicó a los consumidores al por mayor. Así, se hicieron con grandes remesas de palabras los vendedores, sobre todo los ambulantes, los profesores, los sacamuelas, los tertulianos (de café), los teleoperadores , más de un blogger y los pelmazos profesionales, entre otros. Y, finalmente, las multinacionales de la palabra coparon, cómo no, la división de grandes clientes: tertulianos (de radio y televisión), políticos, empresarios, sindicalistas, periodistas, locutores.

Evidentemente, el mercado, gracias a precios cada vez más económicos, se expandió, y al expandirse hizo crecer a pequeña, mediana y gran industria de la palabra, que podía ofrecer precios cada vez más competitivos, lo que aumentaba las ventas, y a su vez… Despreocupadamente, vivimos así un tiempo rebosante de palabras, nadando, es un decir, ahogándonos a veces, las más veces, en palabras y más palabras, de tenderos, predicadores, presentadores, parlamentarios, voceros, ministros, próceres de todo tipo, vecinos y vecinas. Hasta loros y cotorras mejoraron su cháchara, gracias a la cantidad de palabras casi sin utilizar que se tiraban alegremente  a la basura. Prosperidad, dijeron por ahí, nunca edad de oro semejante había florecido así en la historia de la Humanidad. Aunque voces insidiosas alertaron de que era una inflación peligrosa, de que había demasiadas palabras y pocas ideas, y de que por eso muchas palabras viajaban huérfanas de contenido, nadie hizo mucho caso: eran los descontentos perpetuos, los sediciosos de siempre, ya se sabe.

A esto se le llamó luego “vivir por encima de nuestras posibilidades verbales”, aunque en su momento le llamaran “ciclo virtuoso expansivo de crecimiento” o algo así. El cambio de denominación se produjo, más o menos, cuando  la demanda empezó a estabilizarse, o tal vez cuando empezó a menguar, o cuando se desplomó del todo. Al asomar las primeras señales de que algo iba mal, los más avispados intentaron rematar sus existencias a la baja para  evitar el naufragio, pero sólo ayudaron a generar un mercado secundario que terminó de hundir los precios. Otros tiraron de mercadotecnia, y florecieron ofertas, a cual más curiosa o disparatada: palabras a medida, bonos de mil palabras a pagar en cómodos plazos, palabras todo a cien, palabras estructuradas, palabras en obligaciones preferentes, palabras compre dos regalo una, palabras prêt-à-porter…  Pero nada. Las palabras se almacenaban en memorias ópticas, memorias magnéticas, discos duros y discos blandos, en cintas, en núcleos de ferrita, y en libros, libretas, papeles sueltos, en neuronas, y hasta escritas en las paredes y en los suelos, y en el mar y en el cielo. Hasta que el sistema no aguantó más y explotó la crisis.

Y así estamos ahora. Ha llegado la austeridad. Primero, los gobiernos y los bancos centrales inyectaron ingentes cantidades de dinero para rescatar la gran industria de la palabra, too big to fail, dijeron. Luego se recortó drásticamente el uso del lenguaje; dicen que eso, antes o después, permitirá recuperar la demanda. Mientras, la gente se saluda con un gesto de cabeza, los camareros sirven calladamente, los enamorados se declaran por gestos, las madres sonríen a sus hijos en vez de explicarles cuentos, la música instrumental copa las emisoras de radio, las televisiones emiten películas mudas, los libros son sólo de fotos, los pregoneros van a clases de mímica. Y no dejan de decirnos que todo es culpa nuestra, que nos empeñamos en vivir por encima de nuestras posibilidades. Pero que siendo austeros al final todo se arreglará.

Mientras esperamos, vivimos tristes.

Vivimos en silencio.

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3 pensamientos en “LA CRISIS DE LAS PALABRAS

  1. Muy interesante y original relato, con buenas metáforas y comparaciones. Yo diría que es un relato futurista, ¿no?
    Por suerte, a mí aun me quedan unas cuantas palabras almacenadas (en libros, en el ebook, en el PC, en mi cabeza…). 🙂
    Suerte en esta nueva etapa blogera!

    Stu

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    • ¡Gracias!
      Intentaba ser, un poco, una fábula. Un poco futurista, sí.
      Puede que la manera más segura de almacenar palabras para ese futuro sea en nuestra cabeza, un poco al estilo de Farenheit 451. Aunque ni las cabezas son seguras…

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