LA MUERTE DEL DESEO

El final del deseo. El agotamiento del deseo. La muerte del deseo.

No sabía cómo titular esto. Al final me decidí por muerte, que siempre queda más dramático y por lo tanto puede terminar siendo más comercial, o al menos eso dice mi asesor de mercadotecnia. Aclaro que mi asesor de mercadotecnia es un ser imaginario que me sirve para echarle las culpas de mi ineptitud financiero-empresarial.

Pero no sé bien si es lo más adecuado. Lo de final da la impresión de que es algo que se interrumpe, así, sin causa conocida ni mayores connotaciones. Lo de agotamiento alude al cansancio, pero también al consumo de un recurso hasta su desaparición. La muerte evoca la conclusión de unas funciones orgánicas. Puede que el deseo sea una simple línea, como  una de las líneas de la mano, y un día se llega al final, punto, se acabó. O a lo mejor el deseo es un bien, algo que se nos da en una cierta cantidad limitada al nacer para que lo vayamos usando. Si es así, cómo llegaría a arrepentirme de haber deseado cosas frívolas, cosas triviales, deseo que el señor de al lado deje de hablar, deseo que el semáforo se ponga verde de una vez. Pero también puede que el deseo sea una especie de organismo que hay que alimentar, proteger, cuidar, cultivar. Y, como todo organismo, puede que se muera de viejo, de accidente o de enfermedad.

Hay quien dice que la felicidad es la ausencia de deseo. No creo que me interese esa felicidad. Me gusta desear. Me gusta desear tener ideas para escribir artículos aquí. Me gusta desear que llegue el sábado, y me gusta desear que llegue el lunes; me gusta desearos buenas noches, me gusta desear que llegues a la cama, me gusta desear silencio, me gusta desear dormirme y me gusta desear que los Reyes Magos hayan pasado cuando despierto. Me gusta desear a la mujer de mi prójimo, aunque sea en broma, y me gusta desear el mal a los malvados, aunque luego me arrepienta y entonces desee no haberlo deseado. Me gusta desear imposibles, pero también me gusta desear posibles razonables. Confieso que disfruto con deseos inconfesables: por ejemplo, a veces deseo un móvil nuevo, y otras veces deseo la fragancia esa que anuncian en televisión; y es que ni los deseos son perfectos.  Me gusta desear que se haga de noche, y me gusta desear que amanezca, aunque a veces he deseado que no amaneciera nunca. Y de igual manera me gusta desear que llegue el viento o que llegue la calma, o que siga el viento o que siga la calma, pues no deseo deseos coherentes. Me gusta desear, discretamente, que lleguéis a casa cuando ya es tarde.  Y me gusta desear ser deseado. Cuando me vuelvo insensato, deseo un mundo sosegado, culto, justo y feliz. Y cuando vuelvo a poner los pies en el suelo deseo ser campeón de lucha grecorromana, deseo ir a Marte en una expedición sin retorno y deseo ser un príncipe destronado que vive un exilio bohemio y melancólico, todo a la vez. Cuando pierdo el control suelo desear ir en bicicleta cuesta arriba como si fuera cuesta abajo, o deseo ver manadas de elefantes galopando por la sabana africana, o deseo un plato de callos a la madrileña bien sabrosos. Ah. Y deseo no tener nunca un asesor de mercadotecnia. A veces miro hacia atrás y deseo haber dado aquel beso que no di, y a veces miro hacia adelante y deseo envejecer sin llegar a viejo. Pero cuanto más se acerca el invierno, más deseo tu piel tibia y suave junto a la mía.

Puede que un día se acabe el deseo. O puede que se agote. O puede que se muera. Puede que un día mi único deseo sea volver a desear. O puede que ni eso. ¿Puede que termine olvidando lo que es desear?

De momento, lo que más deseo es seguir deseando.

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