EL FÚTBOL CON OTROS OJOS. (I) LEJOS DE DONDE VA LA PELOTA

Aquellos que no me conozcan no quedarán sorprendidos por mi presencia en el palco presidencial de un campo de fútbol (de segunda B) un cierto domingo por la mañana. En honor a ellos, paso por alto las explicaciones de tan insólita situación, insólita por lo  escaso de mis entusiasmos balompédicos y lo menos que tibio de mis militancias en unos u otros colores.

Pero la cuestión es que allí estaba, justo detrás de las dos directivas, la local y la visitante, sumidas durante todo el partido en un hieratismo mudo y algo huraño, cuestión de mantener las formas, supongo.

A lo largo de mi vida, las veces que he ido a campos de fútbol, de segunda B para arriba, podrían seguramente contarse con los dedos de poco más de una mano. Pero si voy, o cuando voy, busco disfrutar del espectáculo, aunque sea a mi manera. Para la mayoría del pueblo llano, en el que me incluyo, el fútbol no es el fútbol, sino la imagen que del fútbol da la televisión. De hecho, y extendiendo el razonamiento, el mundo que conocemos no es casi nunca el mundo que hay por ahí, sino el mundo que nos explican en los medios; pero dejemos eso, que seguro que algo parecido ya lo dijo alguien mucho mejor de lo que yo podría decirlo nunca. Y volvamos al campo. Una vez ahí, lo primero que hay que aceptar, con algo de sorpresa y  una buena dosis de resignación, es que las jugadas sólo suceden una vez, habrase visto mayor atentado a la realidad. Pero superado este trauma preliminar, llega una embriagadora liberación: la liberación de la tiranía de las cámaras, que te fuerzan a mirar donde ellas quieren. Y las cámaras no siempre miran donde yo quiero mirar. Su obsesión por la pelotita hace que la sigan y persigan sin tregua, sañudamente casi. Si acaso la abandonan, siempre momentáneamente, es para fijar sus ojos electrónicos en algún hincha descamisado y vociferante, en alguna espectadora joven y agraciada, en los entrenadores gesticulantes  o en algún famosillo de medio pelo (o de pelo y medio) que ande por ahí. Una auténtica lástima: con lo grande que es el campo y con la cantidad de cosas fascinantes que ocurren lejos de la pelota. Lejos de la pelota: esa es la clave. Ahí está el interés real, humano, aquello que de verdad resulta curioso y, a ratos, apasionante, e incluso instructivo. Y eso es lo bueno de ir a un campo de fútbol, aunque sea de segunda B, o tal vez, especialmente si es de segunda B: uno es libre de mirar donde quiera, se sacude el yugo uniformizador de la mirada ajena, y consigue el pleno albedrío sobre el uso de sus ojos.

Supongo que lo dicho hasta aquí me descalifica como locutor de partidos de fútbol, e incluso me cierra la puerta de acceso al parnaso de los diletantes de pata negra. Pero qué es la vida si no un continuo ver como se cierran puertas… y esas, por mí, cerradas queden en buena hora. Y yo así, con toda tranquilidad, me puedo dedicar a observar cosas maravillosas.

Por ejemplo, la cara y la actitud del portero cuando el juego anda en la otra punta del campo. El portero se esfuerza en mantener una tensión vigilante pero confiada, aunque le veo lanzar miradas de reojo al poste más cercano de la portería, donde seguro que se recostaría bien a gusto. Para evitar caer en la tentación, se pone en jarras, impasible el ademán, y eso que no sabe que le observo. Para acabarlo de arreglar, la cara refleja un punto de confusión, que precipitadamente atribuyo a lo mal que se ve el juego desde su posición. Pero en seguida me doy cuenta de que no, de que la cara que pone no es sino reflejo de dos sentimientos que luchan en su interior: cuanto más lejos ande la pelota, más fácil es que ganemos, pero más difícil es que yo me luzca y triunfe, debe de pensar. Y así bascula entre el deseo de que la pelota siga lejos y el de que los contrarios se hagan con ella y vengan a atacar de una vez. Un ejemplo más de la eterna antinomia entre el yo y el nosotros.

Por ejemplo, los movimientos del juez de línea, arriba y abajo en su carril, atrapado en un mundo absurdamente unidimensional. Al revés que el portero, pone cara de felicidad cuando las cosas andan fuera de su jurisdicción, y entonces su bandera de señales parece un semáforo averiado.

Por ejemplo, el lateral derecho que mira con cierta indolencia y un punto de sorna la carrera desaforada de su extremo izquierdo, a decenas de metros de distancia diagonal, y, de repente, como sacudido por un súbito remordimiento, arranca a toda velocidad en busca de un improbable centro o rechace que nunca llegará, y regresa a su posición arrepentido y cabizbajo, mientras el público aúlla protestando un fuera de juego que juzgan inexistente y que no va con él. Nadie le mira, salvo yo, testigo único de su zozobra por no haber corrido primero, y por haber corrido después.

Por ejemplo, descubrir que, aun en los lances más intensos, la mayor parte de los jugadores están parados o moviéndose a marcha lenta. Y comprobar así que esa imagen de veintidós gañanes en un rectángulo verde, de los cuales sólo unos pocos por vez parecen tener sangre en las venas mientras los otros andan hibernados, la televisión nos la oculta, nos la roba.

Pero ante todo y sobre todo las idas y venidas del delantero centro. De eso quería hablar desde el principio, aunque por dejarlo para el final me he quedado sin espacio y prefiero decir aquello de que “eso es otra historia que será contada en otra ocasión”.

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